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Los libros

'La niña alemana': Europa, otra vez

  • La novela se sitúa en el intento de desembarco de casi mil pasajeros alemanes, en su gran mayoría judíos, en La Habana en 1939 
  • Leer la obra de Armando Lucas Correa es conocer el pasado. Pero también es un lastimoso sentir el presente

Sonia Asensio Publicada 17/02/2017 a las 06:00 Actualizada 12/05/2017 a las 17:24    
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La niña alemana
Armando Lucas Correa

Atria Books Español/Ediciones B
Nueva York/Barcelona

2016
  Leer es una forma de entenderse con uno mismo. Leer sobre lo que los demás fueron e hicieron es además una manera de saberse heredero de los valores de una comunidad que se llama llanamente “el ser humano”. Leer es sentirse parte de un proyecto vital que arrancó en una tabla de arcilla. Leer es tener conciencia y convertirla en baluarte y ciudadela de la falsedad.

Dejé a los pasajeros del trasatlántico Saint Louis regresando a Europa en la novela de Leonardo Padura, Herejes.  Y los he reencontrado con nombres y apellidos en La niña alemana, de Armando Lucas Correa, en su primera edición de Atria Español.

En las páginas de Padura, la narración viraba al pasado para conocer mejor la historia del pueblo hebreo. Ahora Lucas Correa nos acerca el olor del salitre del puerto de La Habana con 936 pasajeros alemanes, en su gran mayoría judíos, que intentan desembarcar en 1939 escapando de la violencia que llenó su país, Alemania, que alza una bandera con los tres colores que pintan las vidas de estos ciudadanos de terror, violencia, emblemas y miseria moral: el blanco, negro y rojo no volverán a lucir jamás con belleza para muchas personas que supieron lo que significa pisar la ciudad donde has nacido sintiendo bajo tus pies crujir los cristales rotos.

Hannah Rosenthal viajaba en ese trasatlántico de lujo con sus padres, Max y Alma, huyendo de su país que ahora los desprecia. Dejando atrás un pasado ostentoso y culto, embarcan con sus pasaportes y unas cuantas maletas dejando atrás posesiones, dignidad y espanto.  El destino es una pequeña isla del Caribe, Cuba, que servirá de puente, de tránsito, para instalarse con sus visados en regla en Estados Unidos o en Canadá.  El día ha llegado: es sábado 27 de mayo de 1939.

Sólo unas 28 personas pudieron bajar. El mundo lo sabía pero, como susurra Hannah en su pensamiento, “los periódicos no ganan batallas”.  El resto de pasajeros debe regresar a Europa.  Son molestos, son indeseables, son sucios, son muchos de los que van a morir en una guerra que iba a comenzar en tres meses.  Europa se desangró en esta primera herida.

Hannah y su madre, embarazada, consiguen el permiso para descender del barco.  Su padre se queda arriba, regresa al infierno que esta vez se llamará París. Leo, su amigo, su cómplice, su alma gemela, también permanece en el trasatlántico. La separación, quién sabe, no queremos saber, es más cruel que la muerte temprana.

Anna vive en Nueva York en 2014. Con 12 años recibe un paquete de La Habana de una tía abuela suya de la que nunca ha oído hablar: Hannah Rosen. Anna también perdió a su padre antes incluso de poder conocerlo, y tener noticias de alguien cercano a él hace que su minúscula familia, ella y su madre varada en el dolor por la temprana desaparición de su esposo, reciban en sus vidas un calor inesperado que las lleva a viajar a Cuba para conocer a esta repentina familia.  El encuentro se convierte en recuerdos, en pasado, en presente. En nombres y apellidos olvidados. En rencor, en tristeza. En cariño e ilusión puestos en la esperanza que significa Anna Rosen o tal vez Rosenthal. Necesitamos saber quiénes somos. No olvidar nuestro nombre. Necesitamos siempre reconciliarnos con nuestro pasado, aunque ello nos lleve toda la vida.

Leer La niña alemana es conocer el pasado. Pero también es un lastimoso sentir el presente. Europa se embruteció en 1939 y hoy nos horrorizamos con tanta crueldad. Europa se ha congelado hoy y el silencio aturde nuestras conciencias asistentes y espectadoras de imágenes de vergüenza que nos humillan y que producen desconcierto y sonrojo cuando arropamos a nuestros hijos cada noche de cada día de este segundo invierno helado.
Leer es una forma de conocimiento, social y personal. Leer nos recuerda que tenemos una voz dormida entre los ecos y los rumores que ensordecen el pasado y ensombrecen el presente. Leer para los demás, con voz clara y leer en el silencio de la tarde, a solas, cuando, de nuevo, otro día más ha pasado, sin indignaciones clamorosas de la gente buena pero sabiendo que mañana sólo será lo que los poderosos quieran.  Hoy Europa también duele.

*Sonia Asensio es profesora de Literatura. 
 
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