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El cuento de todos

El bolso de Diana

  • Diana volvió del lavabo antes de lo previsto y me vio rebuscando en su bolso. Fingió que no se había dado cuenta o incluso llegué a suponer que no le importaba
  • Marta Sanz cierra el cuento construido durante cuatro semanas junto a Carlos Zanón, Berna González Harbour y Alfonso Salazar 

C. Zanón B. G. Harbour A. Salazar M. Sanz Publicada 18/11/2016 a las 06:00 Actualizada 22/11/2016 a las 06:01    
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La escritora Marta Sanz.

La escritora Marta Sanz.

(Inicia Carlos Zanón)

Diana volvió del lavabo antes de lo previsto y me vio rebuscando en su bolso. Fingió que no se había dado cuenta o incluso llegué a suponer que no le importaba. Dejó caer la toalla, se puso de rodillas sobre la cama y se mostró desnuda ante mí. Sus rodillas estaban en contacto con mis pies. Pensé en retirarlos pero los mantuve. No tenía el cabello húmedo. Tampoco el cuerpo. Parecía como si, simplemente, hubiera cambiado de idea respecto de la ducha. Diana era bonita. Sus pechos pequeños y erguidos me señalaban. Evitaba mirarme. Fue evidente que se había dado cuenta y que le importaba. Era la mujer a la que había mirado más detenidamente a la cara en toda mi vida pero me resultaba imposible describirla apenas unos minutos después de verla. Gesticulaba todo el rato desfigurando sus facciones de un segundo a otro. Podría aventurarme y decir que cuando estaba serena, sus ojos eran pequeños y negros, fijos y duros como los de un insecto. Su boca y su nariz eran grandes y el pelo siempre despeinado, cayendo sobre los ojos una y otra vez. Podría hacerlo pero es probable que al volver a verla, fuera totalmente distinta. Siempre era la misma debajo de personas distintas.

—Dame un cigarro.

Yo estaba sentado en una silla bastante incómoda con los pies levantados y apoyados en la cama. Había empezado a vestirme. Llevaba puesta sin abrochar la camisa y los calzoncillos. Le alcancé el paquete de la mesilla. Las cerillas de la cocina también. Servicio completo.

—Así que quieres saber.

—No quiero saber nada.

—¿Quieres ver si lo guardo ahí?

—Me da igual que lo tengas ahí.

—Es tremendo cuando no tienes sitio donde ir, ¿verdad…? Cuando te pillan rebuscando en un bolso, buscando lo que creo que no deberías saber.

—Soy curioso. Nada más.

De un modo brusco, cogió el bolso y me lo lanzó al regazo.

—¿Es el móvil o es lo otro? Porque si fuera el móvil sería más bien patético, ¿no…? Quiero pensar que es lo otro. Sinceramente, creo que no debes ver lo que guardo ahí.

—¿Por qué?

—Porque hablarías.

—No hablaré. Además, ¿a quién podría decir qué?

—Mira dentro entonces. Te doy permiso. Pero delante de mí, no a escondidas.

—Me importa una mierda lo que guardes.

Ahora fui yo quien se permitió lanzar el bolso contra la cama. Le mantuve la mirada. Ella, Diana ya no estaba. A veces, se iba y te dejaba fuera, a la intemperie. Éste era uno de esos momentos. En los que ya te había expulsado, que ya no te quería, que podía no quererte nunca más.

—¿Por qué no te has duchado?

—Porque quería fumar antes. He llegado a fumar duchándome. Era todo un hombre antes. Un hombre de verdad.

—De los que no quedan.

—¿Por qué no te atreves?

—Porque si lo encuentro me iré.

—Y no quieres irte.

—No.

—Ya has elegido irte. A mis espaldas, rebuscando. Qué triste, ¿no?

—Eres un montón de basura. Yo amo ese montón de basura. Eso sí que es triste.

No contestó. Dio una calada. Otra más. Me miraba y sonreía con esa sonrisa distraída que le debía haber servido en tantas ocasiones. Aquello tenía un tiempo y estábamos en el descuento. Esa certeza me debilitaba. Pensé que también debería debilitarle a ella pero no lo parecía. Disponía el pie sobre el alambre y echaba andar sabiendo que debajo no había nada y, casi con toda seguridad, en el otro extremo de ese alambre no habría nadie sujetando. Pero Diana no se detenía. Todo lo contrario, seguía andando por ese maldito alambre.

(Sigue Berna González Harbour)

Y aquel día el alambre parecía querer pasar directamente entre mis ojos y atravesar mi masa encefálica, a juzgar por la frialdad de la mirada que Diana clavó y mantuvo sobre mí. Lo hizo con su habitual parsimonia, esa seguridad que cuanto más se acrecentaba más me hacía empequeñecer.

