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'¿Esto es España?': así conocí al futuro presidente del Gobierno

Publicada el 18/11/2020 a las 06:00

A menudo se alaba la capacidad de los corresponsales extranjeros para trazar una descripción clara de la situación en el país que cubren, más clara en ocasiones que la que dibujan los periodistas locales. Eso, separar el polvo de la paja, es lo que pretende Raphael Minder, periodista de The New York Times, en ¿Esto es España? (Península), que recoge la intrahistoria de su trabajo en este país durante una década. "Muchas veces me he sentido testigo de primera línea de una década crucial en la formación de la España moderna", dice, una España moderna que aborda en capítulos dedicados a la cuestión catalana, al fin del bipartidismo, al rescate de las cajas, a la inmigración o a la lucha contra la corrupción. En este extracto que ahora publica infoLibre, el periodista recuerda aquel 2013 en que conoció a un joven socialista, no demasiado ambicioso, que acababa de estrenarse, por los pelos, como parlamentario. 

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La generación de 2015: el fin del bipartidismo

En octubre de 2013 viajé desde Ronda a Madrid con un desconocido diputado socialista del Congreso: Pedro Sánchez.

Regresábamos de Ronda tras un fin de semana en el que habíamos asistido a un seminario organizado por la filial española del Instituto Aspen. El seminario, que había sido tan enriquecedor como intenso, transcurrió entre la lectura y el debate de textos de grandes autores del pensamiento político a lo largo la historia que abarcaban desde la antigua Grecia de Platón a la Europa poscomunista de Václav Havel. Solo dos ilustres pensadores españoles figuraban en la lista de lecturas: Ortega y Gasset y Unamuno.

La mayoría de los participantes en el seminario tenían opiniones conservadoras, en parte quizá debido a que muchos de ellos eran ejecutivos de empresas del Ibex. Así las cosas, fue agradable tener un contrapeso izquierdista en la persona de Sánchez, que defendía sus ideas hablando un fluido inglés.

Una de las noches en Ronda, nuestro grupo se dirigió hacia un bar después de la cena. Terminamos en la pista de baile arrastrando los pies al son de viejos éxitos. Sánchez se colocó en el centro de la pista, casi tocando con la cabeza la bola de espejos debido a su estatura.

Durante nuestro regreso de la localidad malagueña, bromeé con Sánchez sobre sus ambiciones políticas. Tenemos la misma edad y le reté a que diera un paso adelante en su carrera. Al fin y al cabo, le dije, Alfredo Pérez Rubalcaba era un líder socialista sagaz, pero no era la cara nueva que podría rejuvenecer el partido después de la aplastante derrota electoral de 2011. Le sugerí a Sánchez que él podría liderar el cambio generacional.

Sin embargo, Sánchez se echó a reír al oír mi propuesta. Me dijo que ya se sentía afortunado con haber llegado al Congreso de los Diputados por los pelos como candidato sustituto. Sencillamente, no estaba escrito, me dijo, que él liderara el partido.

Y, cómo no, si antes lo dice, antes sucede. Al cabo de unos meses, después de que los socialistas sufrieran otra humillante derrota en las elecciones, Sánchez, contra todo pronóstico, ganó las elecciones primarias del partido.

Cuando en julio de 2014 se convirtió en secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), le envié mis parabienes en un mensaje al que respondió afectuosamente. Pero esto marcó en gran medida el final de nuestra comunicación personal. Sánchez era ahora el líder de la oposición, con un gabinete de comunicación entre cuyas tareas estaba la de filtrar u obstruir cualquier atención periodística indeseada.

Así pues, a partir de entonces empecé a seguir desde la tribuna de la prensa la vertiginosa carrera de altibajos de Sánchez. Sánchez forma parte de lo que yo llamo la generación de 2015, el año del fin del sistema bipartidista en España.

Sánchez no fue quien acabó con el bipartidismo: los artífices del cambio fueron Pablo Iglesias, al frente de su partido Podemos, y Albert Rivera, a la cabeza de Ciudadanos. Pero mientras que ni Iglesias ni Rivera lograron el prometido sorpasso a los dos partidos que dominaban el panorama político español, Sánchez, de manera inesperada, se convirtió en el primer representante de esta generación en ocupar la Moncloa, en junio de 2018.

Cuando le pregunto a la gente acerca de Sánchez, algunas personas me hablan con pasión de su partido, ya sea a favor o en contra, lo cual es un reflejo de la polarización de la sociedad española. Pero muchas otras también me dan respuestas que no guardan ninguna relación con las políticas de Sánchez. Algunos hablan de su buen porte o de si, por el contrario, lo ha perdido desde que entró en el campo de batalla de la política. La mayoría de las personas, sin embargo, mencionan su extraordinaria resiliencia o hacen algún comentario más malicioso sobre cómo es capaz de hablar sin decir en realidad nada con claridad. Una respuesta esta que, irónicamente, coincide con la que durante años escuchaba cuando hablaba de Rajoy con la gente.

Al igual que Rajoy antes que él, Sánchez aprendió a aprovecharse de las debilidades y errores de los demás, y arrinconó a los barones y a otros rivales que durante un breve tiempo lo habían apartado de la secretaría general del PSOE en 2016. Por lo que se ve, tanto Rajoy como Sánchez dominan el arte de volver las tornas contra aquellos que los subestimaban.

Rara vez he visto a un político hundirse tan rápido como lo hizo Sánchez en 2016, año en que pasó de reunirse con el rey Felipe VI para que este le encargara la formación de un Gobierno a verse en la coyuntura de que su propio partido provocara su cese. Si alguien pensaba que el socialismo implicaba una idea de solidaridad, ese año quedó claro que tal idea se perdió. En algunos momentos, la campaña para apartar a Sánchez, atizada por la prensa, fue malévola. Felipe González empleó su posición de padre espiritual del socialismo moderno para vapulear a Sánchez en la Cadena SER. En un hiriente editorial, El País tachó a Sánchez de «insensato sin escrúpulos».

