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Los diablos azules

‘De lo poco de la vida’

  • En el poemario asistimos a una voz madura que, sin renunciar al canto elegiaco, celebra lo que —nos— queda de vida
  • De lo poco de vida posee dos ejes bien definidos que convergen en una sola idea: el nomadismo

Publicada el 28/10/2016 a las 06:00 Actualizada el 27/10/2016 a las 13:11
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'De lo poco de la vida', de Marco Antonio Campos

'De lo poco de la vida', de Marco Antonio Campos

Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949) es un poeta conocido y reconocido en lengua española. En España ha editado, siempre en la editorial Visor, los poemarios Viernes en Jerusalén (2005, V Premio Casa de América de Poesía Americana), y Dime dónde, en qué país (2010, XXXI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla). De lo poco de vida es su última entrega, y los lectores tenemos la suerte de asistir a una voz madura que, sin renunciar al canto elegiaco, celebra lo que —nos— queda de vida con mirada vitalista, pues aun siendo bastante poco, se vive a ritmo trepidante. Siempre es poco, ciertamente, pero al menos queda la sensación de haberla vivido a tope. Nada de vida libresca, como el mismo autor asegura: "porque / sólo aquello que se vive, sin mira ni propósito literario / (Cesare Pavese dixit), puede convertirse en un poema"(pág. 19, de "Libros").

De lo poco de la vida
De lo poco de vida posee dos ejes bien definidos que convergen en una sola idea: el nomadismo. Por un lado se halla nuestra propia existencia concebida como nomadismo, vida peregrina y rápida, implícita en el título; y por otro se trata del vagar del poeta por ciudades y países de todo el mundo. Nomadismo que implica no sentirse de ningún sitio pero ser de todos los lugares al mismo tiempo, no man’s land como tópico redimensionado desde una mexicanidad que aparece como motor que espolea el recuerdo, la amistad, el amor y tantas situaciones emotivas por las que circula la vida que, no obstante, no se puede apresar, destinada siempre evadirse, a no permanecer. No en vano su poesía reunida —editada en México en la prestigiosa editorial El Tucán de Virginia en 2007— se titula El forastero en la tierra (1970-2004). Pero una verdad asoma a pesar de nuestra eventualidad, una verdad acaso nómada, recordando el libro de Guattari y Negri: la poesía como testimonio, como conciencia cívica y lírica de nuestro paso.

El poema "Aquellas cartas" (pág. 25) podría ser un claro ejemplo de ese deambular por el mundo, en este caso Europa a finales del año 72, cuando el poeta, en un viaje iniciático en tren, se escribía cartas entre una estación y otra con su amada de 19 años allá en Ciudad de México. Sin embargo, el final estremecedor del texto anticipa ese "poco de vida" que nos queda, ese otro final de nuestra vida que siempre nos queda cuando vivimos aceleradamente, y todo nos sabe a poco. Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus, huye inexorablemente el tiempo y "parece / que aún oigo la canción del mirlo a la hora del degüello" (ibíd.).

"De lo poco de vida" (pág. 51-52), la composición homónima del libro, en homenaje a Bécquer, del que toma el título por la "Rima LI", también puede ser un magnífico ejemplo de este ir y venir de una voz que escribe desde el pasado, que se replantea "¿dónde poner las palabras que eran tuyas / y decían al repetírtelas lo bello y lo bueno que me eras?" (pág. 51), pero que viene hacia el presente hecha literatura, impresa en la palabra que permanece, igual que el romanticismo decimonónico, redefinido en estos tiempos donde nada es lo que parece. Porque “El después no existe” (pág. 52), la conciencia trágica de no poder apresar nada, ni el pensamiento, y el único argumento que nos queda es el ahora. "No hace mucho comprendí —le digo a Carmen— / que la vejez es la muerte a media muerte. / Me atristo ante lo mucho o / lo poco que viví, sin saber cómo fue / ese mucho o poco" (pág. 33, de "¿Dije esto?"). A veces, por tanto, ese "poco" de vida se puede pensar como un valor de intensidad, otras como un cambio de extensión, pero siempre desde una perspectiva optimista. Porque no hay una sola manera de concebir lo vivido, al margen de frivolidades, más allá de lo inasible de la cotidianidad y la rutina, de ese "reloj de Plaza Mayor que suena a la hora en que no vine" (ibíd.), pues siempre pensamos que nuestro tiempo se ha ido, y que incluso tratando de acaparar todas las oportunidades posibles, también se va.

Conciencia trágica del tránsito hacia la identidad nómada, como en el poema final en prosa, "Lápida en el aire" (pág. 95), aunando el impulso erotanático que nos guía y que se sabe al mismo tiempo punto de fuga: "Me sentí un forastero dondequiera, y para vivir, para simular que vivía, más pronto que tarde emprendí la aventura o fuga" (ibíd.). Identidad hecha verdad que, aunque mute o no podamos consignarla, guarda una razón escrita en algún sitio, puede que en el aire. "Pudo ser del aire. Pudo ser el aire." (ibíd.). Leer a Marco Antonio Campos nos emociona, y su elegía nos arranca un puñado de verdades, sutilmente tamizada, porque ya se sabe que los suspiros son aire y van al aire.


Aquellas cartas

El ayer llega en el hoy que saluda ya el mañana.
Era fines del ’72. Yo atravesaba en tren
Europa occidental, o caminaba por saber adónde,
un sinnúmero de calles, y en cuerpos ondulados
de jóvenes tenues, o en la delgadez del aire en la rama
de los castaños, o en reflejos, que creaban imágenes,
en aguas del Tajo, del Arno o del Danubio, la creía ver,
y ella lejos, en mí, en Ciudad de México, con sus
clarísimos 19 años, regresaba en verde o azul, para luego irse
y regresar e irse en el ayer que hoy llega para hablar mañana.
Era fines del ‘72, y yo no sabía que el mirlo cantaría para mí
a la hora del degüello. Ella hablaba de amor en mí, por mí, de mí,
pidiéndome que le enviara más cartas, que guardaba
—eso decía— en el color de los geranios sobre los muros
de su casa en el barrio de San Ángel, sabiéndola diciembre
que era de otro, pero yo le escribía cartas y cartas
en el compartimiento del tren de una estación a otra,
bebiéndome milímetro a milímetro la morenía de su cuerpo
como si fuera antes, sin saber que la tinta se borraba como
el color de los geranios en el muro de su casa.
Pero al evocar ese ayer convertido en un hoy que es ya mañana,
sin escribir ya cartas entre una estación y otra, me parece
que aún oigo la canción del mirlo a la hora del degüello.


*Juan Carlos Abril es poeta y profesor de Literatura. Su último libro es Lecturas de oro. Un panorama de la poesía española (Bartleby, 2014).


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2 Comentarios
  • lucaromano lucaromano 30/10/16 08:47

    Podría hacer coincidir el titular del artículo con el título del libro ... que hablando de poesía ....

    Responder

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    0

    0

  • Rollon Rollon 28/10/16 09:39

    Que preciosidad, muchas gracias

    Responder

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