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¿Matar al padre?

Publicada el 14/06/2021 a las 06:00

Matar al padre, a los padres, es decir, afirmarte frente a ellos y definirte así contra el orden social y cultural que representan, y hacerlo para acceder al mundo adulto al mismo tiempo que lo moldeas y transformas según los valores, creencias o principios a los que precariamente has conseguido dar un orden y un relato, tal parecía una constante del mundo moderno.

No en vano carecíamos de otra adjetivación para definir nuestro mundo que, precisamente, la de moderno. Es decir, lo que no es antiguo. Que una sociedad se defina como moderna significa, por tanto, que quizá no tenga mucho más que decir de sí misma que el estar habitada por el intento constante de negar o trascender su propio pasado: no somos lo que fueron, no serán lo que hoy somos. El tiempo, la historia, parecía dotarse así de un sentido último: la negación de lo heredado como condición imprescindible para forjarse una identidad. Paradójicamente, era esta negación, bajo la forma del relato del progreso, la que proporcionaba una dirección y un sentido para la Historia (así, con mayúsculas): negar para avanzar.

Pero que las nuevas generaciones ya no vayan a vivir mejor que las anteriores o que, en cualquier caso, no lo sientan como probable pone en serios aprietos a este relato de progreso y sentido de la historia. Que, además, hoy sea factible, tenga eco, se discuta y en cualquier caso resuene en columnas y tertulias un relato pretendidamente generacional que, lejos de querer matar al padre y afirmarse contra él, lo ensalce, lo envidie y diga querer emularlo es, sin duda, un síntoma llamativo de un presente sin horizonte o de una historia sin dirección.

Síntoma difícil de descifrar, poliédrico y complejo, esta recientemente enunciada envidia de la vida de las generaciones pasadas da seguramente cuenta, entre muchas otras cosas, de un sentimiento (relativamente colectivo) de fracaso. Sí, la vivencia de la derrota que surge tras el reciente intento fallido, y de las enormes esperanzas puestas en él, de afirmarse frente al orden social heredado. De errar el tiro, si me permiten la expresión, que pretendía matar simbólicamente a los padres. Me refiero, claro, al sentimiento que seguramente nos atraviesa a todos, en mayor o menor medida, tras el deseo y la voluntad de cambio político expresado en España tras el 15 de mayo de 2011 y el fracaso que hoy parece definirlo. El de la nueva política, el del cambio esperado y la posibilidad de afirmarse contra el orden social que habíamos heredado y que vivíamos hasta ese momento como una condición tan trágica como inamovible.

Es claro que en ese ciclo político hoy colapsado, o en cualquier caso paralizado, se daban cita deseos de transformación pero, también, de conservación, que esbozaban un futuro contradictorio (como toda imagen del futuro, por otra parte) definido tanto por la novedad (nuevas formas de participación política, nuevos ámbitos de extensión de la democracia, nuevas o renovadas formas de relación con el otro) como por la conservación o la recuperación (de lo público, de lo común, de la pertenencia, de las formas de vida con los otros, del entorno natural e incluso antropológico).

Este saldo entre lo nuevo y lo viejo, entre el salto hacia adelante tan necesario como incierto y el recuerdo vívido de lo arrebatado es, siempre, objeto de una tensión tan existencial como ideológica. Y es claro que la actual vivencia de la derrota no es ajena, antes al contrario, a las inflexiones que pueda estar tomando hoy esta tensión, por las que parece desdibujarse hasta perderse en el horizonte toda apelación a un futuro otro, a la novedad y el deseo de transformación, para quedar replegados o atrapados en una suerte de certeza nostálgica definida por la pérdida.

Pero, ¿pérdida de qué? ¿De la vida que vivieron nuestros padres, de las posibilidades materiales de las que gozaron, de las certezas morales y existenciales bajo las que vivían? Puede ser, pero me inclino a pensar que se trata más bien de una nostalgia no tanto de las vidas realmente vividas de los que nos precedieron como de las posibilidades que tenían esas vidas de imaginar progreso, cambio y mejora para sí mismos o para sus hijos. Incluso de las posibilidades que tuvieron nuestros padres de soñar, imaginar o proyectar en el futuro la superación de las vidas y posiciones sociales que tenían, o de hacerlo a través de las posibilidades que, mediante un presente de sacrificio, tendrían sus hijos. ¿Una nostalgia por los horizontes de vida y de sentido, abiertos al cambio y la transformación de sí, con que contaban? ¿Nostalgia, en suma, de los futuros posibles que esa vida prometía más que de esa vida real, cotidiana y concreta?

¿Se puede acaso tener nostalgia de futuro? Sí, se puede, vaya que se puede. Es, con todo, una nostalgia paradójica, aunque solo sea porque esos futuros imaginados, esos horizontes de sentido que permitían proyectar en el tiempo vidas aún no vividas, y de hacerlo con la seguridad que proporcionaba vivir confiando en lo que estaba por venir… toda esa proyección en el futuro acabó saltando por los aires con la crisis económica, cultural y política de 2008, si bien largamente fraguada. Esa crisis no fue solo la expresión de que esos futuros prometidos se tornaran de pronto irrealizables, sino del reconocimiento traumático de que las condiciones históricas de posibilidad (materiales, culturales, económicas) en las que se habían sostenido se mostraban, también, imposibles, irreales o repartidas de forma profundamente desigual. De que fracasaba todo un modelo de desarrollo, un orden simbólico y social… el de la generación de esos padres que hoy, paradójicamente, parecemos envidiar.

