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El cuento de todos

El viejo que escribe

  • El viejo estaba siempre allí, atareado frente a su ordenador y con el vaso al lado, por la mañana y por la tarde, e incluso por la noche
  • Jesús Ortega continúa el relato que inició José María Merino y publicará tintaLibre

José María Merino / Jesús Ortega
Publicada el 24/06/2016 a las 06:00
El escritor Jesús Ortega.

El escritor Jesús Ortega.

(Inicia el cuento José María Merino)

Se habían trasladado poco tiempo antes a aquella urbanización y tanto Lola como Pablo se sentían muy satisfechos. La casa, de dos plantas, estaba adosada a otras similares, y el conjunto formaba un enorme cuadrado en cuyo interior había dos pistas de tenis, una gran piscina y otros espacios. Además, el colegio de los niños quedaba bastante cerca.

En el coche, Lola tardaba lo mismo que antes en llegar al hospital. En cuanto a Pablo, sentía la modificación de sus traslados a la oficina como un inefable regalo que le hacía vivir las rutinas diarias con una disposición más jubilosa de lo que era su costumbre: en ir de casa a la estación del tren de cercanías empleaba apenas ocho minutos andando, luego menos de veinte en llegar a su destino, y por fin otros ocho o diez, también andando, en alcanzar el edificio de la compañía. Resultaba así que el haberse alejado del centro de la capital no solo no había complicado su vida, sino todo lo contrario...

Tardó casi una semana en descubrir a aquel viejo. Había advertido su presencia, pero sin que la percepción se materializase con claridad en su conocimiento. El viejo estaba en la cafetería que remataba el final de la avenida. El día en que racionalizó la difusa visión, pudo comprender en su breve pasar que el viejo se encontraba sentado ante la mesa más cercana a la gran cristalera, con un vaso de líquido ambarino a su lado, y que parecía muy afanado en pulsar el teclado de un ordenador portátil. Le sorprendió como una graciosa casualidad que, a su vuelta del trabajo, nueve horas más tarde, el viejo continuase allí, absorto ante su portátil en la misma actitud ensimismada, de incansable tecleo, y también con un vaso de líquido ambarino a su derecha.

“Parece que está escribiendo”, pensó.

En los días sucesivos pudo comprobar que el viejo estaba siempre allí, atareado frente a su ordenador y con el vaso al lado, por la mañana y por la tarde, e incluso por la noche, como llegó a constatar cuando salió de casa con el pretexto de comprar algo en una farmacia que permanecía abierta todo el día, aunque la verdadera razón fuese conocer si persistía a aquellas horas la figura de aquel viejo entregado a su embebida tarea.

Mas aquella vez la visión no le pareció divertida, sino inquietante. Aquel tipo, bastante calvo, de pelo y barbas blancas, ofrecía una peculiar inmovilidad, y solo por los movimientos de sus manos en el teclado podía suponerse que no se trataba de una de esas estatuas que cierto realismo acaba insertando en algunos espacios cotidianos, pues hasta sus ropas tenían un color oscuro, más mineral que textil.

Pablo se detuvo durante un rato para observar al afanoso escritor. De repente, el viejo detuvo su tarea, levantó la cabeza y lo miró. Sobre la barba blanca, sus ojos, acompasados a una mueca del rostro severa e inquisitiva, presentaron una singular fijeza penetrante.

Pablo sintió aquella mirada como una punzada y echó a andar al momento, pero el efecto de los ojos incisivos del viejo, que parecían completar el enigma de su permanente presencia en el café y de su misteriosa tarea ante el teclado, lo había desazonado tanto que le pareció que el panorama de edificios, que en los últimos tiempos se presentaba ante él como el escenario plácido de un acertado cambio de domicilio, modificaba sutilmente su aspecto para ofrecer la ominosa inconsistencia que había acabado mostrándole el entorno de su residencia anterior, y que estructuras y puertas, jardincillos y farolas, sombras y luces, tenían más que ver con la experiencia de los sueños adversos que con la de la vigilia.

