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Los diablos azules

'Ellas y ellos o Ellos y ellas', de Carmen de Burgos

  • En este relato, la escritora aborda la homosexualidad en términos mucho más positivos que el pensamiento mayoritario de la época
  • "Fuera había un ambiente rígido, hambriento, desesperado, ineducado, hostil, que acosaba al gran hotel y que parecía espesarse a su alrededor", escribe

Carmen de Burgos Publicada 27/01/2017 a las 06:00 Actualizada 26/01/2017 a las 14:56    
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Publicamos un fragmento de Ellas y ellos o Ellos y ellas, un libro de novelas cortas de Carmen de Burgos, Colombine, editado por Huso. En el relato que da nombre al volumen aborda la homosexualidad en términos mucho más positivos que el pensamiento mayoritario de la época. 
____________________________________

Ellas y ellos o Ellos y ellas

I

Portada de Ellas y ellos o Ellos y ellas, de Carmen de Burgos.El salón de fiestas del Magestic estaba espléndido aquella tarde. Casi todas las mesitas se hallaban ocupadas, se formaban animadas tertulias, el thé dansant servía de pretexto de la reunión. Era el único sitio donde se mezclaban, sin escándalo, algunas damas aristocráticas con pretenciosas burguesas de la clase media, que, a su vez, consentían la aproximación de una sociedad decadente de artistas y mujeres a la moda, en las que el éxito disculpa los atrevimientos.


Gracias a la libertad que consentía aquella reunión, que los asistentes consideraban la suma de la distinción, con sus ribetes de pecaminosa y atrevida, la animación crecía cada día más; los cambios de sitio, las presentaciones fáciles, el baile, el paseo, los grupos que se cambiaban y se renovaban rompían la etiqueta fría y severa de las reuniones habituales. Allí, cada cual se sentía dueño del salón, sin la responsabilidad del dueño y sin tener que ocuparse de hacer los honores a los demás. Se mezclaban con la escasa sociedad cosmopolita que se detiene en España y era como un soplo de extranjerismo, de modernidad; algo como la soltura que se adquiere al pasar la frontera y hallarse en un mundo más tolerante.

Sin embargo, las calles españolas estaban cerca. Las calles en las que se mataría el que pasa por el pecado de su limpieza o de su extravagancia; las calles mal empedradas, con casas de cara mal lavada; de tejados roñosos, semejantes a cabezas descuidadas.

Fuera había un ambiente rígido, hambriento, desesperado, ineducado, hostil, que acosaba al gran hotel y que parecía espesarse a su alrededor.

En el recinto se vivía de otro aire, de un aire que parecía ser traído por los directores del hotel desde sitios lejanos, de espacios más libres. En las afueras era como si estuviese estacionada, esperando la salida de las gentes excéntricas que en él se reunían, una humanidad de mala calaña, deseosa de zurrarlas o de burlarse de ellas.

Los grandes sillones ocultaban a los hombres que desaparecían en el fondo de ellos, destacándose solo las piernas, como si fuesen dos extremidades del sillón. Así, en aquellos sillones, los hombres sentían una especie de ansia de transformarse definitivamente, de tener siempre la languidez de aquellos sillones. Poco a poco algunos se habían ido convirtiendo en "hombres poltronas", en cómodos y estúpidos sillones de piel humana.

La luz era excesiva, con tan gran profusión que parecía ser como una exagerada vigilancia para no dejar pasar ni una mancha, ni una disimulada grieta en un zapato, ni la vergüenza de un traje cursi o fané. Así se veía a algunas tímidas mujeres y algún arribista no muy lúcido, tomar un gesto semejante al de quien se oculta, encogiéndose, replegándose, yendo como a hacerse esa bolita negra y sin fisonomía en que se pliegan algunos insectos. A muchos se les veía pasar entre la concurrencia como presos a los que llevasen atados y avergonzados por allí en medio, con las manos trabadas fuertemente y los pies trabados también, dándoles un aspecto de galeotes, atrozmente cohibidos. A veces, sin embargo, se veía la cabeza gallarda de algún desastrado que no se avergonzaba de su falta de elegancia, que él mismo conocía, y que no obstante arrostraba todas las responsabilidades siendo el que más miraba a la marquesita de intachable tocado y de joyas deslumbradoras, la cual no se sabía si por sentir la voluptuosidad divina de ser deseada por un pobre con deseo de joyas, de alma y de carne, o por sentirse próxima a ser robada, era al que más miraba, al que más correspondía entre todos. Ante esos audaces desastrados los tímidos abrían desmesuradamente los ojos, se arrepentían de ser como eran, pero no podían ser de otro modo.

Había gentes divertidas y variadas que completaban todo un programa de circo. Estaba el que no quería pisar el paso de alfombra blanca porque temía mancharla; el empedernido que estaba durante toda la fiesta con el palillo entre los dientes y hasta cuando fumaba tenía en una comisura el palillo y en la otra el cigarro; estaba el rastacuero que enseñaba unos calcetines calados, tan calados que por entre ellos surgían los pelos como si el calcetín calado fuese la piel poblada y negra de un animal; el que enseñaba las orejas de las botas, de las que tiraban con burla todas las miradas, porque estaban tentando a esa broma las pobres grotescas orejas; la señorita disimulada que de vez en cuando se limpiaba los zapatos contra el revés de sus piernas, vestidas con finas medias; estaba la que saludaba al criado para pedirle cualquier cosa con un gesto de pavana; extranjeras rubias y morenas, que no se sabía de qué color eran, bajo la capa de pintura; esas mujeres de hotel, que parecen de raza distinta, con los labios pintados, los ojos pintados, las uñas miniadas; esas mujeres de gran sombrero o gorrita ceñida, siempre de moda exagerada, que son como la decoración o el mobiliario del hotel.

De vez en cuando, la llegada de una figura muy conocida causaba una sensación y una expectación general. Allí charlaban, reían y hacían gala de su ingenio las que tenían la costumbre de asistir con frecuencia, sin perder nunca el día de moda, con el atractivo de lucir un nuevo traje o un nuevo prendido para deslumbrar a las amigas. (...)
 
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