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Humor al cubo

Cuando José Luis Gil tuvo que lidiar con la risa 'spoiler'

  • Aunque es conocido por todos gracias a sus papeles en la televisión, su gran pasión es el teatro
  • Los imprevistos suelen surgir en el propio escenario y, en ocasiones, la sorpresa aparece en el patio de butacas

Publicada el 08/03/2021 a las 06:00

Cuando José Luis Gil tuvo que lidiar con la risa spoiler

Los imprevistos suelen surgir en el propio escenario y, en ocasiones, la sorpresa aparece en el patio de butacas

José Lui Gil (Zaragoza, 1957) es un actor conocido por sus personajes de Juan Cuesta, en la serie Aquí no hay quien viva, y el de Enrique Pastor, en La que se avecina. Ha sido también actor de doblaje, poniendo voz a algunos de los inolvidables personajes de la famosa comedia La vida de Brian. Si escuchamos la versión doblada al español, podremos oírle decir frases como: “¡Yo no soy un romano! ¡Nunca seré un romano!”. En teatro, cuenta con una dilatada trayectoria. Entre las últimas obras que ha representado se encuentran Si la cosa funciona, escrita por Woody Allen, clásicos como Cyrano de Bergerac o la que actualmente se encuentra en el Teatro Bellas Artes, Eduardo II ojos de niebla, un texto de Alfredo Cernuda.

PREGUNTA: Has trabajado en drama y en comedia. Personalmente, ¿te consideras un tipo divertido?

Para mí el trabajo es algo muy serio. No soy bromista. En el escenario, a veces por lo bajinis, a lo mejor hago alguna. Intento, sobre todo, que no se note. A veces lo hago para que haya pulso en escena, para que haya buena armonía entre la compañía. La interacción es muy importante. Pero no, no soy bromista, nada. Además, las bromas o son muy buenas o las odio, porque normalmente son mucho menos graciosas que lo que se cree el que las hace.

RESPUESTA: Inevitablemente, actuar frente al público siempre genera situaciones inesperadas que es mejor tomárselas con humor, ¿no?

R: Así es. Recuerdo por ejemplo alguna situación complicada representando Cyrano de Bergerac. A mí, Cyrano me ha dado momentos de auténtico pavor, como una vez que me sacudieron un manotazo en pleno duelo y la nariz postiza me quedó colgando por un lado. Y no pude terminar el duelo. Toda mi obsesión era que no se me viera. Me puse de espaldas. Mi compañero con la espada estaba ahí esperándome y yo mirando para todos lados y diciendo: ‘Hacer oscuro, que este duelo no va a terminar, no tiene ganador’. Porque cada vez que veía que se me caía, quería meterme cuanto antes para volver a pegármela. ¡Me sentí desnudo! Cyrano sin nariz no puede ser.

P: En el escenario siempre puede suceder algún imprevisto, pero también en las reacciones del público...

R: Una situación muy peculiar nos sucedió representando una obra de Woody Allen en la que yo hablaba mucho al público, le contaba toda mi historia, varias veces durante la función. Si la cosa funciona se llama. En una ocasión, una compañera nos avisa: "Hoy viene una amiga mía. Es muy maja, pero tiene una risa de estas que se oyen, que se oyen mucho". Debo decir que hay gente que tiene risa muy contagiosa, donde a veces el público casi se ríe más de la risa que del chiste o de la frase que se ha dicho. Efectivamente, la escucho en el patio de butacas y pienso: "¡Es verdad que se oye a tu amiga! ¡Se oye muchísimo!". Porque además era una risa muy peculiar.

P: ¿Qué le dijiste a tu compañera?

R: Se lo comenté al acabar la función. El caso es que volvió varias veces a vernos. Entonces, resulta que, como se sabía la obra prácticamente, sabía cuándo iban los momentos más divertidos. Y se reía antes de las frases graciosas. Cuando yo o cualquier personaje iba a decir algo muy gracioso o muy simpático, ella empezaba a reírse con antelación. Nos obligaba a parar y esperar a que bajase la risa y entonces colocábamos la frase, ¡y otra vez volvía a reírse! La gente se reía de la frase, pero ya llegaba un momento en el que la risa se atenuaba porque casi había más expectación en cómo se reía la señora. ¡No sabían qué hacer con ella, si ponerla más atrás o taparle la boca o lo que sea! Se pegaba así hora y media. Hora y media.

P: ¿Y cómo llevabas esa situación?

R: A mí me hizo francamente mucha gracia cuando descubrí que ya se sabía la función y que cada vez que venía algo gracioso se le oía antes. Yo creo que le daba con el codo al de al lado como diciendo: "Ya verás ahora lo que va a decir". Si no te lo tomas con un poquito de humor, te puede sacar de situación y hacer una función ruinosa. Vino varias veces. Cada función es siempre diferente ¡Es la misma, pero es otra! Hay gente muy peculiar en el teatro. El teatro es la inmediatez. Tú puedes sorprender al público, que de eso se trata, o hacer lo mismo todos los días. El público se renueva, entonces tú tienes que sorprender al público. Para hacerle reír, para emocionarle, para lo que sea. Pero cuando hay alguien que viene y te hace una función a ti, o te la va descolocando, es todo un reto.

P: ¿Qué estás haciendo ahora?

R: Estoy haciendo una preciosísima función de un texto de Alfredo Cernuda, que es Eduardo II ojos de niebla. Es la historia del rey Eduardo II, un rey homosexual, con un reinado complicado y con una vida muy complicada, y apasionante. Estamos hablando de los últimos años de Eduardo II, a principios del siglo XIV. Es la lucha de un rey que, por ser diferente, por ser homosexual, aunque cumple todas las leyes que obligan en la comunidad del reino que es dar herederos y tal, él cumple con todo eso, pero en la parte íntima, que es su condición sexual, pues se le niega todo, se le niega todo, y… Tiene una vida muy tortuosa.

P: Con la pandemia, ¿cómo os estáis adaptando?

R: En todos estos meses que hemos hecho Madrid y estamos haciendo gira, no ha habido ningún brote que se conozca en ningún evento teatral de contagio. Se guardan unos protocolos. Van entrando ordenadamente, con sus mascarillas, les tomas su temperatura y la reacción es fantástica. Es una experiencia extraordinaria ver cómo la gente, aparte de ir al teatro, disfruta del teatro. La gente que va al teatro lo ama, lo necesita. Hay un plus de cariño, de dar las gracias. Gracias por haber venido.

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