Naciones Unidas

Susana Malcorra, la dama de hierro que aspira a suceder a Ban Ki-moon

Susana Malcorra, la dama de hierro que aspira a suceder a Ban Ki-moon

Susana Malcorra, antigua jefa de gabinete de Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, cuyo mandato expira a finales de 2016, ¿tiene posibilidades de sucederle? Aunque hasta la fecha Malcorra no ha desmentido ni confirmado oficialmente su interés por ocupar el puesto, parece que cada vez lo piensa más en serio. Y así lo pone de manifiesto el hecho de que Malcorra haya entrado en campaña, aunque no figura entre los ocho candidatos mejor situados y pese a que tampoco pertenece a la zona geográfica que, según una regla no escrita, estipula que ahora le corresponde a Europa del Este ocupar el cargo de secretario general.

Llegados a este punto, ¿quién es Susana Malcorra? No se sabe mucho de ella. De marzo de 2012 a noviembre de 2015, durante las ausencias del secretario general de la ONU, más interesado en visitar todos los rincones del planeta que en ocuparse del día a día, dirigió Naciones Unidas con mano firme. Los que la veneran dicen de ella que es ambiciosa, inteligente y, a menudo, encantadora. Los que la odian –son legión– la describen como una mujer curtida, taimada, manipuladora, a la que le gusta la intriga y oportunista. “Representa el prototipo de mujer que ha triunfado de un modo espectacular en un mundo de hombres. Es curioso cómo aplica lo que percibe como las reglas válidas de este mundo de hombres”, asegura un alto funcionario que trabajó con ella durante más de siete años.

En marzo de 2008, Ban Ki-moon la situó al frente del departamento de apoyo a las misiones (DFS), como secretaria general adjunta (USG). Pasa a ser responsable de 32 operaciones sobre el terreno (100.000 miembros del personal militar, civil y de Policía) y supervisa la intendencia y la logística (comunicación, materiales, raciones para las tropas). Con ella, el DFS adquiere importancia y poder. El departamento tiene capacidad para controlar todos los contratos y decide si las compañías candidatas a las licitaciones cumplen los requisitos recogidos en el pliego de condiciones. No sorprende que muchas empresas hagan lobbying en su departamento. ¿Favoreció a compañías, como sugieren algunos, pese a que no existen pruebas? Lo que parece indiscutible es que esta mujer sabe maniobrar, de forma que cada puesto le sirve de trampolín.

Antes de trabajar en la Secretaría General, en el cuartel general de Naciones Unidas en Nueva York, Susana fue directora ejecutiva adjunta del Programa Alimentario Mundial (PAM) donde se encargaba de supervisar las operaciones humanitarias urgentes, recursos humanos, los servicios presupuestarios, de fianzas, de información, de tecnología, de telecomunicaciones, de administración y de seguridad. En aquella época ya ejercía control sobre todo. En cada puesto que ocupa, se crea una sólida red de fieles que no dudará en llevarse con ella cuando Ban Kin-moon la nombre jefa de gabinete. Sabe lo que tiene que hacer cuando de conseguir la lealtad de las personas que trabajan para ella se trata. No escatima ascensos, siempre con un único objetivo: asegurarse el total compromiso de todos sus empleados.

De este modo, cuando en noviembre de 2015 deja la ONU para asumir la cartera de Asuntos Exteriores en Argentina, ascendió a todos sus colaboradores próximos. Se trata de aquéllos que trabajaron a su lado en el PAM y en el DFS, la mayoría sudamericanos, pero sobre todo y ante todo personas fieles. Este comportamiento le permite estar al tanto de cuanto sucede. ¿En caso de que vuelva por la puerta grande? Aunque muchos funcionarios se han visto sorprendidos por estos ascensos, en la planta 38ª, donde están los despachos de Susana y de Ban Ki-moon, no ha extrañado a nadie. Las reglas que rigen al órgano ejecutivo son diferentes. No es necesario pedir el aval de nadie para nombrar y ascender a un colaborador. “En la 38ª, no hay transparencia ninguna. Las personas del entorno del secretario general hacen lo que quieren. Incluso las vacantes, cuando hay, no se publican como es preceptivo en el caso de los demás empleados; sucedía lo mismo con Kofi Annan y con otros”, precisa, magnánima, una funcionaria cuando habla de los usos y costumbre en el seno de la ONU.

