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El cuento de todos

La mudanza

  • "Carlos y Lucía estaban cansados de vivir en su apartamento. No sólo porque cada vez era más difícil llegar al centro de la ciudad, sino además porque ya no podían seguir viviendo con un fantasma"
  • Luis Bagué Quílez continúa el relato iniciado por Ramón Cote e Ioana Gruia que cerrará Yolanda Reyes el próximo viernes

Ramón Cote I Ioana Gruia I Luis Bagué Quílez Publicada 31/03/2017 a las 06:00 Actualizada 30/03/2017 a las 18:07    
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El escritor Luis Bagué Quílez.

El escritor Luis Bagué Quílez.

(Comienza Ramón Cote.) 

Quién iba a creerlo, pero al fin sucedió lo que nadie pensó que pasara: el fantasma se fue con ellos a su nueva casa.

Carlos y Lucía estaban cansados de vivir en su apartamento. No sólo porque cada vez era más difícil llegar al centro de la ciudad, porque últimamente habían abierto un par de discotecas que no dejaban dormir al vecindario, porque la señal de Internet siempre se caía a los cinco minutos sino además porque ya no podían seguir viviendo con un fantasma. –Creo que es mujer, le dijo Lucía a Carlos cuando descubrió que estaban en desorden sus cepillos y le empezaron a faltar los delineadores de los ojos. –No lo creo, fíjate que le encanta jugar con mi colección de carritos en miniatura, pues cada vez que los voy a organizar los encuentro en un orden distinto al que los había dejado.

Al principio los pasos a medianoche por los lados de la cocina y las extrañas caídas de los cubiertos los asustaron, pero poco a poco se fueron acostumbrando a su presencia. –Si al final no nos hace daño, y en el peor de los casos hasta puede asustar a los ladrones, le dijo a Lucía cuando ella le señaló alarmada a Carlos el cambio en la nevera de las frutas a la sección de la carne y de la carne a de las frutas. Míralo de este modo: tenemos un vigilante que no se entromete en nuestros asuntos. Pero ya Lucía tenía tomada la determinación.

Y Carlos nada tuvo que hacer cuando ella le dijo que estaba embarazada. El día que llegó el camión que llevaría todas las cosas a su nuevo apartamento dividió en dos sus vidas. –Aquí empezó todo y aquí terminó todo, dijo Lucía cuando miró por última vez esos sesenta metros cuadrados donde vivieron cinco años-. Es cierto, dijo Carlos, me da tristeza dejarlo, aunque si te confieso ya estaba cansado de vivir en esta zona. Y aquí el único parque para pasear al bebé queda a treinta minutos andando. Así fue que, de común acuerdo antes de cerrar la puerta, dijeron al tiempo: ¡Adiós, fantasma!

(Continúa Ioana Gruia.)

La casa, en un edificio rehabilitado del casco antiguo, tenía un salón luminoso y tres habitaciones que daban a patios interiores amplios y arbolados. Las paredes estaban recién pintadas y se habían hecho reformas completas en el baño y la cocina. El pasillo que unía las estancias se abría a la vista con una claridad reconfortante. Nada de grietas, de pliegues umbríos, de recovecos donde el fantasma, en el improbable caso de que intentara seguirlos, pudiera cobijarse. Calefacción y agua caliente central unidas al encanto de vivir en una zona llena de bares, librerías y cines. Una auténtica joya, exclamó el agente inmobiliario, subrayando cada letra, al enseñarles por primera vez el piso. Lucía salió al balcón y el paisaje de terrazas coquetas y venerables fachadas restauradas acabó por decidirla.

–¿Y quién va a pagar el alquiler? –le susurró Carlos al oído–. ¿El fantasma abandonado?

Su mujer frunció los labios e hizo un gesto ligero y apresurado con la mano. Él sabía que era su manera de quitarle importancia a algo y se resignó. Además, ya estaba embarazada y a una mujer embarazada, le había dicho solemnemente su padre, no se le lleva la contraria. Para lo que os haga falta, añadió, contad con nosotros.

