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El cuento de todos

El bolso de Diana

  • Diana volvió del lavabo antes de lo previsto y me vio rebuscando en su bolso. Fingió que no se había dado cuenta o incluso llegué a suponer que no le importaba
  • Así comienza el nuevo relato colectivo iniciado por Carlos Zanón y que continúa Berna González Harbour 

Carlos Zanón | Berna González Harbour
Publicada el 04/11/2016 a las 06:00 Actualizada el 03/11/2016 a las 19:19
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La periodista y escritora Berna Gonzalez Harbour.

La periodista y escritora Berna González Harbour.

(Inicia Carlos Zanón)

Diana volvió del lavabo antes de lo previsto y me vio rebuscando en su bolso. Fingió que no se había dado cuenta o incluso llegué a suponer que no le importaba. Dejó caer la toalla, se puso de rodillas sobre la cama y se mostró desnuda ante mí. Sus rodillas estaban en contacto con mis pies. Pensé en retirarlos pero los mantuve. No tenía el cabello húmedo. Tampoco el cuerpo. Parecía como si, simplemente, hubiera cambiado de idea respecto de la ducha. Diana era bonita. Sus pechos pequeños y erguidos me señalaban. Evitaba mirarme. Fue evidente que se había dado cuenta y que le importaba. Era la mujer a la que había mirado más detenidamente a la cara en toda mi vida pero me resultaba imposible describirla apenas unos minutos después de verla. Gesticulaba todo el rato desfigurando sus facciones de un segundo a otro. Podría aventurarme y decir que cuando estaba serena, sus ojos eran pequeños y negros, fijos y duros como los de un insecto. Su boca y su nariz eran grandes y el pelo siempre despeinado, cayendo sobre los ojos una y otra vez. Podría hacerlo pero es probable que al volver a verla, fuera totalmente distinta. Siempre era la misma debajo de personas distintas.

—Dame un cigarro.

Yo estaba sentado en una silla bastante incómoda con los pies levantados y apoyados en la cama. Había empezado a vestirme. Llevaba puesta sin abrochar la camisa y los calzoncillos. Le alcancé el paquete de la mesilla. Las cerillas de la cocina también. Servicio completo.

—Así que quieres saber.

—No quiero saber nada.

—¿Quieres ver si lo guardo ahí?

—Me da igual que lo tengas ahí.

—Es tremendo cuando no tienes sitio donde ir, ¿verdad…? Cuando te pillan rebuscando en un bolso, buscando lo que creo que no deberías saber.

—Soy curioso. Nada más.

De un modo brusco, cogió el bolso y me lo lanzó al regazo.

—¿Es el móvil o es lo otro? Porque si fuera el móvil sería más bien patético, ¿no…? Quiero pensar que es lo otro. Sinceramente, creo que no debes ver lo que guardo ahí.

—¿Por qué?

—Porque hablarías.

—No hablaré. Además, ¿a quién podría decir qué?

—Mira dentro entonces. Te doy permiso. Pero delante de mí, no a escondidas.

—Me importa una mierda lo que guardes.

Ahora fui yo quien se permitió lanzar el bolso contra la cama. Le mantuve la mirada. Ella, Diana ya no estaba. A veces, se iba y te dejaba fuera, a la intemperie. Éste era uno de esos momentos. En los que ya te había expulsado, que ya no te quería, que podía no quererte nunca más.

—¿Por qué no te has duchado?

—Porque quería fumar antes. He llegado a fumar duchándome. Era todo un hombre antes. Un hombre de verdad.

—De los que no quedan.

—¿Por qué no te atreves?

—Porque si lo encuentro me iré.

—Y no quieres irte.

—No.

—Ya has elegido irte. A mis espaldas, rebuscando. Qué triste, ¿no?

—Eres un montón de basura. Yo amo ese montón de basura. Eso sí que es triste.

No contestó. Dio una calada. Otra más. Me miraba y sonreía con esa sonrisa distraída que le debía haber servido en tantas ocasiones. Aquello tenía un tiempo y estábamos en el descuento. Esa certeza me debilitaba. Pensé que también debería debilitarle a ella pero no lo parecía. Disponía el pie sobre el alambre y echaba andar sabiendo que debajo no había nada y, casi con toda seguridad, en el otro extremo de ese alambre no habría nadie sujetando. Pero Diana no se detenía. Todo lo contrario, seguía andando por ese maldito alambre.

