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El rincón de los lectores

La “feminización” de la literatura escrita por hombres

  • La archiconocida crisis de la masculinidad y de la autoridad paterna se representa en las obras escritas por varones como Knausgård, Moehringer o Coetzee
  • Frente a estos, otros participan de una identidad más próxima al hombre del XIX y mediados del XX, con un yo más acusado y próximo a la norma patriarcal

Lola López Mondéjar Publicada 05/05/2017 a las 06:00 Actualizada 04/05/2017 a las 22:20    
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Fotograma de 'Lolita', la daptación de Stanley Kubrick de la novela de Nabokov.

Fotograma de 'Lolita', la daptación de Stanley Kubrick de la novela de Nabokov.

Mi interés por el debate sobre la existencia de una literatura femenina distinta de otra masculina viene de lejos, y mi opinión no ha estado exenta de contradicciones desde entonces, dada la complejidad del tema, si bien en los últimos años he ido definiendo mi posición cada vez más en los términos que intentaré explicar aquí. Para comenzar a centrar la cuestión cabría preguntarse: ¿cuál es el interruptor binario de un texto literario?, ¿existe el gen maestro, con el que polemiza Judith Butler1, que marque la diferencia de género en la escritura? ¿O estamos creando la diferencia, la oposición entre una literatura escrita por hombres y otra escrita por mujeres siguiendo el perverso discurso del poder, que reifica un objeto de estudio (como se hizo con “las mujeres” como “lo otro”), para reprimirlo y rechazarlo posteriormente, tal y como Foucault nos enseñó que actúa el pensamiento hegemónico?

Si hasta el siglo XIX pudo hacerse una distinción general, con muchas salvedades, entre una literatura escrita por hombres, que mantiene un tono de autoridad, con predominio de narradores omniscientes y ampliación de la trama espacial y temporalmente; y una literatura escrita por mujeres, más comprometida con la primera persona y con una sensibilidad cercana a lo cotidiano y al territorio de lo doméstico; si esto fue así, a partir del siglo XX las cosas no están tan claras.

Las cosas se complican, en efecto, cuando muchas escritoras se “masculinizan” en algunas de sus obras, llamémosle provisionalmente de ese modo, tanto en la temática elegida para su ficción como en la expresión que adopta su escritura e intereses literarios. Es el caso de Clara Usón en La hija del Este2, de la mayoría de las autoras de género negro (Fred Vargas, Patricia Highsmith), de Marta Sanz y el tratamiento irónico y distante que otorga a sus personajes en Farándula3, o de Rosa Beltrán en La corte de los ilusos4, donde reinventa la vida del último emperador mexicano; mientras que muchos hombres se “feminizan”, llamémosle también provisionalmente así, como sucede con Karl Ove Knausgård5, en Un hombre enamorado, J. R. Moehringer en El bar de las grandes esperanzas, Celso Castro en Entre culebras y extraños, o Tom Spanbauer en Ahora es el momento, o John Williams en Stoner. Todo ello entendiendo masculinización y feminización a partir de los rasgos de escritura tradicionalmente atribuidos a unos y otras.

La masculinización de las mujeres puede entenderse superficialmente como una forma de inscribirse en la tradición masculina del arte en el que se expresan, pero también, y esto es lo que más nos interesa, como una forma de expresión de identificaciones con la masculinidad que han sido cercenadas en el proceso de socialización y de conversión en “mujeres”. El horror de Patricia Highsmith6, por ejemplo, a las “cosas de mujeres”, no es más que la necesaria separación de la educación tradicional de ellas para afirmarse en la actividad vital y sexual que la caracterizó toda su vida, por fuera de las normas sociales exigidas a una joven primero y, luego, a una mujer adulta.

