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El cuento de todos

El contenido

  • "Se agachó hacia la caja y arrancó un extremo de la cinta de embalar, lo justo para entreabrir las solapas de cartón y echar un vistazo al contenido"
  • Miguel Ángel Muñoz cierra el relato colectivo construido por Ignacio Martínez de Pisón, Sara Mesa y Ernesto Pérez Zúñiga

Ignacio Martínez de Pisón | Sara Mesa | Ernesto Pérez Zúñiga | Miguel Ángel Muñoz Publicada 02/06/2017 a las 06:00 Actualizada 01/06/2017 a las 20:38    
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El escritor Miguel Ángel Muñoz.

El escritor Miguel Ángel Muñoz.

(Inicia Ignacio Martínez de Pisón.)

Pasaban unos minutos de las nueve de la mañana. El empleado de la estafeta subió desde dentro la persiana y se entretuvo un instante colocando la papelera en su sitio. Cuando rodeó el mostrador para situarse en la sección de recogida de paquetes, había ya una persona esperando. Era un hombre de unos cuarenta años, con la nariz algo torcida y barba de dos días. El empleado ni siquiera le había visto entrar. El otro, sin decir nada, dejó sobre el mostrador el aviso de llegada.

—Carné de identidad, por favor —dijo el empleado.

El hombre le mostró el documento sin sacarlo de la cartera. El empleado verificó los datos e hizo con la cabeza un gesto de asentimiento. Se le quedó grabado el nombre: Eladio. Con el papel en la mano buscó entre los sobres y paquetes que se apilaban en las estanterías metálicas. Era una caja rectangular, del tamaño de un horno microondas. Pero pesaba bastante más que un horno microondas. Para llevarla al mostrador tuvo que acomodársela en los antebrazos y sostenerla contra el pecho. Soltó un silbido de admiración, pero el otro ni se inmutó. Pasó después el lector de códigos de barras y le tendió el dispositivo PDA.

—Una firma —dijo—. Con el puntero.

El hombre hizo un garabato, cogió la caja y se marchó sin despedirse. El empleado le siguió con la mirada.

Un cuarto de hora después, Antón Salillas, director de una sucursal del Banco de Santander, apuraba su café con leche ante la barra de la cafetería Las Palomas. Intercambió algún comentario intrascendente con el camarero y se despidió con un movimiento de cabeza. Cuando se disponía a salir, su mirada se detuvo en un cliente que hojeaba un periódico deportivo en una de las mesas próximas a la entrada.

—¿Eladio? —dijo Antón—. ¿Eres tú?

El otro se quitó las gafas de vista cansada y le observó con extrañeza. A sus pies tenía una caja rectangular del tamaño de un horno.

—¿Perdone?

—¿No eres Eladio? De la facultad... De Económicas...

—Se equivoca. Lo siento.

—El novio de Elena. De Elenita Ramos, que tenía un grupo que cantaba canciones en inglés... —insistió Antón con gesto incrédulo.

—Ya le he dicho que se equivoca —replicó el otro con aspereza—. No sé quién es esa Elenita. No sé de qué me habla. Me confunde con otra persona.

Antón farfulló unas disculpas y se fue. A través de la cristalera de la cafetería se veían los portales y negocios de la otra acera: una peluquería, una clínica veterinaria, una óptica, una sucursal del Banco de Santander. Si Eladio se hubiera vuelto hacia su izquierda, habría visto a Antón cruzar por el paso de cebra y entrar en la oficina bancaria. Pero nada de lo que ocurría fuera del local despertaba su curiosidad. De hecho, tampoco lo que pasaba en el interior parecía interesarle. Terminó de hojear el periódico y se quitó las gafas. Miró el reloj con propaganda de Coca-Cola que había sobre la máquina de tabaco: faltaban tres minutos para las nueve y media. Dio un trago al vaso de agua mineral y dejó unas monedas sobre el platillo de la cuenta.

