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Los libros

‘Una paz europea’, de Fruela Fernández

  • El tercer poemario del asturiano aborda ciertas temáticas de índole social, ya sea de denuncia de la actualidad o desde la conciencia de la memoria histórica
  • No dejan de aparecer problemáticas contemporáneas para recordarnos que la paz europea está hecha a base de sangre del resto de pueblos dominados

Juan Carlos Abril
Publicada el 10/06/2016 a las 06:00 Actualizada el 09/06/2016 a las 19:15
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Una paz europea, de Fruela Fernández.

Una paz europea, de Fruela Fernández.

Una paz europea
Fruela Fernández

Pre-Textos
Valencia

2016

Una paz europea
Fruela Fernández (Langreo, 1982) ha publicado su tercer libro de poemas, Una paz europea, al amparo del Premio Villa de Cox en su edición de 2015. Se trata de un poemario dividido en 15 fragmentos que bien podrían presentarse como poemas en prosa, pero que muestran una disposición formal en la que se alternan cláusulas rítmicas extensas con metros cortos o, simplemente, estructuras libremente ensartadas en una dicción peculiar. Decimos "dicción peculiar" porque el asturiano como lengua está muy presente, y el cruce de las dos lenguas entrecorta por contraste el dictum del poemario, siendo una cosa y la otra al mismo tiempo, otorgándole flexibilidad.


Tres años después de la publicación de Folk, su anterior poemario también aparecido en Pre-Textos, Una paz europea supone no sólo una suerte de continuación, sino sobre todo una extensión y una línea descrita ya allí que nos habla de una voz que está en proceso de apertura y exploración. A la luz de los cultural studies observamos sin duda una revivificación de ciertas temáticas de índole social, ya sea de denuncia de la actualidad o desde la conciencia de la memoria histórica, sin olvidar una particular preocupación lírica que aparece en pinceladas narrativas ensartadas en un discurso más amplio. La noción de Europa, en sentido goethiano, se postula como marco a partir de la idea de "aldea" o región —en este caso la asturiana—, pues "en los pliegues forman / constelación de aldea" (p. 13).

La Europa de las regiones está en el fondo, y por eso la figura del abuelo se apodera del relato imprimiendo una personal retroyección a una arcadia que, lejos de ser idílica, nos recuerda al tiempo de la Guerra Civil española (pp. 27-28) o el exilio (pp. 38-39). La figura del abuelo acapara en sí, a lo largo de la cuenca minera «Treinta quilómetros en trescientos años, / como si lleváramos el valle a cuestas.» (p. 11). Y el homenaje a la Guerra Civil aparece de nuevo en "15", la composición que cierra el poemario, con un subtítulo en catalán: "(Plaça del milicià desconegut)" (p. 42). Aunque no deja de haber algún otro retrato de estirpe realista (pp. 18-19) donde aparecen la madre del autor y su abuela: "Pronto el autobús huela a chorizo fresco y a campesino dormido" (ibíd.).

Pero no dejan de aparecer problemáticas contemporáneas representadas en sirios, libios (p. 41) o kurdos (p. 13) para recordarnos que la paz europea está hecha a base de sangre del resto de pueblos dominados, o a sabiendas de que esos pueblos necesitan una ayuda más allá de la acción humanitaria de las ONG. Por eso dice "No es posible la paz / mientras algún estado / pueda adquirir a otro / por herencia, / cambio, / compra / o donación" (p. 17), y se comprende que "(Y aun así hay paz mientras nos heredan, nos cambian, nos compran, nos donan)" (ibíd.), resaltando las contradicciones de Europa —la que estamos construyendo, hacia la que nos dirigimos— y la modernidad —posmodernidad incluida— que nos ha tocado vivir.

Contradicción que tiene su crisol en el sujeto poemático, en la propia voz verbal de los poemas, que con la distancia de la tierra propia —las raíces— va adquiriendo perspectiva: "De lejos envejezco / mejor que mi pueblo, // porque no vivo en él puedo serle / amargo / y leal" (pp. 20-21). Europa, en este caso simbolizada por Inglaterra como bien se lee en el poema "12", subtitulado "(El alma inglesa)" (pp. 36-37), en contraposición con Asturias y el valle asturiano: en medio nuestro autor —supongamos— encarna al sujeto poético para hablarnos de nostalgias de vida y quejas sociales como las que se podrían apreciar en Qué verde era mi valle (1941), la inolvidable película de John Ford, y que nos recordaría algún fragmento de Una paz europea, como en "11" (pp. 33-35). Fruela Fernández nos ha entregado un libro honesto fruto de una voz en expansión, abierta y madura, y por eso —y otras cuantas cosas más que dejamos para otra ocasión— Una paz europea es un libro importante que queremos recomendar a los lectores.

*Juan Carlos Abril es profesor de literaturay poeta. Su último libro es
Lecturas de oro. Un panorama de la poesía española (Bartleby editores, 2014).

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