(Continúa Berna González Harbour)

Y aquel día el alambre parecía querer pasar directamente entre mis ojos y atravesar mi masa encefálica, a juzgar por la frialdad de la mirada que Diana clavó y mantuvo sobre mí. Lo hizo con su habitual parsimonia, esa seguridad que cuanto más se acrecentaba más me hacía empequeñecer.

Recordé en ese momento algo absurdo, y era la escena de Pretty Woman en la que Richard Gere sospecha que Julia Roberts esconde droga y le intenta arrebatar una cajita que resulta ser hilo dental. Pero ambos sabíamos que ni yo era Richard Gere, ni era capaz de hacer poco más que rebuscar a escondidas en su bolso, ni ella guardaba droga. Ni hilo dental. Ojalá hubiera sido tan fácil.

El botín que Diana ocultaba no podía cambiarse por dinero ni servirnos para una de esas noches sin cansancio, cuando nos amábamos una y otra vez en este mismo lugar sin que decayera la energía gracias a sus gominolas. Pero aquello era pasado y lo que de verdad estaba en el bolso no lo era, sino un aviso de un presente que nos amenazaba a los dos.

Ahora apenas me quedaba energía, Diana lo sabía, y sin embargo siguió avanzando hacia mí como si no le importara mi miedo, mi inseguridad. Y es que en realidad no le importaba. Con la misma mirada fría, aún de rodillas, me atrajo hacia ella, me arrojó sobre el colchón, tomó mis manos y las llevó hasta sus pechos fríos, desnudos. Intentó cabalgar sobre mí y yo traté de responder simulando acompasarme a su ritmo, adaptarme a su deseo como siempre había intentado hacer. Y por un momento me encendí, pero me apagué tan rápido como la ducha non nata de Diana. Es complicado cuando una mirada como la suya te atraviesa, a ti y a tu culpabilidad, aunque su dueña tenga los pechos más vivos que hayas conocido jamás. El maldito alambre en acción.

Entonces buscó dos cigarrillos, los encendió, y me pasó uno.

—Lo siento— dije.

Ella no dijo nada. Se encogió de hombros y dio otra calada.

—He dicho lo siento.

—Te he oído.

—No me refiero a esto. Me refiero al bolso. Supongo que solo quería estar seguro de ti.

No sabía si era peor el gatillazo o que me hubiera pillado rebuscando en su bolso, pero si lo primero era humillante para mí y lo segundo era humillante al cuadrado, pedir disculpas era ya un harakiri seguro. O tal vez solo una manera de desviar la atención. Porque en ese momento solo quería rebobinar la máquina de cometer errores que había puesto en marcha o, como segunda opción, evaporarme para siempre.

Ella se levantó, en un movimiento rápido se puso la camiseta sin sujetador, después los vaqueros y las botas. No recordaba que no hubiera traído braga, pero en ese momento no se la puso y aquello estuvo a punto de excitarme. En todo caso era mejor no tentar a la suerte. Además me arrojó mi ropa, que había quedado revuelta tras la triste intentona, y me vestí obedientemente. Ay, Diana, siempre tan decidida, cuando ella se ponía en marcha yo solo tenía que dejarme llevar del ronzal y ese placer entonces nunca me molestaba. Solo después me enervaba, cuando ella se había ido y yo me daba cuenta de mi pasividad.

—Quiero que me ayudes en esto —dijo simplemente, mientras agarraba el bolso y ponía rumbo a la puerta— Ven.

De nuevo estaba conmigo y entonces no me importaba que fuera para sacarla del atolladero, eso era suficiente para seguirla con docilidad. Diana podía haberme arrastrado hasta el infierno con solo darme sus migajas y yo lo celebraba aunque supiera que era solo una prórroga más volátil aún que mi débil seguridad. Porque el partido, ya lo he dicho, estaba en tiempo de descuento.

(Continuará Alfonso Salazar)

*Carlos Zanón es escritor. Su último libro, Marley estaba muerto (RBA, 2015). 

*Berna González Harbour es periodista y escritora. Su último libro, Los ciervos llegan sin avisar (RBA, 2015). 

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