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El cuento de todos

El camino

  • Me levanté con la noticia de la muerte de Fidel Castro. Mi padre estaba sentado a la mesa de la cocina y me miró retador cuando entré ¿Te has enterado? De qué me tengo que enterar. Se ha muerto el viejo cabrón, me dijo
  • Antonio Orejudo cierra el relato colectivo iniciado por Lara Moreno, Ana Clavel y Sandra Lorenzano

Lara Moreno | Ana Clavel | Sandra Lorenzano | Antonio Orejudo Publicada 10/02/2017 a las 06:00 Actualizada 09/02/2017 a las 20:05    
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El escritor Antonio Orejudo.

El escritor Antonio Orejudo.

(Comienza Lara Moreno.)

Me levanté con la noticia de la muerte de Fidel Castro. Mi padre estaba sentado a la mesa de la cocina y me miró retador cuando entré; parecía que llevara un tiempo esperándome. ¿Te has enterado? Mi padre en camiseta de manga corta, las ventanas de la cocina abiertas, puro otoño húmedo, la carne cuarteada de sus brazos soportando el helor, ajena a él. De qué me tengo que enterar. El café estaba frío, era del día anterior, mis manos torpes, ateridas, incapaces de abrir la cafetera, de resolver aquello. Se ha muerto el viejo cabrón, me dijo. Giré la cabeza para verle la cara: la cara de mi padre burlona, con migas de pan tostado en la barbilla, la quijada sin afeitar, barba rala de dos días. Había satisfacción en sus ojos, casi ya de pez y tan turbios. Sus ínfimos momentos de felicidad. La muerte del viejo cabrón. La muerte de todos los viejos cabrones, hasta que luego ya no quede ninguno. Ya faltan menos, musité, estate tranquilo. No moví los labios. Rellené la cafetera de agua y busqué el bote del café. Me temblaban los dedos. Apenas había ya, ni siquiera para un caldo sucio. Quise dar un golpe en la encimera, uno fuerte que me hiciera daño y que le hiciera daño a él, que lo asustara. En vez de eso me giré para mirarlo de nuevo, abrí la boca y dije, esta vez muy alto, como si llorara: no hay más café. Mi padre, su camiseta blanca sin planchar, la carne fría caída de sus brazos. ¡No hay más café!, repetí. Entonces él, enfrentándome retador desde su puesto de vigilancia, desde su trinchera, me dijo: ¿te has enterado? Se ha muerto el viejo cabrón.

Después de aquello no volví a entrar en la cocina. Me duché durante quince minutos, quemándome la piel, frotando bien las ingles, las axilas, me vestí elegante, con ropa antigua, un poco de olor a alcanfor, crucé el pasillo, apenas una sombra al pasar por la puerta de la cocina, el viejo cabrón sentado a la mesa celebrando. Bajé a la calle y me alejé del edificio de nuestra casa, crucé la avenida y atravesé el barrio por su parte más oscura, más detenida. Al fondo de la callejuela, en la esquina, estaban los de siempre sentados a la puerta del locutorio. Dos en el suelo y otros dos en sillas de plástico vencidas. Fumaban en silencio pero se miraban de vez en cuando los unos a los otros como si se hablasen mentalmente, pequeños gestos de aprobación. El mayor, gordo y bigotudo, adelantó la barbilla para saludarme. Temprano hoy. Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta y apreté los brazos contra mi cuerpo. Sí, vine pronto. El gordo me habló otra vez, ya sin mirarme, no hay nada todavía, no tengo nada. ¿Luego? Saqué las manos de los bolsillos, blancas, las extendí como si ofreciera algo. ¿Cuándo vuelvo? Y ahora fue uno de los más jóvenes el que se dignó hacerme caso, sus ojos rápidos clavados más allá de mis ojos. Negó con la cabeza, dos veces, seco y amenazante, y yo seguí camino, porque el día era largo, bien largo y repetido, aunque hubiera un viejo cabrón menos.

(Sigue Ana Clavel.)

El día era largo, pero de pronto dejó de ser repetido. En la banca solitaria del parque adonde me senté un momento antes de retomar el camino de siempre, alguien había olvidado un móvil de buena marca. Miré hacia todos lados sólo para verificar que estaba de suerte. Podía venderlo y sacarle alguna pasta. O podía quedármelo y mandar al diablo a los del locutorio para hacer mis propios negocios. Como fuera me acerqué a un centro comercial adonde había visto un establecimiento que ofrecía servicios de telefonía.

La fila de atención a clientes era numerosa. Pasaban los minutos, yo tenía tiempo de sobra, pero la gente comenzaba a dar señales de hartazgo. Un hombre a quien le habían regresado por segunda vez un equipo deficiente vociferó con demandarlos. Mientras la chica que lo atendía se alejaba a consultar el caso a un privado, observé aquella especie de ratonera donde nos encontrábamos como conejillos de laboratorio: la luz artificial blanquecina, la escasez de mobiliario, el aire enrarecido contribuían a la sensación de atrapamiento.

