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El cuento de todos

El contenido

  • "Se agachó hacia la caja y arrancó un extremo de la cinta de embalar, lo justo para entreabrir las solapas de cartón y echar un vistazo al contenido"
  • Ernesto Pérez Zúñiga continúa el relato colectivo iniciado por Ignacio Martínez de Pisón y Sara Mesa y que cerrará Miguel Ángel Muñoz el próximo viernes

Ignacio Martínez de Pisón | Sara Mesa | Ernesto Pérez Zúñiga Publicada 26/05/2017 a las 06:00 Actualizada 26/05/2017 a las 21:09    
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El escritor Ernesto Pérez Zúñiga.

El escritor Ernesto Pérez Zúñiga.

(Inicia Ignacio Martínez de Pisón.)

Pasaban unos minutos de las nueve de la mañana. El empleado de la estafeta subió desde dentro la persiana y se entretuvo un instante colocando la papelera en su sitio. Cuando rodeó el mostrador para situarse en la sección de recogida de paquetes, había ya una persona esperando. Era un hombre de unos cuarenta años, con la nariz algo torcida y barba de dos días. El empleado ni siquiera le había visto entrar. El otro, sin decir nada, dejó sobre el mostrador el aviso de llegada.

—Carné de identidad, por favor —dijo el empleado.

El hombre le mostró el documento sin sacarlo de la cartera. El empleado verificó los datos e hizo con la cabeza un gesto de asentimiento. Se le quedó grabado el nombre: Eladio. Con el papel en la mano buscó entre los sobres y paquetes que se apilaban en las estanterías metálicas. Era una caja rectangular, del tamaño de un horno microondas. Pero pesaba bastante más que un horno microondas. Para llevarla al mostrador tuvo que acomodársela en los antebrazos y sostenerla contra el pecho. Soltó un silbido de admiración, pero el otro ni se inmutó. Pasó después el lector de códigos de barras y le tendió el dispositivo PDA.

—Una firma —dijo—. Con el puntero.

El hombre hizo un garabato, cogió la caja y se marchó sin despedirse. El empleado le siguió con la mirada.

Un cuarto de hora después, Antón Salillas, director de una sucursal del Banco de Santander, apuraba su café con leche ante la barra de la cafetería Las Palomas. Intercambió algún comentario intrascendente con el camarero y se despidió con un movimiento de cabeza. Cuando se disponía a salir, su mirada se detuvo en un cliente que hojeaba un periódico deportivo en una de las mesas próximas a la entrada.

—¿Eladio? —dijo Antón—. ¿Eres tú?

El otro se quitó las gafas de vista cansada y le observó con extrañeza. A sus pies tenía una caja rectangular del tamaño de un horno.

—¿Perdone?

—¿No eres Eladio? De la facultad... De Económicas...

—Se equivoca. Lo siento.

—El novio de Elena. De Elenita Ramos, que tenía un grupo que cantaba canciones en inglés... —insistió Antón con gesto incrédulo.

—Ya le he dicho que se equivoca —replicó el otro con aspereza—. No sé quién es esa Elenita. No sé de qué me habla. Me confunde con otra persona.

Antón farfulló unas disculpas y se fue. A través de la cristalera de la cafetería se veían los portales y negocios de la otra acera: una peluquería, una clínica veterinaria, una óptica, una sucursal del Banco de Santander. Si Eladio se hubiera vuelto hacia su izquierda, habría visto a Antón cruzar por el paso de cebra y entrar en la oficina bancaria. Pero nada de lo que ocurría fuera del local despertaba su curiosidad. De hecho, tampoco lo que pasaba en el interior parecía interesarle. Terminó de hojear el periódico y se quitó las gafas. Miró el reloj con propaganda de Coca-Cola que había sobre la máquina de tabaco: faltaban tres minutos para las nueve y media. Dio un trago al vaso de agua mineral y dejó unas monedas sobre el platillo de la cuenta.

Luego se agachó hacia la caja y arrancó un extremo de la cinta de embalar, lo justo para entreabrir las solapas de cartón y echar un vistazo al contenido. Comprobó con los dedos el envoltorio de burbujas de plástico y cerró otra vez la caja. Esperó hasta que el segundero del reloj de Coca-Cola marcara exactamente las nueve y media. Entonces agarró la caja con ambas manos y salió de la cafetería Las Palomas. Viéndole cruzar por el paso de cebra con la caja en brazos, no parecía tan pesada como cuando el empleado de Correos la había colocado sobre el mostrador.

(Continúa Sara Mesa.)

Sin embargo, su manera de cogerla, con sumo cuidado, y el paso tranquilo a pesar de la carga, le daban un aspecto tan extraño, tan inusual como poco, que atraía las miradas de aquellos con los que se cruzaba. No, no tenía una apariencia normal en absoluto.

