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Los libros

¿Volverá a brillar el sol?

  • Tiene que llover funciona de nuevo como autorretrato meteorológico de Karl Ove Knausgård, el más célebre escritor noruego contemporáneo
  • El malditismo del anterior tomo adquiere, quizá por extenuante, un tono más bien patético en este penúltimo volumen de la saga Mi lucha

Publicada 02/06/2017 a las 06:00 Actualizada 01/06/2017 a las 20:03    
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Tiene que llover (Mi lucha: 5)
Karl Ove Knausgård

Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

Barcelona

Anagrama
2017
  Into each life some rain must fall

But too much is falling in mine
Into each heart some tears must fall
But some day the sun will shine


“En toda vida tiene que llover, pero en la mía está lloviendo demasiado”, cantaban Ella Fitzgerald y The Ink Spots en su éxito de 1944 “Into each life some rain must fall”. Cuando Karl Ove Knausgård se muda en 1988 a Bergen, la ciudad más lluviosa no solo de Noruega o de Europa, sino del mundo —a modo de curiosidad: entre el 29 de octubre de 2006 al 21 de enero de 2007 (¡85 días!) la lluvia no concedió ni una sola tregua—, cargado de expectativas tras haber sido aceptado en la Academia de Escritura, no podía llegar a imaginar que haría suyos los versos de esa vieja canción. Del mismo modo que en el volumen precedente de su autobiografía, Bailando en la oscuridad, las noches eternas de Håfjord, el pueblecito del Ártico donde comienza a trabajar como maestro, le arrebatan toda luminosidad a sus experiencias postadolescentes, en este quinto tomo es la lluvia la que lo inunda todo. Tiene que llover funciona de nuevo como autorretrato meteorológico del más célebre escritor noruego contemporáneo, a punto ya de poner fin —solo falta por traducir el último de todos, la larguísima coda en más de mil páginas— a la saga Mi lucha, que Anagrama ha ido desgranando en las últimas primaveras.

No es el único rasgo de continuidad que existe entre el libro anterior y este último. Así como los tres primeros volúmenes nos habían llevado de la adolescencia a la edad adulta y de vuelta a la infancia, con bruscas idas y venidas a través de los años y numerosas elipsis, Tiene que llover comienza en el lugar más coherente y, al mismo tiempo, más insólito: justo allí donde terminaba el anterior. Knausgård confiesa al inicio del libro que del periodo que se dispone a narrar, los catorce años de su vida transcurridos en Bergen, “no queda ni rastro”, apenas las cenizas del diario que quemó, una docena de fotos, algunas cartas recibidas en esa época y unos pocos destellos en la memoria. Toma, por tanto, la decisión narrativamente más apropiada; esto es, empieza por el principio, retomando así el hilo abandonado al final de Bailando en la oscuridad, que lo dejaba en el festival de Roskilde (Dinamarca), primera estación en un viaje en autostop que llevaría al joven Karl Ove —con diecinueve años y una prometedora carrera de escritor frente a sí— y a su amigo Lars hasta las islas Cícladas, en Grecia.
El regreso a Noruega, que no ocupa más de la primera docena de páginas, marca ya los ritmos que guiarán el paso de la novela. Por un lado, la ilusión desbocada ante esa nueva vida que está a punto de comenzar y que augura tanto una dedicación completa a su recién hallada vocación, la escritura, como la cercanía de dos personas que, Karl Ove espera, vendrán a sanar la soledad vivida durante las noches árticas del año anterior: su admirado hermano mayor, Yngve, e Ingvild, una chica a la que solo ha visto una vez (al final del libro anterior), pero de quien reconoce estar enamorado. “Allí y en ese instante tuve la sensación de que podía hacer lo que fuera, de que no tenía límites. No se trataba de escribir, era otra cosa, algo que se abría de par en par, como si en ese momento pudiera levantarme y andar, y seguir andando hasta el fin de mundo”.