Recordé en ese momento algo absurdo, y era la escena de Pretty Woman en la que Richard Gere sospecha que Julia Roberts esconde droga y le intenta arrebatar una cajita que resulta ser hilo dental. Pero ambos sabíamos que ni yo era Richard Gere, ni era capaz de hacer poco más que rebuscar a escondidas en su bolso, ni ella guardaba droga. Ni hilo dental. Ojalá hubiera sido tan fácil.

El botín que Diana ocultaba no podía cambiarse por dinero ni servirnos para una de esas noches sin cansancio, cuando nos amábamos una y otra vez en este mismo lugar sin que decayera la energía gracias a sus gominolas. Pero aquello era pasado y lo que de verdad estaba en el bolso no lo era, sino un aviso de un presente que nos amenazaba a los dos.

Ahora apenas me quedaba energía, Diana lo sabía, y sin embargo siguió avanzando hacia mí como si no le importara mi miedo, mi inseguridad. Y es que en realidad no le importaba. Con la misma mirada fría, aún de rodillas, me atrajo hacia ella, me arrojó sobre el colchón, tomó mis manos y las llevó hasta sus pechos fríos, desnudos. Intentó cabalgar sobre mí y yo traté de responder simulando acompasarme a su ritmo, adaptarme a su deseo como siempre había intentado hacer. Y por un momento me encendí, pero me apagué tan rápido como la ducha non nata de Diana. Es complicado cuando una mirada como la suya te atraviesa, a ti y a tu culpabilidad, aunque su dueña tenga los pechos más vivos que hayas conocido jamás. El maldito alambre en acción.

Entonces buscó dos cigarrillos, los encendió, y me pasó uno.

—Lo siento— dije.

Ella no dijo nada. Se encogió de hombros y dio otra calada.

—He dicho lo siento.

—Te he oído.

—No me refiero a esto. Me refiero al bolso. Supongo que solo quería estar seguro de ti.

No sabía si era peor el gatillazo o que me hubiera pillado rebuscando en su bolso, pero si lo primero era humillante para mí y lo segundo era humillante al cuadrado, pedir disculpas era ya un harakiri seguro. O tal vez solo una manera de desviar la atención. Porque en ese momento solo quería rebobinar la máquina de cometer errores que había puesto en marcha o, como segunda opción, evaporarme para siempre.

Ella se levantó, en un movimiento rápido se puso la camiseta sin sujetador, después los vaqueros y las botas. No recordaba que no hubiera traído braga, pero en ese momento no se la puso y aquello estuvo a punto de excitarme. En todo caso era mejor no tentar a la suerte. Además me arrojó mi ropa, que había quedado revuelta tras la triste intentona, y me vestí obedientemente. Ay, Diana, siempre tan decidida, cuando ella se ponía en marcha yo solo tenía que dejarme llevar del ronzal y ese placer entonces nunca me molestaba. Solo después me enervaba, cuando ella se había ido y yo me daba cuenta de mi pasividad.

—Quiero que me ayudes en esto —dijo simplemente, mientras agarraba el bolso y ponía rumbo a la puerta— Ven.

De nuevo estaba conmigo y entonces no me importaba que fuera para sacarla del atolladero, eso era suficiente para seguirla con docilidad. Diana podía haberme arrastrado hasta el infierno con solo darme sus migajas y yo lo celebraba aunque supiera que era solo una prórroga más volátil aún que mi débil seguridad. Porque el partido, ya lo he dicho, estaba en tiempo de descuento.

(Continúa Alfonso Salazar)

Cerró la puerta de la habitación y colgó el cartel de “No molestar”, como una travesura. Había decidido que escaparíamos por la puerta trasera y me lo contó cuando bajábamos en el ascensor. Atravesamos la cocina del restaurante en la planta baja y alcanzamos la puerta del callejón. Cruzamos el umbral y giramos hacia la avenida. El sol parecía abofetearnos en los ojos. Ella sacó con ligereza unas gafas con montura de carey de su bolso, se las colocó y el pelo despeinado volvió a taparle los ojillos. Yo rebusqué las mías en el bolsillo interior de mi arrugada chaqueta en tanto Diana aceleraba el paso camino del barrio.

─Si estás tan interesado en investigarme… —dudó y calló pero siguió andando con paso firme.

─Yo no tengo interés ninguno en tu vida privada, Diana —mentí—. Ha sido un desliz infantil, una chiquillada.

Paró en seco y casi tropecé con su bota derecha. La falta de sueño me hacía trastabillar.

─Siempre te he considerado un chico listo. Cortito de abajo, pero no de frente.

Debí quedarme con cara de bobo, rebuscando la respuesta inteligente —o al menos ingeniosa— a la que se prestaba a la escena, pero Diana había decidido que no esperaríamos a mi musa y tiró hacia delante.

