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Los diablos azules

Cien años con Blas de Otero

  • El escritor inaugura el gesto utópico del autor comprometido, siendo juez riguroso de sus peligros panfletarios y defensor de un cuidadoso trabajo con el lenguaje
  • Para él, la poesía es una forma de ficción que no escamotea la verdad y provoca efectos sobre el cuerpo social

Laura Scarano
Publicada el 20/05/2016 a las 06:00 Actualizada el 20/05/2016 a las 00:29
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El poeta Blas de Otero.

El poeta Blas de Otero.

Blas de Otero
Blas de Otero (1916-1979) fue uno de los portavoces más reconocidos de la poesía social española de posguerra. Comienza a escribir en la década del 40, desde un tono de angustia existencial y expresionista para desembocar en un realismo crítico y testimonial a partir de la década del 50. Su obra poética es una de las más importantes de la lírica de esas cuatro décadas y un ejemplo del llamado "exilio interior" que caracterizó a buena parte de la resistencia contra el franquismo ejercida desde la propia España. Su potencia y originalidad reside en sus innovaciones textuales, en la apertura del poema a otros discursos y en su concepción fluida del texto (que denominará “poesíabierta”), más que en consignas militantes; inaugura el gesto utópico del escritor comprometido, siendo al mismo tiempo juez riguroso de sus peligros panfletarios y defensor incansable de un cuidadoso trabajo con el lenguaje. Ha de construir a lo largo de su obra una explícita ficción autobiográfica, que insistentemente denomina “la historia de mi vida”. Este relato anuda en la página lenguaje y realidad, ficción y verdad, seduciendo al lector con indudables guiños referenciales, sin suspender su evidente artificio verbal. Dibuja un yo abocado al auto-análisis y la explicación de sus móviles vitales, en un autoconocimiento que busca vías de comunicación verbal, desde una mirada memorialista. Cuando nos cuenta su “historia” de vida exhibe su intimidad y su nombre propio como objeto de un discurso que compartirá con los lectores, pero sabe que el lenguaje significa al mismo tiempo expresión y ocultamiento, testimonio y elusión, como repite en “Biotz begietan”: “Ahora/ voy a contar la historia de mi vida/ en un abecedario ceniciento./ El país de los ricos rodeando mi cintura/ y todo lo demás. Escribo y callo”.

Este afán por unir poesía y verdad supone una provocación en la tradición lírica del siglo XX, que alumbró un modernismo y unas vanguardias empeñadas en destacar la autonomía de la obra y el perfil carismático y superior del poeta. Para la lírica moderna, ficción y verdad han sido una dupla problemática y su alianza fue estigmatizada como inviable o paradójica. Y este quizás sea uno de los mejores aportes de Otero a la poesía del siglo XXI: sostener una ideología estética coherente basada en la alianza entre verdad y ficción. Una verdad —por un lado— que nada tiene que ver con la confidencia íntima autobiográfica o las consignas militantes de partido. Una ficción —por el otro— que ha superado el encierro autotélico en el lenguaje y regresa de su anterior marginación histórica. Ya no funciona el viejo antagonismo entre referencia e invención, realismo y fabulación. La poesía es una forma de ficción que no escamotea la verdad y provoca efectos sobre el cuerpo social. La modernidad teórica de esta postura es indudable, ya que lo ubica en una corriente revisionista que desmonta los presupuestos más cristalizados de la tradición del género lírico, pero además sutura las heridas de una poesía comprometida y testimonial injustamente menospreciada, como mero arte de propaganda política. La “verdad” no es para Otero la adecuación literal del enunciado a la realidad exterior, sino un vínculo entre el lenguaje y el sujeto, que cifra en él su versión más auténtica. Trata de comprender la acción de las palabras frente al silencio, auscultando el mundo, sin pretensión de agotarlo, reconociendo sus limitaciones. El compromiso de su poética sabe que el desajuste entre palabra y realidad no lo condena a la mudez, sino que reconoce sus fisuras, sus huecos, sus blancos: lo que calla por la censura, pero también lo que el lenguaje no sabe o no puede terminar de articular.

Cien años con Blas de Otero: cien años con su poesía a mano, cada vez que necesitamos pedir “la paz y la palabra”, aunque no nos dejen, aunque nadie escuche. No es poco legado para uno de los poetas que con más lucidez y maestría se animó a “tratar” de España “en castellano” y sellar ese pacto con sus lectores: “Ni una palabra/ brotará de mis labios/ que no sea/ verdad”.

*Laura Scarano es catedrática de Literatura Española en la Universidad de Mar del Plata.

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1 Comentarios
  • Damas Damas 20/05/16 20:37

    Laura Scarano, gracias por lo que ha escrito aquí arriba.

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