Al final, las características de un cierto tipo de escritura, intimista, cotidiana, del yo, que se ha dado en llamar femenina, se dan tanto en hombres como en mujeres y dependen, sobre todo, de la posición de poder que adopte el narrador de la historia. Así señala Mercedes Arriaga Flórez7 que se puede diferenciar entre ambas literaturas por lo que se refiere a sus contenidos: la posición hegemónica tradicional y el ámbito público corresponderían a la masculina, y una posición marginal, innovadora y con temas de ámbito privado a la femenina. Pero, a mi entender, siempre encontraremos excepciones. En realidad, como ya señalé en otro lugar8, el corpus literario en su conjunto es prácticamente una excepción. Lo que nos haría preguntarnos si existe un texto cien por cien masculino o femenino, o si los textos tienden a ser queers, híbridos, andróginos, en transición, y la mayoría pertenece a ese porcentaje que se desvía de lo binario (hombre/mujer) y lo trasciende, cualquiera que sea el sexo/género del autor/a. Mucho más ahora que en tiempos pasados, como quiero mostrar.

El problema de la diferencia, entendemos, no debería plantearse sino en relación al canon, es decir, como un problema de la cultura, de las mujeres silenciadas en la historia de la literatura dominada por un canon occidental, blanco, burgués y exclusivamente masculino, que quiere hacerse pasar por universal, relegando a subcultura literaria las producciones de las escritoras. Un canon que, en palabras de Alicia Redondo Goicoechea9, es:
 

Un canon elitista y exclusivista que, con respecto a la cultura española, no considera a las mujeres, y plantea como cuestiones de calidad lo que son, muchas veces, cuestiones de diferencia (pág. 104).


Es desde estos planteamientos que me detendré en el análisis de los textos de algunos escritores contemporáneos para avanzar en mis reflexiones sobre esa supuesta diferencia y cuestionarla, por más que me aleje de algunas posiciones de las especialistas en cuestiones de género que prefieren subrayarla, debate en el que no entraré aquí. ¿Qué tienen en común los protagonistas de los relatos y novelas de Pepe Cervera10 (Premonición), Felipe R. Navarro11 (Hombres felices), Pedro Zarraluki12 (Te espero dentro), Javier Sáez de Ibarra13 (Mirar el agua), Karl Ove Knausgård14 (Un hombre enamorado), J. R. Moehriger15 (El bar de las grandes esperanzas), Celso Castro16 (Entre culebras y extraños), Jesús Ortega17 (Calle Aristóteles), Tom Spanbauer18 (Ahora es el momento), J.M. Coetzee19 (Un hombre lento) o John Williams20 (Stoner)? Por citar solo algunos ejemplos de  autores que he leído en los últimos años21.

La respuesta no se deja esperar: tanto ciertas características de sus personajes, como la voz narrativa, tienen mucho que ver entre sí.

En general, todos los autores crean protagonistas masculinos (excepto en las colecciones de relatos donde podemos encontrar alguno protagonizado por mujeres), desde una perspectiva muy distinta a la que nos tenía acostumbrada la literatura que ha formado parte del canon: García Márquez, Phillip Roth o Nabokov, por citar también tres ejemplos muy dispares, pero con rasgos comunes en el asunto que aquí nos ocupa. Se objetará que también forman parte del canon autores como Proust o Kafka, que se separan radicalmente de los anteriores; ellos, junto a tantos otros, constituyen los ejemplos que nos advierten de las dificultad de hacer generalizaciones, y nos llevan a afirmar, precisamente, que no existe un marcador de género en los textos, sino diferentes posiciones de poder que se modifican conforme cambian los tiempos… y los tiempos están cambiando. La archiconocida crisis de la masculinidad y de la autoridad paterna se representa en las obras escritas por varones con esta feminización que, creemos, constituye ya una tendencia.

Omitiendo las diferencias argumentales y de estilo, podríamos decir que los autores a quienes nos referimos aquí crean personajes masculinos de una enorme vulnerabilidad, que muestran su fragilidad en distintos aspectos de la vida, así como sus dudas y sus incertidumbres, e incluso, su dependencia de algunas mujeres.
 