Luego se agachó hacia la caja y arrancó un extremo de la cinta de embalar, lo justo para entreabrir las solapas de cartón y echar un vistazo al contenido. Comprobó con los dedos el envoltorio de burbujas de plástico y cerró otra vez la caja. Esperó hasta que el segundero del reloj de Coca-Cola marcara exactamente las nueve y media. Entonces agarró la caja con ambas manos y salió de la cafetería Las Palomas. Viéndole cruzar por el paso de cebra con la caja en brazos, no parecía tan pesada como cuando el empleado de Correos la había colocado sobre el mostrador.

(Continúa Sara Mesa.)

Sin embargo, su manera de cogerla, con sumo cuidado, y el paso tranquilo a pesar de la carga, le daban un aspecto tan extraño, tan inusual como poco, que atraía las miradas de aquellos con los que se cruzaba. No, no tenía una apariencia normal en absoluto.

Eso, al menos, fue lo que pensó Antón al observarlo desde los ventanales de su despacho. Qué raro, se dijo, y de inmediato supo que la caja –el hecho de que Eladio transportase la caja— tenía que ver, y mucho, con la negación que acababa de hacer –que él no era Eladio— y, sobre todo, con la negación que acababa de hacerle a Elena –a Elenita, a la que nadie, jamás, podría haber olvidado—.

Era absurdo, sí, no tenía sentido ninguno, pero aun así agarró la chaqueta, masculló una excusa a la cajera que entraba justo entonces en la oficina y salió de nuevo, impulsivo, casi sin pensarlo –sin pensar, desde luego, en el sentido de la persecución que iba a comenzar-.

Pues podría hablarse sin duda de una persecución. Cómo si no podría catalogarse la carrerita –absurda, también ella— que tuvo que dar para alcanzar a ver, de nuevo, a Eladio con su caja, doblando ahora a su izquierda, hacia la ancha avenida de palmeras, todavía cadencioso, inalterado, como si en efecto la caja no pesara lo más mínimo. Una persecución que empezó así, con la carrerita, para de inmediato frenarse: no es cuestión de que lo descubra a sus espaldas, no tendría excusas que darle, qué hace después de todo un director de banco –¡de una oficina del Santander!— persiguiendo a un ex compañero de facultad cuyo único mérito ya entonces –pues era provinciano y torpe y ni siquiera demasiado agraciado—, cuyo único mérito, se repetía Antón guardando la distancias, fue haber sido el novio de Elenita.

Ah, Elena, Elenita, cómo podía alguien negarla de esa forma. ¿Qué era lo que había dicho Eladio en Las Palomas? ¿No sé quién es esa Elenita? ¿Esa Elenita? ¿Con ese tono tan despectivo, lo había dicho? ¿Me confunde con otro, había dicho?

Según avanzaba, Antón se iba sofocando. Una de las cosas que peor toleraba era que lo tomasen por tonto. Y ya no había duda, para él, de que Eladio, ese Eladio desmemoriado –fingidamente desmemoriado, claro— había pretendido reírse de él. Ninguna novedad, después de todo. ¿No era cierto, acaso, que en la facultad también se había reído de él más de una vez? Se le subía todo el calor a las mejillas, a la frente. La ira bombeaba. ¿Por qué tenía que acordarse ahora de todo aquello?

Se detuvo porque Eladio también se había parado. Con la caja ahora a sus pies, consultaba el móvil. Cinco, seis metros de diferencia como mucho entre hombre y hombre: uno tranquilo, seguro de sí mismo; el otro jadeante, rencoroso. Antón pensó: soy patético, sí, soy lamentable, pero míralo a él, con los vaqueros gastadísimos y anticuados, cargando una vulgar caja de cartón por la calle, y mírame a mí, director de una oficina del Santander, con mi traje impoluto y mis zapatos recién abrillantados. Entonces, mientras lo veía manipular el móvil –tecleaba, sin duda, cualquier nimiedad, pensó—, tuvo que reconocer que, para que la comparación fuese del todo justa, debía conocer el contenido exacto de la caja. Y otra vez le volvió la certidumbre, nítida y cristalina, de que fuese lo que fuese lo que contuviera, tenía relación con la desaparecida Elena.

Ay, Elenita.

(Sigue Ernesto Pérez Zúñiga.)

