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Los diablos azules

El paleto europeo

  • La editorial Fórcola recupera Madrid-Moscú, el libro en el que Ramón J. Sender plasmó las impresiones de su viaje a Rusia en 1933
  • "Moscú es un campamento en pie de guerra. Una ciudad de tres millones y medio de habitantes, donde sólo hay soldados y obreros", escribe

Ramón J. Sender Publicada 10/03/2017 a las 06:00 Actualizada 09/03/2017 a las 11:48    
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El periodista y escritor Ramón J. Sender.

El periodista y escritor Ramón J. Sender.

IEA
La editorial Fórcola recupera Madrid-Moscú, Notas 1933-1934, el libro en el que el escritor y periodista Ramón J. Sender contaba su viaje a Rusia hace más de 80 años. Publicamos uno de sus artículos.
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El paleto europeo. La plaza roja al mediodía

Ante todo, aquí hace frío todavía. Y estamos entrando en el mes de junio. Es una declaración que hacemos soplándonos las manos. Los diez días que llevo en Moscú han sido de mal tiempo. El cielo, nuboso; ventisca y lluvia. En invierno estas ventanas dobles que hay en todas partes, estos pasillos, cuyos muros tienen hornos con portezuelas de hierro cada dos metros, deben ser insuficientes. Pero el tiempo en la ciudad no es más que un accidente. Nos han dicho que en agosto hace mucho calor. Mucho calor quiere decir aquí veinticinco grados. Hoy hace el tiempo inseguro y friolento de marzo en Madrid. El aspecto de la ciudad es, sin embargo, de primavera. Flores en los almacenes, piernas y brazos de mujer desnudos. Los gorros de astracán, echados hacia atrás; los fuertes gabanes, ociosos y desabrochados. Mis zapatillas de cuero, compradas en el Torgsin —por fin sé lo que es una «zapatilla rusa»—, están perfectamente dispuestas para el frío. A Pío Baroja le irían muy bien para su reúma. Contemplando estas zapatillas no comprendo por qué se las trata en España con desdén. Las zapatillas rusas son excelentes. En España me costarían 15 pesetas. Aquí, 95 kopeks —no llega a un rublo—. Son datos muy importantes para el paleto europeo.


Como todas las grandes ciudades, Moscú tiene una personalidad concreta. París, por ejemplo, se nos antoja un inmenso café donde la gente habla del espíritu y cuida de no mojar en el vaso los croissants, porque es de mal gusto. Madrid, un patio de vecindad donde los vecinos llevan el alta y baja de las camisas del prójimo, contándolas en el tendedero. Berlín, un gimnasio. Moscú... Moscú es un campamento en pie de guerra. Una ciudad de tres millones y medio de habitantes, donde sólo hay soldados y obreros. No se sabe dónde comienza el uno y termina el otro. Hemos visto por la calle grupos de cien o doscientos obreros con el fusil colgado cantando himnos revolucionarios. Tienen el fusil en su casa, y han ido quizá a hacer ejercicios de tiro. Hemos preguntado si no existe peligro para el Estado en esos fusiles, y nos han contestado que el Estado son ellos mismos.


—¿Quizá —hemos insistido— todos esos obreros pertenecen al Partido Comunista?

—No. Unos sí y otros no. Pero eso no importa.

Hemos visto a los obreros con fusiles. Igual que en octubre de 1917. En las fábricas hay diarios murales donde se extracta muy inteligentemente toda la información internacional sobre imperialismo y peligros de guerra. No sólo en las fábricas, sino en los vestíbulos de los cinematógrafos, hemos encontrado grandes esquemas en colores sobre el funcionamiento de la ametralladora, del fusil ametrallador y de las bombas de mano. Grandes letras blancas sobre trapos rojos llaman la atención del público sobre la conveniencia de estar siempre dispuestos a defender las conquistas de la revolución. Chicos y grandes se agrupan ante esos esquemas y comentan y discuten. El público —ya lo hemos dicho— es siempre proletario. En Moscú no hay más que proletarios. Por otra parte, en los cuarteles sucede lo contrario: hay gráficos con estadísticas de producción industrial muy minuciosas. Y en las fábricas hemos visto a veces soldados trabajando. El obrero y el soldado se confunden constantemente.