El alquiler costaba más de un tercio de sus sueldos, pero ahora, mientras contemplaban el suave repiqueteo de la lluvia en los cristales Climalit y las luces melancólicas de la ciudad, un paisaje mucho más hospitalario que el enjambre de gasolineras y centros comerciales que asomaba a sus antiguas ventanas, para colmo desvencijadas, pensaban que merecía con creces la pena. A veces se sorprendían recordando al fantasma con algo vagamente parecido a la nostalgia. Si viviera con nosotros, se decía Lucía, podría echar una mano con el bebé. Hacer recados, la comida, ir al supermercado, comprar pañales, para eso la antigua presencia inquietante y sin embargo siempre amigable y discreta habría venido muy bien. Compartió sus pensamientos con Carlos y él le dio la razón, reprochándole además que había sido ella quien había resuelto apartar al fantasma de sus vidas. A partir de entonces un ligero malhumor ensombreció su plácida y expectante rutina de futuros padres. Hasta aquella tarde en la que Lucía se levantó de la siesta casi a la hora de cenar y fue a instalarse con un libro en el sofá, mientras esperaba a que Carlos llegara del trabajo.

Allí estaba él. Las facciones algo trémulas, los brazos quizá demasiado etéreos y las piernas, cruzadas con despreocupación, moviendo las puntas en un grácil gesto de bailarina. Las manos, lo más llamativo de la presencia a la que Lucía, a pesar de las dudas iniciales, no tardó más de unos segundos en asignar del lado de la masculinidad, parecían pertenecer a un pianista. Estilizadas pero rotundas y desprendiendo fuerza. La mirada invitadora. La sonrisa magnánima y benigna.

–Siéntate, por favor –dijo–. No debes cansarte.

La voz envolvente. Un poco ronca y a la vez suave. Lucía obedeció al primer impulso y le pidió disculpas. El fantasma ensanchó la sonrisa e hizo un gesto con la mano. Ligero y apresurado. Idéntico al de ella cuando quería quitar importancia a las cosas, reconoció la chica emocionada.

–¿Quieres tomar algo?

La presencia agradeció con un entusiasta ademán afirmativo. Tenía sed. ¿Una cerveza, una copa de vino, un vermú? No, no, protestó demostrando una exquisita consideración, si ella no podía beber alcohol, él tampoco lo haría. Dijo, con la misma voz que a Lucía le pareció deslizante, como si el fantasma patinara con elegancia a través de sus palabras o interpretara una melodía de jazz opiácea y perturbadora, que tomaría una de las infusiones que la futura madre se servía cada tarde para aplacar la comprensible ansiedad de la espera. Y unas pastitas de té, gracias.

A la invitación que le hizo la chica respondió que por supuesto. Se quedaría a cenar, aunque, se permitió añadir soltando una risita inesperadamente chillona, no era muy exacto decir que se quedaría puesto que después no iría a ninguna otra parte. Aquella era su casa.

–¿Te imaginas? –acabó de contarle la historia Carlos a su mejor amigo, mejicano. –¡Pinche fantasma cabrón!

(Sigue Luis Bagué Quílez.)

Cuando Lucía sugirió "habrá que ponerle nombre", Carlos estuvo a punto de responder que ya lo tenían decidido: si era niño, Carlos; si era niña, Lucía. Como Carlos era un Carlos de segunda generación, no le hacía mucha gracia la idea de tener a una Lucía bis o a un Carlos III gateando por el pasillo, pero lo había asumido con el estoicismo con el que se aceptan las fatalidades meteorológicas. No obstante, por el gesto de Lucía, entendió que ella estaba hablando de otra cosa. De él. Hasta el momento, él había recibido los apodos sucesivos de Casper, Fantômas y, finalmente, Chopin, habida cuenta de sus manos sinfónicas.

−¿Y si se lo consultamos? −propuso Carlos.

−Ya sabes que es muy reservado. Y no me parece de buena educación recordarle ciertas cosas. Imagínate, podría quedar traumatizado de por vida –recalcó Lucía.