Lo que me avergonzaba no era esa alegría desmesurada, sino que fuera tan conscientes de mis limitaciones y mis necesidades y mi debilidad e ineptitud personal y mi absoluta dependencia con respecto a Sofía. (Entre culebras y extraños, pág. 65)


Hombres cuya identidad no se ciñe a la representación de lo masculino más convencional, que les exige no tener nada de mujer y alejarse de los aspectos tradicionalmente asignados a las mujeres (dependencia amorosa —Emma Bovary—, inestabilidad emocional —Ana Ozores—, domesticidad, en gran parte de las protagonistas femeninas del XIX22), sino que indagan en su sensibilidad sin asustarse de ella, reconociéndose en rasgos convencionalmente asignados a lo feminino, en busca de una respuesta a la pregunta sobre su identidad hasta ahora reservada a las mujeres, pero omnipresente hoy en la literatura escrita por hombres. "¿Qué es ser hombre? ¿qQé sienten los hombres? ¿Cómo llegar a serlo?", se interrogan. Pongamos un ejemplo:
 

En mi caso, la lista de necesidades era larga. Hijo único, abandonado por mi padre, necesitaba una familia, un hogar. Y hombres. Sobre todo hombres. Los necesitaba para que me sirvieran de mentores, de héroes, de modelos, y como una especie de contrapeso masculino de mi madre, de mi abuela, mi tía y las cinco primas con las que vivía. El bar me proporcionaba a todos los hombres que necesitaba, más dos o tres que no me hacían ninguna falta. (El bar de las grandes esperanzas, pág. 13) 


Se trata de hombres que reconocen sus identificaciones femeninas en el origen de los rasgos más sustanciales de sí mismos, como escribe Pepe Cervera:
 

Cuando he intentado comprender el impulso que ineludiblemente me exige escribir historias, una de las imágenes que insiste en mi pensamiento es esta: mi abuela paterna sentada en una mecedora con el respaldo ovalado y de rejilla, justo donde el sol en poniente lamía sus piernas varicosas. (Premonición, pág. 172).


Que reconocen su soledad y sus necesidades de compañía, como el Paul Rayment de Un hombre lento de Coetzee, en sus jugosas conversaciones con Elizabeth Costello.
 

Parece que tengo frío allí donde voy. ¿No es eso lo que dijo usted de mí: "Es un hombre frío"? (Un hombre lento, pág. 189)


Desconcertados, como afirma, de Rayment a Costello.
 

—Pues así estamos. Parece que todos somos desgraciados… Paul es desgraciado porque está en su naturaleza, pero más en concreto porque no tiene ni la menor idea de cómo llevar a cabo los deseos de su corazón. (pág. 139)


Hombres taciturnos, pues, que vacilan, que dudan sobre el buen ejercicio de su paternidad, como el protagonista del relato Amarillo limón, en Hombres felices, de Felipe R. Navarro. 
 

Llega un momento en que heredamos los nombres de nuestros hijos. Los niños lo conocen y lo llaman para que vaya a jugar al fútbol con ellos pese a ser más pequeño que casi todos, los vecinos le dicen hola primero a él y luego a mí y le preguntan por algún episodio que luego me cuentan a mí como si yo no hubiese estado –y es cierto que muchas veces no he estado, no estuve; aún estando allí—, como si el padre de Miguel, que seguramente se llamará también Miguel, fuese marino mercante o perforador de plataforma petrolífera. (Hombres felices, pag. 29)



O que huyen de los conflictos de pareja para someterse a las decisiones de la mujer, en un ejercicio de sumisión casi absoluto, como el que realiza a lo largo de la novela Stoner, ese insondable pozo de bondad que es su protagonista, William Stoner, que cede hasta el espacio físico de su propia casa a los deseos de su esposa Edith, y acaba dejándole el pleno gobierno de su hija Grace y de su hogar.
 

Unas semanas más tarde llegó para descubrir que a Grace y a algunas de sus amigas se les había permitido jugar en esa habitación y que nuevas notas suyas se habían roto o estropeado. "Sólo las dejé ir allí unos minutos", dijo Edith. "Han de tener un lugar para jugar…".

Entonces claudicó. Se llevó tantos libros como pudo a su despacho de la universidad, que compartía con otros tres profesores, y empezó a pasar mucho más tiempo allí. (pág. 114).


