Historia de una canción

'Allí donde solíamos gritar' de Love of Lesbian: “Es un lugar en el que desahogarse”

¿A que no sabes dónde he vuelto hoy?, entonó Santi Balmes desde el escenario hace dos semanas en el Palau Sant Jordi. Donde solíamos gritar, contestaron al unísono y “con una especie de sensación de catarsis” las 5.000 personas que formaban parte de este experimento piloto sin distancia social. Para ellos Allí donde solíamos gritar fue un vibrante espejismo de los conciertos de otra vida. Para Santi Balmes, vocalista de Love of Lesbian, un viaje en el tiempo. A las tardes en las que de adolescente saltaba la valla del Parque Güell con la protagonista de su canción 1999 y en las que gritaba sin gritar “palabras balazo”, con la ciudad a sus pies: “Gritar, a veces, puede ser explicar algo realmente impactante e íntimo a la persona que tienes al lado. La confesión es un grito. Y eso con la perspectiva de Barcelona debajo era bastante demoledor y transcendental”.

Hoy viste una cazadora vaquera parecida a la que llevaba en aquella época, marcada por el tabaco, las hormonas y la intensidad más juvenil. El Parque Güell es un lugar con mucha carga simbólica para él. Siempre sintió muy de cerca la arquitectura mágica de Gaudí, que le configuró como artista casi desde que era un crío y trepaba por las columnas torcidas de la cripta de Colonia Güell, en Santa Coloma de Cervelló. En aquel momento, ya rondaban de manera inconsciente por su cabeza las primeras notas de una primigenia Allí donde solíamos gritar (2009): “La melodía del estribillo me salió con doce años, la estrofa la hice con diecinueve… Es una canción que une mi infancia con mi juventud y con mi madurez, por eso nunca me ha cansado cantarla. Trasciende a mi carrera, va más allá. He logrado que algo particular se convierta en universal, que mi dolor local se convierta en genérico”.

El tema de Love of Lesbian no tardó en consagrarse en un himno que conectó de forma especial con muchas parejas jóvenes e inundó en su día la atávica Myspace. También, es un refugio para escondernos del “monstruo” que vive en nuestro interior y que nos impide encontrar la paz: “Es un lugar en el que desahogarse. Al que yo puedo recurrir en cada concierto y al que mucha gente puede recurrir escuchándola desde casa. Ya no hace falta que griten cuando tienen un mal momento sino que tienen esta canción para hacerlo”. Según el artista catalán, el milagro de la creación consiste precisamente en eso: “Cuando alguien habla de La chica de ayer, todo el mundo sabe y pone una cara diferente a esa chica de ayer. Y cuando alguien habla de Allí donde solíamos gritar, le viene a la cabeza esa persona del pasado que fue tan importante, el lugar en el que conoció la canción, con quién la escuchó. Si se enamoró con ella o si alguien se la envió para cortar con él”.

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Como una planta y un niño

Allí donde solíamos gritar no surgió en cinco minutos como El poeta Halley o El Club de John Boy, sino que fue como “una planta que crecía robusta a lo largo de los años y que, aunque al principio no sacaba un palmo del suelo, parecía gorda”. Balmes la escribió en paralelo como si la letra y la melodía fuesen “dos ríos que van siguiendo su curso hasta que confluyen en una canción”, concluye chasqueando los dedos. “¿A que no sabes dónde he vuelto hoy? Cuando dije esa frase, de repente, hubo un Big Bang dentro de mi cerebro. A partir de ahí surgió todo”, recuerda. Algo parecido le comentó en una ocasión Iván Ferreiro. “Tío, lo más importante son los dos primeros versos de la canción. Si ahí la has metido ya todo funcionará”, dice imitando levemente su acento gallego. Desde entonces, siempre que compone, se acuerda de la frase de su colega.

Aunque el líder de “la banda que nunca, tampoco hoy, estuvo de moda” tenía la corazonada de que esta canción iba a funcionar, la dejó abierta hasta el último momento y le costó mucho tiempo acabarla. “Era un tema muy personal que me evocaba un lugar concreto. Me daba rabia acabar el cuadro porque sabía que a partir de entonces ya no sería algo exclusivamente mío sino que iba a pasar a los demás. Esa sensación de: ‘¿Me dejas coger al niño?’”, comenta en broma. Con cierto resquemor, se desprendió de ella para regalársela a los demás, brindándoles la posibilidad de terminar de darle forma y de convertirla en una canción polisémica. “Ahora el nuevo disco (Viaje épico hacia la nada) está huérfano de este tipo de cosas. Se va a encontrar con un mundo que la gente lo adaptará a sus situaciones personales o no. Y esa es la magia ‘random’ del asunto: que no hay nada escrito”.

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