Eso, al menos, fue lo que pensó Antón al observarlo desde los ventanales de su despacho. Qué raro, se dijo, y de inmediato supo que la caja –el hecho de que Eladio transportase la caja— tenía que ver, y mucho, con la negación que acababa de hacer –que él no era Eladio— y, sobre todo, con la negación que acababa de hacerle a Elena –a Elenita, a la que nadie, jamás, podría haber olvidado—.

Era absurdo, sí, no tenía sentido ninguno, pero aun así agarró la chaqueta, masculló una excusa a la cajera que entraba justo entonces en la oficina y salió de nuevo, impulsivo, casi sin pensarlo –sin pensar, desde luego, en el sentido de la persecución que iba a comenzar-.

Pues podría hablarse sin duda de una persecución. Cómo si no podría catalogarse la carrerita –absurda, también ella— que tuvo que dar para alcanzar a ver, de nuevo, a Eladio con su caja, doblando ahora a su izquierda, hacia la ancha avenida de palmeras, todavía cadencioso, inalterado, como si en efecto la caja no pesara lo más mínimo. Una persecución que empezó así, con la carrerita, para de inmediato frenarse: no es cuestión de que lo descubra a sus espaldas, no tendría excusas que darle, qué hace después de todo un director de banco –¡de una oficina del Santander!— persiguiendo a un ex compañero de facultad cuyo único mérito ya entonces –pues era provinciano y torpe y ni siquiera demasiado agraciado—, cuyo único mérito, se repetía Antón guardando la distancias, fue haber sido el novio de Elenita.

Ah, Elena, Elenita, cómo podía alguien negarla de esa forma. ¿Qué era lo que había dicho Eladio en Las Palomas? ¿No sé quién es esa Elenita? ¿Esa Elenita? ¿Con ese tono tan despectivo, lo había dicho? ¿Me confunde con otro, había dicho?

Según avanzaba, Antón se iba sofocando. Una de las cosas que peor toleraba era que lo tomasen por tonto. Y ya no había duda, para él, de que Eladio, ese Eladio desmemoriado –fingidamente desmemoriado, claro— había pretendido reírse de él. Ninguna novedad, después de todo. ¿No era cierto, acaso, que en la facultad también se había reído de él más de una vez? Se le subía todo el calor a las mejillas, a la frente. La ira bombeaba. ¿Por qué tenía que acordarse ahora de todo aquello?

Se detuvo porque Eladio también se había parado. Con la caja ahora a sus pies, consultaba el móvil. Cinco, seis metros de diferencia como mucho entre hombre y hombre: uno tranquilo, seguro de sí mismo; el otro jadeante, rencoroso. Antón pensó: soy patético, sí, soy lamentable, pero míralo a él, con los vaqueros gastadísimos y anticuados, cargando una vulgar caja de cartón por la calle, y mírame a mí, director de una oficina del Santander, con mi traje impoluto y mis zapatos recién abrillantados. Entonces, mientras lo veía manipular el móvil –tecleaba, sin duda, cualquier nimiedad, pensó—, tuvo que reconocer que, para que la comparación fuese del todo justa, debía conocer el contenido exacto de la caja. Y otra vez le volvió la certidumbre, nítida y cristalina, de que fuese lo que fuese lo que contuviera, tenía relación con la desaparecida Elena.

Ay, Elenita.

(Sigue Ernesto Pérez Zúñiga.)

“Me está siguiendo

Ha picado

Como tú decías

Es una araña”

Elena sonrió con alivio al leer la ristra de whastapps que le acababa de mandar Eladio. Ella había adivinado que aquel psicópata obraría justo así: proyectando su baboso ego sobre cualquier circunstancia que despertase su curiosidad. Durante los años universitarios, Antón aparecía en cada uno de sus conciertos, con el pelo engominado y la cartera repleta de los billetes que le regalaban sus papás. Antón no daba un palo al agua, pero se presentaba en los improvisados camerinos de las salas con el convencimiento de que aquel dinero compraría el cuerpo de Elena. No quería otra cosa. Hacerla puta. Elena la Cienfuegos la llamaban él y el grupo de pijos de la facultad. No respetaban su relación con Eladio, al que consideraban un  piojoso, un “pelúo” tímido y sin un duro en el bolsillo, al que casi apartaban, a pesar de que era grande como un armario, para situarse ante ella y piropearla en corro, mientras el resto de los músicos se miraba con asco y complicidad, encendiendo el primer porro de la noche.

Elena había puesto toda su fe en ese grupo, One hundred lights, cuyas canciones, compuestas en inglés, estaban destinadas a triunfar en el mundo entero. Y así parecía al principio, cuando grabaron dos vinilos consecutivos que los situaron en los programas de Radio 3 y en el circuito de salas alternativas de media España. Poco le importaba entonces que Antón hubiera inventado aquel mote para ella, traduciendo libremente el nombre del grupo, ni que desabrochara con la mirada cada uno de los botones de sus camisas rojas, las que se ponía para cantar, en el abultado escote. Todavía no le asqueaba la idea de despertar “cienfuegos” en los demás. Fue mucho más tarde de que ella decidiera abandonar a Eladio. Incluso mucho más tarde de que Elena y sus compañeros tiraran su carrera musical en las madrugadas de cocaína, pastillas y alcohol, como quien desperdiga una absurda colección de espejos rotos.

