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Los libros

'Ciudades', de Antonio Jiménez Millán

  • A pesar de su ausencia en el canon, la poesía del autor es, para muchos, una de las más sólidas de la poesía española contemporánea
  • Todo el conjunto apunta en pos de la lucidez poética, que es a la vez exigencia moral, a una supervivencia íntima

Francisco Díaz de Castro Publicada 27/01/2017 a las 06:00 Actualizada 26/01/2017 a las 19:28    
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Ciudades (Antología 1980-2015)
Antonio Jiménez Millán

Prólogo de Luis García Montero
Renacimiento

Sevilla
2016

Portada de Ciudades, de Antonio Jiménez Millán.A pesar de su ausencia en un canon antológico a todas luces insuficiente a estas alturas, la poesía de Antonio Jiménez Millán es, para muchos, una de las más sólidas de la poesía española contemporánea. Así lo afirma también Luis García Montero en su prólogo, imprescindible, a esta selección de setenta poemas en la que el autor ha condensado lo más representativo de su obra de los últimos treinta y cinco años. Elegir Ciudades como título abre la base urbana de esta escritura a los itinerarios de una aventura que es a la vez individual y colectiva, que entreteje calles y sueños, memoria y resistencia, vitalismo y meditación, amor y tiempo, noches y libros, conspiraciones y desengaños de un individuo que encarna en sus poemas a toda una generación de la transición entre la dictadura y las esperanzas democráticas pronto maltratadas por un desarrollismo sin concesiones.

Con Ciudades el poeta ofrece ahora en una selección muy estricta algunos de los mejores frutos de una trayectoria cuya primera etapa la recogía la antología de 1987 La mirada infiel (1975-1985), ampliada luego en 2000.Quedan fuera de Ciudades los libros de los años setenta y sólo se incluyen cuatro poemas de Restos de niebla (1981-1982) y seis de Ventanas sobre el bosque (1983-1985), Premio Rey Juan Carlos I, que sitúan al lector actual en el primer tiempo de la escritura de este poeta tan exigente como medido, “poeta tranquilo”, como Germán Yanke atinó a definirlo. Diez poemas en los que ya se perfila con claridad una poética de la lucidez y del recelo, del diálogo crítico con las propias tradiciones de una amplísima cultura vivida (Pasolini, Breton, Zambrano, Stendhal, Lorca, Alberti, etc.), nada “novísima”: son las “dudosas dádivas del tiempo” que la memoria mantiene a flote enredadas en los viejos amores y en los libros, en la estela borrosa de los sueños colectivos de libertad y los fracasos sucesivos de nuestra historia presente, en las revelaciones de la madrugada por calles de ciudades revividas entre la nostalgia y la espera: “A veces también surgen/ héroes de las derrotas,/ pero no los perdona el tiempo:/ recuérdalo ahora, en esta playa,/ donde suena a lo lejos el rumor del combate/ y yo vengo a decirte los restos de un naufragio” (“Faro de Trafalgar”).

Los poemas de Casa invadida (1989-1992) muestran la complejidad de un momento decisivo en la actividad poética de Antonio Jiménez Millán. Sobre el “mapa irregular” de los escenarios sucesivos (habitaciones prestadas, ruinas industriales, lugares de la noche y de la fiesta, carreteras y barrios evocados) se despliega un extrañamiento de la mirada que va estableciendo las condiciones y los tonos diversos de la distanciada meditación del poeta sobre el tiempo y la medida reflexión sobre la propia retórica, que se proyecta en ocasiones sobre la écfrasis para recuperar, casi siempre disolviéndose en vestigios de figuras y de espacios, las facetas distintas de la identidad y de la conciencia poética de la realidad y la memoria, que encuentran su más propia ilustración en poemas como “Fábrica abandonada” (Juan Vida), “Melancolía” (Edward Munch), “Ciudad de invierno” (David Hockney) o “Night Shadows” (Edward Hopper): “Interiores velados. Fotografías en las que alguien mira a través de un cristal que se empaña, contempla la calle donde un hombre va solo y con prisa por alcanzar su refugio (…). Ese hombre ha olvidado otros paisajes: al doblar la esquina mira hacia la ventana y se acuerda de una fotografía de interior, muy antigua, en el margen de una página que ya no acierta a desvelar”.

Inventario del desorden (1994-2002), Premio Ciudad de Melilla, abre un tiempo nuevo en la poesía de Antonio Jiménez Millán. El poeta elabora su personal inventario de un biografía en medio de la historia común. A partir de la apariencia paradójica del título, la escritura se aplica a desentrañar los procesos y a establecer conclusiones provisionales, partiendo en primer lugar del propio origen. En ese proceso el libro se abre en “Dominio de la herrumbre” con la recuperación de la figura del padre en un diálogo desde la distancia ideológica que va formulando en tiempos sucesivos un lúcido juicio a la opresiva realidad española de la posguerra a la vez que elabora una modélica conclusión sobre lo contradictorio del propio sentir, todo aquello que se resiste a un balance cerrado y suficiente: “Porque la vida,/ como decía Melville,/ es algo más que la supervivencia,/ no he de mirar un tiempo de exterminio/ ni un gesto inútilmente autoritario,/ sino la luz que invade/ esas fotografías que no venció el olvido/ y nos traen, de pronto,/ un sentimiento ambiguo,/ un amor que no excluye la distancia,/ así, en la intimidad,/ que es el lugar de la contradicción”.