Comenzamos a ascender las cuestas que llevan al barrio alto. Los vecinos más madrugadores se desayunaban en algunos bares, anticuados, y los turistas dispuestos a asaltar los monumentos de la ciudad lo hacían en los nuevos cafés, franquicias con nombres que evocaban el Caribe y África, mundos tan exóticos como cafeteros. Callejeamos hasta esas zonas más altas donde las calles se esclarecen y casi desparece la vida vecinal. Los pocos negocios del barrio se ubican en la zona baja, conforme se sube la montaña, todo comienza a estar lejos: el pan, el tabaco y la cerveza. En la parte más alta están los miradores, esos donde es habitual captar las más memorables postales de la ciudad. Pensaba que Diana me llevaba a uno de esos sitios, en un arrebato romántico, como solíamos hacer cuando éramos mucho más jóvenes –nunca juntos, pues no nos conocíamos, pero quizá coincidentes— y buscábamos el amanecer con la ciudad a nuestros pies, acurrucados observábamos cómo el sol subía hacia lo más alto, y entonces se nos secaba la lengua de tanta resaca y pensábamos culpables que deberíamos acudir a alguna de las clases de la Facultad, aunque fuese sin dormir.

La empinada subida hizo que Diana aminorase su paso, o eso pensé: que estaba cansada y caminábamos sin más rumbo ni objetivo que perder la mañana alegremente. El caso es que andaba lenta y como en una moviola repetía pasos y gestos. Paré un instante y me senté en una pilastra de cemento, encendí un cigarrillo y el humo me alcanzó los bronquiolos como una estocada. Diana miraba las paredes como quien busca un resorte secreto. Cuanto más la observaba más sentido tenían sus movimientos. No estaba cansada, estaba inquieta: Diana en su laberinto, pensé.

─Juraría que fue aquí —comentó pensativa mientras miraba una fachada encalada.

A su derecha había una puerta más baja de lo habitual, de esas que están partidas en dos y que quizá sirvieron en otro tiempo para el ganado, para guardar un burro o un caballo que sacaría su cabeza por encima de aquella puerta partida a la altura de la cintura. A partir de esa cintura imaginaria la puerta era de cristal, con un postigo cerrado de madera pintada de verde. Me acerqué con curiosidad. Diana parecía querer leer algo en la pared. Reparó en mi presencia y me quitó el cigarrillo de la mano. El roce de sus dedos me provocó un escalofrío. Diana miró a izquierda y derecha, la calle, empedrada, estaba desierta. No había más carteles que los propios de la numeración de las casas y el de la misma calle: “Pasaje del Comino”.

Diana miraba la fachada, parecía como si hubiesen encalado con celeridad sobre el quicio de la puerta. Había unas letras difusas.

Forcé mi memoria: no era ducho en el conocimiento del barrio viejo. Lo mío eran las anchas avenidas de la zona noble de la ciudad, las terrazas, los cines y las tiendas de moda. Apenas conocía aquellas callejuelas, y mucho menos los nombres de las plazoletas, callejones y pasadizos. Pero yo había leído Pasaje del Comino aquella misma madrugada. Fue en una tarjeta que Diana guardaba en su bolso, cuando no encontré lo que buscaba: “Orantes. Tapicero. Pasaje del Comino, 3” y un número de teléfono que no podía recordar.

(Cierra el cuento Marta Sanz)

Ni siquiera hacía falta que lo recordase, porque era falso y además ya estábamos allí. Diana se había metido en la boca del lobo por propia iniciativa y me sonreía con aspecto malévolo. Las que se creen más malas son las más lerdas de todas. Diana ponía la pose de “Mira qué mala soy” y yo la observaba, una mujercita imperativa con el mentón en alto en medio del Pasaje del Comino, y solo tenía ganas de decirle “Pero mira que eres imbécil”. Me lo guardé entre los labios para devolverle mi mueca más angelical pensando en el daño que le había hecho a la humanidad Marlene Dietrich. Yo siempre he tenido aspecto de buen chico, carne de gabinete psicológico, aunque supongo que aquel día disimulé mucho para encubrir que, por debajo de la aseada máscara del niño bien que no ha roto un plato en su vida, se me iba transparentando la vida interior, el ser siniestro, ligeramente porcino –los cerdos se lo comen todo—, que se mostraba reticente a traspasar la puerta. “Orantes. Tapicero. Pasaje del comino, 3”. La verdad es que no me costó gran cosa encontrar a alguien que hiciese el trabajo. Ella tal vez era más fuerte, más echá p'alante que yo. Pero yo tenía más pasta.

—¿Entramos?

Diana me retó mirándome con la intensidad de quien lleva las riendas y acostumbra a pillar hachís y manejar navajillas de niña de barrio bajo que pega a las otras niñas para imponer su ley. Yo me reía por dentro recordando lo fácil que me había sido mandarle una dirección. Sus ganas de jugar y su bravuconería iban a hacer el resto.

