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El cuento de todos

El camino

  • Me levanté con la noticia de la muerte de Fidel Castro. Mi padre estaba sentado a la mesa de la cocina y me miró retador cuando entré ¿Te has enterado? De qué me tengo que enterar. Se ha muerto el viejo cabrón, me dijo
  • La escritora mexicana Ana Clavel continúa el relato colectivo iniciado por Lara Moreno y que continuará Sandra Lorenzano en el próximo número

Lara Moreno | Ana Clavel Publicada 27/01/2017 a las 06:00 Actualizada 26/01/2017 a las 18:23    
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La escritora Ana Clavel.

La escritora Ana Clavel.

(Comienza Lara Moreno.)

Me levanté con la noticia de la muerte de Fidel Castro. Mi padre estaba sentado a la mesa de la cocina y me miró retador cuando entré; parecía que llevara un tiempo esperándome. ¿Te has enterado? Mi padre en camiseta de manga corta, las ventanas de la cocina abiertas, puro otoño húmedo, la carne cuarteada de sus brazos soportando el helor, ajena a él. De qué me tengo que enterar. El café estaba frío, era del día anterior, mis manos torpes, ateridas, incapaces de abrir la cafetera, de resolver aquello. Se ha muerto el viejo cabrón, me dijo. Giré la cabeza para verle la cara: la cara de mi padre burlona, con migas de pan tostado en la barbilla, la quijada sin afeitar, barba rala de dos días. Había satisfacción en sus ojos, casi ya de pez y tan turbios. Sus ínfimos momentos de felicidad. La muerte del viejo cabrón. La muerte de todos los viejos cabrones, hasta que luego ya no quede ninguno. Ya faltan menos, musité, estate tranquilo. No moví los labios. Rellené la cafetera de agua y busqué el bote del café. Me temblaban los dedos. Apenas había ya, ni siquiera para un caldo sucio. Quise dar un golpe en la encimera, uno fuerte que me hiciera daño y que le hiciera daño a él, que lo asustara. En vez de eso me giré para mirarlo de nuevo, abrí la boca y dije, esta vez muy alto, como si llorara: no hay más café. Mi padre, su camiseta blanca sin planchar, la carne fría caída de sus brazos. ¡No hay más café!, repetí. Entonces él, enfrentándome retador desde su puesto de vigilancia, desde su trinchera, me dijo: ¿te has enterado? Se ha muerto el viejo cabrón.

Después de aquello no volví a entrar en la cocina. Me duché durante quince minutos, quemándome la piel, frotando bien las ingles, las axilas, me vestí elegante, con ropa antigua, un poco de olor a alcanfor, crucé el pasillo, apenas una sombra al pasar por la puerta de la cocina, el viejo cabrón sentado a la mesa celebrando. Bajé a la calle y me alejé del edificio de nuestra casa, crucé la avenida y atravesé el barrio por su parte más oscura, más detenida. Al fondo de la callejuela, en la esquina, estaban los de siempre sentados a la puerta del locutorio. Dos en el suelo y otros dos en sillas de plástico vencidas. Fumaban en silencio pero se miraban de vez en cuando los unos a los otros como si se hablasen mentalmente, pequeños gestos de aprobación. El mayor, gordo y bigotudo, adelantó la barbilla para saludarme. Temprano hoy. Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta y apreté los brazos contra mi cuerpo. Sí, vine pronto. El gordo me habló otra vez, ya sin mirarme, no hay nada todavía, no tengo nada. ¿Luego? Saqué las manos de los bolsillos, blancas, las extendí como si ofreciera algo. ¿Cuándo vuelvo? Y ahora fue uno de los más jóvenes el que se dignó hacerme caso, sus ojos rápidos clavados más allá de mis ojos. Negó con la cabeza, dos veces, seco y amenazante, y yo seguí camino, porque el día era largo, bien largo y repetido, aunque hubiera un viejo cabrón menos.