El inventario sobre el que actúan otros espacios del pasado y otras figuras fantasmagóricas de la memoria establece diversas formas de distanciamiento de los rituales del miedo y el absurdo que lastran la conciencia superponiendo capas de tiempo sobre un presente amenazado: “Pero antes de alcanzar su dimensión de símbolo, como el frío y la ceniza dispersa, puede el tiempo convertirse en escenario. Su arquitectura secreta nos envuelve y somos, entonces, figuras inmóviles o cambiantes, regidas por su ley. Y, sin poder llegar al otro lado del espejo, compartimos un teatro de sombras” (“Casa invadida”, V). El poeta compone un mosaico de referencias (Ginsberg, Orwell, Javier Egea, Baudelaire, Orson Welles, etc.) para fijar desde el diálogo con la literatura y las artes otras tantas constancias históricas inseparables de la experiencia íntima: el descrédito de ciertos ideales, las traiciones históricas, la decadencia y la trivialidad presentes de la vida colectiva. Historias de abdicaciones y fracasos que se equilibran precariamente, sin embargo, con otras certezas: la inocencia de unos ojos infantiles sin pasado, las renovadas experiencias amorosas (“El balneario”, “Fábula y despedida”) y la aceptación en última instancia de la vida en tránsito por el simulacro torpe de los días.

Cerrando Inventario del desorden, “Desde una biblioteca antigua”, tan emotivo como sombrío, evoca la figura de la madre, antigua bibliotecaria de la facultad de filosofía y letras de Granada, al reconocer su letra en las fichas de la biblioteca, esa “caligrafía del pasado/ que me habla desde el fondo de mí mismo”. La ternura desemboca, sin embargo, en la consideración última de la fugacidad que cierra el libro: “Por las aulas desiertas,/ por los viejos pasillos ya sin nadie,/ un aire de solemnidad vencida/ me recuerda/ cómo cambia el paisaje de los sueños/ y cómo va acercándose la muerte hacia nosotros”.

La densa indagación en presente sobre la relación entre la propia biografía y la vida colectiva se abre a otros motivos y a mayor amplitud de referencias en Clandestinidad (2004-2010), XIII Premio Generación del 27. La diversidad de tonos y ritmos canaliza en los poemas que aquí se rescatan el juego de distancias entre la sobriedad meditativa, la intensidad sentimental y las distancias del sarcasmo y la ironía (“Días tranquilos en el Albaicín”). El diálogo con la literatura, de Caballero Bonald a Herman Hesse, Henry Miller, Valery, Borges, Bataille, Pavese, Joan Margarit, etc., se fusiona con el de las otras artes (fotografía, cine, pintura, música) para componer un conjunto de gran riqueza de relaciones. La introspección recupera ahora el extrañamiento ante el espejo de la memoria (“Demian”) o superpone sobre las ideas del joven de 1976 las dudas del presente: “A veces se pregunta/ si de verdad deciden otros,/ si todo se limita a luchas callejeras sin sentido,/ reuniones clandestinas y discursos/ al margen de la realidad,/ si han ardido los sueños/ como las hojas secas que alguien quema/ junto a los muros de una casería,/ si es el miedo el que impone sus redes inasibles,/ al salir a esas plazas/ tomadas por sicarios de uniforme,/ si todo se convierte en pacto de silencio,/ un silencio de acuario” (“Pasado”).

La clandestinidad que da título a este libro pone en primer término otros de los poemas aquí recogidos, que vuelven sobre las distintas clandestinidades del pasado político, del erotismo y los amores (“Terral”, por ejemplo), de las adicciones (“El túnel”) y también, en “Furtivos” –uno de los poemas que aquí echo de menos entre otras estampas del presente–, de los nuevos clandestinos que arriban a las playas en la oscuridad de la noche empujados por la necesidad de sobrevivir: “Si consiguen llegar a las playas desiertas,/ serán supervivientes de otro oscuro engaño./ Sólo sombras furtivas, clandestinas”.

Todo el conjunto apunta, por lo demás, en pos de la lucidez poética, que es a la vez exigencia moral, a una supervivencia íntima, a la resistencia de una forma de compromiso y de una vitalidad sentimental que adquiere su valía sobre los claroscuros que componen el libro. Vitalidad y compromiso que se muestran, igualmente, en los poemas inéditos con cuyo balance algo irónico se cierra Ciudades: “Ahora todo está mucho más claro:/ en la vida y en la literatura/ hay que saber guardar distancias, no creerse los fuegos de artificio”.

*Francisco Díaz de Castro es poeta y profesor de literatura.

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