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Humor al cubo

Edu Soto: “La risa cuando está prohibida te lleva a un terreno bastante peligroso”

  • El cómico se dio a conocer como el Neng de Castefa en el programa de Buenafuente donde llegó a temer que le echaran por las que liaban.
  • Una de las situaciones que más teme es la manía de algunos seguidores de querer contarle un chiste cuando se los encuentra en cualquier lugar

Publicada el 04/08/2020 a las 06:00

Edu Soto: “La risa cuando está prohibida te lleva a un terreno bastante peligroso” | Humor al cubo

El cómico se dio a conocer como el 'Neng de Castefa' en el programa de Buenafuente donde llegó a temer que le echaran por las que liaban.

Con los 40 ya cumplidos, Edu Soto es un actor que goza de amplio reconocimiento popular. Sus personajes de mayor han éxito han despertado siempre una enorme simpatía en la gente. Catalán de nacimiento, se crio en Águilas (Murcia), el pueblo de Paco Rabal. Su padre compartió con el mítico actor bastantes aventuras en la vida real que Edu Soto tiene la ilusión de convertirlas en una serie televisiva. Va a ser difícil encontrar en la profesión a alguien que no hable bien de él. Buen compañero y siempre abierto a aprender y a mejorar en su formación. Hasta ha llegado a convertirse en un magnífico cocinero tras su paso por Masterchef.

Pregunta. ¿Tienes fijado el momento en el que asumes que de alguna forma eres un tipo divertido? ¿Qué la gente se ríe contigo?

Respuesta. Yo a los primeros a los que he hecho reír han sido a mis padres y a mi hermano. Tengo recuerdos muy nítidos de estar viendo los programas de Martes y Trece, Cruz y Raya, y yo imitaba a esos grandes referentes de nuestro país y mis padres se descojonaban. Ahí fue la primera vez que dices: “¡Como se ríen conmigo!, ¿no?, ¡voy a hacer más, voy a hacer más!”. Cada vez me gustaba hacer más personajes, imitando a los imitadores. Era un retruécano. Tú imitabas, por ejemplo a Millán Salcedo imitando a otra persona, era la imitación de la imitación. Ahí descubres que tienes un talento. Yo en ese momento no sabía que me iba a dedicar a esto, porque, entre otras cosas, yo ni siquiera sabía que esto era una profesión. Simplemente, porque era muy bonito ver cómo la gente se reía contigo.

P. El arranque de tu carrera profesional fue tan espídico como el personaje que te lanzó, el Neng de Castefa, en el programa de Buenafuente. ¿La vida dentro del programa era tan divertida como lo que se veía en pantalla?

R. Yo empecé esta carrera televisiva en Buenafuente y ahí tuve mi primer y único, creo recordar, ataque de risa en el que pensé: “Me van a echar”. Fue con mi compañero de batallas, David Fernández, porque en el programa improvisábamos mucho y Andreu ya llegó un momento en el que dijo: “Chicos, está bien que improvisemos, está muy bien la frescura que tenemos, pero no nos podemos reír en el programa”. Porque un poquito está bien, pero es que nos estábamos pasando ya de frenada. Llegó a instalar una bombilla roja y cada vez que alguien se reía en un momento inadecuado se encendía la bombilla y nos ponía un poco en evidencia, al sujeto que estaba incumpliendo la nueva norma.

P. ¡Una bombilla roja para llamaros la atención! ¿Y funcionó el invento?

R. Llegó un momento en el que nos reunió a todos los actores, Corbacho, Santi Millán, David, yo. Y nosotros: “Por supuesto, claro, claro, tienes razón Andreu”. Ese día hacíamos un sketch en el que estábamos Santi Millán, David Fernández, Fermín Fernández, Andreu y yo. Éramos como cinco humoristas vestidos de Fernando Alonso. El regidor está a punto de decirnos: “¡Chicos, ya podéis entrar a plató!”. Y viene David, que es como un primo mío y como medio familiar que es, bastante cabroncete, me viene y me dice: “Oye, que vamos a intentar no reírnos”, y yo: “Claro, claro, vamos a por ello”. Y me dice: “Es que Andreu tiene razón”. Y yo: “Que sí, que sí, venga, vamos a salir”.

P. ¡Menuda tensión! Me imagino la escena. ¡Está a punto de liarse una buena!

R. En ese momento, me mira a los ojos y me dice: “Acuérdate de esto cuando estemos en antena… ¡Pollas en vinagre!”. Con el dedo golpeando su sien, me hace un gesto de piensa en ello. Yo no entiendo nada. Estamos dentro, los cinco sentados. Andreu empieza el sketch y yo estoy sentado, observo a David que me está mirando y se golpea con su índice la sien y yo, que mi mente es muy naif, de repente me imagino cinco pollas en un bote de vinagre y me empiezo a descojonar. Total, que me llega el turno de hablar en el sketch, Andreu me pregunta y yo en vez de contestarle suelto una carcajada, que digo: “¡De esta no salgo!”. Andreu, mosqueado. Le toca a David, y también se echa a reír. Cuando acaba el programa Andreu nos dice: “Oye, chicos, de verdad que no entiendo de que vais. Os he dicho que no os riais”. Yo le contesto: “No, es que David me ha dicho pollas en vinagre y yo…”. Andreu, no quiso oír más: “¡No, no me expliquéis, no me expliquéis, no quiero saber lo que ha pasado!”.