−¿Por qué no lo llamamos Ludwig? Sería nuestro tributo a Beethoven –bromeó Carlos.

Sin embargo, Lucía no sonrió. El siguiente paso fue buscarle un lugar confortable. El cuarto de invitados era la opción lógica, pero Ludwig mostraba una visible predilección por el sofá, lo que hacía pensar en una pasividad endémica y en un deceso por accidente cardiaco. Por supuesto, se quedó provisionalmente en el sofá. A esas alturas Carlos no solo había dimitido como valedor del huésped perpetuo, sino que había empezado a sospechar de la conducta de Ludwig. Se preguntaba si, de haberlo conocido en otro estado, le habría caído bien. Entretanto, Ludwig se pasaba el día remoloneando por el piso e inventando excusas para echarle una mano a Lucía en las tareas más ingratas. Cuando Carlos abría el periódico descubría con fastidio que alguien había resuelto los crucigramas, el sudoku y el damero maldito. Al poco, una manifestación somática empezó a subrayar con la punta redonda de un Bic rojo las películas que emitían en prime time; todo muy “arte y ensayo”, aunque a Carlos las estepas rusas y los cerezos japoneses le inducían a un coma profundo. Y, cómo no, Ludwig amaba el cine tedioso con la misma desbordante intensidad con la que detestaba el fútbol. Con todo, lo más incómodo eran sus efectos, digamos, domésticos. Alborotaba al vecindario con fosforescencias desesperadas. Revolvía los cajones como si pretendiera hallar petróleo en su interior. Escondía las facturas. Y vaya usted a saber con qué cepillo se limpiaba los dientes. Por no hablar de los ruidos: toda la santa noche de aquí para allá, arrastrando cadenas. Claro que eso no era nada comparado con cuando le daba por ulular.

Lucía lo disculpaba con una condescendencia infinita: "Tiene frío. Tiene sueño. Tiene miedo. Tiene nostalgia". Pero la gota que colmó el vaso fue cuando comentó, como quien no quiere la cosa: "Podría dormir con nosotros". Aunque Carlos adujo insalvables desajustes horarios, no logró mermar el entusiasmo de una Lucía a la que se le iluminaba el rostro cada vez que mencionaba a la tercera persona. Al final acordaron poner una cama supletoria. Pese a la distancia cautelar, Carlos no pegaba ojo. Se levantaba de madrugada y palpaba las sábanas con aprensión. No en vano, Ludwig era capaz de adaptarse a cualquier espacio. ¿Quién le decía que en ese instante no estaba allí mismo, compartiendo la almohada con ellos? ¿O, peor aún, con ella? Al igual que la multiplicación de dos cantidades negativas ofrece un cómputo positivo, los celos irracionales de Carlos, multiplicados por la irracionalidad de aquel fenómeno paranormal, adquirieron una sorprendente coherencia cartesiana. Fue entonces cuando supo que había que deshacerse del inquilino. Tras un chapuzón en diversos foros esotéricos de Internet y una inmersión a pulmón en Wikipedia −ciberespacios a los que acudía cuando Ludwig no merodeaba por allí, y cuya huella digital borraba de inmediato−, llegó a dos conclusiones inapelables: 1) No había manera humana de desfantasmar a un fantasma, ni siquiera recurriendo al clásico arsenal de rituales y exorcismos. 2) Solo se podía ahuyentar a un fantasma si se le convencía de que allí sobraba. Así que se trataba de hacerle la ultravida imposible a Ludwig.

(Cerrará Yolanda Reyes.)

*Ramón Cote es escritor. Su último libro, Como quien dice adiós a lo perdido (Valparaíso, 2014).

*Ioana Gruia es escritora y profesora de Literatura. Su último libro, El expediente Albertina (Castalia/Edhasa, 2016).

*Luis Bagué Quílez es escritor y crítico literario. Su último libro,
La menina ante el espejo (Fórcola, 2016). 

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