—¿Entramos?

Ella insistió y yo me retraje, ladeé la cara, di un paso hacia atrás para subrayar mi falta de temple frente a los enormes ovarios de Diana. Se habría operado para ponérmelos encima de la mesa. Su par de ovarios. Incluso cuando follábamos y me restregaba por la cara los alfilerillos de sus pezones, Diana se negaba a que me pusiera un condón para demostrarme su par de ovarios. Era una tía bastante primaria —con un par de ovarios— que inspiraba en mí desde hace meses el mismo pensamiento: “Pero mira que eres imbécil, hija mía”. El pensamiento casi se me escapa en forma de hostia cuando me confesó que se había quedado embarazada y yo tuve claro que ni me iba a casar ni iba a criar un hijo con una choni así. Tampoco consentiría que un descendiente con un ligero aire de familia a mi familia deambulase por los barrios de Diana. Su desaparición no iba a suponer una pérdida irreparable. Nadie —pero que nadie, nadie— iba a echarla de menos. Ni siquiera yo. Así que le mandé la dirección de Orantes, el tapicero, un día, una hora, un número de teléfono equivocado, con la seguridad de que el papelito iba a despertar esa curiosidad que mató al gato y a las mujeres más tontas de Barba Azul. Después rebusqué en su bolso y Diana pensó que andaría buscando la navajilla, el predictor que me confirmase su melodramática confesión de preñez –“No creas que me haces falta para nada”—, un animal muerto, el mensaje romántico de otro hombre, cualquier pista que ratificase su maldad, la posibilidad de hacer de mí lo que ella quisiera. “Pero mira que eres imbécil, hija de mi vida.” Diana sacaba sus pechitos de alfiler para pincharme –hacerme adicto— y se relamía imaginando lo que me podría hacer sufrir. Pobrecita mía. Yo me puedo costear la mejor desintoxicación. El mejor sanatorio.

—¿Entramos?

Le dije que sí con la cabeza. Como el niño bueno y tímido que unas horas antes había rebuscado en su bolso. Como si yo fuese débil, tuviera miedo, y ella fuera una mujer dispuesta a defender a toda costa su independencia y su libertad, es decir, el polvoriento contenido de su bolso, los Kleenex sucios, esos secretillos de traficanta de poca monta que una vez nos habían unido. Qué libertad más hueca. Diana habría sido una de esas niñatas que roban en los grandes almacenes. Se habría guardado los pintalabios sin pagar dentro del bolso y yo sabía que, ya de adulta —¿adulta?—, se sentiría retada por la inspección de sus oscuras pertenencias y, después, querría hacerme pasar un poco más de miedo llevando la voz cantante en una aventura de cuyo desenlace lo ignoraba todo. Porque Diana era una peliculera, una cenicienta sin estudios, ojerosa y delictiva, que ni por un segundo sospechó que a mí el contenido de su bolso me la traía al pairo y que mi único objetivo era, por un lado, provocarla y, por otro, efectuar una comprobación: el papel con la dirección de Orantes estaba allí y a Diana ese papel le estaba quemando como a un ratoncito le quema en el estómago el olor del queso. Los ojos de ratona, pequeños y oscuros, de esa Diana que se creía cazadora –también se creía un poco Beyoncé— brillaron ávidos al bajar las escaleras del cuchitril de Orantes.

—Cuidado, amor, no te me vayas a caer.

Entonces Diana se dio la vuelta para mirarme con furia porque no soportaba ninguna demostración de que yo la podría cuidar, ser más previsor, grande o titánico que ella misma; de que podría salvarla de la bellaquería del mundo. Ningún signo de que yo podría comportarme como un machote o ser con ella ni un poquito paternal. “Pero mira que eres imbécil, hija mía.” Si Diana hubiera sabido lo que yo estaba pensando, habría sacado su navajilla del bolso —más falsamente vejado que su cuerpo puntiagudo— y me habría cortado los huevos. Uno y dos. Pero en la tapicería de Orantes tan solo se dio la vuelta para recriminar mi mimo y, en ese preciso momento, a su espalda, vi al tapicero nacer de la sombra. Llevaba bien sujeta dentro del puño su aguja grande de coser butacas. Era lo acordado y, en menos de un segundo, pasaría lo que tenía que pasar.


*Carlos Zanón es escritor. Su último libro, Marley estaba muerto (RBA, 2015).

*Berna González Harbour es periodista y escritora. Su último libro, Los ciervos llegan sin avisar (RBA, 2015).

*Alfonso Salazar es escritor. Su último libro es Para tan largo viaje (Dauro, 2014).

*Marta Sanz es escritora. Su último libro, Éramos mujeres jóvenes. Una educación sentimental de la Transición española (Fundación José Manuel Lara, 2016). 


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