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María Peláe: "La música es una profesión que vive en pandemia constante"

  • Es cantautora, pero se define como flamenca. Defiende el humor y el trabajo de letrista, y por mucho que la comparen con La Faraona, no piensa renunciar a los ritmos urbanos, al rap ni a Celia Cruz
  • Tras el éxito de su single La niña y un 2020 inesperadamente activo, con varios singles y una gira pandémica, la música arranca el año con un concierto en el Circo Price de Madrid el 27 de enero
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Publicada el 16/01/2021 a las 06:00
La música María Peláe.

La música María Peláe.

A María Peláe (Málaga, 1990) la han llamado más de una vez "la Lola Flores moderna". La comparación con La Faraona, que a cualquiera le subiría los colores, viene en parte por su expresividad, en parte por su versión de Cómo me las maravillaría yo, pero sobre todo por su estilo de recitado, uno de los elementos más característicos de su música. Ahí está en La niña, la historia de "un bar que solo van chicas", canción lanzada en otoño de 2019 que sigue siendo hoy su emblema. Y está en Y quién no, una crítica a la felicidad obligatoria que exigen las redes sociales. Tras más de una década de carrera, Peláe (su apellido real sí lleva la zeta final) ha encontrado su cóctel perfecto: actitud de folclórica, letras entre el carnaval y el Libertad 8, ritmos de bulería y tanguillo, y producción... de lo que haga falta, incluido el reguetón.

Su concierto del 27 de enero actúa en el Circo Price de Madrid, dentro del festival Inverfest, viene a coronar un año especialmente activo. Mientras la profesión languidecía, ella ganaba impulso en medios y redes y arrancaba una gira. Desde que La niña saltó a la radio, ha publicado cuatro nuevos singles y dos remixes. ¿Y el disco? La respuesta de Peláe está tan pegada a la tierra como su música: "Es que estas cosas son caras. Yo soy de la antigua escuela y a mí me encantaría sacar un disco este año o el que viene, sí, pero no te puedes permitir que se te queden ocho canciones por el camino". La experiencia con su primer trabajo largo, Hipocondría, autoproducido en 2017, fue agridulce. Ahora cuenta con más recursos, pero esto de la música, dice, "es una carrera de fondo". Así que primero el concierto, luego el siguiente single, y después ya se verá. 

Pregunta. Dice que tiene a Spotify confundido con la variedad de etiquetas que se pueden aplicar a su música. ¿En qué etiqueta se va sintiendo más cómoda?

Respuesta. Spotify sigue igual de liado, y conforme siga sacando temas vamos a tener que hacer una etiqueta específica, la etiqueta Peláe. Yo me considero flamenca; no cantaora, pero sí flamenca. Por otro lado, las producciones de las canciones últimamente tiran para el latino, para lo urbano, y luego en los directos toco la guitarra flamenca. Así que de todo.

P. ¿Qué significa para usted ser flamenca?

R. Para mí ser flamenca es una actitud. Es ponerme a La Paquera para hacerme un potaje, es una manera de estar en el escenario muy de las folclóricas, ese poderío de Rocío Jurado... Y todo depende de con qué se haya hecho una el oído: yo escuchaba a Celia Cruz y su compás para mí es flamenco. Otra cosa es la disciplina del cante flamenco, para la que hay que tener un don maravilloso. Pero en lo que más me puedo identificar es con los tanguillos de Cádiz, como en Si se achucha, entra o en La niña. Para mí, de pequeña no existía la radio, existía el carnaval de Cádiz, las letras de Martínez Ares, al lado de [los cantaores] Chano Lobato, Mariana Cornejo... Mi manera de ser venía ya pregoná, y eso para mí sale a partir del tanguillo.

P. ¿Le ha impuesto respeto el acercarse de esta manera al flamenco?

R. Sí, cierto respeto. Los puristas son totalmente necesarios porque son las personas encargadas de diferenciar entre qué es flamenco y qué es algo que bebe del flamenco. Pero este es un cante que más que perderse está llegando a más puntos y públicos distintos, y yo creo que esa es nuestra labor. Hay gente que está descubriendo a la Paquera de Jerez porque la nombro en mis conciertos, o incluso a Lola Flores, que puede haber personas de 15 o 16 años que la ubican como mito pero no conocen su música, y cuando salen de un directo mío se van a escucharla a Youtube.