La campaña surtió efecto —Sánchez se vio obligado a dimitir de su cargo en octubre de 2016 ante la rebelión en las filas de su partido—, pero esta humillante derrota pareció otorgar a Sánchez una determinación que no había exhibido cuando hablé con él por primera vez durante nuestro fin de semana en Ronda. Su regreso fue de todo punto extraordinario: al cabo de siete meses de abandonar el Congreso de los Diputados y de empezar a recorrer el país en su Peugeot para volver a conectar con sus votantes, Sánchez fue reelegido líder de los socialistas.

La rebelión contra Sánchez fue uno de los pocos sucesos que en 2016 llamó la atención de mis jefes. En su mayor parte, sin embargo, aquel año de limbo político apenas tuvo repercusión en el extranjero, por más que en España todo el mundo pareciera estar pendiente de él.

Como no podía ser de otro modo, un año de completa incertidumbre política marcado por dos elecciones generales sin resultados concluyentes trajo una considerable dosis de dramatismo y de enfrentamientos personales. Aun así, en general, sobre todo desde la perspectiva de los lectores internacionales, España no fue una noticia atractiva. El año 2016 fue un año perdido de la política española. Las segundas elecciones reprodujeron prácticamente el mismo resultado que las primeras y, en consecuencia, prolongaron la parálisis.

Lamentablemente, Sánchez, por lo que se veía, había aprendido poco de su amarga experiencia. En 2019 favoreció que se produjera la misma situación, con otro año de repetición de elecciones, pendencias entre los líderes de los partidos y un vacío casi total en lo referido a la agenda social y económica española. Los parlamentarios se pasaron meses fuera del Congreso mientras sus capitanes cruzaban todo tipo de lindezas.

Esa nueva generación de políticos que habían prometido a los votantes propiciar el cambio decisivo demostraban, a lo sumo, ser mejores en mantener el bloqueo. Sus continuadas riñas constituían lo que en palabras de Luis María Anson en una columna publicada en El Mundo en 2016 tachaba de «un espectáculo deprimente». La política española parecía, afirmaba Anson, «la pista de circo en la que los líderes saltimbanquis hacen todos los días ridículas piruetas para estupefacción de los ciudadanos».

Mis jefes estadounidenses tenían, desde luego, poco tiempo para el circo español, a pesar de mis denodados esfuerzos por dejar clara la importancia de lo que estaba en juego. Cada vez que cogía el teléfono para hablar con ellos de los últimos giros en las conversaciones para formar una coalición, uno de mis jefes me cortaba para preguntarme: «¿Eso significa que ya sabemos cuándo y quién formará el próximo Gobierno?». La única contestación que podía ofrecer era, si acaso, una suposición bien fundada al tiempo que subrayaba que España se estaba adentrando en territorios desconocidos. Así las cosas, el jefe en cuestión suspiraba y me aconsejaba que volviera a llamarle, pero que no lo hiciera, eso sí, hasta que no pudiera ofrecerle noticias más concretas.

En ocasiones era frustrante ver cómo los periodistas españoles llenaban las páginas de la prensa y las pantallas de la televisión con la última confrontación política, mientras que lo único que yo podía hacer era escuchar y leer en lugar de escribir. En los diez meses de limbo político de 2016, únicamente pude escribir un artículo que apareció en un lugar destacado en The New York Times. Este incluía la advertencia de que España se estaba acercando al sonado ejemplo de Bélgica, que se había pasado 589 días sin Ejecutivo.

Ese año de esclerosis política pronto hizo que la nueva generación de 2015 fuera, a lo sumo, un calco de la vieja o, posiblemente, aún más inepta, ya que sus líderes se superaban día a día en su escalada de recriminaciones y hasta de improperios. Tanto Rivera como Iglesias bajaron al fango a pelear y se ensuciaron, algo que fue especialmente perjudicial para Iglesias, que había prometido ofrecer a sus votantes una nueva forma de hacer política en la que rompería con las malas prácticas de lo que su partido denominaba la casta.

En el entretanto, lo mismo que pasaría un año después en el Parlamento catalán, los políticos se olvidaron de que sus votantes se preocupaban por cosas más importantes que sus grescas políticas, a saber: la mejora de sus carreteras, universidades, hospitales y, sobre todo, empleos.

Recuerdo que seguí un debate en el Congreso de los Diputados especialmente lamentable en abril de 2016 y que se suponía que debía centrarse en la crisis de refugiados en Europa. Los parlamentarios de la oposición habían prometido poner en tela de juicio a Rajoy por haber apoyado su Gobierno un controvertido acuerdo de la Unión Europea con Turquía para que esta readmitiera a los refugiados que llegaran a Grecia y a otros países de Europa occidental. Pero, lejos de hablar de una crisis humanitaria, Iglesias y Rivera se pasaron la mayor parte del tiempo acusándose el uno al otro de cuñadismo. Los refugiados se convirtieron en un asunto secundario para ellos, a pesar de que el destino de la atribulada población siria y de otros países importara a muchas personas en España, un tema del que hablo en otro capítulo de este libro.

Aun así, a despecho de todos sus puntos flacos, era importante señalar que España había alcanzado un relevo generacional en su política. Las figuras de Iglesias y Rivera suponían para el Congreso de los Diputados dos nuevos líderes políticos treintañeros que parecían estar bien acreditados para reorientar el debate. Y yo, como es natural, estaba impaciente por conocerlos.

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1 Comentarios
  • Chicken Chicken 20/11/20 17:36

    Excelente artículo!

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