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Los libros

‘Fumando con mis muertos’, de Álvaro Salvador

  • Los últimos libros del autor granadino responden a la capacidad de vivir el presente o, si se quiere, de pensar la vida a través de la poesía, sin la carga abrumadora de la nostalgia
  • La presencia de autores a los que se cita o se rinde homenaje es muy intensa en este libro, mucho más que en el resto de su obra 

Antonio Jiménez Millán
Publicada el 15/04/2016 a las 06:00 Actualizada el 14/04/2016 a las 20:14
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'Fumando con mis muertos', de Álvaro Salvador

'Fumando con mis muertos', de Álvaro Salvador

Fumando con mis muertos
Álvaro Salvador

Vandalia
Sevilla

2015

Fumando con mis muertos
Decía Jorge Guillén que era fácil ser poeta a los 20 años, pero no tanto a los 50 o a los 60. Álvaro Salvador acepta ese reto en su libro más reciente, Fumando con mis muertos, muy coherente con los anteriores Ahora, todavía y La canción del outsider, que consolidaban ya su obra de madurez. Todos estos libros —y no olvidamos otros más antiguos como El agua de noviembre o La condición del personaje— responden a la capacidad de vivir el presente o, si se quiere, de pensar la vida a través de la poesía, como escribió Ángel González en el prólogo a la primera antología poética de Álvaro Salvador, Suena una música; pensar la vida sin la carga abrumadora de la nostalgia.


Fumando con mis muertos se divide en cinco secciones. La primera de ellas, "La canción de la tierra", aborda cuestiones relacionadas con la ecología desde el recuerdo inicial de una infancia vinculada al campo ("Toda una infancia puente entre horizonte y nube,/ toda una infancia pura más realidad que sueño") o el eco juanramoniano ("Y yo me iré…") de "El linaje de los mirlos", hasta el reconocimiento difícil de "Noviembre de ultramar", pasando por el irónico homenaje a Ángel González en "Imposible discurso a los jóvenes", una parodia del moralismo paternalista que también hace un guiño a ciertos pasajes de "Aullido" de Allen Ginsberg: "He visto tantos pavos reales/ abatidos/ por sus propios colores indiscretos,/ tantos incontinentes loros/ fascinados/ por el hipnótico y falso parloteo/ de sus egos inmensos./ He visto a algunos de los mejores poetas de mi generación/ quemarse, diluirse, dispersarse,/ fundirse en la palabrería inconsecuente/ de su propio Narciso…".

La presencia de autores a los que se cita o se rinde homenaje es muy intensa en este libro de Álvaro Salvador, mucho más que en el resto de su obra poética. Así ocurre en "Fragmentos de Nueva York" (varios poemas de este apartado se publicaron en el libro de Julio Neira Historia poética de Nueva York en la España contemporánea, 2012). La experiencia de la metrópoli que tanto inspiró a los poetas de la "Edad de plata", desde Juan Ramón Jiménez a Moreno Villa y García Lorca, y mucho después a José María Fonollosa o José Hierro, va generando distintos ángulos de visión que abarcan tanto los detalles de la vida cotidiana ("Renacimiento", "Leo House") como los acontecimientos del pasado o la importancia de una mirada poética que se proyecta desde los versículos de Walt Whitman hasta la actualidad ("La espalda de Manhattan se abre ante nosotros./ Ved cómo los vapores navegan por mis versos"). Llama la atención el poema "Contra usura", una reflexión sobre la trayectoria de Ezra Pound relacionada con la deriva presente del capitalismo.

En el apartado "Remordimiento" se halla el poema que da título al libro, "Fumando con mis muertos", que es una doble referencia al pasado: no sólo alude a los que ya no están sino a los viejos hábitos del autor, que dejó de fumar hace muchos años pero vuelve a hacerlo en sueños, con una sombra de culpa, y establece a partir de ahí un diálogo con personas desaparecidas muy cercanas. Esta vena elegíaca también da sentido a "Ocho de marzo", una evocación de la figura materna, por supuesto a "Elegía 2014", centrado en los poetas que fallecieron en los primeros meses de aquel año (Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Félix Grande, Ana María Moix, Leopoldo María Panero), e incluso a "Ciudad negra", testimonio de la relación conflictiva de amor-odio que los granadinos solemos mantener con la ciudad natal: "Ciudad del pasado, de mi pasado,/ ciudad de nuestras lágrimas,/ de los ríos de lágrimas,/ de la sangre que se oculta y que llora".

Cierto aire de misterio, muy cinematográfico en el fondo, preside la sección "Una mujer espera en el andén", empezando por el poema extenso que lleva ese mismo título y se configura como diálogo sobre una inquietante figura femenina; una atmósfera que continúa en "Canción rara", magnífico homenaje a Enrique Morente con García Lorca de fondo, en "La encerrada" y en los poemas del siguiente apartado, "El libro de las artimañas", donde destacan especialmente "La edad de los sueños", "En las noches oscuras" y "SMEG", un poema dedicado al viejo frigorífico que parece quejarse en el silencio nocturno. Como ha escrito Francisco Díaz de Castro, "entre el humor sarcástico y vislumbres oníricos, asistimos a la sugestiva representación de una conciencia moral abrumada por la edad —pero muy atenta a la belleza física y al erotismo— de la que el poeta extrae una irónica constatación del deterioro" (Mercurio, 179, marzo de 2016). Esta sección se cierra con un poema en prosa, "Ojos y dientes", que escoge una referencia de Paul Auster para constatar con esa ironía ya mencionada la decadencia física (porque a pesar de todo, el protagonista no deja de viajar y la erosión es parecida "a su esfuerzo constante por detener el tiempo"). Queda como final del libro el poema "Jubileo", variación sobre "De vita beata" de Jaime Gil de Biedma: "Y a esperar con paciencia/ —y con paz—/ que este sol tan templado y clemente/ se despida una tarde sin viento/ para no volver más".

*Antonio Jiménez Millán es poeta y profesor de la Universidad de Málaga. 


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