Hombres conscientes de las contradicciones internas entre los roles patriarcales aprendidos y los nuevos roles exigidos desde la igualdad por sus compañeras sentimentales.
 

Lo de andar por la ciudad con carro y niña, dedicando mis días al cuidado de mi hija, no aportaba nada a mi vida, no la enriquecía, al contrario, en esa vida se perdía algo, una parte de mi yo, la que tenía que ver con mi masculinidad. (Un hombre enamorado, pág. 99)

Esa era la razón por la que andaba moderno y feminizado por las calles de Estocolmo, con un rabioso hombre del siglo XVIII en mi interior. (íbid, pág. 100)


Que sufren la misma invisibilidad como objeto erótica al ejercer de padres que las mujeres han sufrido con frecuencia al ejercer de madres.
 

Cuando iba empujando el carro, ninguna mujer me miraba, era como si no existiera. (íbid, pag. 101)


Que en la tensión entre el afecto y un incipiente deseo, tímido, masculino, sorprendente incluso para el propio padre, ante la sexualidad de sus hijas, encuentran en la ternura la clave de una felicidad paterno-filial nueva, reparadora, que los reconforta.
 

Él también empezó a relajarse. Sus músculos perdieron tensión y su respiración se fue acompasando a la de su hija. En aquél momento, quizá por primera vez, sintió que el mundo entero estaba a sus pies, que desde aquel lugar iba a ser capaz de verlo por entero.
Resonaron pasos en la escalera. Alguien subía. Antonio permaneció inmóvil, tan a gusto tumbado en aquella cama, con la mejilla de Marcela sobre su pecho, que podría haber seguido así el resto de su vida. (Te espero dentro, pag. 26)


Hombres que lloran la pérdida del hijo, que lloran sin remedio porque se niegan a ocultar sus lágrimas, porque se niegan a negarse y a negar a los otros lo que duele la muerte de un ser querido. Un hijo que ya no es mera prolongación de la madre, de modo que puede olvidarse cuando esta se separa o se marcha, sino que forma parte de un profundo vínculo paterno-filial que experimentan como propio.
 

Han sido solamente unas lágrimas. Ahora que su mujer se ha marchado ha podido ponerlo, y se queda de pie como espectador único de lo que quería. Su hijo y él. Los dos. Luego abre los brazos. (Mirar al agua,  Sáez de Ibarra23, pág. 34)


Niños queriendo ser hombres, como el protagonista de Pájaros, de Jesús Ortega, que muestra su enorme vulnerabilidad, su sumisión a la autoridad religiosa, un sacerdote del Opus Dei en este relato, en contra de sí mismo, bajo la enorme presión de su vulnerabilidad y su desamparo.
 

Su mansedumbre les fascinaba. ¿Por qué no se defendía? Para ponerlo a prueba lo sometían a ráfagas de bofetadas que le caían encima como tormentas de granizo. Él se tronchaba de risa, y cuanto más lo golpeaban más fuerte se reía.
—El mariquita ni protesta. (pág. 35)


En fin, tal vez no consiga transmitir lo que me propongo recurriendo solo a fragmentos, pero la impresión del lector al leer estas obras es la de adentrarse en un universo masculino que mina, sin pretenderlo tal vez, los cimientos de lo que se ha entendido como masculinidad convencional.

Sospechamos que estamos asistiendo a la representación del nacimiento de una nueva forma de sentirse hombre, todavía imprecisa y sin definir, que transformará para siempre una masculinidad que está quedando obsoleta. Una forma nueva e imprecisa de identidad que produce una literatura con rasgos nuevos: la que late en las obras que hemos enumerado, cuyos protagonistas tienen una relación marginal con el poder, como venía siendo en la mayoría de la ficción escrita por mujeres.

