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Los diablos azules

La difícil crónica de los años treinta

  • Ser buen periodista suponía para Juan Rejano luchar por la verdad sin temor a las dificultades ni a la general indiferencia de la sociedad
  • La clave de su acercamiento a la izquierda política es un compromiso moral surgido por la situación de los campesinos y pescadores de su tierra

Fernando Arcas Cubero | Luis Sanjuán Solís Publicada 14/04/2017 a las 06:00 Actualizada 13/04/2017 a las 20:32    
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El periodismo de Juan Rejano (Puente Genil, 1903-México, 1976) estuvo siempre ligado al compromiso político, desde la oposición a la dictadura de Primo de Rivera en los años veinte hasta su apoyo a la República y su posterior acercamiento al comunismo durante la Guerra Civil. La editorial Renacimiento recupera ahora la obra del ensayista, poeta y reportero en el volumen Periodismo, política y cultura en la II República (Renacimiento, 2017), con edición de Fernando Arcas Cubero y Luis Sanjuán Solís. En el aniversario de la proclamación de la Segunda República Española, rescatamos su figura con parte del prólogo a esta edición.
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“Pocas personas habré conocido con un espíritu más abierto, con un corazón más generoso, con un sentido más profundamente liberal en la vida que Juan Rejano”, escribe Francisco Ayala en la revista malagueña Litoral. Y Manuel Andújar, en el mismo lugar, profetiza: “Algún día se publicará —¿quién acreditará la paternidad?— la holgada y aguzada crónica de la vida cultural, por su impronta literaria tan caracterizadora, de Málaga, durante la dictadura primorriverista... un vigoroso, incomparable movimiento, para desventura colectiva malogrado y yugulado, de transformación nacional”. Andújar añade que para lograrlo era necesario estudiar la obra malagueña de Rejano: “Fecundo resultaría espigar en sus artículos, versos y textos enviados entonces a publicaciones madrileñas y en los estudios, editoriales y comentarios que parecieron en los diarios y revistas de Málaga en el transcurso de esa etapa”.


Tiene razón Manuel Andújar, porque en la bibliografía existente sobre la obra periodística y ensayística del escritor de Puente Genil se ha estudiado sobre todo la correspondiente al exilio, y se desconoce el rico contenido de la realizada en su etapa como periodista de la prensa malagueña durante la Segunda República. A nuestro juicio, en esa obra se dibujan los rasgos fundamentales de su periodismo y se marcan los perfiles de Rejano como uno de los intelectuales comprometidos españoles más representativos de la trascendental coyuntura histórica de los años treinta.

  El estudio de la obra periodística de Rejano en la Málaga republicana completa una biografía que comenzó a ser dibujada por Teresa Hernández poco después de la muerte del poeta y periodista en el exilio de México en 1976 sin haber podido regresar a España tras la muerte de Franco. Su carácter de escritor y lector autodidacta, la relación inicial de naturaleza familiar y juvenil con Málaga, su llegada a la ciudad por motivos laborales como empleado de los Ferrocarriles Andaluces, y la toma de contacto con el grupo de intelectuales y escritores de la generación de Litoral –y muy especialmente con Emilio Prados, su mentor literario en opinión de Teresa Hernández y quien le dejará “una huella imborrable” según Manuel Aznar—, constituyen los rasgos más destacados de la misma.