P. Por cierto, ¿has probado alguna vez trabajar como actor dramático fuera del mundo de la comedia?

R. A veces hay un problema con la virtud, que a veces se vuelve un poco en contra porque la comedia es muy bonita y está muy bien, pero en mi caso he intentado y sigo intentando hacer otro tipo, digamos de estilo. Para mí todo está dentro de lo mismo, porque en un drama hay momentos cómicos y viceversa. Me metí un poco más en el drama, recién salido de la época del Neng, en el Centro Dramático Nacional. Entonces, veía que el público cuando yo salía tenía unas ganas de reír y una predisposición que yo pensaba: “¡Si no hay, si mi papel no va hoy por ahí!”. Al principio, cualquier cosa que decía se reían, y decías: “¡Esto no va bien, porque no hay que hacer reír en este momento!”. Pero era muy bonito ir viendo cómo evolucionaba la función y ver cómo la gente se iba metiendo en la historia. Un amigo me destacaba lo bonito que era verme salir al escenario y ver las ganas de reír de la gente al verme. Y yo decía: “Esta es un arma de doble filo porque a veces no hay que hacer reír y juega a la contra”. Pero es lo que hay, no sé si será la nariz grande o qué demonios es, pero hay algo aquí que hace reír y es muy bonito y forma parte de mi vida.

P. Cuando hablamos con otros profesionales del humor, a veces se quejan de que la gente fuera del escenario da por hecho que tenéis que ser muy divertidos todo el tiempo, en cualquier situación. ¿A ti también te ocurre?

R. Cuando la gente te reconoce por la calle y saben que te dedicas a la comedia, te quieren hacer reír, o explicar chistes. No sé muy bien el porqué. A lo mejor quieren que nos descojonemos juntos y entremos en un código especial y yo odio los chistes. Cuando empieza alguien: “Sabes aquel de un tío…”, hago: “¡Uff!”. No sé por qué los chistes me dan tanta pereza. Creo que es porque por uno bueno que te cuentan te han colocado veinte malos y digo: “¡Oye, mira, vamos a dejarlo!”. Recuerdo una ocasión en la que estaba en una discoteca, con la música a todo volumen, tomándome una copilla, con mis amigos. Me gusta estar con mi gente. Y viene uno: “¡Ostia, tío, yo te conozco de la tele!”. Y yo: “Vale, vale”, y el: “¡Joe, tío, que cachondo, voy a contarte un chiste para ti, macho!”. En ese momento, le corto y le digo: “Mira, es que… ¡No me gustan los chistes!”. Así que intento pararle ya, porque si no la gente se embala. Pero era inútil: “¡No, no, no! ¡Es que este chiste vas a contarlo luego tú en la tele, cabrón!”. Así que le insistí para cortar la situación de una vez: “¡Que yo no cuento chistes, hago personajes!”.

P. Supongo que te dejaría ya tranquilo…

R. ¡Qué va! El tío me insistía, hasta que ya la conversación empezó a tornarse medio violenta: “Oye, tío, me miras a los ojos y me escuchas ya un momento. ¡No me gustan los chistes! Si quieres vamos a la barra y nos tomamos una copa pero no quiero que me cuentes un chiste”. Y él: “Pero, tío, es que este…”. Y veo que no me escucha. Y vienen colegas míos un poco mosqueados porque yo ya llevaba unos veinte minutos con el pesado, que hubiera sido más rápido escuchar el chiste de los cojones, pero el tío me insistía y me insistía y yo digo: “Mira, ya por honor, por cabezonería, ¡no voy a escuchar ese chiste!”. Y le digo: “¡Oye, tío, vete a tu mesa, estoy con mis colegas y no me estás dejando divertirme!”. Ya venían sus amigos y le decían: “Oye, vámonos, deja al chaval”.

P. ¿Y por fin te dejó tranquilo?

R. El tío se fue. Yo me voy con mis colegas con ese mal sabor de boca que se te queda y de repente noto una mirada. Veía que me seguía mirando y que gesticulaba desde lejos: “¡Por favor, por favor, déjame contártelo, que es muy bueno, te lo juro que es muy bueno!”. Yo nunca había visto algo igual, era pesado de cerca y lo seguía siendo de lejos, no me dejó. Con mímica me iba diciendo que por favor, que era muy bueno el chiste… Me tuve que ir del bar porque me seguía dando el coñazo desde lejos. A partir de ese momento me planteé si era mejor escuchar a la gente, aunque no me gustara, porque invertía más tiempo en el no que en el sí. Pero soy así.

P. ¿Hasta qué punto dependes del público para estar satisfecho con tu trabajo? ¿Cómo te das cuenta de que algo va a funcionar?

R. Los primeros espectadores de nuestra vida, así como en un espectáculo de teatro, o incluso de televisión son los técnicos, si a los técnicos no les gusta o no se ríen durante una serie cómica o durante un programa de sketches, yo ya estoy mosqueado, pues lo mismo en los inicios, la familia.

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