Los escritores varones que aquí comentamos, entre muchos otros, escriben desde y sobre su perplejidad ante la vida con un acercamiento más profundo e introspectivo, que muestra claramente la vulnerabilidad de un yo que no es ya sólido, monolítico y vuelto hacia el mundo, como en la masculinidad clásica, sino fragmentario y egocentrado, en el sentido de que se toma a sí mismo como objeto (rasgos estos también habituales en la literatura confesional escrita por mujeres), mostrándose así más frágiles, más inseguros24, más próximos a la sensibilidad que se atribuía, quizás demasiado a la ligera, solo a aquellas.

Frente a estos escritores, queremos oponer brevemente las formas de contar de autores que participan de una identidad más próxima al hombre del XIX  y mediados del XX que de finales del XX y principios del XXI, con un yo más acusado y próximo a la norma patriarcal. Elegiré unos pocos ejemplos que marcan nítidamente la diferencia.

Así de redundante comienza el relato del nonagenario protagonista de Memorias de mis putas tristes, de García Márquez25:
 

El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. (pág. 8)


La conversación de los banqueros que intercambian direcciones de niñas, vírgenes también, en Ivre du vin perdu, la escandalosa novela de Gabriel Matzneff26, apología de la pederastia, como el propio autor no tiene pudor alguno en defender también en sus manifestaciones públicas, no deja lugar a dudas sobre la posición del autor:
 

Il faut seulement lui télégraphier votre arrivée deux tours á l'avance, et la petite fille sera là quand vous dèbarquerez. Ces fillettes son des Thaï, qui sont achetées à neuf, ou dix ans. Mon ami la Montgolfière en a dejà fabriqué plus de cent. (pág. 26)27


O la violación a una joven tamil descrita por Pablo Neruda en su autobiografía, Confieso que he vivido, que no me resisto a dejar de reproducir aquí:
 

Mi solitario y aislado bungalow estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.
Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.
El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.
Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.
Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.
Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.
Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia. (pág. 44)


Claro que, a Neruda, siempre le gustaron las mujeres cuando callaban.

¿A qué complicidad entre escritor y lector se apelaba en estos incipit? Ninguna mujer puede identificarse con ese viejo rijoso que compra el amor de una niña virgen en la novela de García Márquez28; ni con los dos banqueros que hacen turismo sexual, con una desvergüenza inaudita al confesarlo, de Matzneff; ni con el abuso de la fuerza y el poder de Neruda frente a su sirvienta tamil. Pero estos autores sabían de sobra que contaban con la complicidad de los hombres al crear a sus protagonistas.

Una de las fantasías sexuales más profundamente arraigadas en el imaginario masculino convencional ha sido yacer con una niña-mujer adormecida, silente, cuya subjetividad no se exprese nunca, no sea que pueda contrariarles. Así nos enseñaron desde Kawabata29 hasta Nabokov30 y tantos otros. Mujeres inventadas por el varón, cuyo nombre propio muy bien podía ser desconocido o cambiado, para mejor sostener las proyecciones de sus amantes-Pigmalión.
 

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita. (Lolita, pág. 11)


En otro trabajo anterior inédito, Las bellas durmientes. Amor y senectud en los escritores del siglo XXI, analizamos en este sentido la obra de algunos premios Nobel como Kawabata, García Márquez o J. M. Coetzee; así como de otros aspirantes a serlo como André Brink o Philip Roth y, por último, de José María Guelbenzu. En ellas observamos que los escritores actuales han modificado sustancialmente la representación de las relaciones sexuales y amorosas que muestran en sus obras, acercándose hacia un modelo más igualitario (desde Coetzee a Guelbenzu, pasando por Roth y Brink, que podríamos entender como transición). Crece poco a poco el interés genuino por los sentimientos de la mujer amada, no solo por sus emociones amorosas, sino también por sus proyectos vitales, ajenos al varón; aumenta el interés por su subjetividad, en  clara oposición al mundo de bellas durmientes cuya eventual voz –es decir, la mínima muestra de subjetividad que la emisión de un sonido expresa– resultaba muchas veces, a los oídos de sus amantes seniles, “plebeya”.

