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El cuento de todos

No es lo que parece o don Quijote ha vuelto

  • La idea fue esta: para conmemorar el centenario, los alumnos debían encontrar entre las gentes de hoy a un nuevo hidalgo de La Mancha
  • Pedro García Montalvo cierra el relato colectivo cervantino iniciado por por Andrés Trapiello, Juan Marqués y Carlos Marzal

Andrés Trapiello / Juan Marqués / Carlos Marzal / Pedro García Montalvo
Publicada el 13/05/2016 a las 06:00 Actualizada el 12/05/2016 a las 16:51
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El escritor Pedro García Montalvo.

El escritor Pedro García Montalvo.

(Comienza Andrés Trapiello)

Los alumnos de 2º del colegio Nuestra Señora del Mar, de El Ronquillo, fueron dejando en la mesa del profesor, al entrar en clase, el trabajo de redacción de tema único: “Don Quijote ha vuelto”.

La idea de los responsables de Educación de la Junta de Andalucía fue esta: para conmemorar el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, los alumnos de EGB y Bachillerato debían encontrar entre las gentes de hoy, nacionales o extranjeras, a quien en su opinión encarnara mejor las virtudes, se supone que explicadas por los profesores en clase, de don Quijote de La Mancha. Los trabajos participarían en un concurso cuyo primer premio consistía en un viaje de tres días con los gastos pagados a Argamasilla de Alba y otros lugares quijotescos.

Como buen cervantino le gustaron todos, en todos encontró algo genuino y los que no le divirtieron por discretos le hicieron sonreír por disparatados. ¿Quiénes eran los nuevos quijotes en opinión de sus alumnos? Había para todos los gustos: el rey Felipe, algún que otro político, científicos, voluntarios, cooperantes y activistas de oenegés, Cristiano Ronaldo (“por razones humanitarias”, y aquí soltó la carcajada, y también cuando llegó a la parte en la que aparecía Leo Messi como Sancho Panza), Bill Gates (en este coincidieron cinco o seis) e incluso hubo una alumna, esa que está enamorada en secreto de su profesor, que no dudó en elegirle a él, José Luis Pellitero, si no como nuevo don Quijote, sí como reencarnación de Cervantes, ya que le había oído decir a él en clase que seguramente don Quijote tenía tanto de loco como de cuerdo, pero también que se parecía mucho a Cervantes en lo guasón. No obstante, de todos los trabajos el que sin duda llamó más la atención del profesor fue el de Farouk Abdelhay. No le extrañó, porque lo tenía por uno de los más inteligentes, aunque fuera también uno de los que le alborotaban la clase. Fue el único que había encontrado a don Quijote en El Ronquillo. Pellitero dio las gracias a sus alumnos, celebró el alto nivel de los ejercicios, comentó varios de ellos y anunció que el seleccionado para concursar era el de Farouk.

Se armó un grandísimo revuelo, con alborotos y parabienes, porque Farouk tenía muchos partidarios, y también se oyeron dos o tres tímidas protestas de algunos envidiosos que no entendían cómo un moro que ni siquiera era capaz de hablar español sin acento fuese el ganador de un trabajo de lengua.

Al acabar la clase, Farouk, a solas con el profesor, le dijo que no quería concursar. En realidad le dijo que no podía concursar: si llegaba a oídos de su padre que había contado aquello, lo mataba.

Este era el hecho: un domingo de hacía un año, recién llegados a El Ronquillo, cuando apenas les conocía nadie en el pueblo, a su padre lo sorprendió el guarda de La Solana furtiveando la finca de la marquesa de Ajales, setecientas hectáreas, un tercio de cereal, otro de olivar y otro de monte. Lo llevaba a punta de escopeta al cuartelillo. Al rato se cruzó con ellos Braulio, albañil y muy conocido en el pueblo. Venía de cazar del coto cercano que tenía la Sociedad de Cazadores de El Ronquillo. El guarda le contó lo que pasaba y le mostró triunfal la liebre que había decomisado a aquel hombre. Preguntó Braulio al furtivo si era verdad lo que decía el guarda, y este asintió con la cabeza, y en mal castellano añadió que ponía los lazos por necesidad. El guarda apenas le dejaba hablar y repetía prolijo: “Pues no haber entrado en mi finca, so cabrón; a robar a tu país, que allí bien que os dan por culo y os cortan la mano” (esta parte José Luis Pellitero era partidario de redactarla de otro modo). Braulio, que oía aquello en silencio, dijo al fin: “Mira, Manolo, tú eres un gilipollas (también habría que cambiar esta palabra) si por una liebre montas este escándalo; ¿no te acaba de decir que lo hace por necesidad? Devuélvele la liebre y déjale marchar”. “No me toques los cojones (ídem) y métete en tus cosas”, le respondió el guarda. Discutieron al principio normal y luego a gritos, hasta que Braulio lo apuntó con la escopeta y le dijo que o lo soltaba o le soltaba a él un tiro en la barriga, y que si no iría él mismo a la Guardia Civil a denunciarlo por abuso de autoridad.