Como Prados, es un compromiso moral surgido por la situación de los trabajadores –los campesinos de Puente Genil en su caso, los pescadores de El Palo en el del fundador de Litoral— la clave original de su acercamiento a la izquierda política. Puente Genil había sido uno de los núcleos más activos del fuerte desarrollo del movimiento y la conflictividad campesina durante el período inmediatamente posterior al final de la Primera Guerra Mundial y a la Revolución rusa. El joven Rejano aparece entonces unido ya a las empresas editoriales de la prensa obrera y de izquierdas que trataba de ofrecer la formación teórica y cultural que demandaban los militantes y afiliados a las sociedades obreras. Otro pontanés, seis años mayor que él, el político socialista Gabriel Morón, autodidacta como Rejano y editor y autor de poesía, novela, teatro y ensayo político-social, funda en 1922 revistas como Ideales y Nuestro tiempo, en los que comienza a aparecer su firma. Otro socialista, el cordobés Francisco Azorín, le incluye en la revista de similar orientación Revista Popular (1925), pero ya junto a las firmas de Baroja, Valle Inclán, Unamuno, Villaespesa, Pérez de Ayala, Araquistain, Álvaro de Albornoz, Zugazagoitia, Álvarez del Vayo, María Cambrils o Balbontín. Sin embargo, algo diferenciaba a Rejano de su primer editor aparte de la edad. Morón no veía al joven poeta destinado “a flirtear con las musas frívolas y superficiales que entienden en los problemas del individuo aislado en la intimidad de su mundo interior”. La trayectoria posterior de Rejano iba a confirmar tanto en el periodismo de izquierda como en la poesía esa impresión de su paisano, con el que se encontraría años más tarde en el exilio mexicano.

Pero la sensación de ahogo que siente en la atmósfera de su pueblo natal, le lleva a salir de él y a ser incapaz de volver, como dirá a su familia desde Madrid en 1930, muy poco antes de irse a vivir Málaga. En esa carta a sus padres aparece más que una ruptura política con su medio natal, la voluntad de abrirse un camino propio –labrado con la inteligencia o “los puños”—, de “matar” cosas que, aun siendo gratas, “son perjudiciales para conseguir su objetivo de uno”. Para Rejano, aquella juventud de Puente Genil y de su familia resultaban “perniciosos, desmoralizadores para cualquier tarea que uno se proponga”. Madrid primero y Málaga después eran los horizontes de cambio personal y profesional para una persona con inquietudes culturales que irían acompañadas del compromiso político. Éste le llevará más lejos que a Emilio Prados, ya que el del fundador de Litoral, según Francisco Chica, “responde más a factores que proceden de dentro de sí mismo y de su excepcional convicción ética que al mero ejercicio de unas creencias políticas en las que Prados (y en ello insistirá años después) nunca militó oficialmente”.

Rejano es asiduo de las tertulias culturales malagueñas. Participa en la del Café Inglés con los hermanos Blasco –los empresarios del futuro Amanecer— Modesto Laza, Fernández Canivell, Adolfo Sánchez Vázquez y Salvador Rueda, en la del psiquiatra Antonio Linares Maza, Darío Carmona, el músico José Navas y otros artistas, y en la del Café Munich. Otras amistades son Cayetano López Trescastro, José María Bugella, los doctores comunistas Rebolledo y Bolívar y el filósofo marxista Adolfo Sánchez Vázquez. Políticamente, además, la pertenencia al grupo de intelectuales y políticos de la Sociedad Económica de Amigos del País – era bibliotecario en este centro de la vida cultural y política malagueña durante el reinado de Alfonso XIII y el tránsito a la República, y luego vocal de Literatura— es la señal más expresiva de su estrecha relación con el nuevo republicanismo de izquierdas que está naciendo en España durante la crisis de la dictadura de Primo de Rivera.  Para los principales conocedores de su vida y su obra, esta Málaga cosmopolita y urbana, culturalmente inquieta y políticamente progresista, aparece como una referencia esencial en la biografía de Rejano. Es aquí, además, donde contrae matrimonio en 1932 con Carmen Marchal.

Un periodista republicano

Rejano es un miembro relevante y poco conocido del periodismo malagueño y español, perteneciente a la extraordinaria generación de periodistas de la II República, truncada por el final de la Guerra Civil y la pérdida de la democracia. Como escribe María Cruz Seoane, el período que va desde la crisis del 98 hasta 1936 es “la edad dorada del periodismo literario”, estimulado por las oportunidades que ofrecía la prensa de masas a los escritores para mejorar sus ingresos e influir en el creciente número de lectores. Un tiempo en el que la generación del 27 “además de poetas dio, sobre todo, articulistas”. Para J.F. Fuentes y J. Fernández Sebastián el período 1914-1936 es, además, “la edad de oro del periodismo español” y la prensa y los intelectuales “los principales referentes de la opinión pública y de la sociedad civil”.

