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La Capilla Sixtina, las intrigas palaciegas y los planes del 'Papa Guerrero' para Miguel Ángel

Roma, año 1506. Miguel Ángel Buonarroti espera en algún lugar recóndito de la actual Ciudad del Vaticano el encargo que lo ocupará durante los próximos años. Sobre la mesa, uno de los proyectos más mastodónticos de la historia del arte. El papa Julio II –conocido como el Papa Guerrero– está a punto de ofrecer al gran Miguel Ángel pintar la bóveda de la Capilla Sixtina. Sin embargo, el pintor, escultor y arquitecto no las tiene todas consigo. “No le gusta pintar”, sorprende la historiadora del arte Sara Rubayo. Considera que la escultura es un arte mucho más noble y, efectivamente, trata de esquivar el encargo. No lo quiere hacer. No le apetece.

Es principios del siglo XVI y Miguel Ángel ya tiene el estatus de artista suficiente como para tratar de elegir qué quiere y qué no quiere hacer. “Es una superestrella del arte”, señala Rubayo. Sin embargo, el poder del máximo cargo eclesiástico no le dejará al artista más opción que aceptar y lanzarse al reto sin rechistar. Será entonces cuando, encaramado a un andamio de 20 metros y junto a dos ayudantes, pasará hasta cuatro años pintando una de las obras de arte más soberbias que se conocen. Eso sí, antes de ese 1508, antes de que Buonarroti se pusiera a trabajar en la bóveda, no faltó una intrincada trama de polémicas, envidias e intrigas palaciegas.

Todo empezó algunos años antes, cuando Julio II propuso a Miguel Ángel otro encargo distinto, en este caso uno que al artista sí le provocaba un soberano entusiasmo. “Cómo no”, subraya Rubayo, “el papa había pensado en él para encargarse de la creación de su propio mausoleo”. En ese caso, Buonarroti aceptó de inmediato, presentó un proyecto al pontífice y, naturalmente, este último quedó encantado. “Tanto, que mandó al escultor a Carrara para extraer de las minas todo el mármol necesario”, apunta. Tan desmesurada era la ambición artística que destilaba el proyecto, que pronto levantó la envidia de otros dos grandes artistas del período: Donato d’Angelo Bramante y, sobre todo, Rafael de Urbino, también conocido como Rafael Sanzio. Parece que fueron ellos dos quienes convencieron al Papa Guerrero de que era poco conveniente embarcarse en una faraónica obra como la del mausoleo, habida cuenta, primero, de la mala suerte que podía asaltar al pontífice por construir un mausoleo previo a su muerte y, segundo, de que ya estaba invirtiendo talentos y esfuerzos suficientes en otra gran obra, también de envergadura, como era la Basílica de San Pedro, con la que pretendía evidenciar el poder de la Iglesia. Es una prueba más del legado que quería dejar Julio II, que no solo fue uno de los papas más preocupados por el arte, sino que también, y antes de nada, por la consolidación de la autonomía de la Iglesia.

“A Miguel Ángel no le gustó nada que Julio II echara para atrás el proyecto del mausoleo y, molesto y enfadado, se marchó de Roma a Florencia”, continúa la historiadora del arte. En aquellos tiempos, un desaire semejante constituía una grave ofensa para el papa, pero la gran consideración artística que ya ostentaba Buonarroti lo protegió… hasta cierto punto, teniendo en cuenta que nadie podía, en realidad, agraviar de esa manera al pontífice. Por el momento, Bramante y Rafael Sanzio se habían salido con la suya. “Y Miguel Ángel sospechaba que el cambio de opinión del papa tenía algo que ver con ellos dos”, tercia Rubayo. Pero muy pronto los acontecimientos darían un nuevo giro y devolverían a Miguel Ángel a Roma. Una supuesta interferencia de Bramante y Rafael alejó al artista de Roma y, sin saberlo, otra intervención de los dos lo devolvería a la ciudad eterna. Una bóveda de 40,93 metros de largo y 13,41 de ancho lo esperaba.

Parte de la Capilla Sixtina situada en la Ciudad del Vaticano. 

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Un medio para llegar al mausoleo

Nos encontramos de nuevo en 1506. Como sabemos, Miguel Ángel recibe el encargo de la bóveda de la Capilla Sixtina, algo que no le apetece en absoluto. Lo que quiere es esculpir, no pintar. Rubayo señala que, según una determinada corriente de historiadores, parece que fue el propio Bramante quien sugirió a Julio II que ofreciera el proyecto de la Sixtina a Miguel Ángel con la seguridad de que este lo iba a rechazar para que, acto seguido, “el encargo cayese en manos de su amigo Rafael, que ya había iniciado los murales de la stanza della Signatura” y, aunque en un principio sus intenciones parecían llegar a buen puerto, su plan se torció de forma definitiva cuando el autor de La Pietá lo pensó dos veces. “Es posible”, desliza Rubayo a la luz de lo descubierto por algunos expertos, “que Julio II le prometiera poder continuar con el mausoleo si se hacía cargo de la bóveda de la Sixtina”, hasta el momento pintada toda ella de azul y tachonada con estrellitas, al más puro estilo paleocristiano. Dicho y hecho. En 1508, Miguel Ángel ya estaba subido al andamio y había iniciado una obra que se convertiría en una de las mayores joyas de toda la historia del arte.

“A pesar de que no le gustaba pintar, no es solo un top five de la historia en la escultura, sino que también de la pintura”, reflexiona. En las escenas centrales de la Sixtina, que Miguel Ángel pintó de pie y no tumbado, como se solía afirmar, el artista explicó las nueve historias del Génesis y, alrededor, pintó otros lances del Antiguo Testamento, a los cinco profetas, a las cinco sibilas y “una serie de desnudos y otras figuras que convierten la bóveda en un trampantojo arquitectónico”. Cuando terminó, en 1512, acusó el esfuerzo del titánico trabajo incluso físicamente. A los problemas de espalda por pintar de pie con los brazos siempre alzados, se sumaron los de visión, producto de trabajar muchas veces en la oscuridad –solo con la luz de las velas– y con la pintura goteándole en los ojos. Años después de terminar el gran fresco, en 1536, Miguel Ángel recibió un segundo encargo: la pared frontal de la Capilla, donde tendría que pintar el Juicio Final. Si no le gustaba la pintura, ahí iban dos tazas. También aceptaría, claro. Y puede que gracias a ello –o quizás no tuviera, en realidad, nada que ver–, se le permitiera consumar una de las mayores ambiciones de su carrera, el mausoleo de Julio II, que, si bien con unas dimensiones mucho menores que las proyectadas inicialmente, terminó algunos años después, en 1545. En la actualidad, se puede visitar en la basílica San Pietro in Vincoli, también en Roma.

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