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Los diablos azules

La tragicomedia humana

  • Luis Mateo Díez vuelve a publicar otra gran obra, una tragicomedia humana, a raíz de las peripecias vitales de casi trescientos personajes imaginados
  • El escritor relata la infancia y adolescencia, la madurez o viudedad y las relaciones conflictivas con los amigos, los hijos o la pareja de sus criaturas

Publicada 02/06/2017 a las 06:00 Actualizada 02/06/2017 a las 11:20    
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Mientras tantos escritores, jóvenes y consagrados pierden el tiempo en quisicosas y pasatiempos posmodernos o autoficionales, escritos a menudo en una prosa funcional, Luis Mateo Díez vuelve a publicar otra gran obra, una tragicomedia humana titulada Vicisitudes, a raíz de las peripecias vitales de casi trescientos personajes imaginados que pululan por una veintena de ciudades inventadas, relatándonos unas veces su infancia o adolescencia, y otras la madurez o viudedad, el aburrimiento de las pandillas, el matrimonio o el trabajo, la soledad, pero sobre todo las relaciones conflictivas –pocas veces afectuosas— con los amigos, los hijos o la pareja.
  El libro está compuesto por 85 historias numeradas que llevan por título una sola palabra, casi siempre un sustantivo; nunca utiliza, en cambio, el nombre de alguno de los personajes o de las ciudades en que se desarrolla la trama. Y como ocurre, por ejemplo, en “Pedazos”, que reproducimos en este suplemento, funciona como un leit motiv. Todas las historias son independientes, narradas por un personaje distinto, pues no se genera ninguna clase de relación entre ellas de tipo temático, aunque comparta estilo y semejantes inquietudes. La mayoría de ellas se desarrolla en las dimensiones, la intensidad y concisión propias del cuento, pues tienen entre 3 y 11 páginas, aunque no falten las que utilizan la digresión. Solo en contadas ocasiones se acercan al microrrelato, quedándose siempre lejos de la novela corta. La acción transcurre en las denominadas por el autor ciudades de sombra, regadas por los ríos Nega y Margo, que ya conocíamos por otros libros suyos, aunque en varias de estas historias no se precise el lugar de los hechos. Se trata de espacios tales como Armenta, Balboa, Ordial, Mentra o Balma, por solo citar aquellas urbes en las que ocurre un número mayor de narraciones, entre catorce y seis. Y si no he contado mal, aparecen hasta un total de 24 ciudades distintas, en algunas de las cuales solo transcurre la acción de un relato, como en el caso de Balbar, Meza, Buril, Basora u Oceja. Sí comparten todas ellas, amplío lo ya dicho al respecto, un tipo de personajes con sentimientos e inquietudes semejantes, aunque dentro de la muy amplia gama de afinidades y pasiones humanas.


El libro, dedicado a Margarita, su mujer (conocida familiarmente como Guchi), se divide en tres partes tituladas (“El círculo de las ensoñaciones”, “Estación de supervivientes” y “Las vidas ajenas”) y a su vez numeradas, cuyo contenido responde en esencia a lo anunciado. Está plagado de cuentos memorables, como “Nupcias”, “Puerto”, “Crecimiento”, “Coronarias”, “Divorcios”, “Pedazos”, “Baúl”, “Voluntades”, “Función”, “Monedas”, “Mordeduras”, “Cavidad”, “Densidad”, “Cuentas”, “Torreón”, “Pájaros”, “Escamas”, “Guardia”, “Servicio”, “Movimiento” y “Consentimiento”, y siendo ya muchísimos los citados, podría aducirse otras tantas más.


¿Qué tienen en común los cuentos de Vicisitudes? Además de lo ya indicado, la división en secuencias narrativas (que puede oscilar entre 7 y 26), la tipología de los personajes, pues casi todos los protagonistas y lugares, a menudo de nombre estrambótico (así, Don Bento, Palmo o Poldo Bencina, entre los primeros; y Salones Encomienda o Confecciones Maricalva, entre los segundos), proporcionándoles un cierto hálito misterioso, son frágiles y viven extraviados, pero mantienen una convulsa vida interior, aunque la situación crucial en que se encuentren suela llevarlos a transitar caminos de perdición, o a sufrir lo que el autor denomina enfermedades del alma. Las narraciones comparten, además, una misma estética, que apozada en un realismo metafórico, al fugarse hacia el absurdo se enriquece con el expresionismo, lo fantástico, el simbolismo o lo surreal, rozando a veces incluso el esperpento. Así, por ejemplo, en “Muro” se repite que el recuerdo de las fechorías escolares aparecía como una mueca del pasado (pág. 512 y 515). Los narradores pueden ser protagonistas o testigos, se valen tanto de la primera como de la tercera persona, de la omniscencia, y su relato tiende a lo emotivo, aunque no por ello deje de estar salpimentado por la ironía y el humor. Su objetivo primordial suele ser el contarnos el sentido de unas vidas, en sus avatares cotidianos; las vicisitudes intemporales de que se componen.


