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Los libros

‘Bailando en la oscuridad’, de Karl Ove Knausgård

  • El cuarto tomo de la saga autobiográfica llena el vacío entre el instituto y la adultez, la zona gris en que se espera de nosotros que seamos, pero donde no sabemos todavía quiénes somos
  • El autor noruego fue apadrinado por el poderoso agente literario Andrew Wylie, y para 2014 era ya toda una revelación en los mercados europeos

Publicada el 13/05/2016 a las 06:00 Actualizada el 14/07/2016 a las 23:45
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'Bailando en la oscuridad', de Karl Ove Knausgård

'Bailando en la oscuridad', de Karl Ove Knausgård

Bailando en la oscuridad (Mi lucha: 4)
Karl Ove Knausgård

Anagrama
Barcelona

2016

Bailando en la oscuridad
Ahí está su vida al completo, diseccionada y expuesta ante nosotros sobre fondo blanco, encerrada en cerca de cuatro mil páginas, dividida en seis volúmenes. Y, sin embargo, no sabemos descifrarla. No nos es posible acceder a ella más que en pequeñas dosis y gracias a la labor de dos traductoras noruega, Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, quienes median entre su escritura autobiográfica —paralizada desde 2011, cuando, después de tres años escribiendo a un ritmo vertiginoso, concluyó su saga monumental Mi lucha, de la que ahora se publica la cuarta parte, Bailando en la oscuridad— y nuestra lectura impaciente, que espera cada primavera la llegada de un nuevo tomo.


Parecería que hubiera sido siempre así, pero esta rutina cíclica apenas lleva un par de años en marcha. En 2012 el primer volumen, La muerte del padre, pasó de puntillas, sin recibir demasiada atención. Hubo que esperar a la publicación en 2014 de Un hombre enamorado para que los focos comenzaran a apuntar hacia Karl Ove Knausgård, quien, habiendo sido apadrinado por el más poderoso y feroz de los agentes literarios, Andrew Wylie, era ya toda una revelación en los mercados anglosajones y europeos. Se dijo de él que era exhibicionista, polémico y desconsiderado, al mismo tiempo que se alabó el que hubiera transgredido tan atrevidamente los límites de la ficción, “roto la barrera del sonido de la novela autobiográfica”, reinventado a Proust en la Escandinavia del siglo XXI. Fue entonces cuando comenzó la cita anual que convoca a todos los que, hoy por hoy, nos podríamos considerar sus groupies y para quienes Karl Ove se ha convertido en una figura familiar pero, al mismo tiempo, llena de interrogantes. Hemos trazado un esquema de su periplo vital, hemos engarzado sus recuerdos en un eje diacrónico, hemos elaborado, al menos mentalmente, un árbol en el que unir a todos los personajes aparecidos en sus novelas. Y, a pesar de los vaivenes, de la narración convulsa que salta a través de los años para detenerse en remembranzas e iniciar extensas digresiones que jamás parecen llegar a la anécdota de partida, nos siguen quedando multitud de puntos ciegos.

Si La isla de la infancia llegaba el pasado mayo para inaugurar un espacio del que aún no sabíamos casi nada —la niñez como apertura a un mundo que se irá enrareciendo paulatinamente hasta desembocar en el ambiente tenso, perturbador y crudo de La muerte del padre, donde el periodo explorado es, principalmente, el de la adolescencia—, Bailando en la oscuridad viene a llenar esta semana otro vacío: el que media entre los años de instituto y el Knausgård adulto. Un territorio tambaleante entre dos edades bien delimitadas y dos posiciones en el mundo bien definidas: de un lado, el descubrimiento constante, las posibilidades infinitas para llegar a ser; del otro, la vida adulta, donde la mayor parte de los caminos se han truncado para conformar así una personalidad más o menos firme, más o menos rígida, más o menos estable. Entre medias, la zona gris en que se espera de nosotros que seamos, pero donde no sabemos todavía con certeza quiénes somos.