(Sigue Ana Clavel.)

El día era largo, pero de pronto dejó de ser repetido. En la banca solitaria del parque adonde me senté un momento antes de retomar el camino de siempre, alguien había olvidado un móvil de buena marca. Miré hacia todos lados sólo para verificar que estaba de suerte. Podía venderlo y sacarle alguna pasta. O podía quedármelo y mandar al diablo a los del locutorio para hacer mis propios negocios. Como fuera me acerqué a un centro comercial adonde había visto un establecimiento que ofrecía servicios de telefonía.

La fila de atención a clientes era numerosa. Pasaban los minutos, yo tenía tiempo de sobra, pero la gente comenzaba a dar señales de hartazgo. Un hombre a quien le habían regresado por segunda vez un equipo deficiente vociferó con demandarlos. Mientras la chica que lo atendía se alejaba a consultar el caso a un privado, observé aquella especie de ratonera donde nos encontrábamos como conejillos de laboratorio: la luz artificial blanquecina, la escasez de mobiliario, el aire enrarecido contribuían a la sensación de atrapamiento.

Delante de mí, dos jóvenes platicaban de la noticia del día. Uno de ellos, con espejuelos al estilo Lennon, dijo de pronto:

—Cuando despertó, no podía creerlo: Fidel ya no estaba ahí…

Su compañero aprobó en medio de una risotada:

—Como el cuento de Monterroso.

Yo no sabía quién era ese Monterroso o Monterrojo, pero sí que hablaban del mismo viejo cabrón. Estuve a punto de salirme sin que me atendieran. Entonces reparé en la pared lateral más próxima, cubierta en gran medida por un acrílico azul brillante. Era como un ventanal donde se reflejaba en una dimensión cerúlea el espacio del establecimiento todo, con sus varios mostradores y numerosas filas. Ahí estábamos unos y otros, duplicados en ese mundo en azul. Cuando encontré mi propia figura en la superficie plástica, tuve ganas de levantar la mano y saludarme pero no me animé a pasar por loca.

Comencé a escudriñar aquel mundo paralelo de sombras y fantasmas azulados. Ahí estaba el hombre al que le habían regresado por segunda vez un equipo que a las primeras de cambio, volvía a fallar. De un tono azul subido, aguardaba con enfado que regresara la muchacha del mostrador. También una mujer de traje sastre de muy buenas carnes azules a la que el policía de vigilancia no le quitaba el ojo.

Por fin regresó la chica de nuestro mostrador. Con desdén le comunicó al cliente que la empresa no se hacía responsable del aparato porque la póliza había vencido un día antes. En respuesta, el hombre del plano azul la tomó del cuello y comenzó a zarandearla. Pero en vez de gritar pidiendo ayuda, la muchacha parecía disfrutarlo y hasta gorjeaba en azul celeste. Confundida, busqué al policía que no le quitaba el ojo a la mujer de buenas carnes, pero ya no sólo la miraba sino que había pasado a la acción y tras acariciarle los senos, le ponía su propia gorra en la cabeza y ella se dejaba tomar fotos con la cámara de su móvil. Por su parte, los jóvenes que habían hablado del viejo cabrón se habían puesto a hacer cabriolas azules en plena sala de espera y varios les hacían corro y les llevaban la cuenta.

Esto sucedía en la parte más próxima a mi fila, pero más allá había otras extravagancias insólitas, besos entre desconocidos, manoseos, cuchicheos, bofetadas, golpes... Un pandemónium se desataba en aquel ventanal de acrílico azul mientras de este lado del camino la gente continuábamos en nuestros lugares de tedio y hartazgo con toda nuestra gama de colores reales.  Volví a buscar mi figura en aquel mundo tan azul, tan intenso. Me costó trabajo dar conmigo. No podría revelar lo que estaba haciendo.

(Continuará Sandra Lorenzano.)
 
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