Detengámonos en algunos de los relatos más logrados. “Nupcias”, con el que se abre el libro, trata de las peripecias de Ezequiel el día de su boda, las siete veces que desaparece, pues no está donde debiera, tal y como había hecho durante toda su vida. El narrador protagonista de “Puerto” se muestra autocrítico, pero tiñe su voz de un cierto humor triste, al contarnos que para poder estar cerca de la inalcanzable Cósima, la mujer que ama, a pesar de lo distante y altiva que se muestra con él, se casa con su hermana Berta. No obstante, tras diversos fracasos amorosos de su cuñada, decide sincerarse con ella, en un momento en que Cósima regresa a la realidad y él se olvida de que es un desastre, condición que se nos ilustra con la metáfora del saco vacío que porta. El desenlace, sin embargo, se presenta abierto. En “Crecimiento” se cuenta la fuga de Calo, un adolescente de 16 años, los tres encuentros sucesivos y las correspondientes conversaciones que mantiene en el camino con un conductor que lo transporta un tramo, con un mendigo y con otro chico de su edad que también se ha escapado de su casa. Los diálogos, sin desperdicio, le hacen reflexionar a Calo sobre su situación y el sentido de su huida. En “Coronarias” un inspector de policía comenta el contenido del expediente de doña Lubina, cuyos tres maridos murieron en circunstancias, si no normales, tampoco sospechosas, con lo que el autor introduce una variante en un conocido motivo literario. Así, esos esposos, a quien ella define como de poco carácter, muy golosos y caprichosos, no son asesinados, sino víctimas del destino, del azar, pues como comenta otro inspector: “en los sucesos, sean o no delitos o presuntos delitos, siempre hay que empezar por descartar lo evidente” (pág. 222). Además, la muerte de un familiar del inspector en circunstancias semejantes, junto a lo anómalo del caso, justifica su curiosidad, a la vez que introduce una historia paralela, una digresión, infrecuente en los relatos. Se trata, en suma, de un cuento tragicómico, aunque el segundo componente predomine sobre el primero.

“Divorcios” puede leerse como el autorretrato muy crítico de Ceberio, una auténtica calamidad, además de “momio”, “espantajo”, “robaperas” y “cantamañanas”, según él mismo se califica (pág. 240 y 242), con una vida plagada de fracasos tanto profesionales como sentimentales, amén de un mentiroso compulsivo, tal y como se va desvelando, que se había hecho religioso para intentar paliar su escasa fortuna. El caso es que un Jueves Santo se encuentra por casualidad con sus tres exmujeres, lo que propicia el recuerdo de su relación con ellas y la breve pero suculenta conversación que mantuvieron. En “Pedazos”, en cambio, no hay tragicomedia alguna, pues se trata de uno de los cuentos más tristes e impresionantes del libro, en el que la palabra del título actúa como leit motiv. Así, un padre que se siente mendigo cuenta que tiene que ocuparse de ir recogiendo los restos que han ido dejando tras de sí sus tres hijos, marcados por la desgracia y el destino. “Baúl”, por su parte, empieza siendo un relato realista y misterioso, para concluir en el absurdo. El caso es que un abogado llamado Colino se siente perseguido por un par de individuos que transportan un baúl, pero cuando, harto de su presencia, los aborda parecen formar parte de un espacio metafísico, como los que aparecen en los cuadros de Magritte o De Chirico. En “Voluntades”, Malido relata la lectura del testamento de su tío Belisario, una especie de padrino protector. Se trata de un motivo habitual en la ficción, que consiste en convertir un testamento en una venganza contra sus posibles beneficiarios. En esta ocasión, el tono del cuento vuelve a ser tragicómico, pues el difunto, además de dejar de vuelta y media a su esposa, fallecida antes que él, y a sus tres hijos, a los que acusa de avaros y gandules, confiesa haber tirado todos sus bienes al río Nega, para no dejarles nada en herencia...

