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Los diablos azules

¿Mamíferos? ¡Saltamontes!

  • En Coincidencias Luis Goytisolo nos conduce al reino de la bobaliconería, donde tiene cabida y curso legal toda ocurrencia y justificación
  • Como sucede en otras muchas obras del autor, está muy presente la obsesión por el dinero, el sexo, la comida, la escatología, la obesidad o los sueños

Publicada 10/02/2017 a las 06:00 Actualizada 09/02/2017 a las 17:03    
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El escritor Luis Goytisolo.

El escritor Luis Goytisolo.

EFE
Portada de Coincidencias, una novela de Luis Goytisolo.

Portada de Coincidencias, una novela de Luis Goytisolo.

En los últimos años, Luis Goytisolo ha publicado en Anagrama dos ensayos que facilitan la comprensión tanto de su obra narrativa anterior como de la más reciente. Se trata de Naturaleza de la novela (2013) y El sueño de San Luis (2015), libros que comparten algunas reflexiones.

Portada de Coincidencias, una novela de Luis Goytisolo.Coincidencias, la nueva obra, formaría parte del mundo de sus fábulas, aunque en esta ocasión me parece que el estilo y las metáforas se han simplificado, haciéndolas menos automáticas, más accesibles al lector. El conjunto se compone de 63 breves narraciones numeradas que se presentan enmarcadas por dos relatos que hacen la función de citas, presentados como anónimos, aunque podría pensarse que son invención del autor. Las piezas llevan un título breve compuesto en versal, incorporado al texto. Y aunque no son independientes, al relacionarse unas con otras, compartiendo título, personajes y situaciones, se generan series. Así, por ejemplo, las tituladas “Transeúntes” y “Abu” están compuestas por cuatro y tres escenas, respectivamente: la 2, 15, 24 y 35; y la 21, 30 y 53, aunque también aparece una referencia al título de la segunda en la página 116. Se generan, además, otras relaciones, como ocurre entre el relato inicial y el final, el 1 y el 63, donde –primero— el narrador pierde la cartera en un taxi, y –luego— se deja el móvil en otro. Por su parte, un personaje que puede llamarse Loya, Laya, Yoli, Olaya o Yola, reaparece en varios textos, en el papel de secretaria, de hija de familia, trabajando en una galería de arte, enculada en el metro e incluso defecando u orinando sobre su pareja. O la presencia de nombres como Magda y Magdalena, que ya aparecían en Las afueras. En otras ocasiones, los relatos, sin compartir título, se ocupan de los mismos asuntos, según vemos en el 13 y 26, 15 y 45, y 17, 33 y 45. Toda esta red compondría lo que denominamos un ciclo de cuentos y microrrelatos.

Como sucede en otras muchas obras del autor, está muy presente la obsesión por el dinero, el sexo, la comida, la escatología, la obesidad o los sueños. Materias tratadas, todas ellas, en un tono a menudo zumbón, irónico, y siempre distante. Sin que falten las bromas, algunas de ellas meramente lingüísticas (pág. 71 y 116-117).

Se trata, en suma, de una obra narrativa coral, en la que Luis Goytisolo a lo largo de las sucesivas escenas, puro costumbrismo –digamos— postmoderno, concede la voz a numerosos personajes de muy distinto pelaje, que nos aturden con su bla, bla, bla, a menudo insustancial, como los delirios propios de una sociedad tan autosatisfecha como enferma. Ninguno de ellos consigue cobrar entidad suficiente, ni se produce a lo largo del relato apenas evolución en su carácter o conducta. Estamos en el reino de la bobaliconería, de eso que ha dado en llamarse el mundo líquido, la posverdad, donde tiene cabida y curso legal toda ocurrencia y justificación, aquello que Álvaro Pombo denominó, hace ya varias décadas, la falta de sustancia. Ante estas situaciones que se repiten día tras día en las conversaciones de los bares, en los trayectos en el metro o el autobús y en las paradas del mercado, el autor –paciente y fino testigo— observa, pone el oído y compone sus piezas, que podrían representarse como microteatro, a semejanza de las historias mínimas de Javier Tomeo.

¿Por qué se titula Coincidencias? Quizá porque todos los que toman la voz comparten la estulticia, el egoísmo y la simplonería frecuente en nuestro tiempo. Y, desde luego, no faltan los atributos propios del homo digitalis, tales como los móviles, tabletas, tuits y selfies, así como las referencias a los piercings, el parkour y el balconing, todo ello sin cursiva en el texto. En suma, un mundo plagado de objetos y situaciones —digamos— simbólicas, como las señaladas.

He dejado para el final el asunto del género de estas narraciones. En la contracubierta, por si hubiera dudas, se nos presenta de manera explícita como una novela, y habrá lectores que la lean como tal, pero creo que también podría encararse como un ciclo, como ya se ha dicho. El que aparezca el texto de manera corrida, correlativa, propicia la lectura novelesca; si bien la posible lectura individual de cada una de las 63 secuencias lo acerca a las formas narrativas más breves. Si tuviera que destacar alguna de estas piezas, me quedaría —por ejemplo— con la 41, aunque el valor estribe en el conjunto, en la relación y contraste que se establece entre las situaciones, los personajes y la manera que estos tienen de explicarse y argumentar.

Si hace unas décadas, el gran Jesús Lizano nos veía a todos como mamíferos, el no menos poderoso Luis Goytisolo, en la última narración del libro, nos observa hoy como si fuéramos saltamontes, perdidos en un laberinto. Si hablamos de seres humanos, no parece la mejor de las evoluciones posibles.

*Fernando Valls es profesor de Literatura y crítico literario. 

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2 Comentarios
  • Sancho Sancho 16/02/17 02:46

    Autor siempre interesante, en mi opinión con esa crítica social sin tapujos, no descarnada, porque no es hiriente en el sentido del dolor...de la herida sangrante, sino metálica, rotunda...verdad estruendosa pero indolora. Es así el mundo que hemos hecho: una mierda insustancial. Muchas gracias por la crítica. (Perdón por mi...pedantería).

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  • declamados declamados 14/02/17 03:07

    Menos mal que está el crítico para explicar las cualidades y las faltas de una obra analizada. Además de un descarado desinterés en el libro, el crítico yerra desde su caverna hilando brabuconadas sin sentido. Sí, estoy de acuerdo, habría que feminizar también el oficio de crítico literario para que alguien nos aporte luz de vez en cuando.

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