Hay muy pocos automóviles. Calles céntricas, muy concurridas, dan a veces la impresión del Jueves Santo en Madrid —del monárquico y del republicano— sin carruajes. Como aquí el comercio libre no existe, las cooperativas, los almacenes, no necesitan llamar la atención con alegres rótulos ni competir con llamativos escaparates. Por eso la impresión del Jueves Santo es más exacta. La circulación por la ciudad está reglamentada como en las ciudades europeas. Los tranvías y autobuses son muy frecuentes. Los conducen en muchos casos muchachas. El orden para subir y bajar es riguroso. Cerca de las paradas hay casi siempre un guardia del Soviet, sin armas. No hemos visto nunca agentes de circulación más vigilantes y sagaces ni más bien instruidos. Es un espectáculo verlos cambiar de frente sobre sus tacones, hacer movimientos geométricos exactos y ordenar desde su sitio, sin hablar, sin dar un paso, todo el movimiento de un cruce de calles. Son los únicos guardias que hay en Moscú. Nadie ha considerado necesario poner, como en Berlín o en París, un agente por cada veinte ciudadanos.

Este gran campamento, cuyo fin no se advierte —por todas partes sigue prolongándose la ciudad—, tiene su cuartel general en el centro, como todos. Está en la Plaza Roja, inmensa, rectangular, cerrada a un costado por las murallas pardas y almenadas del Kremlin, flanqueadas por dos altas torres con cúpulas doradas. Los edificios del Kremlin suben sobre las murallas inmensos, encalados, con cúpulas bizantinas pintadas de verde. Cierra la plaza por los lados menores una basílica rojiza, con una perspectiva complicada, toda minaretes, torres y arcos bizantinos. La antiquísima catedral de San Basilio. Frente al Kremlin, varios edificios europeos, de aspecto suntuoso, con el estilo de las grandes avenidas parisienses. Fueron ayer magasins de lujo, casinos de duques y mariscales, joyerías y grandes bancos. Hoy se apilan sobre los mostradores jaspeados, contra los muros, todavía cubiertos de seda floreada, los sacos de harina o de azúcar; los cubren grandes carteles rojos con estadísticas, y quizá los estantes de una biblioteca escolar. Mujeres de rostro duro, muchachas de contornos firmes y ojos acerados, van y vienen, haciendo notas en cuadernos, atendiendo a este o al otro teléfono. Una palabra cruza el espacio en todas direcciones: tovarich, tovarich. Dan, como casi todos los hombres y las mujeres que hemos visto por ahí, la sensación de un olvido total de sí mismos. El ritmo es el mismo ritmo de los días de octubre de 1917.

Al mediodía, el reloj del Kremlin deja oír su carillón. El carillón toca una música lenta y solemne: La Internacional. Sus notas van a perderse en el rumor de las aguas del Moscova, río ancho y caudaloso que pasa al pie de las murallas del Kremlin por la otra parte, por el norte.

*Ramón J. Sender (Chalamera, Huesca, 1901-San Diego, Estados Unidos, 1982) fue periodista y escritor, autor de novelas como Réquiem por un campesino español o reportajes como Viaje a la aldea del crimen
 
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2 Comentarios
  • El chipionero El chipionero 10/03/17 11:03

    Don Ramón J. Sender. Gran intelectual y novelista que tuvo que abandonar nuestro País, igual que tantos otros de su generación, por culpa del golpismo fascista que sumió a España en la más completa oscuridad durante 40 amargos años. Me imagino con qué alegría viviría el Moscú revolucionario de la época, viendo consolidarse el triunfo del pueblo ruso sobre el despiadado zarismo y contra las injusticias de sus terratenientes.

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  • fernaran fernaran 10/03/17 09:50

    Por unos instantes, me he imaginado no sólo Moscú, sino todo el resto de nuestras ciudades en ese mismo ambiente que describe, pero, sólo unos instantes

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