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Los diablos azules

Luis Landero: "La gente tiene una capacidad asombrosa de absolverse a sí misma"

  • En La vida negociable, el escritor quería construir una especie de libro de aventuras y acabó llegando a una oscura novela picaresca

Publicada 03/03/2017 a las 06:00 Actualizada 03/03/2017 a las 14:38    
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Luis Landero habla sobre su nueva novela, 'La vida negociable'.

Luis Landero habla sobre su nueva novela, 'La vida negociable'.

Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) parece haber nacido con un traje permanentemente impoluto. Su amabilidad y su corrección esconden ahora, sin embargo, al creador de un personaje turbio que toca la psicopatía. Hugo Bayo, el personaje de La vida negociable, su nueva novela, es un pícaro oscuro que asustaría con su frialdad al pobre Lazarillo. Después de El balcón en invierno, la obra autobiográfica que le ha tenido varios años trabajando con su experiencia y la de su familia, este nuevo libro quería ser una aventura, casi un juego. Él insiste en que se lo ha pasado pipa escribiendo, y lo parece. Paradójicamente, la novela le ha salido sombría, casi cruel. Landero se sorprende y se encoge de hombros, sonriendo como si jamás hubiera roto un plato. 

Pregunta. ¿De dónde sale este pícaro moderno?

Respuesta. Yo no quise hacer una novela de pícaros, aunque sí lo es, si se mira bien. Tenía una idea desde hacía años, un esbozo. Era una imagen, una escena muy breve, que me gustaba. Una madre lleva a un niño (que pensé que podía tener unos 10 años), en principio a una tienda, y lo deja con el dueño de la tienda y desaparece. Dónde irá. Era solamente eso, con la posibilidad de que tuviera un amante, que puede ser o no... Empecé a trabajar con esa imagen, y me dije: pongamos que tenga 14 o 15 años; quitamos la tienda de paños, le deja una portería, y que el portero tenga una hija… Entonces a esa edad el niño se ve en una encrucijada moral, y en poder de un secreto que puede hacerle poderoso. ¿Qué hace? ¿Aprovecha el secreto, no lo aprovecha? Ese es el motor de arranque. Con eso trabaja un narrador. Con imágenes e hijas de porteros.

P. Y, aunque no lo haya querido, le ha salido una novela picaresca de manual.

R. Sí, está en primera persona, el tipo comete bastantes fechorías, actúa para sobrevivir, carece de moral…

P. Tiene mil vidas.

R. Sí, se va reinventando, hay una sucesión de aventuras… Pero el destino le va devolviendo a la peluquería, que es para lo que sirve, porque es un perfecto inútil aunque él piense que es un tipo con muchas cualidades. [Se ríe.] Y su única cualidad le acaba esclavizando. [Se ríe más alto.] Me lo he pasado muy bien escribiendo la novela.

P. A los pícaros uno les perdona el mal que hacen porque ve que están saldando cuentas con el mundo. Pero, ¿en el caso de Hugo, realmente ha sido tan maltratado?

R. ¿Con él han sido injustos? Probablemente no. Se convierte en un justiciero… injustificado. Es victimista y piensa que tiene derecho a resarcirse, a dominar al prójimo y devolver un supuesto mal.

P. El pícaro simpático que acaba derivando en casi un psicópata…

R. Cuando estaba escribiendo, no sabía qué pensar de él. Le lancé a la vida. A veces uno tira de la novela, y luego la novela tira de ti. Es un tipo que no es consciente de lo que hace, que es amoral, cambiante… Yo no sé lo que quiere, pero él tampoco. Y se disculpa a sí mismo. Negocia consigo mismo.

P. Precisamente, usted cuenta que tardó en encontrar el título.

R. Sobre todo es que no me di cuenta de que lo tenía. Manejé 30 o 40: Secretos de cristal, Retrato de un hombre inútil, que no se lo puse porque tengo Retrato de un hombre inmaduro… La vida negociable se repite varias veces, pero no me gustaba, pensé que iba a encontrar uno mejor e incluso tuve noches de insomnio. Pasó el tiempo y no había manera. Hasta que me resigné… y luego me fue gustando. Ahora estoy cada vez más contento.