¿Se dirigen ahora los escritores varones, que escriben de modo bien distinto a sus antecesores, a las mujeres, lectoras de ficción mucho más numerosas que sus congéneres? No lo sabemos, aunque no podemos dejar de pensar que el lector interno con quien dialogan ciertos escritores hoy ya no es exclusivamente masculino –por lo que aquellas viejas complicidades ya no sirven– , y que el diálogo “real” con las mujeres en términos de igualdad ha transformado, tal vez, la relación y el género de ese lector interior imaginario. De ser así, este sería entonces un claro ejemplo de cómo la recepción influye profundamente en la producción de la obra a través de mecanismos genuinos de comunicación, y no de oportunistas consideraciones de mercado.

Existe un abismo, pues, entre un tipo de escritores y otros. Entre el hombre fálico, identificado con la masculinidad más convencional, y estos otros hombres posmodernos de finales del siglo XX y comienzos del XXI, avergonzados a veces de sus propios deseos de machos, educados como tales pero reeducados, en un ejercicio constante de reescritura de sí mismos, por compañeras y compañeros que defienden una igualdad que acaban compartiendo, si bien con enormes contradicciones. Y esta tensión, esta lucha que es interna y externa, se expresa en incertidumbre, en búsqueda. Una búsqueda cuyo cicerone, en muchas ocasiones, resulta ser la propia mujer.

Así lo expresa J.R. Moehringer en El bar de las grandes esperanzas:
 

—Alguien tiene que hacer de ti un hombre –dijo Sheryl con voz cansada—. Y supongo que ese alguien tendré que ser yo (pag. 168).


O:
 

Todas las virtudes que yo asociaba a la masculinidad —dureza, persistencia, determinación, fiabilidad, honestidad, integridad, agallas— las ejemplificaba mi madre.


Las mujeres y la fratría, la compañía de otros hombres que dudan como ellos, son las fuentes que acercarán a los protagonistas de estos relatos y novelas a la respuesta sobre quienes son o han de llegar a ser, no negando a la madre ni a la mujer, como se supone que debían hacer los hombres educados en una masculinidad patriarcal, sino acercándose a ellas.

Las mujeres no aparecen tratadas en sus obras como mero objeto sexual, tal y como venía siendo tradicional en la literatura precedente, así como en la de tantos otros escritores contemporáneos que siguen representándolas como objetos de sus deseos, es decir, como exploración de sus propios anhelos y/o fantasías masculinos, y no de la subjetividad de la mujer misma; menos como objeto sexual, decía, que como amiga, guía, compañera, interlocutora válida, en fin, como partenaire en relaciones profundas e igualitarias.

Explicar únicamente como una cuestión de cambio de paradigma estético la construcción de estos narradores poco fiables, dubitativos, que no saben, que abandonan la omnisciencia para optar por una narración más digresiva y, a menudo, más metaliteraria, no explica totalmente el fenómeno que apuntamos aquí. La explicación tendría mucho más que ver, a nuestro juicio, con un cambio incipiente en las mentalidades de muchos hombres, los que escriben y los que no, que empieza a expresarse en los textos que producen algunos escritores, los que analizamos y otros, que representan un modo distinto de relacionarse consigo mismos y con la mujer. Se trata, creemos, de un signo más de los cambios que el feminismo ha producido en las mentalidades de hombres y mujeres, expresado en la literatura que aquí hemos querido mostrar31.

En la misma novela de Moehringer, el niño que busca cómo ser un hombre encuentra entre hombres aparentemente convencionales muchas respuestas. Como afirma Kiko Amat32 en la reseña de la novela que publicó en Babelia, los parroquianos del bar eran:
 

...fulanos incapaces de decirse que se quieren los unos a los otros, pues, afirma categóricamente Moeh­ringer, “entre hombres, aquellas cosas solo podían decirse en un bar”. Pájaros que saben que una cierta tristeza “formaba parte del arduo trabajo de la masculinidad.


Sin embargo, ese niño, guiado por las mujeres, descubrirá una masculinidad nueva una vez que la pregunta sobre ser un hombre haya sido contestada.