Porque la vida y los deseos de aquella generación hoy añorada se sostenían, me temo, en el crédito, en el modelo de la burbuja inmobiliaria, también en la corrupción política y en una profunda desigualdad de clase y de género, en la promesa de una movilidad social ascendente que tuvo quizá más capacidad para volver legítima la desigualdad presente que para alterarla y reducirla en el tiempo, en las formas de moral excluyente y en buena medida aún católica en la que se asentaba aquel orden social, por no hablar de la creciente desmovilización política que le era consustancial. No, no tiene sentido culpar hoy a aquella generación del modelo de desarrollo y el orden social y cultural erigido en su nombre, tampoco de su fracaso posterior, pero tiene quizá menos sentido aún desresponsabilizarlos de todo aquello y tratarlos hoy como sujetos ajenos a todo aquel edificio institucional, moral y social bajo el que vivieron.

Creo que matar al padre es una potente metáfora para nombrar no solo los mecanismos psíquicos que operan en la formación de la identidad personal en su acceso al mundo adulto, sino también y, sobre todo, para dar cuenta de la forma bajo la que cada nueva generación trata de emanciparse de la autoridad del orden social que hereda. Bajo esta metáfora, la autoridad de los padres opera como representación doméstica de la autoridad del orden social, de forma que la confrontación simbólica con la primera forma de autoridad, la paterna, es (o era) un paso previo y obligado para enfrentar la segunda, la del orden social mismo. Si esto es (o era) así, podemos interpretar el reciente despertar de la nostalgia, esta suerte de nueva “envidia del padre”, como resultado y efecto de separar ambas formas de autoridad: como si el origen o las razones del orden social nada tuvieran que ver con sus sujetos, es decir, con las acciones, deseos, sueños, pero también derrotas políticas y fracasos colectivos de las personas que lo componen. Como si aquel orden social hubiese caído del cielo, sin complicidad alguna o sin la impotencia colectiva para transformarlo o evitarlo.

Como si, en el fondo, necesitáramos salvar al padre y a la madre de su lugar en la historia, en lugar de matarlos simbólicamente para seguir haciendo historia. Pero, ¿salvarlos de qué? De su propio fracaso político, ese que hoy parecemos no querer reconocer, quizá como espejo de no querer reconocer el nuestro: el de no haber conseguido forjar los horizontes de posibilidad y cambio que prometían los futuros imaginados en los años 70 y 80 en otras bases materiales, culturales y sentimentales que las del neoliberalismo progresista del bipartidismo español.

Envidiar hoy las vidas de las generaciones pasadas, o los horizontes de futuro que les daban sentido puede ser, sin duda, razonable dados los reveses históricos que nos han llevado a vivir hoy sin futuro. Además de que en esa envidia o nostalgia hay sin duda demandas que no podemos negar ni ignorar. Pero envidiar aquel pasado sin asumir y reconocer la derrota política que lo hizo posible nos condena, me temo, a heredarla sin siquiera reconocerla. Entender nuestra propia derrota, la del ciclo del cambio político que abre el 15-M, pasa necesariamente por reconocer y comprender la derrota de la generación de nuestros padres, aunque solo sea porque en aquel 15-M empezamos a levantarnos, precisamente, contra ella.

Dicho, si se prefiere, al revés, nos jugamos mucho en asumir nuestro fracaso para no tener que cargar, ya en forma de trauma, con el de nuestros padres. Su fracaso fue, claro, el de la incapacidad de las izquierdas para dar respuesta a las nuevas demandas, deseos y aspiraciones que definían a las generaciones nacidas en los años 50 y 60. Atrapados, en España y en todo el mundo occidental, en los imaginarios inmóviles de un mundo obrero que se deshacía ante sus ojos, o mimetizados con la naciente hegemonía neoliberal, comunistas y socialdemócratas quedaron impotentes para pensar formas de modernización que no quedaran ora presas de un pasado idealizado, ora cómplices de la reproducción ampliada y acrítica del capitalismo.

El fracaso del ciclo político del 15-M es, me temo, el fracaso en pensar formas y horizontes políticos capaces de ir más allá de esta doble impotencia de las izquierdas. Podemos hoy mirar atrás con nostalgia por las vidas soñadas pero no vividas por nuestros padres, nos permitirá quizá refugiarnos en el calor del recuerdo y la seguridad de lo cercano, pero quedaremos atrapados en la melancolía de la impotencia política.

____________

Jorge Lago estudió Sociología en Madrid, París y Bruselas. Ha sido investigador en la Complutense y el CNRS francés, y es hoy profesor de Teoría Política Contemporánea en la UC3M, además de editor de Lengua de Trapo.

 

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2 Comentarios
  • maritae maritae 14/06/21 11:43

    Un artículo muy bueno, profundo y alejado de los lugares comunes que todo el mundo repite.

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  • ncvc ncvc 14/06/21 07:26

    Comparto con el autor "la melancolía de la impotencia política", me ha gustado este artículo tan elaborado y reflexivo, gracias.

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