P. Se le ha comparado a menudo con Lola Flores, quizás sobre todo por el estilo de recitado. recitado. Pero ¿qué cree que has tomado de ella para su música?

R. De Lola Flores se decía eso de “ni canta ni baila pero no se la pierdan”, y eso no es verdad:sabía cantar y sabía bailar, lo que no sabían bien los demás era cómo definirla, y por eso salieron por ahí. Yo he tenido épocas de beberme vídeos de ella, entrevistas también, por la libertad que tenía en la boca. Ella soltaba el Evangelio, como decimos en Andalucía. Cuando me llaman la Lola Flores millennial para mí es un honor, pero me da mucho respeto, porque Lola Flores es moderna y siempre va a ser moderna.

P. En el tema Si se achucha, entra, dice: “Y esta guerra mora sin darme cuartel desde el punto y hora que puse los pies en la capital”. ¿Le pasa eso de sentirse más andaluza fuera de Madrid?

R. Yo, a más años llevo en Madrid, más andaluza hablo. Y me reafirmo cada vez más en que esto es hacerse al oído. No me vale la vieja connotación y pantomima de que no nos entienden. Sí que nos entienden, igual que yo entiendo otras muchas cosas, igual que escuchamos ciertas canciones y acabamos diciendo piyama. No hay acentos de primer nivel y acentos de segundo nivel. Este complejo que nos han echado encima nos lo tenemos que quitar, y hay que empezar por uno mismo.

P. Se define como cantautora, pero no se suele asociar ese estilo ni al flamenco ni al rap ni a los ritmos urbanos que han ido entrando en su producción. ¿Hay que redefinir lo que es un cantautor?

R. Yo llevo 12 años, y en esos 12 años lo que me ha dado de comer son las salas de canción de autor. Pero cuando iba a las salas era muy flamenca, y cuando iba a los tablaos era muy cantautora. Por eso yo digo que cantautor es el que hace sus canciones, sin más. El concepto que tenemos es uno que viene de una época y se tenía asociado con un Serrat, con un Sabina, con un Ismael Serrano... Ahora se siguen contando muchas cosas de la sociedad en la que vivimos, pero nos adaptamos a los tiempos y salen otras maneras de contarlo. Yo me visto de la manera en que sé que me va a escuchar más gente, eso lo tengo clarísimo.

P. En sus canciones hay a menudo una intención narrativa, una historia con su principio y su final, algo que fue muy popular precisamente entre esos cantautores, pero que luego lo ha sido menos. ¿Por qué le interesa?

R. Siempre he compuesto así, siempre he intentado contar una historia dándole una vuelta de tuerca. Hace muchos años escuché a [Javier] Ruibal decir que una canción no es hablar de amor, que es más el cómo te lo digo que el qué te cuento. Mis maneras son la de buscar una historia con un trasfondo: ya que te van a escuchar, por lo menos di algo, hija. Porque está todo ya hablado, pero no todas las maneras de contarlo.

P. También hay en sus letras mucho humor y una dosis de mala leche: contra las dinámicas de la gran ciudad, contra las habladurías o contra la hipocresía de las redes sociales. ¿Cree que con el humor es más fácil que cuaje esta crítica social?

P. La mala leche... Es como lo de que no estoy cabreá, es que me da coraje. Más que si es el método ideal o no, es mi método. Cuando algo me da coraje, lo digo con ironía y un punto de frivolidad, que te ríes pero te quedas dándole vueltas. Eso lo he traspasado a las canciones. El Si se achucha... lo escribí desde una rabia absoluta, con las ganas el hacer un pregón desde lo que yo estaba viviendo. Porque vivía en Madrid en un piso que me costaba un dineral, y por mucho que cantara y que trabajara había cosas que se me escapaban de las manos. Pero eso fue hace cinco años.

