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El cuento de todas

Apocalipsis

  • Apocalipsis Guzmán. Menudo nombre. Hay que tener algo en contra de una criatura para llamarla así
  • Pero así se llama el protagonista del relato iniciado por José Manuel Fajardo, Santiago Gamboa y Cristina Fallarás que cierra ahora Almudena Grandes

José Manuel Fajardo | Santiago Gamboa | Cristina Fallarás | Almudena Grandes
Publicada el 21/10/2016 a las 06:00 Actualizada el 20/10/2016 a las 19:12
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La escritora Almudena Grandes.

La escritora Almudena Grandes.

(Empieza José Manuel Fajardo)

Apocalipsis Guzmán. Menudo nombre. Hay que tener algo en contra de una criatura para llamarla así, algo personal, digo yo. Pero si no está claro el porqué, al menos se sabe quién tuvo la culpa: su padre. Sobre los motivos sólo cabe especular. El padre de Apocalipsis odiaba al mundo entero, sin distinciones. En eso hay un acuerdo general. Quizá también a su propio hijo. No es que fuera un mal tipo, es que no tenía corazón. No sé si me explico: no había matado a nadie, tampoco era violento, en realidad no era nada y a lo mejor ahí estaba el problema. Ni alto ni bajo ni bueno ni malo ni tonto ni listo. Nada. Todo lo que sucedía en su vida parecía haber sido dictado en alguna oficina y a él le llegaba en forma de resolución. La gente le amaba o le detestaba sin que hubiera afecto ni afrenta por su parte. Perdía los trabajos sin ninguna razón y los conseguía de igual modo. Sin méritos ni faltas. De esa misma manera dejó embarazada a la madre de Apocalipsis. Sin querer y sin remedio. Fue un polvo rápido después de una noche de discoteca, y seis meses después le llegó el aviso de que ella estaba encinta y decidida a tener el niño. Otro día, una llamada telefónica le comunicó que acababa de ser padre y que su deber era reconocer a su hijo. Él iba a cumplir treinta y tres años y ya tenía la sensación de estar llegando al final de su vida. Dar su apellido a un hijo no era una mala manera de perpetuarse. Sin embargo, por una vez quiso tener la última palabra. De acuerdo, lo iba a reconocer, concedió, pero con la condición de que fuera él quien le pusiera nombre. ¿A quién se le iba ocurrir que elegiría el de Apocalipsis? Desde luego, a la madre no. Cuando se lo dijo, ella protestó que eso no era nombre de persona sino una canallada. ¿No se daba cuenta de que el niño iba a ser el hazmerreír de la escuela? Pero él no se dejó convencer. Va a producir más miedo que risa, respondió, a mi hijo se lo van a tomar en serio. Esa fue la única vez que acertó en su vida y por partida doble, pues la premonición de que el tiempo se le acababa resultó ser cierta: apenas tres meses más tarde moría fulminado por un cáncer de páncreas. Y Apocalipsis resultó ser temible.

A mí se me pueden reprochar muchas cosas, pero no que sea mentiroso. Lo que les cuento es tan cierto como que nací en Madrid y viví allí hasta que me dio por irme a Puerto Rico, a los veinticinco años de edad, tras la muerte de mi madre. Son ideas que la muerte le mete a uno en la cabeza. Me crié pues lejos de las palabras calientes de la isla, lejos del sonido de algodón de sus brisas y los atardeceres lánguidos a la sombra de los mangós, pero no me costó acostumbrarme a todo ello. Dejar Madrid por el Caribe no es el mayor sacrificio del mundo. Renté departamento en Condado, porque tenía plata. Ya sé que ese barrio es de mentira, una vidriera linda para encantar a los turistas. Mejor así, cuando se tiene un trabajo como el que yo elegí, abogado de causas perdidas, al llegar hay que sacar la cabeza de la mierda o uno termina por formar parte de aquellos a los que está tratando de ayudar a salir de ella.

