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Los libros

'El río sin descanso', de Gabrielle Roy

  • La escritora francófona Gabrielle Roy dio voz en sus obras a los olvidados, inspirada por la belleza salvaje de los vastos paisajes canadienses
  • Esta es la historia de Elsa, joven inuit de un pequeño poblado de blancos llamado Fort Chimo, que se queda embarazada de un soldado americano

Publicada 18/11/2016 a las 06:00 Actualizada 22/11/2016 a las 05:55    
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'El rio sin descanso', de Gabrielle Roy

'El río sin descanso', de Gabrielle Roy

El río sin descanso
Gabrielle Roy

Hoja de lata
Gijón

2016
 
i+d+i Cinfa
El río sin descanso es una breve novela que trata, a través de la bella y amarga historia de una madre coraje esquimal que trata de sacar adelante a su hijo, el tema de la identidad periférica en la sociedad anglófona y patriarcal del Canadá del siglo XX, mostrando las dificultades de adaptación tanto del inmigrante como de la mujer y las del colonizado.

Gabrielle Roy, fue una escritora canadiense nacida en Quebec y por tanto de habla francesa, pero criada en una zona anglófona donde sufrió humillaciones por hablar otra lengua, como refleja en sus obras, siempre cercanas a los desfavorecidos y olvidados e inspirada por la belleza salvaje de los vastos paisajes canadienses. Su obra, inédita en castellano —y recuperada por esta pequeña editorial asturiana que cuida mucho sus libros—, es una de las más importantes y premiadas de Canadá durante el siglo XX.

Esta es la historia de Elsa, joven inuit de un pequeño poblado de blancos llamado Fort Chimo, en el norte de Canadá, que se queda embarazada de un soldado americano —forzada por él tras un breve encuentro furtivo— y tiene que criar sola a su hijo, Jimmy, un niño rubio y de ojos azules que causa una verdadera conmoción en el poblado. Elisa evoluciona, experimenta, crece, vive con intensidad la vida y los cambios y extrañezas que las relaciones le producen. Su carácter irá cambiando con el paso de los años, bajo la influencia de la modernidad y con el choque de sus tradiciones con las occidentales, sobre todo desde el momento que empieza a trabajar como criada para una señora blanca y siente cómo el tiempo se le escapa con tantas obligaciones.

Absolutamente volcada en el cuidado de su hijo, en un primer momento decide criarle como los blancos, pasando de la calma de su familia al ajetreo y la falta de tiempo, con lo que se le va agriando el carácter. Cada vez más reservada, intentará introducir en su hogar esquimal las innovaciones del progreso del hombre blanco, lo que le provocará discusiones con su familia. Sufre, llora, se desespera, y Jimmy acaba pasando más tiempo con sus abuelos  —con los que es más libre— que con ella, atada a su trabajo, intentando imitar la vida de las mujeres blancas que tanta extrañeza le produce, una tierna confusión entre el choque de sus tradiciones y las costumbres blancas: “No dejaba, sin embargo, de adelgazar y comenzaba a pegársele el aspecto algo cansado de su joven patrona y de otras mujeres jóvenes blancas, siempre preocupadas por no estar haciéndolo lo suficientemente bien y sin parar de proponerse objetivos cada vez más difíciles de comprender” (pág. 140). Elisa emana ternura e inocencia mientras endurece su carácter, excepto con su hijo, el pilar sobre el que asienta su búsqueda de sentido a la vida.

La narración sucede siempre ante el río Koksoak, testigo de las vivencias de Elsa, que busca la soledad para encontrarse a sí misma: “Después se iba a un rincón perdido del terreno de guijarros, pasadas las últimas cabañas esquimales, al fondo de una ensenada recortada adonde el Koksoak, más tranquilo, venía tan solo a lamer las oscuras y lisas rocas. Unos peñascos altos dispuestos en semicírculo delimitaban el tranquilo recinto. Puede que fuera el hecho de percibir claramente el sonido débil del agua que apenas llegaba hasta ellos lo que hacía que Elsa apreciara la paz de aquel lugar” (pág. 141). El río acompaña a la protagonista y le da paz, ante él todo lo importante tiene el eco cristalino de sus aguas, reflejo de la grandeza de la naturaleza en aquella tierra fría e inhóspita, cruel y bella como la vida de los que allí habitan.