“Me está siguiendo

Ha picado

Como tú decías

Es una araña”

Elena sonrió con alivio al leer la ristra de whastapps que le acababa de mandar Eladio. Ella había adivinado que aquel psicópata obraría justo así: proyectando su baboso ego sobre cualquier circunstancia que despertase su curiosidad. Durante los años universitarios, Antón aparecía en cada uno de sus conciertos, con el pelo engominado y la cartera repleta de los billetes que le regalaban sus papás. Antón no daba un palo al agua, pero se presentaba en los improvisados camerinos de las salas con el convencimiento de que aquel dinero compraría el cuerpo de Elena. No quería otra cosa. Hacerla puta. Elena la Cienfuegos la llamaban él y el grupo de pijos de la facultad. No respetaban su relación con Eladio, al que consideraban un  piojoso, un “pelúo” tímido y sin un duro en el bolsillo, al que casi apartaban, a pesar de que era grande como un armario, para situarse ante ella y piropearla en corro, mientras el resto de los músicos se miraba con asco y complicidad, encendiendo el primer porro de la noche.

Elena había puesto toda su fe en ese grupo, One hundred lights, cuyas canciones, compuestas en inglés, estaban destinadas a triunfar en el mundo entero. Y así parecía al principio, cuando grabaron dos vinilos consecutivos que los situaron en los programas de Radio 3 y en el circuito de salas alternativas de media España. Poco le importaba entonces que Antón hubiera inventado aquel mote para ella, traduciendo libremente el nombre del grupo, ni que desabrochara con la mirada cada uno de los botones de sus camisas rojas, las que se ponía para cantar, en el abultado escote. Todavía no le asqueaba la idea de despertar “cienfuegos” en los demás. Fue mucho más tarde de que ella decidiera abandonar a Eladio. Incluso mucho más tarde de que Elena y sus compañeros tiraran su carrera musical en las madrugadas de cocaína, pastillas y alcohol, como quien desperdiga una absurda colección de espejos rotos.

El pobre Eladio la había estado siguiendo concierto a concierto como un perro que se conforma con las últimas caricias de su amo antes de dormir y después de contemplarla a ella, triunfante diosa de las veladas, entre los halagos y ofertas de los demás, tratando de cuidarla siempre, de protegerla del deseo de los otros y especialmente del deseo de Antón, que no se perdía ninguno de sus actuaciones cuando tocaba en Madrid. Por eso, Elena le hizo el favor de cortar con él, y por eso, por aquella lealtad canina, Eladio la había seguido buscando durante los últimos 20 años y todavía la visitaba cada noche en el bar. Podrían haber recuperado una relación formal si hubieran consumido la dosis suficiente de locura, pero prefirieron ser amigos cada uno al otro lado de una barra, desde donde juzgaban el amor ajeno como el resultado de una baja pasión (“concretamente, en la zona pélvica”, se burlaban), acompañada de una venda en los ojos.

Elena había envejecido mal y malvivía como camarera de los garitos nocturnos que la seguían contratando, lustro tras lustro, gracias al ajado prestigio de One hundred lights. Estaba tan flaca y arrugada que ni los clientes más borrachos de la última hora la miraban con una viruta de deseo. No le importaba. Ella había aprendido a odiar esa pulsión vacía y pegajosa de tantos hombres,  “una pulsión arácnida", como ella la definía, y que concentraba en un solo recuerdo, narrado una y otra vez ante la paciencia de Eladio.

Sucedió en las postrimerías de la época de gloria, cuando One hundred lights comenzaba a trabajar por poco dinero en antros de madrugada. Entonces apareció Antón, esta vez solo, y al final del concierto quiso invitarla a una copa. Ella accedió por imaginar que la soledad desaparecía, que el fracaso que ya estaba tocando no contrastaba con los planes ufanos de Antón: playas de Miami, Hilton de New York, el trabajo bancario en el que ya se estaba forrando, “dinero fácil, Cienfuegos”, decía él, “a cambio de la necesidad de los demás”. Reía y a ella le dio tanto asco que decidió ir a mear, casi sin ganas. Cuando al abrir la puerta del baño sufrió un repentino mareo, supo que Antón le había echado una droga en la copa en algún momento de distracción. Fue en ese momento cuando llegó él y la empujó hacia dentro. Elena recibió una lengua blanda en la oreja, y la dureza del pene en la pierna. Primero allí. Porque él le bajó los pantalones, mientras ella trataba de no caerse al suelo.

