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Los diablos azules

Viajeros del instante

  • La reciente antología poética Haikus de guerra arroja luz sobre la obra del fotógrafo Luis Vioque
  • Silencio y contemplación. Literatura y existencia unidas por su fugacidad. Como las formas que dibuja la arena del desierto

Josep M. Rodríguez Publicada 24/03/2017 a las 06:00 Actualizada 23/03/2017 a las 17:04    
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Portada de Océanos de arena, de Luis Vioque.

Portada de Océanos de arena, de Luis Vioque.

“Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es el viaje”. Así da comienzo la primera versión al español del que sin duda es el diario más conocido de Matsuo Bashō, titulado en 1957 por sus traductores, Octavio Paz y Eikichi Hayashiya, Sendas de Oku. Es un libro que mezcla prosa y verso. Breves anotaciones sobre los lugares que el poeta japonés recorre y lo que en ellos encuentra, salpicadas por haikus para matizar, potenciar o complementar la narración. Es un género en sí mismo, al que el propio Bashō bautizó con el término haibun. Y al que grandes maestros del haiku como Yosa Buson o Kobayashi Issa no fueron ajenos. Aunque su influencia va más allá del Japón de los Tokugawa. Sirvan de ejemplo los diarios de viaje de Gary Snyder o el poemario Una ola, de John Ashbery.

El haiku ha tenido desde siempre un cariz marcadamente documental. No hay que olvidar su ascendente taoísta y del budismo zen. Detrás de esa estructura ósea de sólo tres versos está nuestra propia transitoriedad y la de todo aquello que nos rodea. De ahí también su temática: cerezos en flor, ranas saltando dentro de un estanque, mariposas cobijándose de la lluvia bajo la campana de un templo… Literatura y existencia unidas por su fugacidad. No es de extrañar que en el País del Sol Naciente se haya convertido en tradición la escritura de un último haiku, ya en el lecho final. Yoel Hoffmann recogió algunos de ellos en su antología Poemas japoneses a la muerte. Este es el de Banzan: “Adiós. / Paso como todas las cosas: / rocío sobre la hierba”.
  Ni que decir tiene que estos haikus de la consumación remiten a nuestra impermanencia –a ese mundo de rocío al que hacía referencia Banzan–, pero también a la imposibilidad de mantenernos ajenos a la belleza. Ya Confucio apuntó que en todas partes hay belleza, pero hay que estar dispuestos a verla. Una prueba de ello es la reciente antología que han preparado Seiko Ota y Elena Gallego bajo el titulo Haikus de guerra (Hiperión). Y cuya selección arranca, cómo no, con unos versos de Bashō: “Hierbas de estío. / Rastros de sueños / de guerreros de antaño”. Si bien el grueso de estos poemas se compuso entre 1894 y 1945, esto es: desde que estalla la Primera Guerra entre la Dinastía Qing de China y el Imperio del Japón, hasta la firma de la rendición de estos últimos con la que termina la Segunda Guerra Mundial.


Hay poemas tristes o sobrecogedores, como aquel en el que Tomizawa Kakio camina bajo una luna invernal, llevando en un bolsillo su propio testamento. Aquel otro de Kasahara Kunio en el que come fideos un soldado manco. O cuando, en el hospital, el compañero de habitación de Hasegawa Sosei ríe, amargamente, porque le han tenido que amputar un pie. O el siguiente haiku de Katayama Tōsi: “Nada existe; / en un campo árido / unos globos oculares”.


A veces da la sensación de que la misma guerra impulsa a estos autores a buscar la belleza en lo que tienen cerca. Es casi una necesidad. Un refugio. Así, Masaoka Shiki contempla los cerezos en flor de camino hacia el frente. Y Mori Ōgai escribe un delicadísimo haiku –uno de los más delicados que he leído nunca– en el que un soldado corta los árboles para establecer el campamento con sumo cuidado, evitando de este modo dañar los nidos de los árboles.

