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‘Corteza de abedul’, de Antonio Cabrera

  • La poesía del gaditano es una poesía reflexiva, meditativa, que nos acerca a un diálogo entre la consciencia del sujeto y el universo que observa
  • En su universo poético, la naturaleza se erige en protagonista e invita a la serena mirada del escritor a buscar y a buscarse

Mònica Vidiella
Publicada el 30/09/2016 a las 06:00
'Corteza de abedul', de Antonio Cabrera.

'Corteza de abedul', de Antonio Cabrera.

Corteza de abedul
Antonio Cabrera
Tusquets
Barcelona
2016

Corteza de abedul
“Corteza de abedul que fue abedul tan sólo,/ mientras yo, siendo yo, acercaba mi mano”. Estos versos que cierran el poema que da título al último libro de Antonio Cabrera (Medina Sidonia, Cádiz, 1958), Corteza de abedul, publicado por Tusquets, abren a la vez la dialéctica que se va a establecer entre el yo y el mundo en los poemas que conforman este nuevo libro del poeta gaditano y que es, sin duda, uno de los temas fundamentales de toda su obra. Desde el libro que lo dio a conocer como poeta La estación perpetua (Visor, 2000) con el que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe y el Premio Nacional de la Crítica, así como en sus libros posteriores, Tierra en el cielo (Pre-Textos, 2001), Con el aire (Visor, 2004) y Piedras al agua (Tusquets, 2010), la poesía de Cabrera es una poesía reflexiva, meditativa, que nos acerca a un diálogo entre la consciencia del sujeto y el universo que observa. Un diálogo, pues, que no nace sólo de la contemplación de los elementos que lo rodean, sino que se nutre de la identificación con lo observado: “El rumor de los pinos se desleía en torno / Mi mano no era nada. Yo fui nadie”.

En el universo poético de Cabrera, la naturaleza se erige en protagonista e invita a la serena mirada del poeta a buscar y a buscarse, a encontrar y a encontrarse, y a intentar, como decía Unamuno, “que sienta el pensamiento y piense el sentimiento”. Nos dicen los versos de “Evocación del marjal”: “Entonces yo, bajo una claridad / violácea, disertaba sin voz, sin conclusiones, / pues mirar en silencio es silogismo / cuyas premisas, cautas, no se cierran”. Y el yo poético se sabe un asistente privilegiado a esa convocatoria: “Qué suerte / haber estado allí. No atendido: atendiendo”. 

La mirada del poeta se proyecta sobre el paisaje exterior y este, a su vez, se sumerge en el interior del hombre que lo contempla, y en esa concomitancia disfrutamos como lectores de una poesía intimista que transita entre la emoción y el conocimiento: “Yo / que soy el ojo, / soy también/ su esperanza, / y busco / una sombra / para que cielo y árboles se adentren / otra vez / en mi sombra”. 

Sin embargo, y a pesar de esa relación, o tal vez por ella, debe existir la distancia entre el yo poético y el universo que observa. Para preservar la identidad de ambos, para su afirmación, el espacio que ocupan debe ser respetado: “¿Cómo voy a rozar siquiera el mundo / mientras está reverberando entero?”. Es en ese buscado espacio de alejamiento, en esa doble perspectiva del yo como testigo y actante frente a lo que lo rodea, donde se pueden hallar las respuestas: “Tú aún no lo eres / pero el paisaje sí, él ya le es fiel / y da un paso de luz retrocediendo en torno. / Pon distancia también para estar dentro. / Contémplala, respira”. 

La reflexión sobre el tiempo impregna todo el poemario, la naturaleza en su dualidad de fugaz y perenne nos lleva a tomar consciencia de lo efímero y a reivindicar el instante. En “Temporada de lirios amarillos”, por ejemplo, nos dice el poeta: “Los lirios dejan que mis ojos hallen /en cada cosa / el culmen que la exalta,/ la labor de su imán, / el tuétano tenaz / de lo que al cabo muere”. 

Los poemas de Corteza de abedul discurren también sobre el hecho poético, sobre la dificultad de contener la vida en el poema. Así en “Visita a Francisco Brines en Elca” se preguntará: “¿Cómo pasan al poema las cosas que suceden? / ¿Qué ocurre / después de la poesía / en el pino, en el huerto, en las rosas?”.  Esta cuestión lo lleva a afirmar en “Mímesis”: “Sé que la estoy falsificando/ con tanta realidad”. En “Autoretrato”, el poema que cierra el libro, el poeta habla de la necesidad de sentarse frente a su soledad para discernir sobre lo que deberá ser materia poética.

La sobriedad expresiva de la poesía de Cabrera, su intuición y su precisión, construyen un armazón sobre el que se sustenta la esencia del poema y nos van conduciendo de manera magistral a través de los versos, para llevarnos con fluidez de la contemplación al hallazgo y del hallazgo a la búsqueda, como si retratara del ciclo natural de la naturaleza que percibe. “Oímos. Vemos. / Y va en lo oído y visto, en un mínimo grado perceptible, como ondas emitidas por la dificultad de ser, / el gemido entre abstracto y cotidiano / de las cosas”.

Todo, lo animado y lo inanimado, cobra vida en la poesía de Cabrera, y es en esa vida donde el poeta, y nosotros, lectores, meditamos sobre el discurrir de la existencia humana, sobre el yo en lo otro y nos sabernos así, como reza el epígrafe de la cita de Théophile Gautier escogida como epígrafe del poemario: “Je suis un homme pour qui le monde extérieur existe” (“Soy un hombre para quien el mundo exterior existe”).

*Mònica Vidiella es profesora de Literatura. 

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1 Comentarios
  • Rollon Rollon 30/09/16 09:56

    Excelente artículo que nos invita a una lectura del poemario con más reflexión íntima 

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