Francia

La reforma laboral de Hollande se convierte en el germen de los indignados franceses

La reforma laboral de Hollande se convierte en el germen de los indignados franceses

“Tienen que estar hartos a la fuerza, ¿no?”, se pregunta Ambre, estudiante de Ciencias Políticas y una de las promotoras de la ocupación. ¿Quiénes? Se refieren a los vigilantes de seguridad, héroes involuntarios en esta noche en que los estudiantes decidieron tomar la Universidad París VIII. Ambas partes juegan al gato y al ratón, en una suerte de guerra psicológica que va a más. Los estudiantes afirman que otras noches se quedó a dormir mucha más gente y que los vigilantes mostraban menos recelos. En la noche de este lunes 4 al martes 5 de abril, el grupo se replegó a una sala del edificio C, donde se sentían confinados, en cierta manera. Las ocupaciones anteriores de la universidad se habían llevado a cabo en un anfiteatro, mucho más grande y de donde se podía entrar y salir libremente.

Al despuntar el alba, tras cuatro semanas de movilizaciones en contra de la reforma laboral del Gobierno socialista que preside François Hollandemovilizaciones en contra de la reforma laboral, la Universidad París VIII vive literalmente un tiempo de lucha, de bloqueos, de clases alternativas y de ocupaciones nocturnas. Los estudiantes, indignados, –que se muestran decididos a dejar oír su oposición a la ley, que la comisión de la Asamblea comenzó a estudiar este mismo martes– comienzan a estar duchos en estas lides. A veces, no obstante, las cosas se complican. La ocupación lúdica pronto se parecerá más a un campamento de personas atrincheradas. Ambre, de 20 años, estudiante de segundo curso, es una de las líderes. La joven, que quiere permanecer sobria para tener las ideas claras por si se hace necesario negociar con los vigilantes de seguridad o con las fuerzas del orden, en el peor caso, da consignas y consejos al grupo, que integra una veintena de personas: “No podemos dispersarnos, esperaremos a que llegue el personal de seguridad y a que cierre la facultad”.

También es a ella a la que se le ocurre hacerse con un botiquín de primeros auxilios. En la primera semana de bloqueos, varios huelguistas poco duchos en mudanzas se hicieron daño en los dedos, de tanto trasladar mesas por toda la universidad: nadie tenía ningún producto para desinfectar las heridas. Lección aprendida. Antes de que la facultad cierre sus puertas, también se hace preciso conseguir avituallamiento. Un estudiante trae comida de un griego; huele a carne a la parrilla y a patatas fritas. Los demás picotean patatas tipo chips de una bolsa, tabulé y zanahorias, todo ello bien regado de cerveza o de zumo de naranja.

Algo más tarde, media hora antes de medianoche, Tad traerá una olla con sopa de verduras variada elaborada con espinacas, boniatos, lombarda, brócoli. En resumen, elaborada con todo lo que tenía en la nevera. Este lunes, el objetivo es movilizar al máximo número de estudiantes posible, tras las clases alternativas, con el fin de ocupar la facultad.

Los argumentos que esgrimen en contra de la reforma laboral siguen siendo los mismos; el rechazo a la futura ley sigue intacto. La precariedad es su principal enemigo. Tienen veintitantos años y ya se imaginan una vida en la que encadenarán becas y contratos temporales y un futuro nada alentador para sus hipotéticos vástagos. Nada idealista. El estado de urgencia, la retirada de la nacionalidad, la violencia policial, la ley de vigilancia o la suerte reservada a los refugiados son las razones de su descontento.

Estos jóvenes indignados se movilización por distintas razones que enumeran. En primer lugar para “recuperar” la facultad, un lugar donde pasan la mayor parte del tiempo, sin llegar a detenerse para hablar. También lo hacen como forma de manifestar su determinación, instaurar una relación de fuerzas y debatir sobre las movilizaciones, una vez y otra. Y, siendo más pragmáticos, para conseguir el bloqueo de las instalaciones, hay que llegar muy temprano y ser muchos. Buen número de los indignados dicen vivir lejos de la facultad, por lo que les resulta imposible estar a primera hora del día en esas condiciones.

Evidentemente, los vigilantes de seguridad invitaron a los estudiantes indignados a levantar el campamento. Se negaron. Para intimidarlos, los vigilantes amenazaron con llamar a la rectora para que movilice a la Policía y los desaloje. Ambre piensa que se trata de un “farol”, pero la asamblea se reúne y debate durante unos minutos sobre qué hacer. ¿Irse?, ¿dirigirse a otra sala?, ¿bloquear la puerta con mesas y sillas? Está será la opción finalmente elegida.