P. Y luego resulta que la vida no es tan negociable, porque el destino le persigue.

R. Pero negociamos todo el rato: con Dios, con nosotros mismos, con los demás… Pagas al electricista con dinero negro y negocias contigo mismo: “Bueno, no es para tanto”. Pero luego negocias algo un poco más importante. Y así. Luego el tiempo pasa y la culpa se atenúa.

P. Es una capacidad algo tenebrosa, la de conciliarse con uno mismo.

R. Porque es convivir con el mal. Hasta cierto punto, porque no sé cuál es el nivel de tolerancia a la culpa de cada uno. El mío, desde luego, es muy bajo, porque cualquier cosa me persigue. Pero a la vista de cómo están las cosas, la gente tiene una capacidad asombrosa de absolverse a sí misma. De decir: "Si no lo hago yo, lo hará otro; e incluso es mejor que lo haga yo, que lo haré más suavemente".

P. Como decía antes, el niño, a partir de un momento, tiene ese momento de corrupción. ¿Cómo acercarse al origen del mal?

R. El niño se siente atraído por el mal y atraído por el poder que le da su secreto. A la vez, piensa que el mundo es malo, que su madre es mala, luego se enterará de que su padre es malo, de que la madre de Leo [la hija del portero] es mala, que el padre de Leo es malo… Él no piensa que él mismo deba ser malo, sino que tiene que hacer justicia. Un modo de hacer justicia es castigarles. Y se siente también fascinado por la cantidad de cosas que puede comprar con dinero. Que eso sí que es una tentación actual.

P. De hecho, el dinero que sus padres le dan confirma su poder sobre ellos.

R. Es un reflejo de cómo los jóvenes llevan décadas expuestos a las tentaciones del consumo, y las tentaciones de ese demonio que es la publicidad, que está diciendo cómprame, no serás feliz si no me compras.

P. Hugo tiene una caída hacia el mal a través del materialismo. ¿Nos habla eso de la sociedad en que se produce la caída?

R. Pasar, ha pasado siempre: siempre ha habido codicia, siempre ha habido ambición. Pero vivimos en una época en la que se ha desatado el capitalismo y el consumo, y donde el dinero lo es todo. Yo recuerdo, cuando era jovencito, mi madre me daba 15 pesetas los domingos. Con eso podías ir al cine y tomarte una caña, no más. Y tampoco aspirabas a más. Pero ahora todo el mundo tiene un diablo en la oreja.

Y luego es que nos atrae el mal. El mal gusta. Recuerdo, de niño, matar a un pájaro indefenso. Estaba el pobre en el suelo, se había caído, y con una piedra yo le estaba tirando… Yo era muy pequeño. Es de mis recuerdos más antiguos y no se me ha olvidado nunca. Fue una lección enorme. Aparece en Juegos [de la edad tardía], fíjate. De alguna manera, eso está ahí: la crueldad es atractiva. Y esos son instintos que uno tiene que reprimir.

P. Le ha sorprendido que la novela sea descrita como “amarga”.

R. Mucho. Al principio me fastidió, porque no quería que fuera así. Pero oye, el lector es soberano. Un periodista me dijo eso, que era amarga, otra que era cruel, que era pesimista… Digo “¿tanto?”. La novela es muy imaginativa, o eso pretendía. No pasa nada solemne y es, en cierto modo, de aventuras. Pensé que las pifias del protagonista tampoco eran especialmente… Aunque… Sí, la verdad es que es mala gente. [Se ríe a carcajadas]

P. Tras El balcón en invierno, una novela autobiográfica, ¿sentía la necesidad de quitarse responsabilidad de encima?

R. Sí, sentía la necesidad de huir de eso. Digo: “Voy a hacer algo muy contrario, algo donde no tenga que medirme”. Una novela en la que yo no aparezca para nada, una novela pura y dura, desatada. Sí hubo una voluntad de distanciarme. Pero eso pasa: el último libro siempre quieres asesinarlo.

*Clara Morales es periodista de infoLibre
 
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LA AUTORA Correo Electrónico


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