Elena no se lo había vuelto a encontrar en dos décadas hasta que, por casualidad, lo vio entrar, fofo y acicalado, en la oficina de un banco de la glorieta de Bilbao. Se le aceleró tanto el corazón que no supo hacer otra cosa que seguirle. Pasó la puerta giratoria. Fingió guardar la cola y, desde allí, lo descubrió detrás de la cristalera de un despacho. Aunque se movía como un ser humano, no era más que un insecto. Un insecto depredador. Una enorme araña encorbatada.

Mirándolo, se acordó de una de las historias que le habían contado, a ella y a Eladio, uno de los borrachos que se acodaban en la barra hasta el cierre del pub. Un coleccionista de tarántulas. Cómo las recibía por paquete postal en grandes cajas de cartón, donde se acumulaban en botes de plástico, ventilados, uno por araña y rellenos de tierra, separados por apretadas madejas de algodón. En Internet había un tutorial sobre cómo hacerlo, si no le creían. Por encima, los botes se envuelven en burbujas de plástico para que no se muevan, aunque cuidando de hacer agujeritos suficientes para que las tarántulas puedan respirar.

—¿Y eso no lo inspecciona nadie? —había preguntado Eladio después de vaciar el tercio de Mahou.

—Una vez pillaron a un alemán, Sven Koppler, mi héroe. Porque el muy animal había enviado trescientos de golpe —había contestado el coleccionista.

“Nosotros necesitaríamos muchas menos”, pensó Elena observando los movimientos eficaces y estresados de Antón tras el cristal.

(Cierra Miguel Ángel Muñoz.)

Eladio había ejecutado el plan de Elenita con minuciosa lealtad, sin plantearle ningún reparo. Durante los últimos tres meses rastreó Internet hasta encontrar un proveedor de tarántulas brasileñas que se anunciaba como experto en tráfico ilegal de especies. Hizo el encargo a su nombre. Al fin y al cabo era él quien se sacrificaba para que Elena cumpliese su venganza, tan rumiada. Aquella inverosímil aventura dibujaba una última oportunidad en el horizonte de Eladio. La ocasión perfecta para que Elena terminara por sentir hacia él algún tipo de aprecio, muy distinto a la conmiseración que le había ofrecido durante años, migajas de un amor imposible.

Eladio no le había contado detalles personales de los últimos años. Había terminado por ser para Elena el reflejo simbólico de su máscara, un cuerpo desaliñado y alcohólico que tropezaba al andar y le hablaba con titubeos, transformando los torpes coqueteos con los que siempre había intentado seducirla en chistes sin gracia, en historias a medio contar. Su metro noventa, su complexión musculosa había degenerado en un cuerpo inflado, aunque todavía vigoroso.

No le había contado cómo, en los últimos años, todo se había hundido a su alrededor. Eladio había vuelto a vivir con su madre para consolarla de que el impago de una hipoteca, concedida por el Santander y que ella había avalado con la casa familiar, los dejaría, en apenas una semana, sin casa, sin un lugar en el que Eladio pudiera recogerse cuando volviera, borracho, a veces meado encima, tras cada uno de sus intentos por venderse ante Elenita como digno aún de alguna forma de amor. No soportaba la idea de ver a su madre, con los ochenta ya cumplidos, aprendiendo de memoria —su memoria arrasada— los lugares de la ciudad donde podrían comer y alojarse gratis.

Llegó hasta el coche, un Ibiza rojo con la pintura corroída por el tiempo y la falta de mantenimiento. Lo había dejado en una calle lateral, bastante escondida. Giró levemente la cabeza para asegurarse de que Antón Salillas seguía allí, culminando su ridícula persecución. Eladio abrió la puerta trasera y empujó la caja hasta el otro lado del asiento. Tuvo que apoyar la rodilla izquierda sobre la tapicería y sintió un dolor muscular que le cruzó la espalda. Un pinzamiento, un signo de que no tenía tiempo que perder. Su cuerpo, al que había sometido durante las dos últimas semanas a sesiones intensivas de pesas y tonificación, estaba a punto de quebrarse. Se había preparado para ese momento.