El pobre Eladio la había estado siguiendo concierto a concierto como un perro que se conforma con las últimas caricias de su amo antes de dormir y después de contemplarla a ella, triunfante diosa de las veladas, entre los halagos y ofertas de los demás, tratando de cuidarla siempre, de protegerla del deseo de los otros y especialmente del deseo de Antón, que no se perdía ninguno de sus actuaciones cuando tocaba en Madrid. Por eso, Elena le hizo el favor de cortar con él, y por eso, por aquella lealtad canina, Eladio la había seguido buscando durante los últimos 20 años y todavía la visitaba cada noche en el bar. Podrían haber recuperado una relación formal si hubieran consumido la dosis suficiente de locura, pero prefirieron ser amigos cada uno al otro lado de una barra, desde donde juzgaban el amor ajeno como el resultado de una baja pasión (“concretamente, en la zona pélvica”, se burlaban), acompañada de una venda en los ojos.

Elena había envejecido mal y malvivía como camarera de los garitos nocturnos que la seguían contratando, lustro tras lustro, gracias al ajado prestigio de One hundred lights. Estaba tan flaca y arrugada que ni los clientes más borrachos de la última hora la miraban con una viruta de deseo. No le importaba. Ella había aprendido a odiar esa pulsión vacía y pegajosa de tantos hombres,  “una pulsión arácnida", como ella la definía, y que concentraba en un solo recuerdo, narrado una y otra vez ante la paciencia de Eladio.

Sucedió en las postrimerías de la época de gloria, cuando One hundred lights comenzaba a trabajar por poco dinero en antros de madrugada. Entonces apareció Antón, esta vez solo, y al final del concierto quiso invitarla a una copa. Ella accedió por imaginar que la soledad desaparecía, que el fracaso que ya estaba tocando no contrastaba con los planes ufanos de Antón: playas de Miami, Hilton de New York, el trabajo bancario en el que ya se estaba forrando, “dinero fácil, Cienfuegos”, decía él, “a cambio de la necesidad de los demás”. Reía y a ella le dio tanto asco que decidió ir a mear, casi sin ganas. Cuando al abrir la puerta del baño sufrió un repentino mareo, supo que Antón le había echado una droga en la copa en algún momento de distracción. Fue en ese momento cuando llegó él y la empujó hacia dentro. Elena recibió una lengua blanda en la oreja, y la dureza del pene en la pierna. Primero allí. Porque él le bajó los pantalones, mientras ella trataba de no caerse al suelo.

Elena no se lo había vuelto a encontrar en dos décadas hasta que, por casualidad, lo vio entrar, fofo y acicalado, en la oficina de un banco de la glorieta de Bilbao. Se le aceleró tanto el corazón que no supo hacer otra cosa que seguirle. Pasó la puerta giratoria. Fingió guardar la cola y, desde allí, lo descubrió detrás de la cristalera de un despacho. Aunque se movía como un ser humano, no era más que un insecto. Un insecto depredador. Una enorme araña encorbatada.

Mirándolo, se acordó de una de las historias que le habían contado, a ella y a Eladio, uno de los borrachos que se acodaban en la barra hasta el cierre del pub. Un coleccionista de tarántulas. Cómo las recibía por paquete postal en grandes cajas de cartón, donde se acumulaban en botes de plástico, ventilados, uno por araña y rellenos de tierra, separados por apretadas madejas de algodón. En Internet había un tutorial sobre cómo hacerlo, si no le creían. Por encima, los botes se envuelven en burbujas de plástico para que no se muevan, aunque cuidando de hacer agujeritos suficientes para que las tarántulas puedan respirar.

—¿Y eso no lo inspecciona nadie? —había preguntado Eladio después de vaciar el tercio de Mahou.

—Una vez pillaron a un alemán, Sven Koppler, mi héroe. Porque el muy animal había enviado trescientos de golpe —había contestado el coleccionista.

“Nosotros necesitaríamos muchas menos”, pensó Elena observando los movimientos eficaces y estresados de Antón tras el cristal.

*Ignacio Martínez de Pisón es escritor. Su último libro, Derecho natural (Seix Barral, 2017).

*Sara Mesa es escritora. Su último libro, Un incendio invisible (Anagrama, 2017), reedición revisada de su novela de 2011.

*Ernesto Pérez Zúñiga es escritor. Su último libro, No cantaremos en tierra de extraños (Galaxia Gutenberg, 2016). 
 
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