“Cavidad” me parece otro de los mejores cuentos del libro. Aquí, Delerio cuenta su relación con Dino Selga, su jefe, los consejos que este le dio –“Hay que hacer por la vida”, le repite (pág. 382-384)—; y cómo, una vez muerto, Dino, hombre de carácter, decide volver a la vida porque “aquello no me gusta un pelo” (pág. 379). “Torreón” es la historia de las fugas, de las locuras de Celso, relatadas por su hermano Herminio, miembros de una familia en la que se detectan otros casos de perturbación. Se trata de la vida excesiva de un estudiante aplicado, aunque demasiado imaginativo y pirado. El cuento alcanza su momento culminante en la confesión que Celso le hace a Herminio. También resulta significativo que el relato contenga una fábula: la de la paloma y el gavilán, aunque nunca llegue a referirse completa (pág. 455 y 456). “Pájaros” es un cuento de la estirpe de aquellos que escribieron Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos o Daniel Sueiro, protagonizados por niños de cabeza rapada, dedicados a la rebusca. Con la novedad de que aquí la existencia miserable contrasta con la de otro chico acomodado, al que apenas llegamos a conocer. A este niño, Tono Pardal, el protagonista, un golfillo que para en una chabola y pasa hambre, sometido a los abusos y burlas de los suyos, lo asalta en la calle y le roba la cartera del colegio, fascinado por su brillo repujado. Pero, al fin y a la postre, lo que acaba llamándole la atención es el cuaderno en el que encuentra los dibujos coloreados de unos pájaros. El cuento concluye cuando le devuelve la libreta a su dueño, aunque advirtiéndole que a los pájaros los ha echado a volar… “Escamas” es el relato de un narrador testigo que, muchos años después, ya en la madurez, recuerda las andanzas de “una manada” de jóvenes liderada por dos perlas llamadas Toreno y Bersilio, en la aburrida ciudad de Doza. Se trata de un grupo de indolentes, de vitelloni, que se pasan el día vagando, jugando al futbolín o planeando un suicidio colectivo…, que no llevan a cabo. Pero, lo más notable del cuento, como en otros muchos de este libro, es el tratamiento que le da al lenguaje, pues la peculiar jerga, el sinsentido de las frases, su absurdo, la ruptura con la lógica, resulta ser un fiel correlato de estos jóvenes inútiles.

Y, por último, “Servicio” es la esperpéntica historia de un servicio militar en el centro de Instrucción de Reclutas de Merallo, cerca de Ordial, con sus hilarantes protagonistas y sus correspondientes ritos de paso: la revisión médica y el tallado, el santo y seña, la jura de bandera, los inevitables correspondientes arrestos y la corrupción en el servicio de Intendencia... Se trata de un relato contado en primera persona por el protagonista, un individuo cojo, cuya aspiración es llegar a furriel para poder tontear en los Juegos Florales con las “pirujas y niñas que meaban colonia, todas con los labios pintados de la misma manera” (pág. 506 y 507), aunque solo acabará consiguiendo que le coloquen un diente de oro…, producto del culatazo con el máuser que le dio un chusquero haciendo instrucción. Podría decirse que es una historia en la estela de la canción “Vamos a contar mentiras” y de las Historias de la puta mili, de Ivà, pero con un ingenio y un trabajo con el lenguaje a la medida de aquella extraordinaria película titulada Amanece que no es poco, y que sitúa al cuento, respecto a sus posibles antecedentes, en la estratosfera. Por tanto, lo singular es el lenguaje, la ruptura de la lógica del discurso que lo acerca a los mecanismos del automatismo, si bien sometidos a cierto control.

Tengo la impresión de que en varios cuentos del libro aparecen ecos, tanto temáticos como lingüísticos, de uno de los mejores microrrelatos del autor, el titulado “Amores”, un rastro que puede rastrearse en “Mirada”, “Equipaje”, “Dolores”, “Porvenir”, “Pecados”, “Cuentas” y “Torreón”. Nos encontramos también con varias de las peculiaridades y motivos habituales del autor: las enfermedades o los temblores del alma; metáforas de la estirpe de las aventuras a la vuelta de la esquina, el saco que cargamos a la espalda o la bola de miga de pan; las frases que se repiten en un mismo cuento a manera de un leit motiv (por ejemplo, en las pp. 277-283), los aforismos intertextuales y el a menudo tono sentencioso. Y, por último, a este respecto, véase lo bien que arrancan cuentos como “Puerto”, “Cavidad”, “Densidad”, “Pájaros”, “Escamas” y “Regimiento”; y de qué forma concluyen con acierto, pero olvídense de la sorpresa final, “Porvenir”, “Coronarias”, “Pedazos”, “Durmiente”, “Trayecto”, “Cuentas”, “Torreón” y “Pájaros”.