No tuvo otra el guarda que soltarlo, y Karim, padre de Farouk, en cuanto se vieron libres de él, se lo agradeció con lágrimas en los ojos y no consintió que Braulio se fuese sin antes pasar por su casa y conocer a su familia, a su mujer, a su suegra y a sus cinco hijos, la mayor de los cuales, Axa, era entonces una muchacha de 17 años, alta para su edad, bellísima, con unos ojos grandes y negros como aceitunas y una sonrisa que no parecía de este mundo. Braulio, soltero, 37 años, se enamoró de ella desde aquel día y empezó a frecuentar la casa de Karim, y sin que nadie se explicase cómo, pues jamás los vieron hablar ni nadie sospechaba nada, el mismo día en que Axa cumplió los dieciocho Braulio se la llevó a vivir con él. Los padres y hermanos de Braulio dejaron de hablarle y los padres y tíos de Axa amenazaron con raptarla y devolverla a su aldea, donde la habían prometido a un viejo desde que era niña, y si no la matarían.

“Y de paso me corta los güevos (habla bien, Farouk, le amonestó el profesor), si llega a oídos de mi padre que he contado esto”. Pero nadie le podría quitar de la cabeza a él, Farouk, que de no haber sido por Braulio a su padre lo hubieran metido en la cárcel y los hubieran deportado a todos. Braulio era un nuevo don Quijote, decía en su redacción, pues había remediado una grandísima injusticia a punto de cometerse, y aunque ahora las cosas anduvieran tan revueltas en su casa, para él Braulio seguía siendo un quijote. Cierto que esa parte de la historia ya no la había metido en su trabajo (dos folios), pero tenía muchas razones para seguir pensando que quien se había arrejuntao (juntado, Farouk, le corrigió el profesor) con su hermana era un gran tipo, por cosas que le había contado de él su hermana, cuando iba a visitarla en secreto, y por cosas de las que él mismo era testigo y que tenían que ver con el contrabando de tabaco.

De estos últimos negocios, naturalmente, no le dijo una palabra al profesor.

(Continúa Juan Marqués)

Algo de don Quijote, en verdad, debía de tener el profesor Pellitero, pues, impresionado por el relato de su alumno, decidió hacer sus propias pesquisas, tratar de enterarse de más, asegurarse de que nadie estaba cometiendo ni sufriendo ningún tipo de agravio o de necesidad. Ante algunos delitos se podía hacer la vista gorda, pensaba Pellitero, pero no ante las injusticias.

El joven maestro, gran madrugador, tenía para sí que todas las cosas de cierto valor que había hecho en su vida las había hecho antes de las nueve de la mañana, de modo que un martes, cuando apenas empezaba a amanecer, salió por la puerta de su casa y se subió al coche, decidido a merodear por la finca donde vivían Braulio y Axa.

El cielo se abrió como un libro en cuanto dejó atrás el cartel que decía: “El Ronquillo les da las gracias por su visita”. Era principios de abril. El campo estaba vacío pero radiante. Pocos kilómetros después se cruzó con algunos cazadores en busca de perdices o conejos. Sólo se dejaban ver los pájaros que se sabían a salvo, no codiciados por los cazadores, y ésos se hacían notar con todo el jolgorio y la alegría de la primavera. A la algarabía se unieron las cigarras, los grillos y enseguida el sol, discreto pero en buena forma, majestuoso a su pesar, subiendo.

Pellitero comenzaba a estar seguro de que se había confundido de desvío cuando se encontró junto a una pequeña casa que respondía con exactitud a la descripción que Farouk le había hecho de la vivienda de su hermana. Era un lugar modesto, amplio pero desangelado, con un huerto, un tendedero y, junto a una hormigonera oxidada y una manguera descolorida, restos de material de construcción acumulado sobre el suelo y apoyado contra una pared, demasiado cerca de la puerta. Todavía era muy temprano y no se veía a nadie.