P. El 2020 ha sido muy duro para buena parte de los artistas, pero no para usted...

R. Este año para mí ha sido completamente diferente. La precariedad han sido los 11 años anteriores, no este. Hay profesiones que viven en pandemia constante, y la música es una de ellas. En el arte somos los eternos equilibristas, estamos acostumbrados a no saber qué vas a cobrar a final de mes, o a hacer shows gratis. Es verdad que te haces mucho público... pero cuando llevas 10 años así, las cosas pesan. Aunque si vienes a un show te voy a dar espectáculo, no drama.

P. Y el proceso de autoeditar su primer disco, Hipocondría, fue duro.

R. Lo hice sin ningún tipo de apoyo, con un crowdfunding, y me bajaba a Córdoba yo sola e iba grabando por partes. Ayer justo me etiquetaron en la presentación de un vídeo de la presentación y me vi... Que me quedé canija, me quedé en na, yo no sé ni cómo llegué. Y ahora al contrario, este año la gira que hemos hecho, aunque haya sido en pandemia, ha ido divinamente.

P. Otra parte importante de las implicaciones sociales de tu música es la representación, en distintos tonos, del amor entre mujeres. ¿Le ha sorprendido que una canción como La niña, que podría haber sido de nicho, llegara a un público tan amplio?

R. Me ha sorprendido muchísimo. Cuando Alba Reig [cantante, compositora y parte del grupo Sweet California] y yo hicimos ese tema, yo estaba cagada. Precisamente a veces una es la que tiene los mayores prejuicios. Quizás ha funcionado porque está hecha en un tono cero dramático y con cero intención de abanderarme de nada. Aunque también ha traído cosas muy bonitas, había niñas que me escribían diciéndome: le he dicho a mi padre que yo también soy La niña.

P. Lo cierto es que no hay mucha representación aún en la música, ¿sentía responsabilidad?

R. Yo me he metido en el tema con la naturalidad que creo que merece. Como siempre lo he hablado abiertamente y no creo que haya que dar una rueda de prensa universal, no me lo he tomado como un peso. A la hora de hacer la letra, tuvimos muchísimo cuidado, porque al usar un tono cómico sí que hay que procurar que nadie se sienta ofendido.

P. Quienes vieran las pasadas ediciones de Operación Triunfo, quizás no sabrán que compuso (una junto a Reig y otra junto a Nil Moliner y Javi Garabatto) dos de las canciones candidatas a representar a España en Eurovisión. ¿Cree que el componer para otros está suficientemente reconocido? ¿Le sigue interesando?

R. A mí siempre me ha gustado esa parte del crear, me parece mágico ser como un diseñador que hace un traje a medida. Es verdad que desde un tiempo acá parece que todo el mundo tiene que componer sí o sí, cuando antes había muchos intérpretes que no componían. Hay veces que bendito sea, porque se descubren compositores estupendos, pero hay otras que... no. Es verdad que muchas veces el compositor ha sido el eterno olvidado, y es bueno también que se tenga en cuenta la figura del compositor y que programas mainstream como OT hayan participado en ello. Alba Reig y yo siempre estamos trabajando tanto para lo mío como para lo suyo, y también seguimos componiendo temas para otra gente, a veces cosas más urbanas, a veces baladas... Es ponernos en el lugar de otro artista, como el que en el teatro hace de malo aunque sea un cacho de pan. Si quiero ser Becky G, puedo ser Becky G.

P. Dice que se crece en el directo, pero este año los conciertos han sido particularmente marcianos. ¿Cómo lo ha vivido?

R. En todos los conciertos se han cumplido todas las medidas, y con un lazo, porque como ha estado tan vigilado y tan perseguido... Y yo me he hecho más PCR que nadie de España, tengo los agujeros de la nariz como tambores de lavadora, vamos. El espectáculo no puede parar, porque la gente necesita y quiere esto. Al principio parecía que el público no sabía si aplaudir o no, se quedaban parados... Ahora se han creado unos bailes sin levantarse de la silla que vamos, que tiemble el twerking.

 

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