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Los diablos azules

Luisgé Martín: “El autor tiene que estar siempre desnudo”

  • En su último libro, El amor del revés, el escritor relata la relación con su propia homosexualidad y la homofobia internalizada tras años de educación católica
  • "Lo sustancial de la literatura es la vida", dice en esta conversación sobre la verdad y la escritura con Silvia Sesé, su editora en Anagrama

Silvia Sesé Publicada 30/09/2016 a las 06:00 Actualizada 29/09/2016 a las 12:59    
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El escritor Luisge Martin en la presentacion de su libro 'El amor del reves'.

El escritor Luisgé Martín.

EFE
Pregunta. Las palabras de Virgilio en el epígrafe que abre el libro (“Me pides, reina, que recuerde un dolor inenarrable”) apuntan a cómo has afrontado vitalmente la escritura de estas “memorias sodomitas” pero también “memorias morales”. ¿Cuáles eran además las razones literarias?

Respuesta. Todas mis razones son literarias. O ninguna, depende de cómo se mire. Siempre he creído (aunque a veces me he avergonzado de creerlo) que lo sustancial de la literatura es la vida, lo que nos pasa, lo que sentimos o dejamos de sentir. Las palabras son ni más ni menos que la forma que tenemos de llegar a todo eso, de tratar de convertirlo en arte, pero a la hora de ponerse en marcha lo importante son las vísceras. El corazón, los intestinos, los sesos.

P. La dureza, la lucidez sin paños calientes hacia ti mismo, del autor hacia el personaje que tú eres en el libro es, en muchos momentos, de una gran impiedad, y creo que este punto de vista tan duro de autocrítica es de una fecundidad artística enorme. ¿Con qué te has comprometido al escribir estas memorias?

R. Justamente por lo que acabo de decir creo que el autor tiene que estar siempre desnudo. Me interesa mucho (y así lo digo en El amor del revés, citando al escritor francés Michel Leiris) la literatura que está comprometida con el riesgo, la literatura en la que el autor se expone de verdad a recibir una cornada que toque sus huesos. Para eso hace falta sinceridad. Incluso cuando todo lo que se escribe es inventado, el autor tiene que mostrar en ello sus grietas. Lo demás es floreo verbal, literatura en el mal sentido de la palabra.

P. Creo que uno de los aciertos del libro es la elección, provocadora, de la forma confesional, es decir: la relación pormenorizada de los pecados, el arrepentimiento sincero. También aludes al relato como un camino de perfección, otra forma religiosa de narración. ¿Cuáles han sido las posibilidades que te ofrecía esa elección formal?

El amor del revés
R. Debo confesar —y perdón por el juego de palabras— que trabajo menos cerebralmente, que la mayoría de las veces escribo sólo por intuición. El amor del revés era una gran confesión. Y era, además, la confesión de lo que durante mucho tiempo fue considerado un terrible pecado. En todo ese mapa de significados, la religión era la clave central. El catolicismo fue, en mi mundo, el gran defensor de la ortodoxia sexual fanática. Y al comienzo del libro hablo de un tratado de teología moral que teníamos en casa en mi infancia y que anunciaba todos los males que yo temía. La expiación que supone El amor del revés, por lo tanto, debía plantearse con la ironía de los códigos religiosos. Es coherente, aunque no haya sido planeado con mucha deliberación.

P. En el libro recuperas cartas, fragmentos de tu diario, testimonios de otras personas, allí donde necesitabas recordar detalles o contrastarlos. ¿Hasta qué punto era importante la veracidad de los hechos? ¿Cómo pone el freno un escritor habituado a inventar para representar la verdad?

R. Para mí ha sido liberador, narrativamente hablando. Quizá no me guste mucho inventar. En este caso sabía lo que había ocurrido y mi única tarea (que es la tarea fundamental del escritor) era darle forma artística. Creo que en este libro la veracidad resultaba más que necesaria: era la piedra angular. Lo que quiero decirle al lector es muy simple: “Esto ocurrió, no es una invención, no es una exageración. No discutamos, por lo tanto, de si fue o no fue así, discutamos directamente de por qué fue así”. Muchas veces me pregunto a mí mismo cómo es posible que haya habido un mundo como el que yo viví, tan absurdo, y quiero que el lector se lo pregunte también en los mismos términos, que le conmueva la brutalidad. Por eso la veracidad —que es un grado distinto de la verosimilitud— era tan importante. Por eso leí cartas, leí diarios y hablé con personas que habían vivido conmigo todo aquello, para asegurarme de que la memoria me traicionaba lo menos posible.