(Sigue Carlos Marzal)

El profesor Pelliterio, con un punto de intranquilidad y otro de alegría expectante, llamó con los nudillos a la puerta de la casa. Desde pequeño había desarrollado una aversión íntima hacia los timbres, las aldabas y los porteros electrónicos, que le parecían invenciones del diablo, utensilios poco respetables para anunciarse en casa de los demás. Las llamadas de los individuos como Dios manda debían hacerse con los dedos de la mano, y siempre en su justa medida, ni demasiado fuerte ni demasiado flojo, porque en la forma de llamar a las puertas se manifestaba el carácter de la persona. Los jactanciosos aporreaban las viviendas ajenas, y los pusilánimes no se dejaban oír: en cambio, los ciudadanos cabales llamaban de manera musical, con un repiqueteo firme y bien temperado, signo de buena crianza. En los detalles ínfimos —se decía a menudo—, gusta de esconderse la mejor educación.

Le abrió una muchacha de ojos enormes y oscuros, y nada más ver su sonrisa luminosa supo que era Axa, la hermana de Farouk. Pensó para sus adentros que la habría reconocido en mitad de la multitud en un día de Feria, tan grande era su parecido de familia, sobre todo en lo que tocaba al aura de entusiasmo para con el mundo que los dos emanaban a su alrededor.

En pocas palabras, Pellitero le hizo saber a Axa el motivo de su visita, y su intención de servir de ayuda, en todo lo que estuviera a su alcance, para beneficiar a la pareja, porque había conocido su aventura por el relato de Farouk. El aprecio que sentía por su alumno, y el rechazo que le provocaban las injusticias —máxime si son sentimentales, y provocadas por historias de amor— lo habían empujado hasta alli. Venía a ponerse a su servicio. La caballerosidad —afirmó, sintiendo crecer en él un impulso mitad quijotesco y mitad sanchopancista— no era un asunto literario, una fábula escondida en los libros, para uso de lectores y ratones de biblioteca, sino una virtud laboral, por así decir. Si lo que aprendemos en las novelas y en los poemas no nos sirve para portarnos mejor con nuestros vecinos, los poemas y las novelas no sirven para nada. Y, nada más acabar la frase, se sintió levitar un palmo por encima del suelo, como si por primera vez en su vida hubiese conciliado en su persona la acción y el pensamiento, la carne y el pescado, las armas y las letras.

Sorprendió a Pellitero el acicalamiento y cuidado interior de la vivienda, que contrastaba con el destartalado aspecto exterior. Había pocos muebles y objetos en la habitación principal, que era el comedor, el salón y la cocina de la casa, pero todos eran sencillos, adecuados y hermosos. Imaginó que un clásico hubiese podido escribir que las mecedoras de madera, la mesa camilla con faldones, los sillones de orejas y la pequeña estantería blanca con varios trofeos deportivos, fotografías enmarcadas, revistas y algún libro eran cosas honestas, queriendo decir con ello que indicaban la evidencia de que quien vivía entre aquellas cuatro paredes procuraba pasar su existencia en armonía, sin estridencias ni alborotos.

Al poco, salido de una habitación, apareció Braulio, con un mono gris de trabajo. Aquella mañana no tenía nada que hacer hasta las doce, comentó, mientras invitaba a Pellitero a tomar asiento en una de las mecedoras. Al profesor, el acto de mecerse, ya fuera en solitario, con un buen libro entre las manos, o en compañía de interlocutores, para proceder a una animada charla, se le antojaba uno de los mayores logros de la civilización, en nada inferior al descubrimiento del fuego, o de la rueda, o del jamón de bellota. Cada vez que tenía la oportunidad de sentarse en una mecedora intachable —y por eso disponía de una en su biblioteca— se ensanchaba su espíritu, se le despertaba un humor filosófico y misericordioso, y rebrotaban en él remotos acunamientos de su madre.

Axa preparó una tetera humeante con el mejor té que Pellitero había probado nunca, hervido con azúcar moreno y abundantes hojas de hierbabuena.

En un rincón, había un narguile con cortavientos, junto a una bandera del Real Betis Balompié, una mezcla que —en opinión del profesor Pellitero— resumía de una manera doméstica el intrincado concepto de la alianza universal de civilizaciones.

