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Los libros

'Corazón de la serpiente': Pavesas

  • Aquí persiste el tema nuclear de las últimas entregas de Manuel Moya, el forjado de la identidad; lo que el poeta ha dado en llamar “estética del balbuceo”
  • Una de las composiciones de altura de las 20 del poemario es "Hear of the snake blues", un homenaje a B.B. King

José Luis Morante Publicada 27/01/2017 a las 06:00 Actualizada 26/01/2017 a las 19:49    
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Corazón de la serpiente
Manuel Moya

Pre-Textos
Valencia

2016

Autor de un extenso corpus que abarca todos los géneros, Manuel Moya (Fuenteheridos, 1960) ha publicado más de una decena de poemarios, reconocidos con importantes premios, cuatro novelas, colecciones de relatos y ha versionado al castellano las voces de Fernando Pessoa y sus heterónimos. Es pues, uno de los escritores más representativos de su generación y mantiene en su escritura un persistente afán indagatorio.


Corazón de la serpiente es una obra breve, que apenas contiene una veintena de composiciones. En ella persiste el tema nuclear de las últimas entregas del autor, el forjado de la identidad; lo que el poeta ha dado en llamar “estética del balbuceo”, una terminología que emana de la ausencia de certidumbres y de la lectura de claves en el entorno, como si cada elemento del paisaje fuese una cifra preciso, un diálogo ofrecido a los sentidos.
Manuel Moya convoca en su libro un paratexto desplegado, con referencias culturales básicas para entender el discurrir de su poesía. A las citas iniciales de Calvert Casey y Czceslaw Milosz, se añade el magisterio de Mario Luzi como inspirador del poema umbral, una composición apelativa en la que el sujeto verbal pone cerco a su incertidumbre, como si necesitase ubicar su itinerario personal en ese mapa desplegado que hace del horizonte existencial un espejismo; a esa composición pertenecen estos versos: “ A veces, al mirar al horizonte / soy consciente de que, por más que corra, / no lo alcanzaré, / porque el horizonte es también un espejismo, / como yo lo soy, / como lo es el arco para el animal que agoniza”.

En Corazón de serpiente el discurrir temporal refleja una inercia dura y seca en la que el sujeto se siente un superviviente. En ese estar frente al vacío suena el pensamiento como un tren de largo recorrido que repite itinerarios para nombrar la realidad. Otra vez el balbuceo, la mansedumbre de tantear la superficie de las cosas sin descubrir su esencia, como si el lugar del poema –el castillo kafkiano- tuviese la entrelaza constitución arquitectónica del laberinto: "Y mientras no logro poner en claro la razón de mi huida, / me pierdo, me voy perdiendo en una carretera que gira y gira / en torno a mí / y a ese castillo, como una horca que en cada curva me apretara / un poco más". 

Una de las composiciones de altura es "Hear of the snake blues", un homenaje a B.B. King, el músico y compositor nacido en Itta Bena, Misisipi, en 1925 y fallecido  en Nevada en 2015. El poema recrea con un largo monólogo dramático las secuencias biográficas más conocidas del bluesmen: sus comienzos profesionales en Memphis y su genealogía familiar en la sufrida geografía sureña de esclavitud y algodonales, que tanto marcarían el intimismo de una música atemporal  y solidaria con el dolor. No es la única composición de homenaje, también se canta el recuerdo de Dylan Thomas en “El gran bosque” y hay otra versión celebratoria al poeta visionario W. B. Yeats a partir de uno de sus poemas esenciales, “Un aviador prevé su muerte”

Las composiciones evocativas tienen un fuerte componente visual. Como si dejaran sitio en sus versos a la mirada plástica de E. Hooper, uno  de cuyos personajes se hace destinatario de una larga misiva amorosa. La pintura figurativa de Hooper se hace crónica realista de la soledad y el ensimismamiento; los personajes personifican solitarias balizas en medio del paisaje, que retienen las miradas del observador, como mensajes de auxilio, como si hicieran llegar al otro la necesidad de tender puentes: “Ya, puedo pensar que todo esto no se llevará el dolor que sientes, / pero quizás le guste saber que ahora aquí, desde tan lejos,  el  sol se alza sobre el campo / y pasa un carromato camino del mercado y los perros ladran  a la luz y a las mimosas. / Es posible que quieras saber y es por eso que le escribo que aquí está amaneciendo, /  que no hay un solo lugar sobre la tierra donde no amanezca/ hoy, alguna vez, todos los días “. Otro fleco salido de la pintura de Hooper es “Ante mujer haciendo una pizza”, nueva reivindicación de esta estética de la desnudez; los personajes se definen a partir de sus gestos, como si la existencia diaria mantuviese su propia épica. Lo inadvertido, esas pavesas que dispersa el viento, proclama con nítido sentir que cada yo deja en el agua su estela transitoria, el trazo leve de una cortina que mueve el viento.

Somos para la muerte, ese largo viaje donde no hay regreso,  y así hay que asentir sin solemnidad lapidaria ni verbo dramático. De ahí, esa fuerte sensación de orfandad que sirve como núcleo argumental al poema “Hoy”, o en el contundente tramo final de “Sin hielo por favor” donde hallamos al sujeto verbal embarcado en la búsqueda del lugar propio, como una sombra terca a contratiempo.

El discurso poético de Manuel Moya indaga en el pensamiento. Se hace introspección a través de elementos personales y culturales que otorgan a su poesía un pulso nuevo. Los versos tantean frente a las cosas, desdeñan hermetismos para mostrar la inquietud desencantada de quien viaja siempre sobre una frágil geografía, a merced del tiempo.

*José Luis Morante es crítico literario y profesor de literatura.

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