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El cuento de todos

El bolso de Diana

  • Diana volvió del lavabo antes de lo previsto y me vio rebuscando en su bolso. Fingió que no se había dado cuenta o incluso llegué a suponer que no le importaba
  • Así comienza el nuevo relato colectivo que inicia Carlos Zanón y continuará Berna González Harbour la semana que viene

Publicada el 28/10/2016 a las 06:00
El escritor Carlos Zanon.

El escritor Carlos Zanón.

(Inicia Carlos Zanón)

Diana volvió del lavabo antes de lo previsto y me vio rebuscando en su bolso. Fingió que no se había dado cuenta o incluso llegué a suponer que no le importaba. Dejó caer la toalla, se puso de rodillas sobre la cama y se mostró desnuda ante mí. Sus rodillas estaban en contacto con mis pies. Pensé en retirarlos pero los mantuve. No tenía el cabello húmedo. Tampoco el cuerpo. Parecía como si, simplemente, hubiera cambiado de idea respecto de la ducha. Diana era bonita. Sus pechos pequeños y erguidos me señalaban. Evitaba mirarme. Fue evidente que se había dado cuenta y que le importaba. Era la mujer a la que había mirado más detenidamente a la cara en toda mi vida pero me resultaba imposible describirla apenas unos minutos después de verla. Gesticulaba todo el rato desfigurando sus facciones de un segundo a otro. Podría aventurarme y decir que cuando estaba serena, sus ojos eran pequeños y negros, fijos y duros como los de un insecto. Su boca y su nariz eran grandes y el pelo siempre despeinado, cayendo sobre los ojos una y otra vez. Podría hacerlo pero es probable que al volver a verla, fuera totalmente distinta. Siempre era la misma debajo de personas distintas.

—Dame un cigarro.

Yo estaba sentado en una silla bastante incómoda con los pies levantados y apoyados en la cama. Había empezado a vestirme. Llevaba puesta sin abrochar la camisa y los calzoncillos. Le alcancé el paquete de la mesilla. Las cerillas de la cocina también. Servicio completo.

—Así que quieres saber.

—No quiero saber nada.

—¿Quieres ver si lo guardo ahí?

—Me da igual que lo tengas ahí.

—Es tremendo cuando no tienes sitio donde ir, ¿verdad…? Cuando te pillan rebuscando en un bolso, buscando lo que creo que no deberías saber.

—Soy curioso. Nada más.

De un modo brusco, cogió el bolso y me lo lanzó al regazo.

—¿Es el móvil o es lo otro? Porque si fuera el móvil sería más bien patético, ¿no…? Quiero pensar que es lo otro. Sinceramente, creo que no debes ver lo que guardo ahí.

—¿Por qué?

—Porque hablarías.

—No hablaré. Además, ¿a quién podría decir qué?

—Mira dentro entonces. Te doy permiso. Pero delante de mí, no a escondidas.

—Me importa una mierda lo que guardes.

Ahora fui yo quien se permitió lanzar el bolso contra la cama. Le mantuve la mirada. Ella, Diana ya no estaba. A veces, se iba y te dejaba fuera, a la intemperie. Éste era uno de esos momentos. En los que ya te había expulsado, que ya no te quería, que podía no quererte nunca más.

—¿Por qué no te has duchado?

—Porque quería fumar antes. He llegado a fumar duchándome. Era todo un hombre antes. Un hombre de verdad.

—De los que no quedan.

—¿Por qué no te atreves?

—Porque si lo encuentro me iré.

—Y no quieres irte.

—No.

—Ya has elegido irte. A mis espaldas, rebuscando. Qué triste, ¿no?

—Eres un montón de basura. Yo amo ese montón de basura. Eso sí que es triste.

No contestó. Dio una calada. Otra más. Me miraba y sonreía con esa sonrisa distraída que le debía haber servido en tantas ocasiones. Aquello tenía un tiempo y estábamos en el descuento. Esa certeza me debilitaba. Pensé que también debería debilitarle a ella pero no lo parecía. Disponía el pie sobre el alambre y echaba andar sabiendo que debajo no había nada y, casi con toda seguridad, en el otro extremo de ese alambre no habría nadie sujetando. Pero Diana no se detenía. Todo lo contrario, seguía andando por ese maldito alambre.

(Continuará Berna González Harbour)

*Carlos Zanón es escritor. 

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