Las emanaciones salvíficas del té y su exquisito dulzor hicieron que los tres contertulios abrieran sus corazones de manera recíproca. Axa sufría indecibles tormentos de conciencia, porque su familia la había repudiado al incumplir las tradiciones matimoniales. La angustia de Braulio no era inferior: sus padres estaban decepcionados por su comportamiento, y muy coléricos con aquella situación, que ponía de manifiesto unos prejuicios de los que ellos mismos no se creían capaces. Sus amigos ya no frecuentaban su casa, ni siquiera en los días señalados en que el Real Betis procuraba sus epifanías futbolísticas. Lo cierto es que, como dijo aquel —sentenció Braulio—, uno era él y sus circunstancias, y las circunstancias a menudo se empeñaban en arruinarle la vida a él, y a ella, y a todo hijo de vecino.

De repente, el profesor Pellitero, enardecido por la hospitalidad, por la bebida moruna, y por un cosquilleo cervantesco que sentía brotar en lo más profundo de su sistema límbico, dijo, poniéndose en pie: "Esto, mis queridos Axa y Braulio, lo arreglo yo. Si hay algo que no tolera un lector del Quijote, es que se malogre el amor".

Allí mismo trazó un plan para llevar a buen puerto todo aquel episodio generado por dos oscurantismo idénticos: el aborígen y el extranjerizante.

En presencia de Axa y Braulio, apoltronado beatificamente en la mecedora mágica, llamó con el móvil a los padres de ambos, a Farouk, a los dos mejores amigos de Braulio —Luis, el cura de la parroquia de El Divino Salvador, y Mauricio, el entrenador del equipo de futbol sala del pueblo—, y, para que no faltara nadie en el aquel conflicto interdisciplinar, emplazó también a doña Milagros, marquesa de Ajales, y a Licinio, que así se llamba el guarda trabucaire de la finca La Solana. Bajo distintos pretextos, citó a todos al día siguiente en el seminario de Literatura Española del Colegio Nuestra Señora del Mar, no sin antes advertirles de la importancia capital del asunto que allí se trataría.

De los laberintos ronquilleros se sale con soluciones ronquilleras, concluyó el profesor, antes de despedirse con besos, abrazos y vítores de sus ya para entonces amigos Axa y Braulio.

(Cierra Pedro García Montalvo)

Volvió, pues, Pellitero al Ronquillo desde la pequeña casa y el huerto de Axa y Braulio. El resto de la jornada lo dedicó a su trabajo pedagógico en el colegio y, al caer la tarde decidió dar una vuelta en su vieja moto por los campos de alrededor para no pensar en la decisiva reunión del día siguiente. Apagó el móvil para que nadie lo molestara en ese circuito solitario que iba a hacer. El sol era ya apenas un círculo anaranjado que tocaba casi la linde de las tierras andaluzas y el firmamento. Pero se adivinaba en ese poniente una súbita deflagración final hecha a la vez de colores vivos y de tonos graves… Un buen rato después divisó por el camino de tierra a dos jinetes que venían hacia él en la distancia, una imagen que, al principio, tuvo por un ensueño, un espejismo provocado por las luces desvanecientes del atardecer. Eran un don Quijote y un Sancho Panza, a lomos, respectivamente, de un caballo viejo algo más fornido que Rocinante, y un borrico de pelaje grisáceo que debía ser ya uno de los pocos que sobrevivían por la comarca. Al encontrarse, los tres se pararon, y la pareja, algo destartalada en sus disfraces, explicó al profesor que iba a participar como protagonista en un acto festivo nocturno que el vecino pueblo de Torilejo había preparado para conmemorar el susodicho cuarto centenario de la muerte de Cervantes, que se cerraría con unos fuegos artificiales más bien baratos —el presupuesto municipal no daba para más—, tras el discurso final del alcalde.

Estuvieron hablando unos minutos porque tenían amigos comunes. Un resplandeciente y vasto ocaso se había esparcido mientras por el cielo, como un inmenso tintero chino que hubiera estallado sobre los confines del mundo. Al despedirse, el fingido don Quijote, quitándose el baciyelmo de la cabeza, se puso repentinamente serio, metiéndose en su papel —por ensayar un poco—, con cara sofocada y cejas alzadas y, aferrándose bien a su lanza de madera, dijo a Pellitero con voz solemne y ronca:

—Sólo sabe de amores quien conmigo va; y digo que vuestra cuita terminando está.