Dejando a un lado la labor del exilio, Rejano realiza en los años republicanos y en Málaga lo más continuado y prolífico de su trabajo como articulista, redactor y miembro de la dirección de periódicos diarios. Según su propio testimonio, una visita de Bagaría a Málaga a finales de la dictadura inspiró la edición de Málaga Liberal, en la que “unos cuantos jóvenes combatimos al dictador y a sus acólitos en la medida y en el tono que la censura nos permitió”. Pero es en el Madrid de los años finales de la dictadura de Primo de Rivera donde sus biógrafos sitúan el arranque de su trayectoria periodística, influido por su amistad con el malagueño y casi coetáneo Esteban Salazar Chapela. Allí asiste alguna vez a la tertulia del Café Regina con Valle Inclán, Azaña, Díez Canedo y Rivas Cherif, y a las del Lyon, La Granja y Pombo.  Sus artículos están en las revistas El Estudiante, Nueva España –una revista juvenil donde colabora con Antonio Espina, para lanzar “una lluvia de esperanzas” republicanas—, y Postguerra, vinculadas a José Giménez Siles —otra de las personas decisivas de su vida periodística, editorial y literaria—, el editor de Cénit, de la que Rejano será editor literario. Manuel Aznar cita un texto suyo significativo en Post-guerra –Ventanal a la aurora— de 1928, en el que presenta la entrada en la lucha política de un joven campesino, una parábola que recuerda su propia experiencia vital y que puede alumbrar su adscripción ideológica.  En Revista Popular ya deja señas de su interés por el marxismo, y en Nueva España por la literatura soviética. También participa, aunque discrepará pronto de su línea, en la Gaceta Literaria de Giménez Caballero. Son años de esplendor para la prensa y el periodismo europeos y de extraordinaria efervescencia política e intelectual en España, años de concreción del compromiso de la inmensa mayoría de los escritores que hacen uso de la prensa como un medio de vida y de influencia cultural y política. Y para Rejano, años para entender el periodismo como un deber, como una misión.

Periodismo, política, cultura

De acuerdo con su talante, Rejano concibe el periodismo no como una búsqueda del éxito o la popularidad a los que considera fatuos, sino como un instrumento para la formación, un medio de educar al pueblo lector y alcanzar así su progreso.

Huye del periodismo sensacionalista que cultiva los malos instintos de los lectores o la morbosidad. Prefiere la modestia y el uso de lo que denomina “un orgullo sencillo”, una actitud franciscana, una sobriedad en el estilo, de “eremitas”, una labor silenciosa y discreta, constante. Cuando comienza sus Pelillos a la mar en El Popular dice que “hará literatura con los vulgares acontecimientos del día” y que su ideal es dar a su "palabra la infinita calidad poética de un logaritmo y el interés divinamente chabacano de un folletín". Sus escritos tienen carga literaria y metafórica, densidad crítica, conocimiento de la actualidad en todas sus facetas –desde lo local a los más relevantes hechos mundiales—, modernidad de enfoque y de temáticas, profundidad en el juicio y en el conocimiento de los asuntos abordados, sin renunciar para ello a la búsqueda de los “perfiles de humor” que ofrece la vida. Por eso afirma en uno de sus artículos que para matizar la gravedad de sus argumentos cultiva la sorna cada vez que puede "desarrugar el entrecejo”.

El periodismo de Rejano es, sobre todo, un trabajo de análisis para la transformación y la mejora de la realidad, para la denuncia de sus defectos. Se define así como un corrector de desaguisados, un perseguidor del fariseísmo, de las actitudes complacientes e hipócritas. Late en él un afán justiciero.

Ser buen periodista en la España de los años treinta suponía luchar por la verdad sin temor al dolor de un proceso plagado de dificultades ni a la general indiferencia de la sociedad. La República no iba a estar exenta de censura, especialmente tras la llegada al poder en 1933 y 1934 del centro y la derecha, que iban a colocar a los periódicos y a los periodistas de izquierdas en la soledad y la indefensión, y a ponerles una prenda más en su vestimenta: la mordaza.

