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Los diablos azules

Realismo ácido

  • En esta novela, Daniel Ruiz mezcla las estéticas de representación literarias con la crónica periodística y el ritmo de montaje del relato audiovisual
  • El escritor debutó con Chatarra en 1998, una obra en la que ya mostraba su predilección por el lado oscuro de la vida cotidiana

Carlos Serrato Publicada 06/01/2017 a las 06:00 Actualizada 05/01/2017 a las 17:13    
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Podría decirse que La gran ola, de Daniel Ruiz, es la última una novela de un autor fuera de serie y, seguramente por eso, ha merecido el XII Premio Tusquets. Octava entrega de Daniel Ruiz, La gran ola no solo nos recuerda que estamos otra vez ante ese poderoso narrador de fábulas inquietantes, cuya lectura siempre nos deja turbados y con ganas de pelea. No sólo nos pone entre las manos, otra vez, una adictiva historia armada con precisión de relojero que orienta la lupa hacia el lado oscuro de lo cotidiano (viene siendo una costumbre desde su debut en 1998 con Chatarra), sino que nos avisa de que aquí ya hace tiempo que viene oliendo a “fuera de serie”. Aquí la recuperación del realismo literario, más y más notoria con cada nuevo libro de Daniel Ruiz, ha llegado a su punto de cocción perfecto: el filete hecho pero jugoso, sangrante en el centro, que es como tiene sabor.

Quizá no haga falta precisar que este es un realismo estético muy distinto al de los maestros de la generación del cincuenta, como distinta es esta sociedad neocon y hortera que nos toca padecer, pero lo digo por si acaso. Descarnados, satíricos, pop, ácidos y escritos con un ritmo que fluye a velocidad de telefilme, los relatos de Daniel Ruiz miran donde la literatura “seria” parece no haber querido mirar antes, más ocupada en repetir temas y estilemas confortablemente integrados en una respetable tradición que garantiza respeto al talento y elimina riesgos. En La gran ola, como en su novela anterior, Todo está bien, con la que forma una especie de dueto, casi todo es puro riesgo: la elección de los temas, el tono crítico inmisericorde con asuntos que parecen indiscutiblemente “normalizados” en la sociedad contemporánea, las tramas sórdidas que se esconden bajo las luces del éxito, vistas desde una óptica burlona que rasca los barnices y deja al descubierto la secreta labor de la polilla casi a punto de chiste.

El necesario control que permite que el riesgo lleve al triunfo narrativo lo pone una estructura milimetrada en el planteamiento de la fábula y un estilo preciso y versátil en la escritura, que bebe tanto de las estéticas de representación puramente literarias (destaco sobre todo un raro dominio de los diálogos naturalistas, rápidos y siempre significativos sin parecerlo), como de la crónica periodística (sobre todo en la extraordinariamente efectiva sobriedad en el uso de un lenguaje funcional, en el que rara vez sobra algo y nunca falta nada) y del montaje rítmico propio del relato audiovisual.

En La gran ola, Daniel Ruiz se mete en las tripas de Monsalves, una empresa modelo del ramo de la droguería, levantada con esfuerzo sobre una humilde tienda familiar por Luis Monsalves, viejo fajador que ha dejado a su hijo las riendas del negocio cuando empieza la historia que vamos a leer. ¿Modelo de qué? De empresa pujante que ha saltado a facturación internacional, con instalaciones para fabricación propia de varias líneas de producto, bien organizada en divisiones comerciales y muy preocupada por la aplicación de las nuevas técnicas de gestión de recursos humanos con el razonable objetivo de aumentar las ventas y mejorar beneficios.

Hasta ahí lo anecdótico, porque La gran ola no es una novela sobre el mundo de la empresa, ni siquiera es una novela sobre el coaching empresarial, es (entre otras cosas, como ocurre siempre en la Literatura, con L así de mayúscula) un retrato de la estupidez soberana que nos hace comer mierda (con perdón) como si fuera un regalado manjar al que no tendremos derecho si no es esforzándonos por ser los más cabrones (con perdón), después de haber conseguido ser los más tontos del barrio (sin perdón).

