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‘Carrusel’, de Ioana Gruia

  • El nuevo libro de la autora demuestra hasta qué punto su poesía va ganando en complejidad sin renunciar a cierto clasicismo formal
  • Ya hable de las epifanías de lo cotidiano, ya del dolor o de la pérdida, estamos ante una escritura que fluye con una suavidad semejante al tacto de la seda

Juan García Única
Publicada el 03/06/2016 a las 06:00
'Carrusel', de Ioana Gruia.

'Carrusel', de Ioana Gruia.

Carrusel
Ioana Gruia
Visor
Madrid
2016

Carrusel
Imaginen un bosque nevado. Ahora imaginen, como reza el título de la segunda sección del libro que reseñamos, las "huellas de un animal sobre la nieve". Huellas, claro está, que van a borrarse pronto, porque "no se deja atrapar ni aun en sueños / el íntimo animal escurridizo, / el pájaro de furtivos deseos" (p. 27). La nieve no cubre "las frágiles, aéreas raíces" que son en realidad las ramas desnudas de los árboles: "Así que no me apoyo en algo oculto, / algo que por debajo me sostenga, / algo que no conozca la intemperie" (p. 26). La nieve, en cambio, sí cubre "la tierra exuberante del verano, / las ramas secas, / nuestras huellas" (p. 27). Quizá el rasgo predominante del anterior poemario de Ioana Gruia, El sol en la fruta (Renacimiento, 2011), fuese un vitalismo radical y muy reflexionado.

El pequeño —aclaremos que sólo por su número de páginas— volumen que hoy recomendamos, Carrusel, distinguido con el XIV Premio Emilio Alarcos, no abandona ni mucho menos esa línea, que más bien matiza y amplía, pero demuestra hasta qué punto la poesía de la autora va ganando en complejidad sin renunciar a cierto clasicismo formal. Ya hable de las epifanías de lo cotidiano, ya del dolor o de la pérdida, por qué no decirlo, estamos ante una escritura que fluye con una suavidad semejante al tacto de la seda. Uno, leyendo a Ioana Gruia, tiende a sospechar que no es precisamente la aspereza el atributo de quienes, como ella, han hecho del saber mirar un hábito.

Carrusel es un libro que se hace más profundo cada vez que se abre y más amplio cada vez que se cierra. Por ello no es fácil reseñarlo en pocas palabras. Por ello también, pues de algún modo teníamos que abordarlo, nos hemos decantado al empezar esta modesta aproximación por una imagen que nos recuerda que la poesía de Ioana Gruia es al mismo tiempo tan leve y tan densa como una corteza, por encima de la cual está la intemperie del mundo, por debajo de la cual, la intemperie de la intimidad. Es casi imposible no pensar que la Bucarest que se nos presenta en la primera sección, la que da título a la obra, esa ciudad en la que "todo seguía igual, pero lejano" (p. 12), pueda ser otra ciudad distinta a Bucarest. Es más imposible todavía no pensar que pueda ser cualquier ciudad. En "Estación abandonada", por ejemplo, hay una suerte de ubi sunt definitivo: "Se trata de un lugar fuera del tiempo. / Ya nadie espera a nadie en ese banco, / pero la espera existe en cada objeto" (p. 19).

En otro poema ciertamente memorable, "El sueño de Walter Benjamin", perteneciente a la tercera sección del libro, titulada "Fisuras", leemos esto: "Hay una herida oculta, / que es a la vez su propia cicatriz: / el hilo misterioso de lo exacto, / el rastro agazapado de un espectro, / sólido y sin embargo transparente: / la solidez que da la ligereza, / sombra que sobrevuela las palabras" (pp. 37-38). Se diría que todo Carrusel es un intento de tirar de ese "hilo misterioso" hasta llegar a lugares que no siempre son inhóspitos, porque la desgracia surge sola, pero sus contrarios han de buscarse. Bien es verdad que hay pasajes (¡nos tememos, ay, que a su manera demasiado familiares!) en los que el horror irrumpe en medio de la alegría cotidiana, como en el inquietante —no se pierdan tampoco esta sobresaliente pieza— "Cadáveres llegaron a la playa", y otros en los que se concluye que "la poesía es confirmar la vida / y el amor, una forma de bondad" (p. 54). "Una forma de bondad", dicho sea de paso, es el título de la cuarta sección del libro.

Con ella habremos llegado casi al final de un poemario redondo, en opinión de quien esto escribe. Casi al final, no obstante, porque todavía nos quedará una quinta y última sección titulada "La casa poema". Es con mucho la más breve del libro, pues consta sólo de dos composiciones no demasiado extensas. Se centran en la experiencia de la maternidad, pero no sólo. De ella me tendrán que disculpar que no les cite ni un verso, porque ni puedo decir nada más interesante que lo que ahí figura ni se me ocurre otra manera mejor de dejarles con las ganas de buscar este libro y leerlo sin prisas, paladeándolo despacio hasta llegar al delicioso colofón que suponen esos dos poemas. Como tantos otros de Gruia, son del tipo destinado a leerse durante toda la vida.

*Juan García Única es profesor de Literatura. 


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