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Los libros

‘Los nuestros’, de Juan Carlos Reche

  • El autor ofrece una poesía  en la que el habla cordobesa no es ilustración, no es adorno de una voz culta, sino la sustancia misma del poema
  • El título toma partido en un debate sobre el papel del poeta, no explícita, pero sí claramente; expresa su responsabilidad civil y política

Guillermo López Gallego Publicada 14/10/2016 a las 06:00 Actualizada 13/10/2016 a las 21:08    
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'Los nuestros', de Juan Carlos Reche.

'Los nuestros', de Juan Carlos Reche.

Los nuestros
Juan Carlos Reche

Pre-Textos
Valencia

2016

Los nuestros
A través de la revista Años diez, pero no solo, Juan Carlos Reche trata desde hace unos años de propiciar la reflexión de nuestros contemporáneos acerca de la poesía, y muy especialmente del cometido y la responsabilidad del poeta y de la relación de este con lo colectivo. Así, una de las cosas que más me interesaba de Los nuestros era leer la poesía de Reche a la luz de sus opiniones. Los nuestros ilustra perfectamente lo que dice Reche, por ejemplo, en «El cometido del poeta» (Granada, Años diez, n.º 3, 2016), pero además emociona.


Reche escribe en ese ensayo: «Es justamente en la búsqueda de otras formas de lo colectivo […] donde se halla una de las principales líneas de fuga de la poesía actual» (pág. 17). También es una de las líneas que atraviesan Los nuestros, llena de personajes, de diálogos rotos, de espacios públicos, de nombres propios, pero sin protagonistas. El contraste entre el título del libro y la indeterminación de los poemas –que acaban con dos puntos, abren exclamaciones o preguntas que no se cierran, o contienen fragmentos de diálogos–, obliga al lector a preguntarse: ¿Quiénes son los nuestros? Y, por lo tanto, ¿quiénes somos nosotros?

Creo que el poema «–Imagínate tú», que de alguna manera interpreta la entrega de la histórica III Llave de Oro del Cante Flamenco a Antonio Mairena, da alguna pista al respecto.

En otro orden de cosas, Reche también escribe en «El cometido del poeta»: «A estas alturas […], el diálogo con las tradiciones (y sus visiones del mundo) ha de partir, cuando menos, del punto al que llegaron los autores de referencia, para refrendarse con originalidad en una obra nueva, que dé una vuelta de tuerca a dichos autores» (pág. 18-19). En esto, los poemas de Los nuestros, a mi juicio, enmiendan la plana a casi todos los autores que antes que Reche se han ocupado del habla andaluza, de la poesía popular, y del flamenco, desde Góngora hasta Antonio Machado, sin olvidar a Lorca y los miembros del grupo Cántico. El uso del habla en este libro conecta con otros recientes que también la han convertido en elemento esencial de una poética, y especialmente con Folk (Valencia, Pre-Textos, 2013) y Una paz europea (Valencia, Pre-Textos, 2016), de Fruela Fernández. Lo que separa a Reche y a Fernández de esos otros autores es que ellos son conscientes de los peligros de la recuperación, o por decirlo de otra manera, de que el orientalismo bien entendido empieza por uno mismo. Véase por ejemplo lo que Juan Carlos Reche escribe en «La placa de mármol»:

–Eso vendrá a ser
como lo que hacéis los poetas, ¿no?
que robáis los chascarrillos de la gente
y luego dicen que todo es del pueblo,
y mezcláis la verdad con la mentira
que ya nada es de nadie…


Consciente, por lo tanto, del peligro inherente en plasmar el habla popular en un poema, Reche ofrece una poesía irrecuperable, en la que el habla cordobesa no es ilustración, no es adorno de una voz culta o impostada, sino la sustancia misma del poema:

–Si vieras cómo tengo el fuego yo…
y la encimera. Y los nervios,
y las fuerzas, que me iba a caer
en lo barrido.


Reche pone sus poemas en boca de un sinfín de personajes (prefiero hablar aquí de «personajes» y no de «voces», término más preciso, pero que en la crítica de poesía tiene normalmente un significado algo diferente), que hablan de todo, sea de E. Montale o de sus propios recuerdos. El habla de todos ellos, difícilmente comprensible fuera de Córdoba, marcada por la exageración y la sonoridad, resulta espontáneamente poética, y se ofrece en el contexto de una continuidad que lleva del habla a la poesía popular, a la poesía culta, y a las coplas flamencas. Uno lee este poema:

–La noche del accidente
qué carita no tendrías,
yo te secaba la frente
pidiendo que fuera la mía.


Y, por estar engarzado en Los nuestros, lo que lee es también una letra flamenca y al mismo tiempo una continuación natural del habla de los personajes: no hay aquí interrupción, no hay una función poética diferente de la referencial. En «El cometido del poeta», de nuevo, Reche escribe que el poeta «Tendrá, en definitiva, que explotar su potencialidad civil y política en un sentido contemporáneo, donde la problemática del encaje del yo en el nosotros será piedra de toque» (pág. 16-17). Los nuestros toma partido en un debate sobre el papel del poeta, no explícita, pero sí claramente; expresa su responsabilidad civil y política, y presupone un pueblo falible y más real que el de muchos folcloristas, que lo quieren idealizado en su supuesta autenticidad de buen salvaje.

Al mismo tiempo, como decía, Los nuestros es emocionante. Me resulta difícil explicarlo, pero reconstituye vívidamente un mundo muerto de jardines, ocio, relaciones domésticas y canícula, nos trae las palabras de nuestros penates y nuestros fantasmas, que a veces somos nosotros mismos.

*Guillermo López Gallego es poeta. Su último libro,
Afro (Pre-Textos, 2016).

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