En lo que respecta a sus competencias, Susana las ha pulido y más tarde refinado en Argentina, en el sector privado donde ocupó durante 25 años puestos directivos, en IBM y después en Télécom. En IBM, afrontó un periodo particularmente difícil. Altos responsables del Gobierno argentino y representantes de IBM fueron acusados de corrupción a gran escala. En este entorno elitista, Susana –que nunca se ha visto implicada en el escándalo–rápidamente entendió que el poder permite situarse por encima de las masas. “Aprende pronto y lo retiene todo”, admite, admirado, uno de sus antiguos colegas. Ha sabido utilizar perfectamente lo que aprendió en el sector privado y lo ha adaptado a la dimensión burocrática de Naciones Unidas. “Me gustó trabajar con ella porque es muy eficaz. Toma las decisiones que se le piden que tome. ¿Me gustaría ser su asesor o formar parte de su equipo? Posiblemente no”, admite alguien de la ONU que la ha tratado durante años.

Una anécdota resume a la perfección su personalidad. Carmen Lapointe, una canadiense que acababa de asumir sus funciones al frente de la Oficina de Servicios de Control Interno (OIOS), debía participar en una conferencia sobre la lucha contra la corrupción. Renunció en el último momento. El organizador, al que pilló desprevenido la renuncia, decidió recurrir a Susana que aceptó tras pedir la lista de participantes y descubrir que entre la pléyade de invitados importantes estaba el comisario de Policía de la ciudad de Nueva York. “Comprendió inmediatamente que el evento le daría más visibilidad. Que le permitiría reunirse con gente que podría serle útil”, comenta uno de los participantes, que añade: “Sabía que como secretaria general adjunta, asistir a la conferencia le beneficiaba; le confería un prestigio político que todavía no tenía, en un sector muy importante para los Estados miembros”.

Estados Unidos

Todos los que la han tratado son unánimes: Susana Malcorra está increíblemente dotada para detectar a las personas susceptibles de ayudarla a progresar. Sabe a la perfección a quién dirigirse. “No hay otra como ella para detectar las flaquezas de alguien y utilizarlo”, recuerda un colega. Piensa continuamente en lo que puede resultarle beneficioso. Cuando conoce a alguien, lo evalúa y se pregunta si y cómo podrá utilizarlo. Se la ve dispuesta a todo para conseguir lo que quiere. No se trata de que tenga una ambición ciega, sino que es ambiciosa por amor a la ambición. Adora el poder, las intrigas. En el caso de los abusos sexuales contra niños en la República Centroafricana, trató de evitar que saltara el escándalo sin preocuparse por las repercusiones negativas que podría acarrear para la ONU si llegaba a conocerse. “No pensó ni un solo momento en los niños”, precisa Peter Gallo, extrabajador de OIOS. Vengativa, se ensañó con Anders Kompass y con todos los que intentaron difundir lo que estaba sucediendo. Un error de apreciación del que nadie, a día de hoy, la considera responsable. “Lo lleva en los genes. Adora ser la que mueve los hilos. Es manipuladora. Es una killer, actúa como lo haría un hombre que quiere triunfar y que se esfuerza por ello. También se puede transformar inmediatamente en una mujer dulce o en intelectual, si eso le ayuda en sus ambiciones. Es un camaleón”, explica, no sin admiración, un diplomático occidental.