Bailando en la oscuridad es una novela iniciática como, de alguna manera, lo son todas las de la saga. Después de haber asistido al primer encuentro cara a cara con la muerte, a los primeros pasos en la paternidad y la vida conyugal, a los primeros aprendizajes como niño, aquí las primeras veces se multiplican de tal modo que el autor nos sitúa, ya no en las puertas de algo, sino en pleno tránsito, en la mitad del puente que une ambas etapas. El libro se abre con un rito de paso: Karl Ove se acaba de trasladar desde el hogar familiar en Kristiansand, al sur de Noruega, a Håfjord, un pequeño pueblo de la costa norte del país, donde trabajará ese curso como maestro. Solo tiene 18 años y un sinfín de experiencias por estrenar, embaladas con el resto de las pertenencias que traslada hacia su nueva casa. Es la primera vez que vive solo, su primer trabajo de verdad y también su primer contacto con la literatura. Knausgård ha decidido aprovechar el año fuera para convertirse en escritor y lo que nos muestra son sus primeros tanteos, torpes y a trompicones, en el arte de narrar: el peso asfixiante de las influencias, casi imposibles de disimular en sus propios párrafos; los bloqueos ante la máquina de escribir; la decepción cuando, aquello que a él mismo le parecía sublime, resulta inmaduro y perfectible ante los ojos de los demás.

Se podría leer esta obra como reverso masculino de otra con la que, pese a las diferencias en el tono de la narración y otros tantos elementos estilísticos, comparte bastantes rasgos: Cómo se hace una chica. Al igual que Johanna, la protagonista de la novela de Caitlin Moran, Karl Ove da sus primeros pasos en la escritura, además de ganar su primer salario, a través de la crítica musical, escribiendo reseñas sobre discos para un periódico de su región. “Si mis recuerdos estaban amontonados detrás del remolque de mi vida, la música eran las cuerdas que todo lo ataban, manteniéndolo en su sitio”, declara y, efectivamente, las menciones a los grupos y los discos son en ambas novelas un leitmotiv que contribuye a la formación de dos adolescentes, quienes escogen el rock, las borracheras y la obsesión por debutar en el sexo como rasgo definitorio de sus personalidades.
Se ha dicho de Bailando en la oscuridad que es “el episodio más grácil, raudo, bullicioso y eléctrico de la serie”. Por el contrario, podríamos considerarlo, creo, uno de los más sombríos. Bien es cierto que Knausgård no se deleita tanto como otras veces en los pasajes reflexivos ni pretende abarcar un arco temporal demasiado amplio, sino que se limita a contar lo que fue su vida desde los 16 a los 19, enfocando algunos episodios que, en los volúmenes anteriores, apenas estaban esbozados. Todo ello, no cabe duda, contribuye a agilizar la lectura, pero a lo narrado le falta la luminosidad que sí resplandecía en muchas de las páginas de los libros anteriores. Al mismo tiempo que el pueblecito de Håfjord, ubicado dentro del círculo polar ártico, se sume en una larguísima noche que dura varios meses, las experiencias del joven Karl Ove se van contagiando de esa misma oscuridad. Impulsos violentos y autodestructivos, juergas constantes, episodios sexuales catastróficos, aislamiento, soledad y demasiadas noches borradas por el alcohol; el autor se narra aquí sin indulgencia, asumiendo sus errores y torpezas, exorcizando sus culpas por medio de una escritura que opta por la desnudez y la confesión cruda, sin velos ni trabas.

Sin embargo, a la vez que Knausgård dirige la dureza hacia sí mismo, la narración adopta una mirada compasiva sobre una de sus figuras centrales: el padre. Esa figura temible y autoritaria adquiere en este cuarto tomo un cariz distinto que, si bien no contradice lo relatado en los volúmenes anteriores, sí lo muestra más frágil y menos despótico, capaz de despertar incluso algún tipo de ternura. Por ejemplo, en aquellos diarios que los hijos encuentran tras su muerte, donde registraba las personas a las que había visto y con las que había hablado, las veces que se peleaba y reconciliaba con su mujer, su lucha y rendición constante a la bebida, y en los que hay anotaciones como la siguiente: “K.O. de buen humor”.

En Bailando en la oscuridad el autor decide prestarle más atención a su madre, un personaje que hasta ahora había permanecido en segundo plano como figura salvadora, definida por mera oposición al padre. Su presencia, no obstante, sigue siendo discreta también aquí, pero el bosquejo que proporciona de su carácter, de su manera de comportarse con los demás, arroja una luz sobre el conjunto que sirve para explicar las vetas de calidez existentes en una autobiografía marcada por el miedo y la desgracia. Sissel, la madre, actúa en la novela como la claridad que va asomando hacia el final del invierno, como el calor que va deshelando las nieves árticas, como el optimismo que brilla en el regreso de Karl Ove al sur al final de la novela, con una juventud recién estrenada y unas ganas renovadas de seguir descubriendo quién llegará a ser.

*Lorena Ferrer es investigadora predoctoral en Filosofía. 


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