No hay duda: la belleza está en todas partes. Y de eso sabe mucho también el fotógrafo Luis Vioque (Madrid, 1966), quien ya en sus primeros trabajos de madurez no necesitaba escapar de su entorno más cercano para ofrecernos imágenes de enorme plasticidad y una sutileza casi oriental. Como aquella fotografía en la que el tendido eléctrico divide el cielo en dos horizontalidades que, de repente, gracias a un relámpago que cae, son parte de unos ejes cartesianos.

Pues bien, la instantánea está tomada en Carrizosa, Ciudad Real. Ya Kavafis nos advirtió que “la ciudad” –nuestra vida, lo que somos– nos seguirá allá donde vayamos. No hay forma de escapar. Y eso mismo se aplica a la mirada de un artista. No es necesario viajar al Extremo Oriente para lograr fotografías de una belleza delicada y sencilla en su complejidad. Luis Vioque nos lo demuestra en cada página de su primer libro, cuyo título es absolutamente revelador: Un viaje imaginario. Desde el paisaje nevado de San Sebastián de los Reyes, hasta el hombre que saca a pasear a su perro bajo un mar de nubes en Paracuellos del Jarama. Pasando por la pareja que camina bajo unos árboles, del todo machadianos, en Membrilla. O la maravillosa fotografía de una casa de Mesones, donde el fotógrafo madrileño demuestra que es un verdadero maestro del espacio negativo.

Las fotografías de Luis Vioque tienen su propia marca de agua, su idioma único. Se trata de vistas panorámicas tan limpias que funcionan perfectamente al reproducirse en formatos pequeños. No necesitan más. A menudo aparece tan sólo un elemento, casi nunca animado, y que acostumbra a no estar en el centro: como si el fotógrafo eludiera cargar sobre él todo el peso de la composición. Panorámicas tan limpias, repito, que por momentos parecen un ukiyo-e clásico. Eso sí, en blanco y negro. Y aquí quizá convenga hacer una aclaración: Luis Vioque es daltónico. Lo que me lleva a pensar en cómo Picasso se burlaba de Brassaï por sus ojos saltones y su torpeza. O en Hölderlin al final de su vida, gritando de dolor porque se quemaba al escribir “fuego”. Por supuesto, en Beethoven. Y en el resto de artistas que le han sacado provecho a su individualidad.

A Un viaje imaginario le siguieron en el tiempo otros dos volúmenes, Mares de Portugal y Océanos de arena. El primero profundiza y avanza en esa estética de la panorámica íntima –dos palabras aparentemente opuestas, pero que en la obra de Luis Vioque se unen y llenan de sentido– de su primer libro. El último, en cambio, nos ofrece una especie de anatomía del desierto. Con siluetas de duna, y las estrías que el viento va dejando en la arena. Imágenes más sugerentes y simbolistas, que dialogan a la perfección con los trabajos de autores como Edward Weston o Ansel Adams.

Concluyo: Luis Vioque escribe haikus con una cámara fotográfica. Bashō, Shiki, Tōsi, Saitō Sanki y el resto de autores incluidos en Haikus de guerra miran el mundo como tratando de encontrar sentido a lo que les sucede. ¿Acaso no es esa una de las principales funciones del arte?
 
  • Haikus de guerra, edición de Seiko Ota y Elena Gallego. Hiperión, Madrid, 2017.
  • Un viaje imaginario, Luis Vioque, con diseño de Mauricio d’Ors. Madrid, 2000.
  • Océanos de arena, , Luis Vioque, con diseño de Mauricio d’Ors. Madrid, 2010.
*Josep M. Rodríguez es poeta, su último libro es la antología Ecosistema (Pre-Textos, 2015).

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2 Comentarios
  • Sancho Sancho 25/03/17 00:06

    Delicioso comentario...artículo...deliciosas palabras...

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    0

    0

  • Damas Damas 24/03/17 21:24

    Disfrutar, eso es lo que he hecho con este artículo. Gracias.

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