“Tiene buenas ideas –probablemente de cuando trabajaba en el sector privado–, pero buen número de ellas nunca han pasado de ser eso, ideas, porque son imposibles de llevar a la práctica. No es creativa”, asegura uno de sus excolaboradores, que presentó la dimisión. Hasta hace poco, contaba con el apoyo de Estados Unidos. Todo apunta a que ya no es así. Sin embargo, les ha beneficiado imponiendo reformas, pese a oponerse con ello al personal de la ONU. Baste un ejemplo: la movilidad obligatoria al cabo de cinco años, para los trabajadores, con independencia de su rango, incluidos los secretarios generales adjuntos. Una idea innovadora del secretario general, apoyada por Susana, que debía ser la encargada de impulsarla. En un primer momento, esta reforma estaba dirigida a evitar que el personal se “acomodase” y a la ONU, le permitía ahorrar, ya que los servicios debían funcionar según un sistema de rotación y algunos miembros del personal podían decantarse por irse a una misión.

“Antes, el personal podía pasar toda la vida en el mismo departamento. Ahora, a los cinco años, debe postularse para otro puesto. Puede ser en el mismo servicio o en la misma oficina, pero en otro puesto. En un primer momento, parecía una buena idea que nos permitía evolucionar y progresar en el seno de la Organización, pero si no hay otros puestos interesantes o hay que esperar a que queden libres, ¿cómo hacemos? ¿dónde vamos? Se nos explica que podemos ir a una misión, si queremos. Pero la selección no sólo es lenta y complicada, sino que todo el mundo sabe que dejar la sede es un billete de ida. Cuando vuelves, ya no tienes oficina, no tienes trabajo. ¿Y qué pasa con los que tienen familia, niños de corta edad?”, señala inquieta una funcionaria nórdica.

Por fortuna, como sucede a menudo en la ONU, la aplicación de estas reformas resultaba complicada y no convencía a nadie. “Es parecido a escuchar a Donald Trump decir que va a construir un muro y que lo va a pagar el Gobierno mexicano. Susana emprende, pero después todo queda en un proyecto. Es evidente que las reformas son irrealizables y es otro el que paga los platos rotos. A fin de cuentas, no se considera responsable a nadie y nadie puede decir quien ha tomado las decisiones”, se indigna un extrabajador de la OIOS.

La práctica totalidad del personal de la ONU estaría completamente consternado si la vieran regresar como secretaria general. Para los que todavía dudaban de sus posibilidades y aunque todavía no es oficialmente candidata, Susana ya ha iniciado la caza de apoyos políticos en otros países miembros. A finales de enero, asistía a la inauguración de la 26ª cumbre de la Unión Africana en Addis Abeba. “Como ministra de Asuntos Exteriores argentina, no tenía razones para acudir, salvo para hacer lobbying con los jefes de Estado africanos. Se entrevistó con todos. Con todos ellos fue muy directa: quiere ser la próxima secretaria general”, comenta un diplomático africano todavía sorprendido por su presencia.

Durante la visita del presidente Obama a Buenos Aires, en marzo de 2016, Susana probablemente le informó de sus ambiciones. Queda por ver de qué forma va a ponerse manos a la obra para ser aceptada por el resto de Estados miembros, sobre todo por Rusia, Francia y China. En lo que respecta a Gran Bretaña, todo lleva a pensar que después de que el pasado 26 de marzo optara por integrar la plataforma continental argentina en las Malvinas, los ingleses no la apoyarán. A su ritmo, pero con la determinación de la que siempre ha hecho gala. ¿Tiene posibilidades? ¿Podría ser el comodín de última hora? “Si los miembros permanentes no encuentran la horma de su zapato del lado de Europa del Este, si no hay consenso sobre un candidato o candidata, ¿por qué no?”, dice un analista político que añade: “Las preguntas que deberíamos hacernos son las siguientes: ¿por qué fue nombrada de la noche a la mañana ministra de Exteriores y por qué razón sino es para dotarla de una credibilidad que le faltaba en el plano internacional?”.

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Traducción: Mariola Moreno

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