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Los libros

'Cartas boca arriba': Escritores a la intemperie

  • Esta recopilación muestra las aspiraciones de dos autores y su relación íntima con la cultura nacional e internacional del momento
  • Apenas hay escritor contemporáneo que salga indemne de la publicación de su correspondencia privada, en la que los dos también pecan de cenizos y susceptibles

Fernando Valls Publicada 06/01/2017 a las 06:00 Actualizada 06/01/2017 a las 14:36    
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Cartas boca arriba. Correspondencia (1954-2000)
Antonio Buero Vallejo y Vicente Soto

Ed. de Domingo Ródenas de Moya
Fundación Banco de Santander

Madrid
2016

 
Cartas boca arriba, de Antonio Buero Vallejo y Vicente Soto
Dos jóvenes aspirantes a escritores, ambos perdedores en la Guerra Civil, coinciden a finales de los años cuarenta en la tertulia literaria del madrileño Café de Lisboa y se hacen amigos: Antonio Buero Vallejo, quien había pasado siete años en las cárceles franquistas, aunque su padre había sido asesinado en Paracuellos, y Vicente Soto, excombatiente republicano y militante de la FUE. Pero, en 1954, la dificultad para sobrevivir con dignidad empuja a uno de ellos a Londres, abocándolo a un exilio económico, y por tanto político. A partir de entonces, al no poder mantener el trato personal, inician una correspondencia que durará casi 50 años. De modo que cuanto ellos perdieron por la falta de contacto humano (“No hablamos nunca. Monologamos, no otra cosa es escribir cartas”, comenta Soto, p. 298), nos llega ahora a nosotros como el testimonio impagable de una amistad, pero también como un valioso retrato de lo que supuso la dictadura para aquellos escritores que no formaron parte del bando vencedor.

De Buero Vallejo (1916-2000) sabíamos bastantes cosas, pues ha sido uno de los mejores autores dramáticos españoles de la segunda mitad del siglo XX, desde el estreno de Historia de una escalera en 1949, obra con la que obtuvo el premio Lope de Vega, mucho antes de que su trayectoria literaria fuera reconocida con el Cervantes en 1986. En cambio, de Vicente Soto (1919-2011) sabe mucho menos el lector, aunque los más memoriosos recordarán que ganó el Premio Nadal en 1967 por su novela La zancada. Y, sin embargo, creo que destacó sobre todo como autor de cuentos (a pesar de que el lector español, se lo recuerda Buero en 1967, fuera entonces poco partidario del género), pues como tal no solo obtuvo los premios Gabriel Miró (1968), Novelas y cuentos (1973) y Hucha de Oro (1975), sino que también publicó libros notables: Cuentos humildes, vidas humildes (1948), Casicuentos de Londres (1973) y Cuentos del tiempo de nunca acabar (1977); además de figurar en las mejores antologías del género, tales como las de Francisco García Pavón (a quien ambos se refieren a menudo con desdén) o la posterior de José María Merino. Lo sorprendente es que Vicente Soto se muestre despreciativo con los concursos, quizá por los que no consiguió ganar, entre ellos el Heliodoro, que ya olía a podrido desde su misma convocatoria, aunque se pasó la vida presentándose a premios de cuentos, novela y teatro.

Estamos, por tanto, ante dos trayectorias vitales y literarias muy distintas. En el caso del narrador, le perjudica "no estar en el juego", en "la infernal rueda literaria española", en palabras de García Pavón, refrendadas por el mismo Buero (pp. 220, 257 y 315). El caso es que una correspondencia tan dilatada como ésta termina por convertirse en un doble autorretrato que va perfilándose conforme transcurre el tiempo. No obstante, esta obra va mucho más allá de las meras impresiones individuales, e incluso familiares, pues nos muestra las aspiraciones de unos escritores que, si bien consiguieron destacar en el ámbito nacional, como fue sobre todo el caso de Buero, en cambio, no cosechó un reconocimiento continuado en la esfera dramática internacional (a pesar de estrenar en el Teatro de Arte de Moscú y montar sus obras Svoboda o Wajda). El mismo Buero, además, tropezó con la censura y se vio envuelto en una agria polémica con Alfonso Sastre, a quien llega a tachar de “ínclito farsante” (p. 29). O en el caso más modesto de Vicente Soto, éste nos deja constancia de las dificultades que tuvo a veces para publicar su obra.