Delante de mí, dos jóvenes platicaban de la noticia del día. Uno de ellos, con espejuelos al estilo Lennon, dijo de pronto:

—Cuando despertó, no podía creerlo: Fidel ya no estaba ahí…

Su compañero aprobó en medio de una risotada:

—Como el cuento de Monterroso.

Yo no sabía quién era ese Monterroso o Monterrojo, pero sí que hablaban del mismo viejo cabrón. Estuve a punto de salirme sin que me atendieran. Entonces reparé en la pared lateral más próxima, cubierta en gran medida por un acrílico azul brillante. Era como un ventanal donde se reflejaba en una dimensión cerúlea el espacio del establecimiento todo, con sus varios mostradores y numerosas filas. Ahí estábamos unos y otros, duplicados en ese mundo en azul. Cuando encontré mi propia figura en la superficie plástica, tuve ganas de levantar la mano y saludarme pero no me animé a pasar por loca.

Comencé a escudriñar aquel mundo paralelo de sombras y fantasmas azulados. Ahí estaba el hombre al que le habían regresado por segunda vez un equipo que a las primeras de cambio, volvía a fallar. De un tono azul subido, aguardaba con enfado que regresara la muchacha del mostrador. También una mujer de traje sastre de muy buenas carnes azules a la que el policía de vigilancia no le quitaba el ojo.

Por fin regresó la chica de nuestro mostrador. Con desdén le comunicó al cliente que la empresa no se hacía responsable del aparato porque la póliza había vencido un día antes. En respuesta, el hombre del plano azul la tomó del cuello y comenzó a zarandearla. Pero en vez de gritar pidiendo ayuda, la muchacha parecía disfrutarlo y hasta gorjeaba en azul celeste. Confundida, busqué al policía que no le quitaba el ojo a la mujer de buenas carnes, pero ya no sólo la miraba sino que había pasado a la acción y tras acariciarle los senos, le ponía su propia gorra en la cabeza y ella se dejaba tomar fotos con la cámara de su móvil. Por su parte, los jóvenes que habían hablado del viejo cabrón se habían puesto a hacer cabriolas azules en plena sala de espera y varios les hacían corro y les llevaban la cuenta.

Esto sucedía en la parte más próxima a mi fila, pero más allá había otras extravagancias insólitas, besos entre desconocidos, manoseos, cuchicheos, bofetadas, golpes... Un pandemónium se desataba en aquel ventanal de acrílico azul mientras de este lado del camino la gente continuábamos en nuestros lugares de tedio y hartazgo con toda nuestra gama de colores reales.  Volví a buscar mi figura en aquel mundo tan azul, tan intenso. Me costó trabajo dar conmigo. No podría revelar lo que estaba haciendo.

(Continúa Sandra Lorenzano.)

Lo único que puedo decir es que hacía lo que siempre había querido hacer, lo que debía haber hecho mucho tiempo atrás. Te has enterado. Se ha muerto el viejo cabrón. La muerte de todos los viejos cabrones. Hasta que ya no quede ninguno. Azul. Todo. Allí.

Llegó mi turno en la fila. “Nosotros vendemos teléfonos, no los compramos”, me dijo la chica del mostrador con una estúpida sonrisa a pesar de la zarandeada. Pero si una no necesita hablar con nadie sino tener unos duros en la bolsa, importa poco saber que el nuevo modelo tiene “alcance ilimitado y pantalla táctil”.

Quizás el gordo lo aceptara a cambio de lo que sabía que yo quería. Otro tipo de pago en especie. Él encontraría dónde venderlo y seguro sacarle más de lo que yo le debía.

El otoño más frío de la última década habían dicho en la noticias. No en la isla. De allá las imágenes llegaban tibias, soleadas. ¿Qué estaría haciendo ella? ¿Celebrando también la muerte del viejo? ¿Sería de las que lloraban en la Plaza de la Revolución? ¿O estaría buscando jabón, o verduras, o papel higiénico por las calles más oscuras de La Habana? Preferible caminar veinte o treinta cuadras que estar mañana sin nada. Nadie sabe qué puede suceder sin él. Y se tocan el mentón al decirlo, todos entienden el gesto: el barbón.

Por lo menos no pasan frío. Ella me agarraba de la mano cuando caminábamos por el malecón. Siempre. “Para que no te lleve el viento”, me decía. Tenía la mano grande y un poco rasposa. La mía se aferraba a la suya. No me hubiera gustado salir volando sin ella.