Tras lo dicho, me ha llamado la atención que tanto el editor, en los paratextos, como el autor, en las entrevistas que ha concedido, presenten el libro como una novela. Y, sin embargo, Luis Mateo Díez ha introducido un elemento que podría hacernos dudar. Se trata de la numeración sucesiva de los textos, cosa que no suele hacerse en los libros de cuentos, pero que en sí mismo creo que tampoco lo convierte en una novela. Sea como fuere, el autor nos propone una lectura continuada, pues aunque Vicisitudes “no tiene trama implícita, como todas mis novelas, ocupa un solo territorio”, le comenta a Juan Cruz en una entrevista. El caso es que eso ocurre en gran parte de los libros del autor, ya sean de microrrelatos, ya de cuentos o novelas cortas: transcurren en el mismo territorio, aun cuando dicha geografía esté compuesta por numerosas ciudades diferentes, sin perder por ello su género específico, el que mejor los define. Si bien podríamos empezar a leer el libro como una novela, pronto nos damos cuenta de que entre las distintas unidades no se genera ningún tipo de nexo, pues tanto los personajes como el espacio e incluso el tiempo cambian, sin que haya continuidad; ni tampoco se produce vinculación alguna entre las acciones. No hay, por tanto, una trama que enlace el conjunto de las historias, ni siquiera un personaje que se repita en varias de ellas, ni una relación causa efecto entre las partes, sino tan solo un conjunto de historias independientes. Y a pesar de la estructura tripartita, de su orden establecido, podríamos empezar a leer el libro por la historia que nos plazca, sin necesitar antecedente alguno para entenderla.

Afirma Luis Mateo Díez que Vicisitudes está escrita como el resto de sus novelas, pues aunque está compuesta por tramos narrativos sin continuidad, sin una trama general, ni referencias explícitas entre las partes, ha sido concebida como una totalidad. Y, sin embargo, también fueron concebidos así libros como Dublineses (1914), de Joyce; Winesbourg, Ohio (1919; cuyo expresivo subtítulo es: Colección de relatos sobre la vida de un pequeño pueblo de Ohio), de Sherwood Anderson; La soledad de las parejas, de Dorothy Parker; o libros más recientes, en castellano, como Largo noviembre de Madrid (1980), de Juan Eduardo Zúñiga; los Cuentos del barrio del Refugio (1994), de José María Merino; o Los girasoles ciegos (2004), de Alberto Méndez; e incluso sus mismas Fábulas del sentimiento (2013), sin que por ello tengan que ser novelas, sino libros de cuentos, o novelas cortas. En esta ilustre tradición se inscribe también Vicisitudes. La experiencia de mi propia lectura me dice que el libro debe leerse como un conjunto de cuentos, pues tampoco me parece que se pueda entrar dedicándole largas sesiones de lectura, como ocurre en las novelas, sin riesgo de acabar mezclando unas historias con otras, sino leyendo unos pocos textos, rumiando por separado cada una de las distintas narraciones, dejándolas reposar, aquilatándolas en la memoria.

Qué duda cabe que, al final, lo importante es, ante todo, la calidad, la profundidad de los relatos, la complejidad de los personajes y la intensidad de sus sentimientos, los sutiles vínculos que se establecen entre ellos, la atmósfera de la ciudad en las que transcurre la acción, así como la variedad de la voces narrativas, bien sea la del protagonista bien la de los testigos de los hechos, otro mecanismo más que lo vincula al cuento, y en definitiva el extraordinario trabajo llevado a cabo con el lenguaje, barajando diferentes registros. Pero tampoco me parece baladí esta reflexión sobre el género del libro.

Vicisitudes es una obra, en suma, en la que aparece condensado todo el mundo literario de Luis Mateo Díez; de ahí que contenga ese tono que le es característico: una geografía metafórica, cierto tipo de personajes de vida rutinaria, con su manera de pensar y comportarse, pero que no carecen de emociones, del fulgor del pensamiento, “siempre mediando entre la nada y el ser”, como escribió Jean-Paul Sartre en 1948 a propósito de las piezas de Giacometti. El autor ha afirmado que el arte, la literatura comprometida con la vida, le interesa mucho más que el arte comprometido con el arte, con la propia literatura. En una conversación reciente con Anatxu ZabalbeascoaIan McEwan decía que le interesaba mucho más la invención que la autobiografía, pero que la imaginación debe ir cogida de la mano de la inteligencia. En efecto, así ocurre en la obra de estos dos grandes narradores.

*Fernando Valls es crítico y profesor de Literatura.
 
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