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40 años del golpe de Estado

"Un espacio público sano" y "menos cortoplacismo", las recetas para que la democracia española sobreviva otras cuatro décadas

  • Cristina Monge y Daniel Innerarity cuestionan en unas jornadas organizadas por el Instituto Cervantes la utilidad del cordón sanitario contra la ultraderecha: "Dejadle hablar"
  • En unas charlas a las que asistieron Pedro Sánchez y Carmen Calvo, el historiador Julián Casanova advirtió sobre los "ecos" de totalitarismos del pasado
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Publicada el 23/02/2021 a las 06:00 Actualizada el 23/02/2021 a las 07:55
Carmen Calvo y Pedro Sánchez acuden a la inauguración de las jornadas organizadas por el Instituto Cervantes para conmemorar el aniversario del 23F.

Carmen Calvo y Pedro Sánchez acuden a la inauguración de las jornadas organizadas por el Instituto Cervantes para conmemorar el aniversario del 23F.

EFE

¿Qué queda de la amenaza autoritaria 40 años después del 23F? ¿Y a qué retos se enfrenta una democracia que ha logrado resistir durante cuatro décadas a ese penúltimo intento del militarismo por doblegar la democracia? No son preguntas sencillas y en la apertura de las jornadas organizadas por el Instituto Cervantes este 22 y 23 de febrero no se dieron respuestas sencillas. Las charlas, inauguradas en la tarde del martes por la vicepresidencia primera del Gobierno, Carmen Calvo, y con la asistencia del presidente, Pedro Sánchez, miraban a los disparos de Antonio Tejero no como un suceso del pasado, sino como una lección para el futuro. En palabras de Calvo: "En cualquier momento en que aparezcan en el horizonte nubarrones contra nuestra democracia, a cada generación le tocará saber hacer, saber resistir. Hay muchas circunstancias, cada democracia tiene en su propia dialéctica, pero tenemos que estar ojo avizor ante aquellas que trabajan en su contra".

A los siguientes intervinientes les tocaría justamente señalar cuáles son esas circunstancias que "trabajan en contra" de la democracia. El filósofo Daniel Innerarity se mostraba preocupado por el "cortoplacismo" de los Gobiernos, que impiden mirar al futuro y hacer frente a las crisis que están por venir. La politóloga Cristina Monge, columnista de este periódico, señalaba una falta de comprensión de los movimientos totalitarios surgidos en países como Polonia o Turquía, pero también Estados Unidos, Francia o la propia España: "Como no estamos entendiéndolo bien", decía, "probablemente nos estamos equivocando en la respuesta". Y el historiador Julián Casanova, también colaborador de infoLibre, recordaba ciertas características que en la actualidad recuerdan a "ecos" autoritarios de la historia reciente, como el discurso antiinmigración, el antifeminismo o la defensa de un patriotismo único. Si se unen estos elementos, explicaba, se escuchan "las rimas de la violencia indómita que empieza defendiendo políticas de exclusión y acaban siendo políticas de exterminio". 

Aunque es cierto que, en el aniversario de un golpe de Estado fallido que es para muchos un símbolo del triunfo democrático, Monge e Innerarity se permitían cierto optimismo, menos presente en la conferencia que anteriormente había impartido Julián Casanova. En su conversación, moderada por el Secretario de Estado de Memoria Democrática, Fernando Martínez, acallaban los temores de estar ante una crisis democrática. Con el reflejo del 23F muy presente, el filósofo se oponía a ciertos usos "abusivos" del término golpe de Estado: "Lo de Cataluña no fue un golpe de Estado, lo del Capitolio no es un golpe de Estado. Golpe de Estado es lo de Myanmar. A mí, los chats de militares", decía, en referencia a la investigación de infoLibre sobre la XIX del Aire, "me parecen penosos, pero no creo que lleven a decir que nuestra democracia es frágil". Monge compartía su rechazo a considerar el asalto al Capitolio del 6 de enero un golpe de Estado, pero se mostraba más cauta con respecto a otros indicadores: "Si vemos todo lo que está pasando después de ese día en la sociedad americana, nos encontramos indicadores demoledores: índices de polarización como hacía décadas, una desigualdad que está creciendo...". 

