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La cara amarga de la fama

La novela de una sociedad

  • A partir del mundo del teatro, la autora hace una interpretación de la sociedad del espectáculo y de la cultura del entretenimiento
  • Desde la articulación privado-público, Marta Sanz escribe en su novela sobre el paso del tiempo, el cambio generacional y el cambio social

Publicada el 12/02/2016 a las 06:00 Actualizada el 10/02/2016 a las 13:52
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La escritora Marta Sanz.

La escritora Marta Sanz.

Farándula
Marta Sanz

Editorial Anagrama
Barcelona

2015

(Texto leído en la presentación de la novela en el Círculo de Bellas Artes)


A la alegría del Premio Herralde otorgado a Marta Sanz, se suma la lectura de una novela magnífica y necesaria.

En el libro se hace una interpretación muy inteligente de la sociedad en la que vivimos a partir del mundo del teatro. Según la etimología especial de la autora, la Farándula es una mezcla de faralaes y tarántula.

El teatro sirve, desde luego, para aludir a la sociedad del espectáculo, a los faralaes, a la inercia de los últimos años que ha convertido la cultura en entretenimiento. No educación, ni formación, ni imaginaciones éticas, sino divertimentos cada vez más zafios.

Pero lo importante de esta novela es –para mí- que la mirada hacia el teatro resulta verdaderamente seria. El teatro se consolida como el género moderno que en su propia raíz articula la vida privada y la vida pública. Desde el teatro a la italiana y la perspectiva del telón como cuarta pared, el teatro es la representación pública de lo privado.

Es decir, Marta mira hacia el lugar donde se fragua la cultura de un tiempo, de una época, una cultura que ya no alude sólo al Teatro, la Poesía, la Novela con mayúsculas, sino que señala el modo que tiene la gente de vivir las relaciones laborales, los miedos, las ilusiones, la soledad, la amistad o el sexo.

Marta Sanz mira al espacio de articulación que nos convierte a todos, lo queramos o no, en actores. Somos realidad, intervenimos en la realidad, representamos, nos representan, porque por desgracia sí, sí nos representan.

Y desde este lugar la novela se pregunta por el compromiso. El compromiso con los amigo, con el amor, con la propia vocación o con la política.

¿Quién es aquí el personaje más comprometido?

¿Daniel Valls, el actor de éxito que firma manifiestos para protestar por los 5.960.400 parados? ¿O Natalia de Miguel, la joven actriz sin mucho respeto por el arte y el pudor que participa en un bochornoso reality show para hacerse famosa?

Desde luego la más ideológica, la más comprometida con su tiempo, más allá de la decisión ética personal, es Natalia de Miguel. Y en cualquier caso, la cultura como forma de vida nos compromete a todos, nos hace actores de la historia, tanto a los que firman o firmamos manifiestos como a los que prefieren no meterse en política para no perder las simpatías del público.

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Desde este punto de lectura, o de vida, o de articulación social, Marta crea una narración de personajes muy bien definidos. Daniel nos habla del éxito, de la carga ética que se niega a convertir la solidaridad en marketing siguiendo las directrices del espectáculo. Y nos habla de contradicciones, del peligro de pensar de una manera y habituarse a un tiempo de vida propio de personas con una ética diferente. Y nos habla de soledad, de una soledad doble. Su compromiso político, le provoca conflictos con el público de derechas y los intereses comerciales del espectáculo. Es la derecha. Su éxito y su calidad, despiertan el rencor de los fracasados. Consideran que un triunfador con buena vida no tiene derecho a comprometerse. Es la mezquindad disfrazada de izquierdismo, la política como disfraz de la mediocridad personal, un proceso muy alimentado por las corrientes neoliberales de la telebasura, que tanto abunda en la sociedad de la sospecha, de la indignación populista, que tiene como principio ideológico la incapacidad de respeto y la pérdida del sentido de la admiración.
Valeria es alguien que, a contracorriente, sorprendida entre dos edades, todavía piensa que el éxito es la dignidad en el propio trabajo, el desempeño de una vocación.

Lorenzo Lucas
será el cinismo y la supervivencia, una tensión que dignifica la ladera oscura y carga de sombras la luz.
Natalia y Charlotte Saint-Clair, en dos orillas distintas, son también las dos caras de la nueva época, los privilegios especulativos de la élite y la lucha por la vida de la mayoría que intenta sacar la cabeza y triunfar en el orden de las nuevas reglas.

Desde esta articulación privado-público, la novela nos habla también del tiempo, del cambio generacional, del cambio social, porque la biología, claro, se convierte aquí en historia.

Los mayores nos recuerdan una época en la que la vigilancia de lo correcto era ejercida por el franquismo o por el senador MacCarthy en la caza de comunistas o de brujas. La gente que todavía sostiene una herencia de solidaridad y lucha está obligada a llevarse a casa la agonía de un tiempo casi muerto, tal vez por culpa de un ictus histórico. Porque históricamente hay quien necesita vivir la dignidad como la obligación de hacerse cargo de lo que agoniza. Que el enemigo haya sido más fuerte no significa que uno deba cambiar de bando.

Los más jóvenes han aprendido que la vigilancia la ejercen hoy los mismo de siempre, pero a través de la ley de la oferta y la demanda, las normas del mercado. Si quieres el éxito que te ofrecen, mejor que aceptes participar sin demasiados escrúpulos en el reality show de esta vida virtual en la que estamos. Todos es táctica, disfraz, electoralismo, ahora esto y mañana lo otro.
Desde esta situación, la novela de Marta Sanz no tiene más remedio que resolverse en la conciencia de la escritura. Es la respuesta. Sartre caracterizó a Baudelaire como el poeta que se veía viendo, la conciencia de su propia perspectiva. Valeria Falcón, la Falconcita, heredera de una estirpe, se piensa pensando y se hace escritura, una voz consciente de sí misma, con un pudor extraño en una sociedad que privatiza lo público a costa de publicitar lo privado. En esta inercia está justificada la nostalgia del anonimato: la pregunta sobre si es conveniente dejar el teatro.

La novela no es feliz, pero está llena de humor, de impertinencia. El mundo no está para que nos riamos de él, pero sí podemos reírnos de nosotros mismos. El humor y la mirada nos ayudan a romper la realidad virtual para acercarnos a la experiencia de carne y hueso, con sus enfermedades, sus miserias, sus conversaciones, sus fragilidades, su bondad. Ponerse aquí al pie de la letra es ponerse también a pie de calle.

Esta es la Farándula, compuesta por actores, pero también por gordos, por flacos, por delgaditas que salen más gordas en televisión, por anoréxicas, por viejos verdes, por mujeres y hombres que dejan de ser mirados, calentones, personas que joden o que no joden, polvo apasionados y polvos aburridos, olores de cocina y olores a rancio.

La Farándula de Marta Sanz nos devuelve un sabor a nosotros mismos. Somos faralaes, somos tarántulas, pero tenemos corazón, esa enfermedad de la gente de carne y hueso, ese lujo que nos permite, por ejemplo, admirar y querer a Marta.

*Luis García Montero es poeta, su último libro publicado es 'Un velero bergantín' (Visor Libros, 2014)


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