Como contrapunto a esa aparente armonía, una serie de catástrofes que apenas empiezan a insinuarse: primero, el abandono de su amigo, que, mucho más cauto, guarda el dinero suficiente para volver desde Grecia en avión, mientras Karl Ove tiene que mendigar transporte y comida durante días. Después vendrá el cuestionamiento de sus gustos musicales y literarios, calificados de inmaduros por parte de sus nuevos conocidos; la dificultad para escribir algo digno del elogio de sus profesores y compañeros, para leer con criterio, para ser el joven brillante y talentoso en que esperaba que Bergen lo convirtiera. Más tarde, el desengaño amoroso, la traición, la enemistad y el fracaso. Mientras tanto, no deja de llover.

Se hace difícil quitarse el mal sabor de boca que nos dejó instalado el volumen precedente. Knausgård parece querer que leamos desde ahí, desde la antipatía y el sonrojo ante sus borracheras, sus repuntes de violencia, los (lamentables) episodios de acoso, la envidia malsana ante los compañeros que consiguen triunfar en el terreno literario mientras él sigue dando bandazos. El malditismo de Bailando en la oscuridad adquiere aquí, quizá por extenuante, un tono más bien patético. Tiene que llover nos sitúa, como las novelas anteriores, en medio de un proceso de aprendizaje narrado en primera persona, pero hace el esfuerzo por disociar la mirada interna sobre dicho proceso, que muestra la dificultad para lidiar con las frustraciones así como el deseo noble y cabal de sobreponerse a ellas, de la mirada externa, que percibe, en cambio, una obstinada tendencia a la dejadez y un narcisismo insalvable.

En ese tira y afloja entre ambas perspectivas reside la maestría narrativa de Karl Ove Knausgård que, cautelosamente, va trenzando los hilos del entusiasmo y el tormento, de la tirria y la compasión, balanceándose entre estos polos antitéticos sin llegar a caer plenamente en ninguno de ellos, echando el peso hacia el otro lado cada vez que está a punto de perder el equilibrio. Es sorprendente comprobar, después de varios miles de páginas invertidos en su persona, cuánto hemos llegado ya a conocerlo y cuánto sabemos leer entre líneas de sus traumas pasados, de sus insatisfacciones adultas, sus complejos e inseguridades. Y resulta también curioso pensar en un acercamiento ex nihilo a este joven imperfecto y a los catorce años de su vida transcurridos en la ciudad donde casi siempre llueve, sin saber qué lo llevo hasta allí ni quién es el yo actual que ensambla la narración. ¿Funcionaría la novela de un modo similar? ¿Tendríamos el deseo de tenderle la mano a Karl Ove en los momentos más oscuros o lo dejaríamos hundirse sin intentar siquiera salvarlo?

Tiene que llover termina con la muerte del padre que nos sobrecogió en el primer tomo de su autobiografía, traducido al español hace ya cinco años. Ese episodio truculento y amargo es narrado aquí de una manera que, si bien no podría calificarse de aséptica, sí lo alivia de gran parte de la carga emocional que tenía entonces. Lo que antes parecía una herida indeleble, se presenta ahora bajo una luz mucho más amable, casi a modo de redención. Asimismo, la novela se esfuerza por ir cerrando cabos: la relación con Tonje, su primera mujer, que funciona como simulacro de estabilidad durante una temporada y acaba en ruptura; el éxito literario obtenido (¡por fin!) con su primera novela, Fuera del mundo; el abandono final de Bergen, dirección a Estocolmo y, con él, el fin de la lluvia incesante.

“En todo corazón tienen que caer algunas lágrimas, pero algún día el sol ¿brillará?”. Una primavera más y quizá, con la coda que clausurará la saga, lo averigüemos. Knausgård, mientras tanto, desde la sombría foto de la portada, nos hace dudar de ello.

*Lorena Ferrer es investigadora predoctoral en Filosofía.
 
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