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‘Guardar las formas’, de Alberto Olmos

  • El nuevo título del escritor es una compilación de doce cuentos que no guarda ni una forma estética ni un hilo conductor. Salvo, quizás, la idea de la soledad
  • Los cuentos de Olmos son experimentos con su lenguaje, su ritmo, sus cadencias. Es difícil saber cuál es el estilo real del autor, en cuál se mueve mejor

Sara Vítores
Publicada el 15/04/2016 a las 06:00
'Guardar las formas', de Alberto Olmos

'Guardar las formas', de Alberto Olmos

Guardar las formas
Alberto Olmos
Literatura Random House
Madrid
2016

Guardar las formas
No ha querido guardar las formas en esta ocasión. Después de ocho novelas, Alberto Olmos (Segovia, 1975) ha hecho una incursión en el género del cuento, del relato breve. Dice que muy a su pesar, porque siempre ha considerado el cuento como un género menor, pero que lo necesitaba después de su última novela, Alabanza (Literatura Random House, 2014).

Guardar las formas es una compilación de doce cuentos que no guarda ni una forma estética ni un hilo conductor. Algunos de ellos son relatos con finales redondos; otros, historias inacabadas para que el lector concluya. Y si algo sí puede guardar cierta forma —aunque veladamente— es la idea de la soledad desde doce distintos puntos de vista. (Dice el INE que en España hay cuatro millones y medio de personas que viven solas, una de cada cuatro... No es de extrañar que la soledad, vivas solo o acompañado, se refleje en cualquier texto escrito estos días en este país).

En Guardar las formas hay soledad, pero también hay muerte, enfermedad, desesperación y locura. Y muchos símbolos. Una camiseta vieja de un concierto de los Rolling Stones busca contarnos que aunque borremos todas las huellas de nuestro pasado, lo vivido, vivido está. O un contestador de teléfono móvil en el que se oye el silencio durante horas y horas, que nos habla de lo vacías que están nuestras vidas, de cómo buscamos señales en la nada.

No coges cariño a los protagonistas de los relatos de Olmos. Él no te deja encariñarte, porque cruzan la línea de lo cotidiano, de lo habitual, de lo palpable; y solo te identificas con ellos cuando están muertos —como el autor de la "Carta a una niña de cuatro años (para que la lea cuando alcance los dieciocho)"— o cuando se convierten en asesinos —como el narrador de "VHS", el niño que menos guarda las formas de todo el libro—.

Los cuentos de Alberto Olmos son doce experimentos, cada uno —individualmente— sí guarda su forma estética, su lenguaje, su ritmo, sus cadencias, y de entre todos, es difícil saber cuál es el estilo real del autor, en cuál se mueve mejor, porque —como en los experimentos— hay una mezcla tan específica y tan medida de elementos que podría parecer un libro de los mejores relatos de autores del siglo XXI español. Pero son eso, doce experimentos, doce maneras de contar, de sumar, de relacionar, con sus fórmulas matemáticas, con sus causas y sus consecuencias. Tercera Ley de Newton, "toda acción tiene su reacción", parece decirnos Olmos, para después apuntillar: "Y luego no digas que no te avisé".

Y de nuevo esa soledad implícita en la incomprensión: la de ver dos botellas cuando sólo hay una, la del arte del amor como un juego circular sin ataduras, la de una casa vacía que representa la vida. Vacío, habitaciones desnudas, barrios en silencio, colillas lanzadas por el balcón.

"Todo va a ser sustituido, verbaliza al fin, y mira hacia el techo y, en voz alta, dice: Todo". Esa es la idea central del relato "La suplantación", el más corto de los cuentos, dos páginas de descripción de lo efímero desde el vacío de la posición horizontal sobre una cama nada placentera. Todo cambia, todo pasa, todo fluye, todo influye... Aunque uno pretenda guardar las formas.

Dice Alberto Olmos —lo leí el otro día en una entrevista— que a él le da igual lo que reclamen los lectores, que él escribe para gustarle a su novia. Ya se lo habrá dicho ella, pero por si acaso, que esté tranquilo. Guardar las formas son doce razones más para gustar.

*Sara Vítores es periodista. 

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