Ahora se terminó el café. Hace rato que no la llamo. ¿Para qué? Es caro y la vecina que le prestaba el teléfono se fue de la ciudad. O se murió. No me acuerdo. Y ella que lloraba siempre. “Niña, ¿eres tú? ¿Estás bien?”. Y enseguida las lágrimas. “Bien”, contestaba yo. A secas. Dejé de decir “mamá”. Ella esperaba esa palabra y yo no se la decía. Porque, ¿a quién que viva a 7453 kilómetros (en línea recta) de su mano grande y rasposa le gusta quebrarse? ¿A quién le gusta pensar en cada centímetro de esos kilómetros si tiene que seguir viviendo como si nada? 7453 kilómetros. Me lo repetía todos los días. ¿Y si estoy en Lavapiés me acerco a ella? ¿Y si me paro frente a Atocha? A los seis años, a los siete, a los ocho, soñaba con la muerte del viejo cabrón. De todos los viejos cabrones hasta que ya no quedara ninguno. ¿Qué sabe el gordo de islas y distancias? ¿Qué saben los otros? Me miran desde sus sillas de plástico. Temprano hoy. Que vendan el puñetero móvil y me dejen en paz. Estamos de fiesta.

No fue el viento. Fue él. Hace veinte años. Ella se quedó en una orilla. Y yo en otra: a 7453 kilómetros. Azul. Todo. “Hierba mala nunca muere”, repetía sentado en la cocina. En camiseta. Y yo no decía nunca mamá. ¡No hay café! La muerte del viejo cabrón. La muerte de todos los viejos cabrones, hasta que no quede ninguno.

Ya faltan menos, dije o pensé cuando volví a entrar. Ya faltan menos. Estate tranquilo.

(Cierra Antonio Orejudo.)

Y en el interior de este monólogo interior me encontraba cuando el teléfono móvil empezó a sonar con una musiquita que me resultó familiar, pero que no supe ubicar. Mi padre se sobresaltó.

—¿De dónde has sacado ese celular?

—Me lo he encontrado en la calle.

Mi padre se rio con esas carcajadas que yo tanto odiaba.

Mientras tanto, el móvil no dejaba de sonar. Miré de reojo quién llamaba, pero era un número oculto.

—¿No vas a contestar?

—Es que no es mío. Me lo he encontrado en la calle, te he dicho.

Mi padre me miró con una de esas miradas de desprecio que yo tanto odiaba y se levantó para contestar él mismo, pero justo cuando iba a apretar el botoncito virtual el teléfono dejó de sonar. Me alegré. Dije:

—Quizás era el dueño del móvil llamando desde otro teléfono.

Mi padre entonces reparó en algo en lo que no había pensado, y soltó el móvil como si de pronto quemara.

—¿Qué vas a hacer con él?

—Pensaba venderlo. Así podré comprar café, y otras cosas que necesitamos.

—Bien pensado. Pero antes de venderlo, usémoslo hasta que se bloquee. Puedes llamar a tu madre. Podríamos llamar a alguien allá y que nos contara cómo están las cosas ahora que se ha muerto el viejo cabrón. Llamamos y luego lo vendes.

—No puedo llamar. Está bloqueado. Además, mamá ya no tiene teléfono.

—Puedes llamar a una vecina.

—Tampoco tiene teléfono. O se murió.

—En la tienda de móviles de la esquina saben desbloquear móviles —propuso mi padre, como si no me hubiera oído.

—Vale, luego lo haré —le dije para dejar de oír esa voz que tanto odiaba.

Y entonces el móvil empezó a sonar de nuevo. Número oculto otra vez. La misma musiquita.

Los dos enmudecimos. Lo mirábamos vibrar como si bailara al son.

—No contestes —dijo mi padre.

Decir eso mi padre y lanzarme yo a contestar fue la misma cosa.

—¡Aló! ¡Dígame! ¿Quién es?

—Buenas noches. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Con Ariana. ¿Quién llama?

—Hola, Ariana. Soy Pablo González de Iruña del programa “El Camino” de Radio María. Te estamos llamando en directo.

Tapé el auricular y le susurré a mi padre:

—Un concurso. Radio María, busca la radio.

Mi padre encendió el aparato, buscó la emisora hasta que reconoció mi voz mientras le explicaba quién era y dónde había encontrado el teléfono.  Me indicaba que después de nuestra conversación, tenía que dejar el teléfono en otro lugar de mi elección, que estuviera muy transitado. Como mi voz se acoplaba, me pidió que me alejara de donde mi padre escuchaba la radio. Me fui a mi cuarto.

—No sé si has visto alguna vez esta sección. Si aciertas una pregunta, te llegará a tu domicilio un ejemplar de Camino, de Monseñor Escrivá de Balaguer, San Josemaría.

—Sí.

—La pregunta de hoy es muy fácil, y tiene que ver con una isla del Caribe.

—Adelante.

—Dime el nombre de un viejo cabrón cubano.

Como yo tardaba en contestar, mi padre apareció en mi cuarto, donde yo estaba pensando qué contestar. Y como vi que me hacía gestos para que lo hiciera rápido, respondí.

—El único viejo cabrón que conozco en la isla es mi padre.


*Lara Moreno es escritora. Su último libro, Piel de lobo (Lumen, 2016).

*Ana Clavel es escritora. Su último libro, 
Las ninfas a veces sonríen (Alfaguara, 2013).

*Sandra Lorenzano es escritora. Su última novela es 
La estirpe del silencio (Seix Barral, 2015).

*Antonio Orejudo es escritor. En abril publicará Los cinco y yo en el sello Tusquets. 

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