Fue por mi trabajo que conocí a Apocalipsis. No es que él viniera a pedirme que le sacara de la mierda, su vida le parecía cualquier cosa menos eso: a quien yo tenía que ayudar era a un amigo suyo, Sweetie Álvarez, otro con un nombrecito que parece un castigo. Siempre he pensado que en la isla son muy creativos. En su descargo hay que decir que en realidad se llamaba Robert, lo de Sweetie era un apodo que no se sabía quién le había puesto. Para unos, su madre, que siempre fue muy consentidora. Para otros, sus novias, que fueron muchas. Y para sus enemigos, los presos de la penitenciaría estatal de Oso Blanco, que hacían uso de sus encantos corporales por turnos. A mí no me consta ninguna de las tres hipótesis y habiéndole conocido puedo testimoniar que no era dulce ni agraciado y sus maneras conmigo siempre fueron del tipo brutal, incluida alguna agarrada de cuello y una tendencia a los puños que en una ocasión me dejó con el labio superior amoratado y una pésima opinión de mi posible cliente. Pero Apocalipsis decía que Álvarez era su brother del alma, y el cheque con el que respaldó esa amistad me convenció para hacerme cargo del caso.

(Sigue Santiago Gamboa)

Saber quién es uno realmente es cosa difícil, pero en el caso de Sweetie todos lo supimos siempre: era el niño de la banca, en el parque. En esa banca que hay en todo barrio de ciudad presuntuosa, en las islas del Caribe o en el continente. La historia oficial de nuestro barrio dice que el padre de Sweetie lo llevó a esa banca y le dijo, “espérame acá, hijo, voy a resolver un asunto y vuelvo”. El niño se sentó y lo vio alejarse hacia el fondo del parque. Como no se atrevía siquiera a levantarse no pudo ver a cuál de las casas entró, sobre la calle de abajo. ¿Qué tendrá que hacer ahí?, se preguntó el niño, balanceando los pies. Al lado suyo había una pequeña bolsa dejada por su padre y, curioso, el niño la abrió. Había un sándwich y una manzana. Cuando llegó el mediodía sintió un poco de hambre, así que sacó la manzana y se comió hasta la mitad pensando en dejar el resto para después, o para su padre. A eso de las cinco empezó a venir mucha gente de la calle de abajo y el niño se impacientó. Cada vez que veía a una figura a lo lejos se decía, ya viene, ya viene, pero nada, y pronto llegó la noche. Antes de la hora de la cena el parque se llenó de vecinos, de algarabía. Vio otros niños jugando pero no se atrevió a moverse de la banca. Temía que su padre volviera y no lo encontrara. Luego todo el mundo se fue a sus casas y el niño se quedó solo. Le dio un par de mordiscos al sándwich y siguió esperando, en medio de la noche. Llegó algo de brisa y sintió frío, así que subió las piernas a la banca y se estiró para dormir. Estaba seguro que en medio del sueño lo despertaría la mano de su padre y luego su voz, diciéndole, “ya hijo, ya volví, podemos irnos”. Pero abrió los ojos al día siguiente, muy temprano, y seguía estando solo. Al segundo día una vecina vino a preguntarle, “niño, ¿qué haces ahí?”, y él respondió, es que estoy esperando a mi padre, fue a resolver un asunto a la calle de abajo y ahora vuelve. La tercera noche la señora le dijo que viniera a dormir a su casa, pero él no quiso. “Es que si él vuelve y no me ve podemos perdernos, no va a saber dónde estoy”, dijo el niño. Al sexto día la mujer logró convencerlo y dejaron una nota en la banca escrita por él: “Papá, estoy en la casa del frente, la azul, ven pronto”.