(Continúa Jesús Ortega)

A la mañana siguiente, Pablo trató de no pensar en aquel viejo y en su inquietante mirada. Se dijo que debía recuperar la plácida satisfacción de los primeros días, cuando el mundo parecía un soleado abrazo, un mecanismo equilibrado y perfecto en el que cada cosa ocupaba el lugar que le correspondía. Para tranquilizarse se concentró en las recién inauguradas rutinas de la urbanización: el siseo de los aspersores que comenzaban a regar el césped poco antes del amanecer, las toses y explosiones de la vieja moto del repartidor de periódicos, el beso de despedida que Lola le lanzaba con la punta de los dedos desde la ventanilla del coche, el largo timbrazo tímido de la asistenta que venía para encargarse de los niños, el paseo hasta la estación con el primer sol dándole en el rostro, la hilera de casas simétricas y relucientes, las aceras impolutas, las zonas de juegos infantiles a la espera de ser estrenadas.

Todo parecía en su sitio. Sin embargo, no pudo evitar pensar que su percepción de cuanto le rodeaba se había tintado de un leve desasosiego, de un halo borroso que desenfocaba los contornos. Nada preocupante, se dijo, nada que no pudiera desaparecer al adentrarse en la mañana.

Para rehuir el encuentro con el viejo decidió dar un rodeo y alcanzar la estación de tren por el lado contrario, orillando la larga avenida arbolada. El cambio de dirección duplicó los minutos del paseo, y esa pequeña alteración en el tiempo pareció afectar a todo el mecanismo. Vislumbró el andén cuando el tren se marchaba y tuvo que esperar casi media hora hasta que apareciese el siguiente. Eso lo hizo llegar tarde a la oficina, y se sorprendió a sí mismo inventando una excusa para hacer frente a las primeras bromas sobre su inusual tardanza. Como no quería contar nada del viejo ni de su íntimo desasosiego, porque le parecía absurdo, se inventó que había tomado uno de los dos coches de la familia y que un atasco lo había obligado a retrasarse. Aquella mentira lo hizo sentir desamparado. Para seguir manteniéndola a lo largo de la jornada, tuvo que mentir varias veces más. Por la tarde, a la salida del trabajo, alguien le pidió ir con él en el coche, y de nuevo volvió a mentir para deshacerse de la molesta compañía.

En el tren que lo traía de regreso estuvo rumiando sombríamente lo estúpido de su comportamiento. Al echar a andar desde la estación volvió a dar el mismo rodeo, pero debió de extraviarse aún más porque se adentraba por calles desconocidas. Le resultaba extraño que no hubiese nadie en las aceras, solo coches aparcados; apenas algunas ventanas encendidas indicaban algún rastro de vida en los edificios. Un perro cruzó con paso torcido a unos metros de distancia y se le quedó mirando, magullado y acezante, en mitad de la acera, antes de refugiarse entre los coches aparcados. Pablo pensó que el perro acababa de ser atropellado y aquel pensamiento no lo llenó de compasión sino de inquietud. Casi al lado descubrió a un somnoliento vecino que regaba con una manguera las plantas de un arriate; parecía no haber reparado en él ni en el perro, pues miraba con abstraída fijeza el caer del agua. Aún alcanzó a ver a otros vecinos igualmente solitarios y silenciosos, varados en los jardines, como si el tiempo se hubiese detenido en aquella parte del mundo.

De vuelta a casa discutió con Lola por no saber explicar su tardanza. Después de la cena la hija mayor se hizo un corte en el dedo índice con uno de los cuchillos de la cocina, y brotó tanta sangre y le entró tanto miedo que tuvieron que llevarla a urgencias en uno de los dos coches de la familia, precisamente el mismo que había protagonizado las mentiras de la oficina.

Por la mañana, Pablo llamó a la compañía para anunciar que tenía unas décimas de fiebre y que no iría a trabajar. Echó a andar por la avenida dispuesto a encontrarse cara a cara con el viejo que tecleaba incansable junto al ventanal de la cafetería. Se le había metido en la cabeza que todo lo que le estaba sucediendo tenía que ver, de un modo insidioso e inexplicable, con el viejo escritor.

(Continuará Manuel Vilas)

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