En estas cartas aparecen dos seres humanos con todas sus esperanzas y contradicciones. El dramaturgo la va dando cuenta detallada de la publicación, estrenos, número de representaciones, recaudaciones y éxitos de sus obras, creo que sin el suficiente tacto, y siempre insaciable en sus pretensiones; practica yoga y se muestra interesado por los platillos volantes; le aconseja a Vicente Soto en diversas ocasiones que no regrese a España, pues solo triunfan los españoles que emigran (p. 103); se dice amigo y admirador del teatro de Arrabal, no de sus teorías estéticas y dramáticas, con el que después romperá, y del gran Peter Brook, mientras que tacha de “escritorzuelo” a Miguel Ángel Asturias (p. 150). Pero también sufre manía persecutoria, acentuada con la edad, hasta el punto de dividir el mundo teatral en bueristas y antibueristas; se resiste a viajar al extranjero, declarándose sedentario; o bien se lamenta, a comienzos de los setenta, de falta de capacidad creativa, a la que le siguen insomnios, depresiones y carencia de ganas de vivir, e incluso debe soportar amenazas de muerte durante la Transición.

Por su parte, Vicente Soto, quien se define como “un cruce estridente de pequeño burgués y bohemio inhibido” (p. 221), alaba la civilización inglesa, pero está harto del país, y confiesa -casi 10 años después de su llegada a Londres- que sigue con la cabeza en España, hasta el punto de que en 1965 admite que se muere de ganas por volver (p. 90); goza de un buen sueldo, el cual le permite incluso comprarse una casa en Inglaterra, aunque reconoce que vive aislado, y no tiene ni un amigo verdadero. Asimismo, se pasa la vida quejándose del exceso de trabajo, sin disponer de tiempo para escribir; desprecia a Arturo Barea (“sujeto extraño, escritor, inculto y borracho”, p. 15), y a tenor de las afirmaciones contundentes que formula, parece ignorarlo todo sobre la literatura inglesa del momento, estamos en 1963, cuando estrenan y publican nada menos que Doris Lessing, Philip Larkin, John Osborne, Arnold Wesker o Harold Pinter, por solo citar unos pocos nombres señeros, al tiempo que elogia al Pemán articulista y declara su prevención hacia Delibes, aunque luego pondere Cinco horas con Mario. De igual modo, Vicente Soto llega a proyectar un libro de cuentos sobre los exiliados, Lejos del sol, que nunca verá la luz; se declara ferviente admirador de Thomas Mann; y se empeña en escribir teatro, quizás emulando a Buero, sin obtener fruto alguno en este género. Lo más curioso, sin embargo, es que destripe alguna novela que no consigue publicar, desmenuzándola en cuentos; o que en otra ocasión, intente convertir un puñado de cuentos en una novela. Por último, duda sobre la modernidad de su obra, pues a veces lo acusan de ser un narrador demasiado tradicional.

Me temo que ninguno de los dos logra entender lo que supone la música de The Beatles, y ambos se despachan a gusto con la crítica literaria, cuya función no entienden (Eduardo Haro Tecglen fue la bestia negra de Buero), amén de con los editores. Por lo demás, se muestran reticentes con los narradores hispanoamericanos del llamado boom, quizá por la mucha atención que se les presta, sin que falten juicios superficiales –por ejemplo- sobre Rayuela, a cargo de Buero (p. 275), aunque reconozcan a un tiempo la calidad de sus mejores representantes; pero también con el Torrente Ballester más experimental y con el crítico de teatro. Y, en definitiva, les cabrea que desde fuera del país se considere que el hecho de que sus obras se hagan públicas en la España franquista, los convierta en sospechosos de complicidad con el Régimen.

Las cartas se ponen boca arriba, pero apenas hay escritor que salga indemne de la publicación de su correspondencia privada, habida cuenta de que el género propicia un cierto destape, en el que los dos pecan de cenizos y susceptibles, aflorando unas veces la chinchería y la vanidad, y otras la envidia, la inseguridad o una ansiedad excesiva. Por otra parte, tanto el prólogo como las introducciones a los distintos apartados del libro, obra de Domingo Ródenas de Moya, resultan útiles y atinados, al proporcionarnos los datos necesarios para contextualizar esta amistad epistolar, e incluso se reproducen algunos dibujos que se intercambiaron, o llama la atención sobre aquellos hechos importantes que no se registran. Y, sin embargo, echo de menos un índice de nombres y obras citadas, muy útil para las consultas posteriores del libro.

Estas cartas cruzadas, en suma, nos permiten entender mejor no solo la trayectoria vital e intelectual de ambos autores, los entresijos de la creación de muchas de sus obras, sino también qué supuso el teatro y la narrativa española durante aquella interminable postguerra en la que los escritores, aquellos que permanecieron en el país y los que tuvieron que irse, por distintas causas, se quedaron a la intemperie. Así pues, como afirma Buero Vallejo, en una frase memorable: “España es, pese a todo, maravillosa; pero es un asco” (p. 61).


*Fernando Valls es crítico literario y profesor de literatura.

 
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