(Continúa Cristina Fallarás)

Muchas cosas, pues claro, muchas cosas, a mí se me pueden reprochar muchas cosas, no se me duerma vikingo puto, ¿me oye?, carajo, no se me aborregue, muchas, pero no que yo sea mentiroso, no, ni eso ni esta tos seca que no engaña su cuna, ni se le ocurra, rubio puto de mierda, ni trate de abrir boca o juro que me borro, esta tos seca, ah, sí, la maldición, puta meseta, yo ya no ruego ni a mi santa madre, pero juro por ella que no miento ni me tapo la tos, ya ve, me pongo fiero, ¿qué mierda es el azar, qué puta mierda?, pues sí, ya ve que estoy bebido. ¿Por qué me sangra aquí? Sígame, échese un trago, rubio de la tierra jodida. ¿Por qué me sangra aquí? Sígame. Quien tuviera una hembra, rubio, ¿o no?, quien no tuviera tos. Pero estábamos, dele al trago, cuando Sweetie, Sweetie Álvarez, descubrió que el dios de todas las mesetas, sé de qué hablo, míster, que el dios pinta el azar de azul. De azul la casa azul. Permítame las letras que me quedan, azul como brown es la tos de mi meseta, puta mi madre, larga toda esta maldición por la que me pregunta. Antes de conocer, de penetrar, de, de, de, carajo pase un trago, de sudar y crecer junto a nuestro ya referido Apocalipsis, justo cuando llegó llevado de la banca, Álvarez preguntó “¿Por qué me sangra aquí?”. Yo hablé con la vecina aquella, perdóneme la curda, la viuda apocalíptica, la de la casa azul, fui yo quien alcanzó, el único, yo quien llegó a pedirle, permítame las letras, el azul de esta historia. ¿Por qué me sangra aquí?, dijo que dijo el crío al cruzar el umbral. Dijo que dijo, he dicho. Decir así las cosas viene, como esta tos, de la puta meseta. “Pero él no señalaba nada”, cabeceaba la vieja, “no indicaba ese aquí, el aquí que sangraba”. Le juro que no miento, ya le dije lo mío. “Tampoco había sangre en sitio alguno”. Y luego pasó el tiempo, todo el tiempo que tiene que pasar hasta que alguien te diga Sweetie. Pero quiso el azar, y aquí debe saber que yo no creo, sé que creer da tos igual que la meseta, quiso el azar, permítame aclarar que dios es justo lo contrario del azar, que Apocalipsis tuviera una hermana. Tan claro se lo digo, digo hermana, como digo que en el siguiente trago me derrumbo.

(Cierra el cuento Almudena Grandes)

La historia deshilachada y llena de agujeros que me contó aquel viejo borracho no me preparó para vivir el final de esta historia. Apocalipsis Guzmán tenía una hermana, sí, una muchacha mucho más joven que él, nacida en el último estertor de la juventud de su madre, que se enamoró a destiempo, como una loca, de un mulato que, para su desgracia, no la abandonó tan deprisa como el padre de su hijo mayor. Con cada golpe, decía la gente, con cada moratón, cada palo que le daba esa bestia a la que amaba como si la hubiera hechizado con su brutalidad, aquella mujer hermosa se fue secando, encogiéndose poco a poco como un animalillo disecado, hasta que su piel se volvió mate, su pelo ralo, sus ojos, dos charcas de agua sucia, incapaz de reflejar la luz. Antes de que su madre muriera en vida, la cándida Lygia Elena se parecía mucho a ella. Después, más y menos, porque absorbió su belleza como si una estrella recién nacida pudiera acaparar el resplandor de las que van apagándose a su alrededor, hasta convertirse en la mujer más bella de este barrio, de San Juan, de todo Puerto Rico...
Ya será menos, dije mientras pagaba la cuenta y me disponía a salir de aquel bar. ¡Eh, rubio de mierda!, me increpó el viejo que agarró un puñado de aire cuando pretendía aferrar mi brazo, ¿no me va a pagar la información? Yo no soy rubio, le respondí, como mucho castaño claro. Y usted no me ha contado nada que me sea útil. ¿No?, me miró con la boca abierta por el alcohol o por el asombro, pero si le he dicho que Apocalipsis Guzmán tiene una hermana, una hermana, ¿no entiende?, una hermana...