La sátira mordaz de esta novela, que supura ácido corrosivo y lo derrama sobre las pulidas tuberías de Monsalves, no es nada facilona, no deriva de fraseos más o menos irónicos, ni de un programa panfletario para interpretar el habitus social, es el efecto del mecanismo que pone en marcha el relato, el cálculo en la construcción de un retrato de la barbarie que anida en las “buenas maneras” para hacerse un hueco por la pasta, por la cara y a empujones. Es una radiografía del armazón de un sistema donde el éxito sólo es éxito económico, hecho de miserias empresariales que crecen como un tumor, devorando no ya la fuerza de trabajo del empleado, sino sus emociones más íntimas, y que únicamente acabará saciado cuando obtenga el poder total sobre la vida de los “productores” de beneficio.

Y ahí entra en juego Estabile, el dios de las bondades del coaching enfocado a la gestión de “recursos (in)humanos”. ¿La meta de este semidiós de las bondades? Conseguir un comercial puro y duro, superhéroe de la cuenta de resultados anuales, hecho de acero poético, feliz, siempre con una sonrisa bien dibujada... O no, cualquier cosa, siempre y cuando el dinero de Monsalves caiga sobre las manos del coach de los milagros. Los comparsas: Julián Márquez, en caída libre y agarrándose con las uñas a las paredes mientras se despeña; Macipe, el depredador; Martita Pineda, la borde sin alma; Gertru, que se la come por dentro la rabia ciega; Riberita, el superviviente; Peláez, el trepa; Novoa, el pringao; Luis Monsalves hijo, el espectro divino que habita fuera de la selva; sus cónyuges, amantes, hijos, ex lo que sea, sus vicios, sus frustraciones y sus carencias de otras virtudes que no sean las de sobrevivir... Todos bailando al son del gran guiñolista Estabile.

La trama explora las tripas de ese estómago que devora como alimento las vidas de sus empleados, especialmente las de aquellos que se sienten por encima de los obreros que manufacturan en la fábrica, de los emprendedores de corbata y sueldo de puñetera pena, pero que van a hacerse ricos un día, seguro que sí, sólo hay que aprender el juego, cuyas cartas reparten Estabile y sus colegas: las frases apócrifas de Gandhi y Steve Jobs, las de ese “filósofo” –dice un halitósico personaje- de los que ya no quedan, Duchamp, la musiquita de rollito guay para las buenas vibraciones, las siete aes mágicas: “Ataraxia, Adaptabilidad, Acción, Asertividad, Ambición, Amplitud de miras y Amor”.

A partir de aquí, Daniel Ruiz compone una obra maestra del realismo ácido, como una canción de Frank Zappa, que se emparenta por vía primos lejanos con la narrativa de Chuck Palahniuk, pero donde la sabiduría de la gran novela realista española del medio siglo aparece digerida y transformada, puesta a punto para la nueva era de los gurús alimentados por McDonalds.

La novela camina con un ritmo inexorable hacia ese desastre que solemos llamar hoy “lo cotidiano”, anudando las vidas sin sentido de sus personajes, para construir con ellas un testimonio crítico del nihilismo social imperante, levantado sobre la mentira y la náusea. La gran ola explora sólo un fragmento del muro de desesperanza con el que el pensamiento único ha acabado por cercar los sueños, sin embargo la potencia de la historia empuja la visión ácida más allá de las anécdotas de la trama. Y es que, acabamos por darnos cuenta, en pleno encierro, en la triste rutina carcelaria, que sólo nos dan de comer, con amor y sordidez, frasecitas memorables de Khalil Gibran.

Una apuesta arriesgada, una resolución estructural de cálculo perfecto, una poética del deseo frustrado, un juego narrativo en el que la perspectiva salta constantemente del dentro al afuera de la conciencia de los personajes sin que el omnisciente narrador aparezca demasiado marcado, una crónica dramatizada, una sátira sutil del absurdo. Aquí huele a “fuera de serie”.


*Carlos Serrato es profesor de Literatura.

 
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