Si la politóloga explicaba que "las democracias hoy no mueren por los tanques, sino por los cuestionamientos de la convivencia", el historiador Julián Casanova había advertido en su conferencia que "hay [en Europa] nuevas formas de autoritarismo que no necesitan destruir el Parlamento". No era extraño pues que los intervinientes abordaran los peligros de la extrema derecha hoy, y particularmente, el caso español de Vox. Paradójicamente, Innerarity ve en el "odio verbal" de estos movimientos "un avance de la democracia": "Las instituciones impiden precisamente que ese odio verbal lleve a una guerra abierta. El desorden, el caos, la violencia explícita tendría un coste demasiado alto para todos. De alguna manera, es un ocio pacífico". "Yo no les tengo miedo", decía, cuando se invocaba la imagen del homenaje neonazi a la División Azul dado a conocer por La Marea. "Me parece inverosímil que en España vaya a haber una involución en la línea en que esas 50 personas quieren". Monge matizaba: "No me hace ninguna gracia ver cómo Vox influye en los presupuestos de Andalucía y condiciona partidas de violencia de género".  

Pese a no coincidir exactamente en el planteamiento de partida, sí coincidían ambos en la solución: es un error despreciar a los votantes de estos partidos y contentarse con situarlos a todos bajo la etiqueta del fascismo, algo que la politóloga calificaba como de "pereza mental". Ninguno de los dos creen que el llamado "cordón sanitario" sea útil contra la ultraderecha. "Hay que interpelarles, confrontarles con la realidad, con los datos, con la discusión", decía sobre los partidos ultras, "porque se podrá ver lo endeble de sus argumentos, la incapacidad que tienen de dar solución a nada". Coincidía con ella el filósofo: "Los problemas de la democracia se arreglan con más democracia, no con menos. Sintetizaría mi solución diciendo: dejadles hablar". Y señalaba él además la importancia en el debate de las derechas conservadoras, que tienen "más responsabilidad" a la hora de hacer frente a este fenómeno. 

Con su mirada al pasado, Julián Casanova señalaba que, en realidad, el pasado no estaba tan lejano. El 23F supuso, decía, la última manifestación de un militarismo profundamente arraigado en la historia de España y dejó una "fotografía extraordinaria" que no compartimos con ningún país de nuestro entorno. Y tampoco se mostraba dispuesto a ser excesivamente triunfalista con la derrota de los golpistas entonces: "El fracaso del golpe abre una puerta que parece decir que el autoritarismo no volverá. Pero ¿recuerdan ustedes los meses después del golpe? ¿La debilidad del Gobierno de Calvo Sotelo? ¿La dificultad de perseguir a los culpables? Ahora que hay un elogio a Suárez, recuerden que Suárez tuvo que dimitir en medio de críticas no solo de Alianza Popular, que ahora lo elogian, sino de su propio partido". Si en el último cuarto del siglo XX el país recuperó "tiempos perdidos", no hay que confiarse: "Estamos ahora en medio de propaganda, mentiras y con quiebras de nuevo de los valores democráticos".

Casanova abordaba también un tema de actualidad: el monopolio de la violencia por parte del Estado, puesto a prueba por protestas como las que en los últimos días han recorrido Barcelona y Madrid. "La primera gran ventaja es que Europa a partir del 45-49 dejó el militarismo, y el monopolio de los medios de coerción lo tiene el Estado", decía el historiador. Pero recordaba que "cuando el Estado tiene los medios de coerción, es un pacto, porque hay algo a cambio de esa cesión". En ese pacto, el Estado garantiza al ciudadano que no usará esa violencia contra él injustamente, un pacto que a Casanova le parece una de las "dos grandes ventajas" frente a la primera mitad del siglo XX. La otra, es "el valor de la educación", que "no es solo dar una educación a todos", sino "respetar lo que significa el valor crítico". Ahí coincidían también Monge e Innerarity, pero también Fernando Martínez, cuyo departamento ultima una actualización de la Ley de Memoria Histórica. "La memoria democrática tiene que entrar en la escuela", defendía este último, "tenemos que conocer no Atapuerca, no los grandes hitos del siglo XVI, sino a nuestros abuelos. Habrá que prestar atención a la España del siglo XX". Y, quizás, a la de 1981. 
 

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