El día del juicio, Apocalipsis no estaba en la sala, y tampoco vi por allí a la mujer más bella de Puerto Rico. Eso no me extrañó demasiado. Mi cliente me había pedido que ocultara a Sweetie Álvarez que era él quien pagaba las facturas de su defensa. Me dió a entender que su brother del alma siempre había sido el líder, el boss, en todos los bussiness, grandes y pequeños, que habían emprendido juntos, y temía que su orgullo se resintiera por la generosidad de su lugarteniente. Después le contaré, me dijo, después, cuando usted me lo saque de la Penitenciaría, hablaremos de todo esto...

Su optimismo me asustó, porque la cosa no pintaba demasiado bien para Álvarez. La DEA había entregado a la Fiscalía tres testigos presenciales, como envueltos para regalo, dispuestos a declarar contra el acusado pero, curiosamente, ninguno de los tres compareció cuando el ujier los llamó por su nombre. El juez decretó un aplazamiento y el juicio se reanudó dos días más tarde, sin que la policía hubiera hallado a los testigos en sus casas ni en ningún otro lugar. Cuando llegó mi momento, lo aproveché. Estuve elocuente, persuasivo, contundente, convencido de que había bordado una gran actuación. La sospecha de que hasta el peor abogado de la isla habría logrado la absolución de Sweetie Álvarez en aquellas condiciones no empañó mi satisfacción, pero el precio que Apocalipsis Guzmán había estado dispuesto a pagar para lograr la libertad de su amigo, me conmovió. Si yo hubiera tenido amigos como él, pensé, no habría tenido que abandonar España. Ya ven, así de cretino puede llegar a ser un abogado después de ganar un juicio.

Lo demás pasó muy deprisa. El día de su puesta en libertad, Sweetie salió de la cárcel sin más pertenencias que una trompeta a la que acariciaba como si fuera un bebé. Mientras atravesaba la última cancela, era un hombre feliz pero en el primer instante de su libertad, mientras Apocalipsis avanzaba lentamente hacia él, dejó caer la trompeta al suelo, se giró bruscamente y empezó a llamar a gritos a los guardias para que le dejaran volver a entrar. Antes de que yo fuera capaz de entender lo que estaba pasando, ya estaba muerto. Mi cliente lo mató por la espalda, vació el cargador a placer contra su cuerpo sin decir una palabra y entonces, al fin, hizo su aparición la mujer más guapa de Puerto Rico.

Lygia Elena corrió hacia el cadáver con la torpeza de movimientos propia de una embarazada que cuenta con los dedos de una mano los días que le faltan para el parto. Era tan hermosa que, hasta con la cara desfigurada por el llanto, su belleza me cortó la respiración. Se agachó junto a Sweetie, le cubrió de besos, le peinó con los dedos, le abrazó como si quisiera fundirse con él, y levantó la cabeza hacia mí, muy despacio.

Me está sangrando aquí, dijo, poniendo su mano derecha, empapada de la sangre de su amante, sobre su corazón. Me sangra aquí, licenciado, y me miró. ¿Acaso no lo ve? Yo también estoy sangrando.

Cuando descubrí que Sweetie Álvarez merecía su nombre, ya era tarde.


*José Manuel Fajardo es escritor, periodista y traductor. Su último libro es Mi nombre es Jamaica (Edhasa, 2015).

*Santiago Gamboa es escritor. Su último libro publicado es una reedición conmemorativa de El síndrome de Ulises (Literatura Random House, 2015).

*Cristina Fallarás es periodista y escritora. Su último libro, Últimos días en el Puesto del Este (Salto de página, 2013).

*Almudena Grandes es escritora. Su último libro, Los besos en el pan (Tusquets, 2015). 


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