El hombre se había escrito unas cuantas frases de este tipo para recitarlas en la fiesta del pueblo vecino, al margen de los versos impresos que allí les iban a entregar, y aprovechaba para decirlas antes a los que encontraba por el camino aparentando que las repentizaba, y dándoles un sobresalto.

Los tres rieron, y el falso Sancho aguijó al borrico, que lanzó un breve y acaso alegre rebuzno.

Luego el profesor volvió la cabeza, y al poco los vio perderse en el esplendoroso y cegador crepúsculo rojinegro que cerraba la tarde sobre el horizonte, y al que siempre, de alguna forma, parecen dirigirse los dos personajes en la novela, en la fábula, en la leyenda y en la realidad.

Ya de noche, una hora después, Pellitero regresó al pueblo. Volvían a él los fantasmas de la reunión de la mañana siguiente, llena de dificultades para el destino de los dos jóvenes amantes. Nada más entrar, junto a los gallineros, bajo el olmo que marcaban el camino hacia la plaza mayor, se encontró con su alumno Farouk, que, sudoroso y con cara sonriente, le hizo parar junto a él.

—¡Profesor, estamos buscándole y llamándole desde hace dos horas!

Cuando se calmó un poco, sin dejar de sonreír, y acompasó su agitada respiración, el muchachillo le contó que las dos familias, la de Braulio y la suya propia, ante la perspectiva de una reunión que podía enturbiar aún más el asunto y darle todavía más difusión obligando a unos o a otros a tomar decisiones extremas, se habían juntado a las cuatro de la tarde en casa de un anciano marroquí, y tras una larguísima conversación, en la que cada grupo puso su mejor voluntad, habían acordado que la pareja se casara por doble rito, saliendo de su situación escandalosa, y vivieran en paz el resto de sus días, dando al pueblo, si fuera posible, unas cuantas criaturillas hispanomagrebíes.

—Así que me han dicho —concluyó Farouk— que le buscara para que anule la reunión, y para que venga mañana noche a casa de mis padres.

—¿Mañana noche?

Farouk le explicó que habría una cena y una fiesta que organizaban los familiares de uno y otro lado, donde se hermanarían todos.

—Usted será el invitado de honor, sentado junto a Axa y Braulio en medio del banquete.

—Allí estaré.

El muchachillo se despidió, y allí mismo, bajo el olmo, Pellitero, caballero en su ahora mansa moto, llamó a todas las personas citadas para decirles que se desconvocaba la reunión en el Colegio, “por haber sobrevenido, inesperadamente, la solución a todo”.

“Sobrevenido” pensó el profesor, “sí, sobrevenido, como por magia”. Había ocurrido como en esas enrevesadas discusiones de amantes peleados que en un segundo, por virtud del hechizo de su amor, lo olvidan todo y se abrazan volviendo a la plenitud de su sentimiento y de su única y verdadera libertad. Pellitero se quedó allí parado todavía unos momentos, sin saber por qué. Mientras tanto, se había hecho ya noche cerrada sobre el pueblo. Entonces pensó de pronto en el encuentro que había tenido por el camino de tierra y sintió un suave escalofrío: le pareció que don Quijote y Sancho —-¿reales o fantasías suyas del crepúsculo?, ¿actores aficionados o personajes vueltos de la novela como seres de alma, carne y hueso?— se habían adelantado a sus desvelos por la pareja de enamorados, como por magia, en efecto, y, con sólo rozar su azarosa historia en el sendero frente al pueblo, habían deshecho todo el entuerto. Como les ocurría a algunos santos o ermitaños cuando tocaban en su caminar con el paño de su atuendo—incluso sin darse cuenta— a un pobre tullido y lo sanaban al instante. O como cuando un astro errante, al acercarse de improviso a la órbita de un planeta oscuro, lo inundaba de luz y de belleza hasta su mismo centro.

Sí, la pareja cervantina seguía para siempre su lento paso junto al sueño de la vida.

Pellitero no dejó de meditar entonces en todas las parejas de amantes que en tierras próximas o lejanas eran perseguidos a causa de su joven pasión. El Hidalgo y su buen escudero aún tenían un largo camino que hacer, muy largo, quizás inacabable.

El profesor se iba ya cuando le vino, un momento, el recuerdo de los ojos grandes y negros de Axa.

Sonrió, pensando que a Cervantes le habría pasado igual.

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