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Los libros

Europa, peaje para el ser humano

  • El origen del relato es la llegada de una familia de un país que podría ser cualquiera de aquellos que vemos convertidos en exportadores de almas
  • Cristina Cerrada no deja espacio para la imaginación o la metáfora, elementos que no tendrían sentido ante lo que se está contando

Ramón Rozas Publicada 26/05/2017 a las 06:00 Actualizada 25/05/2017 a las 21:52    
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Europa
Cristina Cerrada

Seix Barral
Barcelona

2017

 
Europa, de Cristina Cerrada.Aúllan las fronteras en Europa. Se borran las líneas de los mapas con las lágrimas del dolor y la incomprensión de tantos que se mueven en una huida que nos deja en evidencia al resto, es decir, a aquellos que, a través de las imágenes de los informativos de televisión, de las lecturas de las páginas de prensa o de las voces que nos cuentan desde la radio, asistimos a cómo el éxodo, otro éxodo, define nuestro fracaso como comunidad. Europa, la vieja Europa, la gran dama virtuosa ha quedado al descubierto, enseñando sus pudorosos muslos, frente a lo inmoral de su comportamiento excluyente con el ser humano.


Cristina Cerrada pone sus palabras al servicio de esa situación con su novela Europaun relato que habla de esa huida que gestiona el desaliento de miles de personas ante el proceso en el que están inmersas, en el que no hay respuestas ante tantas preguntas, pero sobre todo, en el que la zozobra y el desconcierto sepultan gran parte de lo que somos. La llegada de una familia de un país que podría ser cualquiera de aquellos que vemos convertidos en exportadores de almas a Europa occidental es el origen de este relato en el que asistimos a la complicada integración de los miembros del clan en un espacio diferente. Si algún elemento se verá seriamente afectado, éste será el de los sentimientos de los protagonistas, rehenes de la nueva situación en la que la herida no dejará de supurar para orquestar a una nueva especie de ser humano, repleto de odio, de dolor, de desconfianza, de miedo, de frustración... en definitiva, menos humanos. Caros peajes que todo éxodo ancla en la persona para cambiar las miradas, para poner el dedo en la llaga y aumentar así el dolor frente a lo que está viviendo.

Heda, la hija protagonista de la novela, es sobre la que la autora pone la mayor parte de la carga dramática. Un lastre que cada vez se hace más pesado, impidiendo una mayor libertad, pero ante todo minimizando las posibilidades de la persona frente al conjunto planteado mediante dos escenarios. El espacio familiar, simbolizado en el deseo de los padres por mantener el concepto de hogar, por armonizar un espacio en el que los hijos puedan sentir la necesidad y el valor de esos lazos; y el profesional, el trabajo en una fábrica en el que todo es sobresalto, en el que las miradas contienen una sensación de rabia en aumento donde todo es duda, al tiempo que aparece contaminado por esa pérdida de confianza en el ser humano. Y de fondo un suceso que todo lo enturbia, que añade la tensión necesaria para entender como la deriva culmina en el caos.

Para todo esto, Cristina Cerrada hábilmente elige un lenguaje seco, aristado, cortante. Frases breves en las que no se deja espacio para la imaginación o la metáfora, elementos que no tendrían sentido ante lo que se está contando, necesitado el relato de esa precisión quirúrgica para dar la sensación de urgencia, de vidas perecederas en las que la distracción no tiene cabida, ya que tan solo se trata de respirar. Todo esto le concede un vigor a la hora de la narración que marca al lector de cerca en la necesidad de certificar esa nitidez para validar aquello que se le está contando. Para registrar el inevitable dolor que deja este rastro de países sin nombre, de gritos que lentamente se van apagando dentro de esas nuevas vidas que se mantienen en pie sujetas por un fino hilo. Un hilo que más que de resistencia es de reto por la permanencia en un mundo cada vez más inhóspito.

Nombres propios, situaciones, escenarios… son los títulos de cada uno de los episodios en los que se condensa una historia de sorprendente precisión por ser capaz de contener entre sus líneas tantas voces como silencios para hablarnos, paradójicamente, de una permanente sensación de pesar. Un ahogo en el que este relato puntual parece ser una gota en un océano de lamentos a los que desgraciadamente seguimos permaneciendo demasiado ajenos.

*Ramón Rozas es crítico literario.

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