Los personajes inuit son especiales, como la anciana Inés, que reflexiona sobre la muerte y la eutanasia. y sobre todo el abuelo, Thaddeus, que habla poco pero sentencia con su experiencia: “A veces me digo que me cambiaría por él con gusto, sin rendirle cuentas a nadie, un verdadero halcón en lo alto del acantilado. Pero no, porque en el acantilado hay viento y libertad, pero ya está; ni familia, ni niños, ni cariño. Esa es en el fondo la historia del ser humano —concluyó Thaddeus—, esa elección tan difícil entre la vida libre del abismo, orgulloso e indomable, y la vida con los demás, en la jaula” (pág. 157). Elsa habla a menudo con el pastor de Fort Chimo, que cada domingo reúne a los fieles en la iglesia. Gracias a él ha conseguido trabajo, pero no ve feliz a Elsa, y tras una conversación la protagonista decide cambiar completamente el rumbo de su vida y marcharse con su hijo al otro lado del río, al viejo poblado esquimal que todo el mundo ha abandonado por el nuevo Fort Chimo, al lugar en el que ella se crió de pequeña y que será ahora el entorno donde decide criar a Jimmy unos años después de su nacimiento, volviendo a sus raíces y a la tradición esquimal. Allí se encuentran con el huraño de su tío Ian, casi siempre enfadado, pero que poco a poco les acogerá gracias a la dulzura natural de Jimmy, un niño especial y curioso que provoca en él cariño y ternura. Los tres emprenden un viaje de huida a través de la dura tundra nevada cuando la policía avisa a Elsa de que es obligatorio que su hijo vaya a la escuela. Durante la travesía, Jimmy enfermará gravemente y deberán regresar a toda prisa en una emocionante y épica aventura contrarreloj a través del hielo.

Elsa, escarmentada de la vida salvaje, volverá a cruzar el río y a la vida de los blancos. Zurce y hace pequeñas figuras para vender, trabajando todo el día, creando su hogar en un viejo cobertizo que le ceden, gastando el dinero que tiene en caprichos para Jimmy, pero alejándose de nuevo de sus raíces, algo que provoca en ella tristeza cuando su conciencia asume esta distancia –y la soledad del esquimal en la sociedad blanca, de alguna manera en el limbo sin comprender bien cómo vivir— a la vez que ve el progresivo distanciamiento de su hijo cuando se va haciendo adolescente, rechazando a los inuit, y haciéndose conflictivo, incluso huyendo de su madre. Roy culmina la novela de manera excepcional, con un alegato sobre la vida y la dignidad para vivirla, a través de una emotiva reflexión melancólica y hermosa sobre el papel en el mundo de las personas diferentes y sobre las preguntas universales del destino del ser humano, en el cenit de una vida dedicada a un hijo, sumida en la tristeza, sola ante el río que siempre la acompañó en su deambular por el mundo: “En cierto modo, una familia humana se deshacía más rápido que algunas parejas de pájaros que pasaban toda la vida juntos. A Elsa ya no le quedaba realmente nada más que el río, y no paraba de escucharlo, sentada sobre las piedras o, desde su guarida, acostada sobre el suelo, la cara permanentemente vuelta hacia el exterior” (pág. 250).

Roy emplea un lenguaje poético para describir sentimientos y el paisaje tan subyugante que cubre la historia. Hay emoción y aventura en esta novela, que nos habla de la valentía e inocencia de una madre dispuesta a todo para sacar adelante a su hijo.

El libro se completa con tres relatos que anteceden a esta bella novela y en los que la autora vuelve a hablar de los desfavorecidos, de los humillados por razón de sexo, raza o lengua, dando voz a los personajes marginales y desposeídos como hace a lo largo de toda su obra. Escritora de la diversidad humana y la multiculturalidad, fue una mujer que retrató el destino trágico de los esquimales, despojados de sus valores tradicionales a la vez que eran rechazados y no conseguían adaptarse a la sociedad del hombre blanco, que los trataba como inferiores. Roy —pionera también en la defensa del feminismo— refleja en estas narraciones el brutal impacto que la modernidad, el alcohol y la tecnología tuvo sobre ellos.

*Pablo Bonet es poeta y librero de guardia en la Librería Muga.

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