¿Se trata entonces de una construcción subjetiva recién llegada o de una nueva capacidad de los hombres para percibir aspectos e identificaciones que antes no podían ser aceptados como parte del yo masculino, siendo rechazados de plano?

Todavía no podemos responder a esta pregunta.

Lo que parece claro, a juzgar por el aplauso unánime que han recibido estas obras es que, en palabras de Eloy Fernández Porta:
 

Para un hombre, asumir el lenguaje del feminismo, sus reivindicaciones y actitudes, es entendido como un síntoma de progreso: es un modelo renovado de masculinidad que hace algo más que la generación precedente33.


Para concluir,  y como dijimos al principio, no creemos que exista un marcador de género en los textos literarios, en realidad en ningún texto, pero sí que la literatura tiene como finalidad representar lo humano, y el ser humano se transforma a través de la historia, por lo que, forzosamente, estas transformaciones han de trasladarse de una manera u otra a las obras que, a su vez, formarán nuevas subjetividades, nuevas formas de percibir lo que estaba negado o lo que es nuevo, en un recíproco y fructífero camino de ida y vuelta entre las producciones simbólicas de los hombres y de las mujeres y la influencia que estos discursos tendrán sobre los lectores, hombres y mujeres en formación. Sine die.

*Lola López Mondéjar es escritora. Su último libro, Cada noche, cada noche (Siruela, 2016). 
 
