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La ley del menor

  • Mientras su marido cuestiona su vida conyugal, la protagonista, que ejerce como jueza, tendrá que lidiar con complicados casos que afectan a menores de edad

Sonia Asensio
Publicada el 05/02/2016 a las 06:00 Actualizada el 05/02/2016 a las 13:26
Portada del libro.

Portada del libro.

La ley del menor
Ian McEwan
Anagrama
Barcelona
2015



i+d+i Cinfa
Una vez más ha sido un placer leer a Ian McEwan en su nueva novela La ley del menor. Y abrumada todavía por las escasas 200 páginas me asomo con precaución a la misma ventana londinense donde sus personajes empiezan un día que no será cotidiano, como el de ayer.

En esta novela, la protagonista es una mujer, Fiona Maye, magistrada del Tribunal Superior de Justicia y especializada en derecho de familia. Una profesional honesta y trabajadora, con una carrera irreprochable que no ha sabido conducir, quizás, su vida personal. Tratando de impartir justicia en las familias de Londres ha descuidado la suya y una noche de un domingo de junio, su marido, Jack, pone patas arriba toda una vida juntos, cuestionando abiertamente su vida sexual y su relación como pareja al filo de los 60 años.

A pesar de una conversación en el salón conyugal que presupone un desequilibrio abismal en la vida de los esposos Maye, la novela se va a entretener con diversos casos judiciales de menores que nos desvían la atención de la trama fundamental, si es que efectivamente la hay. Porque la vida de Fiona no sería completa sin su trabajo diario en el Tribunal de Justicia. Y antes de continuar con la inevitable distancia del matrimonio se nos relatan las preocupaciones de la Fiona jueza, por la sentencia que tendrá que dictar mañana haciéndonos reflexionar sobre distintos asuntos que tienen como telón de fondo la religión en la familia. Dos niñas judías ortodoxas y unos padres con distintos planes de futuro para ellas, unos bebés siameses que hay que separar y el más importante en la novela: un menor de 17 años, testigo de Jehová que debe recibir una transfusión de sangre para poder seguir viviendo.

Las calles de Londres se convierten en el escenario para el pensamiento reposado sobre todos estos casos que ocupan la mente de la protagonista y que se conjugan aleatoriamente con diversas partituras de piano, música tocada y disfrutada, con la guerra de Siria y la responsabilidad europea, con el cambio climático o con el destino inevitable de nuestro planeta.

Todo se presenta de manera reflexiva, al estilo del autor y nos recuerda otras novelas. Todo queda amansado por el silencio del razonamiento, de las ideas, de los recuerdos… Incluso de lo que pudiera haber sido. Dos hijos soñados, el niño músico no universitario, la niña artista, conservadora de museos quizás, vacaciones de verano en un castillo, invenciones para una mujer que no ha sido madre porque no ha querido. Una familia inventada que nos acerca demasiado a la familia que conocimos en Sábado, esa otra gran novela, unas páginas donde reafirmé qué me gustaba leer realmente.

En esta maraña de pensamientos y de digresiones, de juicios y de propósitos, se cuela la historia del niño testigo de Jehová, Adam Henry, hasta hacerse decisiva en la vida de nuestra protagonista. Fiona debe tomar una decisión y para ello quiere conocer a Adam. Antes de dictar sentencia a favor de los padres o del hospital y decidir si Adam debe o no recibir una transfusión de sangre, se dirige al hospital donde está ingresado para saber de primera mano cuál es la determinación del joven que tanto arraigo siente por su religión, tanto que prefiere morir antes que aceptar el tratamiento de los médicos.

Este episodio magistralmente entrelazado con el que ocupa principalmente la mente de la jueza, su crisis matrimonial, nos llevará de nuevo a multitud de reflexiones acerca de la interpretación de las sagradas escrituras. Esta no es una cavilación más en el libro. La interpretación forma parte importantísima de dos aspectos que preocupan en esta novela al autor: la ley y la religión, ambas susceptibles desde siempre de distintas lecturas. Si bien la literatura o el arte implican glosa o comentario, éste se queda en mero juego, sin nada que perder. Pero es bien sabido (y más en estos tiempos aciagos) que la interpretación de la ley y de la religión pueden acarrear serios conflictos, personales, como en nuestra novela y sociales o mundiales, como desgraciadamente está ocurriendo en nuestros días.

El libro camina lento y parsimonioso entre las partituras pausadas de Mahler. La chimenea se volverá a encender en el salón de Jack y de Fiona y todos los sentimientos, errores, miserias, aciertos y baches que suponen nuestras vidas quedarán alumbrados en una excelente novela que no puedes soltar una vez que la agarras, como no puedes soltar ni tus recuerdos ni tus caídas. Una vez más, excelente Ian McEwan. Como he dicho más arriba, un placer y una valiosa reflexión.


*Sonia Asensio es profesora del IES Juanelo Turriano de Toledo


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