No había querido que Elenita supiese cómo iba a hacerlo. Ejecutó los movimientos con la seguridad de un samurái silencioso, audaz y comprometido con su misión. Todavía arrodillado en el asiento, con la caja colocada por fin, se volvió hacia Antón. Al verse descubierto, el director de la sucursal del Santander, su banco ejecutante, sonrió de un modo forzado y ambiguo. Eladio le regaló otra sonrisa, esta vez franca y amistosa. Se incorporó y, sin dejar de mirarle a los ojos, con un ofrecimiento cortés que no evidenciaba el agarrotamiento felino de los músculos, le extendió la mano abierta, con la piel de los dedos cuarteada. Antón se relajó y la estrechó, con la costumbre del que traducía cada uno de esos saludos al lenguaje de los negocios cerrados, de los fondos de inversión contratados, de créditos prometidos a clientes desesperados. Y fue el signo que el samurái necesitaba para descargar el golpe, para tirar de su brazo y empujarlo dentro del coche. Allí reprodujo los ensayados pasos de su plan, en homenaje a Elenita, a cada una de las canciones que le había aplaudido durante esos años en los bares más sórdidos.

Condujo hasta una colina en las afueras, junto a la vieja cementera, y se dispuso a esperar la anochecida. Antón, molido a golpes y dormido por el cloroformo, daba cabezadas sobre el respaldo, como un boxeador sonado que espera una toalla que le cubra la cara. Tenía la corbata manchada con pinceladas de sangre. A Eladio los nudillos le ardían.

Cuando las sombras oscurecieron el interior del coche, supo que era el momento que tanto había esperado. Puso el primer CD de “One hundred lights”. Estaba manoseado. Los colores de la portada se habían opacado. La voz de Elenita no tardó en cantar el primer tema: una canción bailable, pero con ritmo de bolero. Subió el volumen al máximo y pasó al asiento de atrás.

Con parsimonia ritual, abrió el paquete. En el interior había ocho botes perfectamente embalados. Ni siquiera llegó a sacarlos. Giró las ocho tapas y volcó el contenido de la caja, moviéndola como si agitara un cedazo, sobre Antón, pero también encima de sí. No estaba seguro de que todas las tarántulas hubiesen caído encima de las ropas. Alguna se había quedado enganchada del plástico protector, pero acabó por volar hasta el tapizado.
Sólo distinguía la danza ingrávida de las patas de algunas de ellas, agarrándose al vacío, deslizándose sobre los pantalones de Antón.

Cerró los ojos. Escuchó la voz de Elenita, embocando el final de la canción, dueña del ritmo. Una foto fija de su madre apareció en su mente durante un instante, pero la reprimió. Quería esperar la picadura de la araña con la imagen de Elena superpuesta a su voz, aunque no pudiese lograr que ambas apareciesen sincronizadas en su imaginación.

Intentó concentrarse en Elena por última vez. Le irritó que Antón, que cabeceaba aún y no parecía haber recibido todavía ninguna mordedura, se hubiese apoyado sobre su hombro derecho, como un niño cansado sobre su cojín preferido. Pensó en seguir pegándole, en empujarlo hacia el otro lado, en alejarlo de él, pero luego decidió que no, que si los dos cuerpos se quedaban unidos, a las tarántulas les sería más fácil pasar del uno al otro, y dañarlos y vengarlos mutuamente.


*Ignacio Martínez de Pisón es escritor. Su último libro, Derecho natural (Seix Barral, 2017).

*Sara Mesa es escritora. Su último libro, Un incendio invisible (Anagrama, 2017), reedición revisada de su novela de 2011.

*Ernesto Pérez Zúñiga es escritor. Su último libro, No cantaremos en tierra de extraños (Galaxia Gutenberg, 2016).

*Miguel Ángel Muñoz es escritor. Su último libro publicado, 
Entre malvados (Páginas de espuma, 2016).


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