1. Butler, Judith, El género en disputa. Feminismo y subversión de la identidad. Paidós Studio, Barcelona, 2007.
2. Usón, Clara, La hija del este, Seix Barral, Barcelona, 2012.
3. Sanz, Marta, Farándula, Anagrama, Barcelona, 2015.
4. Beltrán, Rosa, La corte de los ilusos, Alfaguara, México, 2016.
5. Laura Ferrero, en su reseña en el ABC de las letras de Bailando en la oscuridad, la cuarta entrega de Mi lucha, los seis tomos autobiográficos que publicará Karl Ove (sábado 9 de julio 2016), afirma lo siguiente: “Pero la pregunta de fondo, que se mantiene a lo largo de sus otros tomos también, es la de qué es un hombre y si él lo es. Sus inseguridades, sus humillaciones en ese papel de padre que cambia los pañales a sus hijos, hace las tareas del hogar o que no sabe si será capaz de acostarse o no con una mujer, nos lo acercan: un hombre de carne y hueso que logra transmitirnos cotidianidad en todas sus vertientes, algo que hasta ahora estábamos más acostumbrados a ver en mujeres”.
6. Schenkar Joan, Patricia Highsmith. El talento de Miss Highsmith, Circe, Barcelona, 2010.
7. Arriaga Florez, Mercedes, Literatura escrita por mujeres, literatura femenina y literatura feminista en Italia. [En línea] [Visitado el 10 octubre 2016] http://www.escritorasyescrituras.com/cv/litmujer.pdf
8. El sexo de los ángeles, ¿existen marcadores de género en los textos literarios?, Revista Quimera, números de noviembre (396), pags. 46-50, y diciembre (397), pags. 47-51.
9. Redondo Goicoechea, Alicia, Mujeres y Narrativa, Siglo XXI de España editores, Madrid, 2009.
10. Cervera, Pepe, Premonición, Paréntesis editorial, Valencia, 2010.
11. Navarro, R. Felipe, Hombres felices, Páginas de Espuma, Madrid, 2016.
12. Zarraluki, Pedro, Te espero dentro, Ediciones Destino, Barcelona, 2014.
13. Sáez de Ibarra, Javier, Mirar el agua, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2009.
14. Knausgård, Karl Ove, Un hombre enamorado, Anagrama, Barcelona, 2014.
15. Moehringer, J.R., El bar de las grandes esperanzas, Duomo ediciones, Barcelona, 2015.
16. Castro, Celso, Entre culebras y extraños, Ediciones Destino, Barcelona, 2015.
17. Ortega, Jesús, Calle Aristóteles, Cuadernos del Vigía, Granada, 2011.
18. Spanbauer, Tom, Ahora es el momento, Literatura Random House, Barcelona, 2014.
19. Coetzee, J.M., Un hombre lento, Literatura Random House, Barcelona, 2005.
20. Williams, John, Stoner, Baile del sol, Tenerife, 2012.
21. Dejo de lado analizar la aproximación que algunos autores hacen de sus protagonistas femeninas desde una interioridad que sorprende por sus matices y aciertos. Es el caso, por citar solo un ejemplo, de la novela de Antonio Ansón, Como si fuera esta noche la última vez (Los libros del lince, Barcelona, 2016), que cuenta los últimos meses en la vida de una mujer enferma de cáncer con exquisita agudeza psicológica.
22. Sería materia de otro artículo investigar el ocultamiento sistemático que la historia de la literatura ha hecho de otras protagonistas femeninas más autónomas, que no han logrado trascender tanto en nuestro imaginario cultural como lo han hecho los prototipos más “histéricos” de mujer, afines a lo que el patriarcado espera de nosotras.
23. Sáez de Ibarra, Javier. Mirar el agua, Páginas de Espuma, Madrid, 2009.
24. En esta misma dirección, mostrando una masculinidad “débil”, aparecen  también los protagonistas de algunas películas como Fuerza mayor o Animales nocturnos, cuyo análisis realizamos en el siguiente artículo, Hombres débiles, que coincide con este otro sobre Animales nocturnos publicado por Octavio Salazar, El hombre débil.  
25. García Márquez, Memorias de mis putas tristes, Literatura Random House, Barcelona, 2004.
26. Matzneff, Gabriel, Ivre du vin perdu, Gallimard, París, 1983.
27.  “Solo es preciso telegrafiarle sobre vuestra llegada dos días antes y la niña estará allí cuando desembarquéis. Estas niñas son de Tailandia, son compradas a los nueve o diez años. Mi amiga La Montgolfière ha fabricado ya más de cien…” (Traducción de la autora). Adviértase el uso de “ha fabricado más de cien”, que vincula las niñas a objetos manufacturados para el uso de los pederastas europeos.
28. Sin embargo, las mujeres, voceras también del patriarcado y colonizadas por él, hemos tardado mucho tiempo en distanciarnos de estas posiciones, identificarlas y denunciarlas, pues el pensamiento hegemónico patriarcal naturalizaba la dominación masculina, ocultando el abuso.
29. Kawabata, Yasunari, La casa de las bellas durmientes, Emecé, Barcelona, 2013.
30. Nabokov, Vladimir, Lolita, Anagrama, Barcelona, 2002.
31. Es evidente que no se trata de un cambio homogéneo que afecte a la totalidad de la producción literaria escrita por varones, sino más bien de una tendencia, y que en nuestras librerías conviven toda clase de libros, incluidos aquellos en los que no se ha modificado en absoluto la idea de masculinidad y feminidad tradicionales.
32. Amat, Kiko, reseña en Babelia.
33. El Estado Mental, entrevista de María Angulo Egea a Eloy Fernández PortaMasculinidades emergentes.
 

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3 Comentarios
  • Javier Delgado Javier Delgado 27/08/17 03:16

    Magnífico artículo. Es un ensayo en miniatura, por lo que explica y, sobre todo, por cómo lo explica su autora. De acuerdo con su tesis general de que no creo que exista una marca de género en la literatura, pero sí que ésta, como cualquier otra manifestación artística, no es ni puede ser ajena a su tiempo, por lo que acaba reflejando el impulso del feminismo. Como autor, tanto en las voces narrativas que he elegido para mis novelas como en los protagonistas masculinos, me identifico con esas características que la autora ha explorado con tanto acierto. Felicidades.

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  • MaríaC MaríaC 12/05/17 01:34

    Muy bueno y muy interesante. ¡Brava, Lola!

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  • María Malva-Roja María Malva-Roja 07/05/17 18:47

    Magnífico trabajo. Tendría alguna matización que hacerle, pero no quiero enturbiar así el elogio claro que me apetece hacer de este artículo. Muchas gracias a la autora y a Infolibre.

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