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Los libros

‘Mar negro’, de Xavier Guillén

  • No encontrará aquí el lector ningún tipo de fuego de artificio, sino unos poemas consagrados a la tradición, aunque irreverentes con sus dogmas
  • El título, premio de poesía Andalucía Joven, se antoja una obra de madurez precoz, el primer indicio de un poeta al que habrá que estar atento los próximos años

Virginia Cumplido
Publicada el 20/05/2016 a las 06:00 Actualizada el 19/05/2016 a las 13:12
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'Mar negro', de Xavier Guillén.

'Mar negro', de Xavier Guillén.

Mar negro
Xavier Guillén

Renacimiento
Sevilla

2016

Mar negro
Mar negro
es el primer libro de Xavier Guillén (El Masnou, 1981), que irrumpe en el panorama de la poesía española revalorizando el concepto de originalidad, asociado por defecto al rupturismo vanguardista, el sensacionalismo formal, los juegos de ingenio, etc. No encontrará aquí el lector ningún tipo de fuego de artificio, sino unos poemas consagrados a la tradición, sí, aunque irreverentes con sus dogmas, de modo que estructura, sintaxis y semántica se alían a su amor para fundar ese brillo raro, original, que desprende Mar negro (premio de poesía Andalucía Joven).


Armado como un escrupuloso tríptico (“Puerto”, “Isla” y “Puerto”), los 30 textos reunidos narran el viaje iniciático de su protagonista, un moderno Jasón que se pierde en la interpretación de los sucesivos paisajes de su travesía, ya desde el primer poema: “No deja de llover/ dentro de mí,/ en el puerto/ donde los charcos/ del muelle/ ordenan la galaxia:/ se burlan del arriba y del abajo”. Valgan estos versos como ejemplo de una poética que, de pura admiración, trasciende sus propios referentes (en este caso simbolistas), según he apuntado hace un momento. Porque aun siendo el lenguaje armazón y artesonado en los poemas, a su protagonista no le sirve del todo como catalizador de afectos, quiero decir: en esta fábula de la educación sentimental (pues así hay que entender Mar negro: como un único poema en 30 partes), el carácter fundacional del lenguaje en “Puerto” entra en crisis (amorosa) en “Isla”, para concluir en “Puerto” con una rotunda aspiración de realidad a secas, sin interpretaciones que la distorsionen. Se trata entonces de un viaje —probablemente estático— de ida y vuelta en el que nada ha cambiado, salvo la mirada del protagonista, su manera de estar en el mundo como parte del mundo, refundido en él.

Sin embargo Mar negro es mucho más que su trama, que en todo caso cumple impecablemente una función moderadora, pero no más. Lo que se revela como auténtico valedor del poemario es la calidad de sus discursos, su cosido de imágenes, las “migas de pan” que disponen por el camino para que los sigamos. Y dado que el protagonista no recorre un itinerario lógico sino sentimental, resultan más que pertinentes la fracturas de las elipsis, que habrán de ser completadas al otro lado de la página. Se exige al lector, por tanto, un ejercicio de empatía con el protagonista, un esfuerzo por vivir cada experiencia desde dentro y no como mero espectador acomodado en su butaca. Y a fe que en ese esfuerzo va la recompensa. El esfuerzo pasa por detectar las piezas complementarias, que se nos ofrecen separadas, dispersas por aquí y por allá (como si el yin y el yang hubiesen quedado desfragmentados) para encajarlas luego. La recompensa la encontraremos en las propias piezas a unir, esa colección de imágenes bellas, reveladoras y prácticas a un tiempo, irresistiblemente animistas en su combinación de aforismo zen y su reverso de ironía, de exigencia y de indulgencia, de gravedad y humor. Cito algunos casos de esta labor de costura que habrá de hacer el lector: “Las constelaciones/ abren juego” vs. “y luego me caían/ sobre el lomo/ estrellas muy fresquitas; “Un junco/ agrieta la marisma” vs. “y todos dicen/ carcaj carcaj”; “El pescador/ rebobina su argumento” vs. “El dique, un señor/ serio con barba”; “hay luz/ en los lunares” vs. “Ovejas blanditas/ tan al fondo del lobo”; etc.

Plasticidad y lirismo, o inteligencia y emoción, se avienen así, de manera natural, en versos que impregnan de misterio cada objeto que tocan, tanto que casi podemos tocarlos nosotros: “unas focas se amaban/ exhalando salitre”. Un auténtico tratado de la imaginación como estado de alerta, como cualidad de la atención generadora, a su vez, de realidades donde lo inmediato y lo onírico son uno y lo mismo (como en “XVI”, un asombroso caso de poema submarino).

Mar negro, en fin, se me antoja una obra de madurez precoz, el primer indicio de un poeta al que habrá que estar atento los próximos años.

*Virginia Cumplido es profesora de literatura.


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