P. Pasando a otro plano, Luis, ¿cuáles son los alicientes de la vida oculta? ¿Cuáles son las pérdidas, si las hay?

R. Hay un aliciente claramente romántico. En estos días, un escritor me recordaba la frase de Cocteau: “Pertenezco a la raza de los acusados”; y el pequeño sentimiento de gloria que tenía por ello. Yo también he sentido muchas veces algo parecido. La clandestinidad te da grandeza. Vives en el borde de algún abismo, y eso te hace sentir importante. Pero en la balanza son mucho mayores las pérdidas, o al menos yo —que dejé de ser romántico hace años— lo creo así. Las pérdidas de aquel adolescente fueron irreparables: la juventud, el amor despreocupado, la irresponsabilidad. Nuestra obligación como seres humanos que deben sobrevivir es no hacer este tipo de cuentas. Lo que fue, fue, no tiene remedio. Pero si uno se pone a hacerlas, como se hacen en el libro, el balance es desolador. Aunque sé que muchos no lo vivieron así. Hubo homosexuales que se ocultaban de la sociedad, pero no se ocultaban de sí mismos. Ésos probablemente tengan un recuerdo más feliz de la vida oculta.

P. Sorprende que la apertura sexual en el Madrid de tu juventud, el de la movida, el de los comienzos de Almodóvar, no hiciese un sitio a la normalidad de las opciones sexuales. ¿No resultó eso una gran decepción?

R. Sí, es una de las cosas que estaría bien revisar con el sosiego de la distancia. Hubo una apertura sexual formidable, pero que no rebasaba nunca el cordón sanitario. En determinados ambientes, ser gay dejó de ser un problema cotidiano para convertirse en algo cool. Pero cuando había que salir al mundo de afuera, esa apertura desaparecía. Podías ser director de cine gay, pero no podías ser director financiero gay ni frutero gay. E incluso si eras director de cine gay acababas diciendo en los periódicos que tu homosexualidad era sólo una pose artística provocadora, una forma de épater le bourgeois. Yo creo que algunos personajes de aquella época podrían haber hecho más de lo que hicieron para normalizar la sexualidad. Quizá no se les pueda pedir cuentas, pero fue así.

P. Sostienes que sólo se puede escribir desde el pesimismo. También una honda melancolía cala las páginas de El amor del revés. Pero con ello, hay una ironía, incluso comicidad a ratos, que consigue un contrapunto extraordinario. ¿Cómo ha sido emocionalmente el proceso de escritura?

R. Como recordabas al principio, el epígrafe de la Eneida de Virgilio que abre el libro anuncia “un dolor inenarrable”, pero ese dolor sólo podía contarse con la distancia que dan los años, con una mirada en cierto modo desdolorida. Aquel muchacho ya no soy yo, aunque a mí me hayan quedado todas sus taras y sus cicatrices. Por eso puedo observarle burlescamente. Y lo cierto es que era un individuo torpe, lechuguino, timorato, grandilocuente y bastante cómico. Todo eso no sólo no podía esconderse en la narración, sino que era parte fundamental del retrato. Me he reencontrado con ese niño cucaracha que andaba sin rumbo, dado tumbos, y me ha dado pena de él. Pero no una pena misericordiosa. Le he querido más de lo que le quería antes de sentarme a contar su vida.

P. Los temores, el convencimiento en la propia obra escrita, las expectativas ante la publicación, ¿han sido distintos en esta ocasión?

R. Los temores y el convencimiento han sido idénticos a otras veces: una ducha escocesa en la que a veces me sentía orgulloso y a veces abominaba de lo que estaba escribiendo. La mayoría de los escritores que conozco somos inseguros, no sabemos nunca del todo si lo que hemos escrito merece la pena, y la veteranía en esto ayuda poco. Lo que es completamente diferente son las expectativas ante el juicio que merecerá el libro, porque en este caso se confunden completamente la obra literaria y la vida, y no estoy seguro de saber distinguir qué valoraciones de una interpretaré como valoraciones de la otra. Ya no soy demasiado vulnerable literariamente (en esto la veteranía sí ayuda mucho y uno aprende a tomar las críticas con liviandad; las buenas y las malas), pero sigo siendo igual de vulnerable en los otros afanes.

P. Tengo la sospecha, como lectora y editora, que tras los logros de tu trayectoria literaria este libro es un punto de inflexión, que ha ahondado en tu estilo, dándole algo nuevo, difícil de describir aún pero perceptible. ¿Ha habido algún hallazgo en este sentido del que hayas sido consciente?

R. Estoy de acuerdo en que este libro es un punto de inflexión radical en mi literatura. Con La vida equivocada había llegado al final de una vía y El amor del revés me ha puesto en otro viaje. Hay un hallazgo que no sé si será fructífero, pero que tal vez modifique de alguna forma mi manera de escribir: lo pequeño es literariamente grande. O dicho de otra forma, las historias mediocres son un material literario al menos tan valioso como las historias colosales. No es algo que yo no supiera en la teoría (entre otras cosas por mi experiencia como lector), pero probarlo en la práctica me ha resultado benéfico. Volveré seguramente a las historias excesivas, que son parte de mis señas de identidad y de las que no reniego en absoluto, pero quizá con una mirada más sobria. No sé si es resultado de haber escrito El amor del revés o del envejecimiento, pero es así. Y esa serenidad —que no tengo en las demás cosas de mi vida— me gusta.

[Lee aquí la reseña de Luis García Montero sobre El amor del revés]


*Silvia Sesé es editora de Anagrama. 

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