Defensor de una libertad de expresión y de prensa que no admite controles legales que la encorseten, Rejano se alinea claramente en la nueva España que desde 1931 pugna por superar definitivamente el lastre de la vieja, y se posiciona políticamente sin ambages en el bloque que protagoniza los intentos reformistas del primer bienio republicano; más tarde, se suma vigorosamente a las denuncias de los retrocesos del bienio derechista, para terminar apoyando la génesis y el papel del Frente Popular. Sin embargo, no es un periodista de partido. Le separa de ello la función que distingue a quien escribe de quien gobierna: “Tanto como se moviera el político se movía el periodista, con la diferencia de que el político se ceñía los laureles y el periodista se iba a su casa con los pies fríos y la cabeza caliente”.

Además de sus columnas de fondo político y social, la obra de Juan Rejano es muy amplia, destacando especialmente los artículos dedicados a la crítica cultural. Ésta abarca prácticamente la producción cultural en su conjunto: el ensayo, el folletón, la crítica bibliográfica, toda la producción literaria, los recitales poéticos y el ensayo biográfico. Se ocupa también de la música, la ópera y la zarzuela o la musicografía, la danza, la fiesta, el patrimonio, las artes plásticas o los museos. Pero donde centra su mayor interés es en la crítica teatral. Rejano considera el teatro como “la manifestación artística –verificación poética, diría Unamuno– más genuina de un pueblo”. Él mismo participa en Málaga junto a sus amigos Cayetano López Trescastro y Enrique Navarrete en el Teatro del arte, una filial de la Asociación Libre de Artistas, en el que interviene la Masa Coral, cuyo himno había compuesto el propio Rejano. Además, en esos momentos se trata del género que permitía llegar mejor a los públicos como principal espectáculo de masas y apreciar así los cambios sociales que producía la cultura y que suscitaba mayor interés en los años finales de la dictadura como ha escrito Antonio Jiménez Millán. Influido por las ideas que había expresado Araquistain en La batalla teatral, Rejano se preocupa por los públicos y los actores, por la musicalidad de las obras y muy especialmente por los autores teatrales. Como Araquistain, el fondo de su crítica es el carácter eminentemente burgués de la mayoría de las obras teatrales que se representaban en Málaga y la ausencia de contenidos transformadores. Rejano se muestra además interesado en el nuevo arte del siglo veinte, incluyendo la crítica cinematográfica en sus columnas.

En las críticas teatrales que tienen a Andalucía como telón de fondo se muestra contrario al seudo andalucismo de la pandereta y a un lenguaje que califica como maloliente. Para él la Andalucía auténtica estaba por descubrir y faltaban por expresar los problemas que todavía los comediógrafos no se habían atrevido a llevar a la escena y que eran los problemas esenciales de Andalucía. Lo señala al comentar una obra de José María Alvariño: “Córdoba no es dramatismo gitano sobre las demás cosas. Lo popular, en Córdoba, va muy por dentro del aire señorial que eterniza a Córdoba”.

Rejano publica sus columnas y ensayos en los diarios republicanos Amanecer y El Popular sucesivamente, las dos grandes empresas periodísticas del republicanismo malagueño. La República consolida el proceso de tránsito desde el periodismo de opinión al de información y la capitalización progresiva de las empresas periodísticas, aunque de hecho este proceso venía gestándose desde la liberalización de la prensa en la época de la Restauración. Por otro lado, el escaso desarrollo que había tenido en Málaga la prensa netamente obrera hace que los dos diarios –de matriz democrático-burguesa— sean sin embargo vehículo para la expresión de las principales organizaciones políticas y sindicales obreras en sus secciones fijas Panorama social. El proletariado en marcha y Movimiento societario respectivamente. En realidad, el periodismo de izquierdas sigue siendo durante la República una labor dominada por empresarios, políticos y profesionales pertenecientes a la pequeña burguesía ilustrada y democrática. Ambos diarios reflejan las vicisitudes del nuevo régimen, se muestran abiertos a las nuevas corrientes literarias e intelectuales con las colaboraciones de periodistas y escritores nacionales, y muestran la radicalización progresiva de la vida política española.

*Fernando Arcas Cubero y Luis Sanjuán Solís son profesores de Historia y miembros del Grupo de Investigación Historia, Imagen y Memoria de Andalucía de la Universidad de Málaga.

 
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