Jérémy se presta voluntario para “representar el papel de estudiante víctima de la violencia policial”. Fuera de bromas, está dispuesto a negociar, en caso de que las fuerzas del orden respondan a la llamada de la rectora de la Universidad, la única con capacidad para solicitar que la Policía entre en el campus. De repente, los estudiantes deciden organizar expediciones, en grupo, a los baños para no abrir demasiado a menudo la puerta.

“Es hora de pasar de las náuseas al vómito”

En realidad, los vigilantes muestran cierta tolerancia, tácita; no insisten demasiado y tratan de meter la cabeza por la ventana, bloqueada, para ver lo que sucede, y contar a los que se van, en un intento por no perder el último metro. A veces, los estudiantes aceptan entreabrir la puerta cerrada para hablar con ellos y reafirmar su intención de permanecer en el recinto, pase lo que pase.

Entre las consignas indispensables que se escuchan, Ambre dedica varios minutos a recordar a sus colegas los principios del equipo jurídico y responde a las preguntas que le formulan los demás estudiantes. Los consejos básicos son: facilitar los datos de los padres a los que avisar en caso de detención y conseguir garantías de representación –es decir, todos los documentos que demuestran que se está insertado en sociedad, como por ejemplo el certificado de escolarización, el pago del alquiler, para evitar una detención preventiva–. La joven también hace hincapié en que, en caso de que se produzcan detenciones, se nieguen a declarar de forma inmediata tras ser arrestados. Las penas serían mayores porque la defensa no habría tenido tiempo de preparar el caso. También recomienda no llevar el número del abogado encima, o guardarlo con otro nombre en el teléfono para evitar ser acusado de premeditación. Estos y otros consejos, los ha recopilado de la página web del Sindicato de la magistratura, por ejemplo. 

En un pared, un estudiante ha escrito: “Es hora de pasar de las náuseas al vómito”, forma poética de traducir la gradación en la lucha. Ambre reivindica el hecho de “endurecer la lucha”.

A veces, para pasar el rato, los estudiantes juegan a las cartas, al Uno. Una versión que han bautizado como “El plan social”. El objetivo es poder despedir a un máximo de asalariados para poder deslocalizar la empresa en China. Cualquier parecido con la realidad es, por supuesto, pura coincidencia...

A las dos de la mañana, la sala parece un albergue, al menos las camas. Se despliegan los sacos de dormir y las esterillas; uno tiene una manta un tanto abigarrada; otro, nada. Los últimos pitillos se fuman en la ventana para molestar lo menos posible.

Poco antes de las tres de la mañana, suena la alarma. De nuevo y durante 40 segundos. Los estudiantes se despiertan y vuelven a quedarse dormidos. Las respiraciones y los leves ronquidos marcan el ritmo. Y, de pronto, se enciende la luz. Los agresivos neones se encienden con brusquedad cuando todo el mundo trata de descansar... Un estudiante busca a tientas los interruptores y vuelve a sumir la sala en la oscuridad para tratar de acabar con esta corta noche.

Un estudiante decide no dormir y se encarga de despertar a los demás. Ambre había propuesto programar, a modo de despertador, el lip dub de los jóvenes de la UMP, Los que quieren cambiar el mundo, aquél en el que se podía ver al cantante ciego Gilbert Montagné conducir un coche. “Se trata de un caso de discriminación, podríamos haberlos podido atacar por eso”, explica uno de ellos. Jasmine sigue: “Vivimos en una sociedad pensada por los válidos y para los válidos”. Ambre añade: “Se supone que todo el mundo tiene las capacidades físicas necesarias para bloquear tres veces por semana la facultad y para manifestarse sin cansarse, en un verdadero problema”.

Todos están tan imbuidos de sus lecturas y de sus clases que hasta los asuntos más triviales pueden dar pie a una verdadera reflexión política. Así sucede cuando la conversación deriva a las historias de Harry Potter, sus libros de infancia. Uno de los estudiantes expone con mucha seriedad su teoría sobre uno de los pasajes dedicados a los elfos domésticos, seres que son sometidos a esclavitud y que serán liberados de su propia opresión porque los implicados son más aptos para dirigir el combate”. Jasmine añade que hizo un trabajo para clase sobre “la misoginia que encierra la escritura” de las mismas obras. A las 6 de la mañana, no hay ni rastro del lip dub de la UMP, pero sí que necesitan refuerzos. Después de colocar la sala, se dispersan a diversos puntos estratégicos de la universidad.

Una decena de vigilantes se sitúa delante de la entrada principal. Impiden a todo el mundo que entre o salga. Uno de ellos dirá a los alumnos determinados a la hora de bloquear la facultad: “¿No ves que la protesta ha acabado?”. Por supuesto, están dispuestos a demostrar lo contrario.

Montebourg, el exministro de Economía que intenta recuperar al electorado socialista desencantado

Montebourg, el exministro de Economía que intenta recuperar al electorado socialista desencantado

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

Más sobre este tema
stats